La posesión del Ruso CAPÍTULO 0 #2
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CAPÍTULO 0 #2

No me detengo. Sigo mi camino sin mirar atrás, aunque la imagen de Sara Rinaldi se ha quedado grabada en mi mente.

Sabía de la existencia de los mellizos, pero asumí que ambos eran varones.

A diferencia de otras princesas de la mafia, nadie habla de ella; o tal vez yo simplemente no presté atención.

No suelo socializar; me limito a cumplir mi deber y prepararme para heredar el imperio de la Bratva.

Nada importa más que el poder que me aguarda.

Pero jamás imaginé encontrar a alguien que encarnara el caos y la serenidad de forma tan perfecta.

Alguien como ella no debería permanecer oculta.

***

A mis dieciocho años, pocas cosas en este mundo insulso han logrado captar mi atención de forma genuina.

Por lo general, mi interés se desvanece con la misma rapidez con la que el agua se escapa entre los dedos, en especial cuando se trata de personas.

Sin embargo, hoy algo ha cambiado. Sara Rinaldi posee una cualidad distinta y necesito descubrir qué es.

Tal vez sea el desafío latente en su mirada, esa belleza que roza lo antinatural o esos ojos que parecen un campo de batalla entre el cielo y el infierno.

Sea cual sea la causa, ha despertado una curiosidad tan intensa que bordea lo inadmisible.

Me cuestiono qué hago aquí, frente a su casa en plena madrugada, como un acosador común.

La situación me irrita tanto como me desconcierta, pero me mantiene anclado al sitio.

Observo el reloj una vez más mientras permanezco oculto entre las sombras, con el hombro apoyado en el tronco áspero de un viejo árbol.

Doy una calada lenta al cigarrillo y dejo que el humo se disuelva en el aire cálido.

Las ramas se mecen con un ritmo pausado y armonioso, pero mi vista no se aparta del balcón adornado con flores rojas; es la única habitación donde persiste una luz tenue.

Han pasado horas desde que los invitados se marcharon.

Decidí regresar solo porque esa chica ha quebrado mi indiferencia y no puedo retirarme hasta saciar esta necesidad absurda de verla otra vez.

El cigarrillo arde cerca de mis dedos cuando una vibración en el bolsillo rompe la quietud.

Es un mensaje de Lev: «Aquí está lo que pediste».

El texto incluye un enlace que me dirige a la información almacenada en la nube de los dispositivos de Sara.

Apoyo de nuevo el hombro contra el árbol y comienzo la revisión.

Todo está expuesto: nombre completo, fecha de nacimiento, dirección y teléfonos.

Examino su agenda de actividades y sus rutinas diarias.

Encuentro que frecuenta la biblioteca y que se inscribe en diversas clases que abandona casi de inmediato.

Sus redes sociales están prácticamente vacías, salvo por unas pocas fotografías familiares en perfiles privados. No hay nada revelador a simple vista.

Sigo explorando sus correos electrónicos hasta que hallo un documento de un colegio del que se retiró de forma abrupta hace años.

Al buscar noticias relacionadas, descubro que el edificio se incendió meses después en circunstancias extrañas.

El caso se cerró sin responsables. Frunzo el ceño y continúo escarbando en los rincones de su vida.

No es sociable y, a diferencia de su presuntuoso hermano, no busca atención; parece que intenta permanecer oculta de forma deliberada.

Observo fotos suyas con un perro, otras con Caín y algunas con un hermano menor.

También aparece con una mujer de rasgos similares y cabello rubio brillante: su madre.

Estoy por cerrar el archivo cuando noto, por el rabillo del ojo, que la luz del balcón se apaga.

Alzo la vista de inmediato. La penumbra domina la fachada, pero distingo el movimiento sutil de una silueta que emerge de la oscuridad.

Desciende por una enredadera artificial que utiliza como escalera para escapar.

Viste una sudadera negra con la capucha puesta y se mueve con una precisión inquietante.

No hace falta ser un genio para saber quién es.

Sus movimientos son seguros, sin rastro de torpeza, lo que delata que no es su primera huida.

Se deja caer al suelo con suavidad y se desliza entre las sombras, esquivando a los guardias con una exactitud que sugiere que conoce sus rutas de memoria.

Exhalo el humo despacio, deleitándome con la escena.

Apago el cigarrillo contra el tronco y comienzo a seguirla.

Mantengo la distancia justa para no ser detectado, pero lo bastante cerca para no perder el rastro.

Ella se adentra en el bosque por el flanco izquierdo; yo acorto camino a través de unos arbustos.

La persecución termina junto a un lago oculto tras un círculo de árboles.

Me detengo en la oscuridad. Sara está de espaldas a mí, inmóvil frente al agua negra donde se refleja la luna llena en destellos plateados.