La posesión del Ruso CAPÍTULO 0
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La posesión del Ruso

La posesión del Ruso

Por Valeria Hernandez

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CAPÍTULO 0

Impacto

Sasha Ivanov

Bostezo con desgano y desvío la mirada hacia los arbustos que bordean el sendero de lo que parece un laberinto.

A mi alrededor, los hombres reunidos en la mesa discuten la ejecución de las nuevas reglas del negocio, impuestas tras la reciente proclamación del nuevo Rey de la mafia italiana: Sebastián Rinaldi.

En nuestro mundo, todos lo conocen como la Parca.

El temor que inspira su temperamento volátil y su reputación sanguinaria le precede.

Es un hombre de inestabilidad evidente, incapaz de contener sus impulsos letales cuando pierde el control.

Pocos se atreven a intentar siquiera moderarlo y, según los rumores, solo una persona posee el poder de lograrlo.

Su esposa. En definitiva, es un hombre de acción, no un letrado.

Su expresión de tedio absoluto y la forma en que juguetea con el mango de una antigua daga, deslizándola entre sus dedos, delata su apatía.

Lo comprendo. La administración y los asuntos formales representan la faceta más insípida de nuestro mundo.

Son necesarios, sí, pero carecen de la adrenalina que busco.

Sin embargo, el cargo que ostenta lo obliga a permanecer allí, del mismo modo que a mi padre, Mikhael Ivanov, Pakhan de la Bratva; a mi tío, Demian del Castillo, líder del cartel latino; y a Brendan Sullivan, jefe de la mafia irlandesa.

Juntos conforman la nueva hermandad de las organizaciones más poderosas.

Esta unión permite que cada facción se mantenga a flote sin contratiempos.

Tras la traición de la Yakuza años atrás —cuando intentaron expandirse por territorios rusos y latinos—, los líderes decidieron sellar una alianza beneficiosa.

Cada uno gobierna su territorio; nadie invade tierras ajenas sin autorización.

Existen tratados firmados con sangre cuyo incumplimiento se castiga como traición.

Una falta de esa magnitud solo tiene dos salidas: la guerra abierta entre clanes o la muerte inevitable.

Es la única forma de blindar nuestros intereses y reforzar los lazos ante cualquier amenaza externa.

Termino el contenido de mi vaso y me pongo de pie tras dejarlo sobre la mesa. Mi padre me lanza una mirada fugaz en cuanto nota que me muevo. Apenas doy un paso para alejarme de ellos cuando una voz me detiene.

—¡Oye, niño!

Volteo sobre mi hombro y encuentro la mirada de Sebastián Rinaldi clavada en mí. ¿Niño? Me giro por completo. Sus ojos penetrantes me analizan con fijeza.

—¿A dónde crees que vas? —pregunta sin molestarse en abandonar su asiento. Continúa jugando con su daga de forma despreocupada.

Esta es su casa. No hay mucho que pueda hacer en su contra sin quedar expuesto, aunque la tentación de intentarlo siempre está presente.

No obstante, su paranoia me irrita. Le sostengo la mirada hasta que el Pakhan carraspea y me envía una advertencia silenciosa: «Es nuestra primera visita, no lo arruines».

Suspiro y reprimo la respuesta mordaz que danza en mi lengua.

—Solo necesito usar el baño.

Tras un escrutinio exhaustivo, Rinaldi asiente y señala con la cabeza hacia un costado del jardín.

—Junto a la piscina está la casa de huéspedes. Usa ese —indica.

Retomo el camino, pero su voz me alcanza de nuevo:

—¡No te alejes demasiado, chico!

Lo ignoro. La brisa fresca que baja de los árboles me acaricia el rostro mientras avanzo por el sendero empedrado.

Un aroma suave a lavanda impregna el aire.

Debo admitir que los italianos poseen un gusto exquisito; la mansión equilibra con acierto lo rústico y lo moderno.

Desde mi posición, distingo dieciocho ventanas laterales y un enorme ventanal que da a un balcón orientado hacia el bosque, decorado con flores rojas.

Es curioso, resulta ser la única ventana con ese detalle.

La construcción de dos niveles destaca por su techo a dos aguas y un jardín tan vasto que podría ser una reserva natural.

Recorro la propiedad con la vista hasta que localizo la casa de huéspedes al otro lado del terreno.

Justo cuando termino mi inspección visual, una silueta que emerge de una puerta lateral capta toda mi atención.

Luce un vestido blanco ajustado a su pequeña cintura; la falda acampanada cae hasta sus rodillas y dos finos tirantes se apoyan en sus hombros.

Un crucifijo cuelga de su cuello delicado.

Su larga cabellera dorada descansa sobre un hombro e, hipnotizado, sigo su caminar despreocupado.

Ella mantiene la vista perdida en el libro que sostiene entre las manos.

Una leve sonrisa curva sus labios mientras lee y, como si una fuerza magnética tirara de mí, mis pies se mueven en su dirección.

La chica se detiene y toma asiento en un banco bajo un enorme árbol de flores moradas.

Mi instinto me ordena detenerme y marcharme, pero no lo hago.

Acelero el paso, impulsado por una necesidad que me consume.

Cuando llego a su lado, está tan sumida en la lectura que no percibe mi presencia, incluso cuando me detengo a centímetros de ella.

Pasa las hojas con soltura hasta que, con lentitud, levanta la mirada.

Una oleada de fuego y adrenalina me golpea con violencia en cuanto sus ojos desiguales chocan con los míos. Ella frunce el ceño y ladea la cabeza, observándome con una curiosidad silenciosa.

El aire se espesa, cargado de una energía indescriptible.

El corazón me late con una fuerza desconocida y humedezco mis labios secos.

Mi cuerpo entra en estado de alerta absoluta.

No puedo apartar la vista de su belleza angelical y devastadora.

Sus ojos... nunca he visto nada igual. Posee una mezcla de luz y sombra que me sumerge en un trance profundo.

Pero no es solo su físico lo que me cautiva, sino esa mirada ausente.

Me observa, pero es como si no pudiera verme de verdad.

Tras varios segundos de un escrutinio mutuo, mi mente dicta una única orden: «Tiene que ser mía».

—¡Tu nombre! —demando con la voz más ronca de lo previsto.

Ella parpadea, pero permanece en silencio. Cierra el libro con calma y lo deja sobre su regazo. Sus ojos inexpresivos sostienen mi mirada en todo momento. Separa los labios y...

—¡Sara!

Una voz furiosa estalla a mi espalda. La chica reacciona de inmediato y mira hacia un punto detrás de mí. Antes de que pueda girarme, siento el frío cañón de un arma pegado a mi nuca y el sonido seco del seguro al desactivarse.

—¡Si pusiste un solo dedo sobre mi hermana, te volaré la cabeza! —amenazan detrás de mí.

A pesar del peligro, Sara y yo no rompemos el contacto visual. Ella permanece imperturbable, ajena a la violencia que me acecha. No es la reacción que esperaría de alguien con su apariencia. Me observa con una indiferencia tan absoluta que bien podría estar contemplando el vacío.

—¿Te hizo algo? —pregunta el hombre—. ¿Te tocó?

Ella calla un instante, con los ojos fijos en los míos, hasta que niega con la cabeza una sola vez.

—Bien. Lamento la interrupción, enana. Sigue leyendo, yo me encargo.

Ella me analiza de arriba abajo una última vez antes de parpadear y desviar la vista hacia su libro, sumergiéndose de nuevo en su lectura. Impresionante. Jamás creí en la perfección absoluta hasta este instante.

Me giro para enfrentar al intruso. Él sostiene el arma frente a mi cara sin pestañear.

Su expresión es cautelosa y la desconfianza brilla en sus ojos, aunque intenta aparentar indiferencia.

Una mueca de fastidio lo traiciona al notar que no me intimida.

Da un paso al frente y presiona el cañón contra mi frente. ¿De verdad cree que así me asustará?

Ajusto los gemelos de mi camisa con una calma calculada.

Él no baja el arma; su mandíbula está tan tensa que parece a punto de romperse.

Observo su rostro y noto el asombroso parecido con la chica.

Así que él es Caín, el otro mellizo. El orgullo de la Parca, el rastreador más eficiente de la organización.

Los rumores lo describen como un prodigio, un estratega impecable que jamás ha fallado una misión.

Mi padre lo llamó: «Un cazador con un potencial inmenso».

Por una vez, no comparto la opinión del Pakhan.

Para mí, este sujeto es solo un obstáculo común.

Y si no retira esa pistola de mi frente, su carrera terminará pronto.

Me pregunto si Sara se molestaría si sacara mi navaja y le abriera el abdomen aquí mismo.

Lanzo una mirada fugaz sobre mi hombro hacia ella; sigue perdida en su mundo, ignorando el desastre inminente.

No levanta la vista; pasa las páginas con una tranquilidad que roza lo irritante.

Interesante. Decido que no sería prudente matar a su hermano en este momento y exhalo con pesadez.

—¿Qué te hace pensar que puedes acercarte así a mi hermana?

Caín escupe al suelo con desprecio. Observo su gesto, miro la saliva en el piso y vuelvo a sus ojos.

Enarco una ceja, saco un cigarrillo y lo llevo a mis labios.

Suelto un bostezo y, de un manotazo, aparto el arma de mi rostro.

Él me lanza una mirada fulminante, pero no ataca.

Ni siquiera cuando paso a su lado y lo golpeo con el hombro al avanzar.

Matarme aquí significaría la guerra total y la ruptura de una alianza histórica. No es estúpido; no disparará.

—¡Si vuelvo a verte cerca de ella, te meteré un tiro, hijo de perra! —me grita en su lengua natal.

—¡Vaffanculo! —respondo en un italiano tan perfecto como el suyo.