La posada del viajero La recepción real #7
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La recepción real #7

Yo ni siquiera había caído en ese detalle.

Declan había tapado su camisa blanca y también su cabeza, por lo que sería más difícil relacionarle directamente con los sucesos ocurridos en la arboleda.

Los guardias no podían haber distinguido con detalle sus facciones desde la distancia, y menos en una zona de sombras como era el lugar donde se habían peleado.

Los únicos que le habían visto bien la cara, me aseguró, eran los espontáneos que le intentaron cerrar el paso al verle con el arma —aparte de los hombres de Arístides, por supuesto—. Pero tendrían que enfrentarle cara a cara con alguna de esas personas, y no lo veía demasiado probable.

—Pude pasar desapercibido por la zona pesquera, todavía había gente en torno a los tenderetes, y por fin llegué hasta el caballo. Yo no quería que te preocuparas pero...

Declan sabía que era muy peligroso permanecer allí, a pesar de que ignoraba lo que había sucedido. Supuso que Arístides estaría al tanto de la nueva situación tras ser informado por sus esbirros, por lo que todo se había ido al traste. Debía huir lo antes posible.

Me dijo que entonces sopesó sus posibilidades y vio que no tenía demasiadas opciones.

Había escapado, de momento, pero los largos tentáculos de Arístides podrían llegar hasta él.

Declan conocía al hombre de la verruga, pero también él conocía a Declan.

De hecho, me aseguró, le pareció distinguir un brillo especial en los ojos de aquel tipo; seguramente le había reconocido de sus tiempos en La Hacienduca.

Y con esos datos Arístides podría utilizar sus influencias con el marqués para hacerle caer en desgracia.

—Compréndelo, Amaya. Mi vida ya no vale nada, me he convertido en el hombre más buscado del reino.

Según me contó, prefería perderme para siempre a cambio de no involucrarme en aquel asunto.

Incluso aunque únicamente él saliera malparado por la situación, no podría soportar verme sufrir.

Y ya había asumido que si le capturaban sería ajusticiado sin remedio, por lo que prefirió ahorrarme el disgusto de presenciar su ejecución.

—Sí, cariño, me fui. Llegué a picar espuelas para alejarme de Comillas. Pero no pude marcharme sin más.

En el último instante decidió regresar para asegurarse de que yo estuviera bien. Y, por supuesto, quería despedirse de mí como yo me merecía.

—Debías haberte ido con tu abuelo, Amaya, aquí no estás a salvo. ¿Tuviste tiempo de dirigirte a algún guardia?

—No, al final no. Llegué a la arboleda justo cuando estabais luchando y me quedé allí parada, sin saber qué hacer.

No he podido avisar a mi abuelo y no sé si se habrá enterado de lo ocurrido.

Al parecer la comitiva real ha seguido su camino y nadie se ha percatado del altercado, al menos en la calle principal.

—Bien, por lo menos hemos salvado a los reyes. Me tengo que marchar, Amaya, es muy peligroso que siga aquí por mucho que me haya camuflado con estas ropas.

—Vale, me voy contigo. Ayúdame a subir al caballo, tenemos que salir de aquí cuanto antes.

—Ni soñarlo, tú te quedas en Comillas. No pienso llevarte conmigo y convertirte en una fugitiva como yo.

Si te quedas aquí, nadie tiene por qué relacionarte con el sospechoso de atentar contra el rey.

Sí, puede que la gente de Suances pudiera relacionarnos, pero he tenido cuidado en Santillana, y Arístides no sabe nada de mi vida en España.

—Ya lo hemos hablado, no me hagas suplicarte. Quiero marcharme contigo, empezar una nueva vida junto a ti. Estoy harta de vivir aquí.

—No, Amaya, por favor, no me lo pongas más difícil. Estamos perdiendo un tiempo precioso, al final me cogerán. Además, no puedes abandonar a tu familia de ese modo.

Decidí arriesgarme y tomé la iniciativa. Sin ayuda de Declan me subí al caballo y le hice un gesto para que me acompañara. Él refunfuñó de nuevo, pero me hizo caso y se colocó delante de mí, sobre los lomos del equino. Se dio la vuelta un instante y me advirtió:

—Voy en dirección hacia Santillana y después te dejaré en Suances con tu familia. Me marcho a Santander: es el sitio más cercano donde puedo encontrar un barco que me saque de España. Y nada ni nadie me lo va a impedir.

—Seguro, Declan. Venga, salgamos de aquí de una vez.

Declan espoleó al caballo y enfilamos el camino principal de Comillas en dirección hacia levante.

Atravesamos minutos después el arco de bienvenida preparado para agasajar a Sus Majestades y tomamos el atajo que conocía Declan para llegar antes a Santillana, evitando el recorrido habitual de la mayoría de los viajeros que recorrían la comarca.

El crepúsculo se iba apagando poco a poco, mientras una noche de luna llena caía sobre nosotros. La oscuridad venía bien para nuestros planes, pero la falta de luz nos impediría avanzar a la máxima velocidad por miedo a caernos y rompernos la crisma.

Pero Declan no se amilanó, y yo tampoco podía demostrar miedo después de obligarle a llevarme con él. El caballo parecía conocerse el camino mejor que nosotros, por lo que confié en su intuición para dejarnos sanos y salvos en nuestro destino final.

Me sorprendió comprobar que Declan se adentraba en Santillana, aunque atemperó el ritmo del caballo para no despertar sospechas. Yo pensé que rodearía la villa para seguir el camino de la costa, siempre teniendo en mente la meta final de Santander. Pero al parecer el irlandés tenía otros planes.

Declan dirigió el caballo hasta su casa. Bajó del animal y me ayudó a mí a llegar también al suelo. Ató el animal para que no se escapara y entró a la carrera en su vivienda, conmigo detrás.

—¿Qué haces? —pregunté angustiada—. No puedes esconderte aquí.

—No vengo a esconderme; solo quiero recoger unas cosas.

El irlandés se movía a toda velocidad por las estancias de la casa. Recogió una cartera con documentos y una bolsa con algunas pertenencias. Miró un momento en derredor para asegurarse de que no se le olvidara nada y salió de nuevo sin reparar en mi presencia.

—¿Se puede saber qué haces, irlandés?

—Sin mi documentación y el poco dinero ahorrado que tengo no podría llegar a ninguna parte. También he aprovechado para coger algo de ropa. Y ahora, a Suances. No hay tiempo que perder.

—No hace falta, Declan, yo no puedo pasar por casa.

Llevo mi cédula de identidad encima y algo de dinero, pero muy poco.

Si me acerco a Casa Abascal por ropa o cualquier otra cosa, mi madre no me dejará salir de allí.

Ella no sabe nada y no puedo contarle ahora toda la aventura, porque no se creería ni una palabra.

—Mira que eres terca, Amaya. No tienes que recoger tus pertenencias, no hace falta. Te quedas en tu casa y esperas a que llegue tu abuelo.

Declan tenía razón, había dejado a mi abuelo solo en Comillas.

No es que tuviera ningún problema, podría pasar unos días con Angustias o regresar después con su amigo el concejal, pero de todos modos me sentí culpable por no haberme preocupado de él.

Las circunstancias mandaban y en esos momentos yo únicamente quería partir hacia Santander con Declan; era la única salida posible.

—Monta de una maldita vez, irlandés. Suances está de camino, la ruta más corta para llegar a Santander es por los caminos paralelos a la costa. Cuanto más tiempo perdamos, menos posibilidades tendremos de llegar con éxito a la capital.

—Eres imposible, Amaya. No quiero discutir contigo. No es el momento ni el lugar. Está bien, vámonos de aquí.

La escasa luz que nos ayudaba a distinguir el camino desapareció al abandonar la villa, y tuvimos que guiarnos solo por la presencia de la luna al encontrarnos ya bajo el influjo de la noche más oscura.

Salimos de Santillana por el camino principal, pero enseguida le indiqué a Declan otro atajo menos transitado para pasar cerca de Suances.

Él obedeció y no se percató del engaño. El sendero bordeaba mi pueblo sin entrar en él y era más corto para enfilar los terrenos situados hacia levante, buscando el camino que desembocaba en la mismísima bahía de Santander.

Cuando llegamos a la bifurcación del camino, Declan se dio cuenta de mi argucia.

Suances quedaba a un lado, pero habría que dar un amplio rodeo para entrar en el pueblo.

Sin embargo, si seguíamos recto por el mismo camino en el que nos encontrábamos, llegaríamos a Santander en poco tiempo; solo nos separaban unas pocas leguas del mayor puerto de la zona, nuestro objetivo final.

Declan detuvo un momento el caballo. El animal respiraba con dificultad debido al esfuerzo al que le estábamos sometiendo. Giró sobre las patas traseras del bayo, mirando en una y otra dirección, y blasfemó en voz alta.

—¡Me la has jugado!

—Sí, y me lo tienes que agradecer. Si te hubieras entretenido en entrar en Suances, quizás no lo habríamos contado. No hay tiempo que perder, tenemos que galopar hasta Santander. Mira lo cerca que estamos de la bahía.

Señalé con mi mano hacia la hermosa ensenada que protegía el puerto de Santander, el mismo lugar en el que años atrás mi padre falleció por un trágico accidente que había marcado la ciudad para siempre.

Declan me observó sin disimulo, y creí ver un destello de satisfacción en su rostro.

Tal vez estaba orgulloso de mi determinación, del coraje que intentaba ponerle a la situación para no caer abrumada por las circunstancias.

—De acuerdo, maldita sea. Hacia Santander entonces, aunque no sé cómo vamos a conseguir salir los dos de aquí.

Yo le di un rápido beso en sus labios, algo agrietados debido a la tensión de esas terribles horas.

Declan se colocó de nuevo en posición, espoleó con premura al caballo y le sacó las últimas reservas de fuerzas que le quedaban.

El pobre animal iba a reventar del esfuerzo, pero en esos momentos no podíamos pararnos en la última etapa de nuestra accidentada huida.