Epílogo
La pequeña Tara ha pasado la noche muy inquieta y sus llantos intermitentes no me han permitido descansar. No sé cuántas veces me habré levantado para amamantarla o para intentar que se calmara, pero ha sido imposible. Al final el bebé me ha contagiado los nervios hasta la madrugada.
He terminado por levantarme y he decidido arreglar un poco la casa antes de que Declan regrese.
Apenas hace dos semanas que nació Tara, la segunda después del varón.
El parto fue tan complicado que durante los primeros días estuve muy débil y las labores del hogar no fueron mi prioridad.
Ahora voy volviendo poco a poco a la normalidad.
Mi marido salió esta mañana de casa muy temprano, camino del puerto de Cork, para arreglar unos asuntos con su patrón.
Lleva ya un tiempo faenando con la cofradía de pescadores más importante del condado y se ha acostumbrado al duro trabajo del mar, como tantas personas en Irlanda y en mi tierra natal.
Hace cinco años que llegamos a Irlanda y nos instalamos en Cork.
Declan prefirió vivir en la capital del condado y no en Queenstown, su pueblo natal, porque el lugar le traía demasiados recuerdos.
De todas formas vivimos relativamente cerca y podemos acercarnos siempre que queremos, pero ambos decidimos que era mejor no remover el pasado.
Al año de nuestra llegada, casados ya como mandan los cánones, nació nuestro primer hijo. Le bautizamos con el nombre de Manuel, aunque todos lo llaman Nelu, como su tío. Así que la llegada de una niña nos ha colmado de felicidad y la hemos llamado Tara en memoria de la hermana de Declan.
Esta mañana muy temprano, después de limpiar y recoger nuestro humilde hogar, me he sentado en mi mecedora, el lugar en que Tara parece sentirse más a gusto cuando la tengo en brazos.
He colocado mi asiento al abrigo de la chimenea, cuyas llamas crepitaban con fuerza tan temprano para calentar nuestro frío saloncito.
La humedad irlandesa me recuerda mucho a la de mi terruño, y la lumbre es la única manera de entrar en calor en un otoño desapacible que seguramente pronto dará paso a un duro invierno.
Mientras amamantaba a Tara he contemplado el paisaje a través de la ventana.
Las ramas de los árboles se agitaban a merced del viento.
El cielo sobre el mar aparecía ennegrecido a esas horas y he supuesto que el día se tornaría cada vez más desapacible.
He caído en un ligero sopor mientras Tara tomaba su leche, pero el tronar lejano de la sirena de un barco me ha sacado de mi ensimismamiento.
Ese sonido ha provocado un curioso efecto en mí, al retrotraerme a un pasado lejano. Hoy se cumplen trece años de la muerte de mi padre y, aunque no quería pensar en eso, no he podido controlar mi mente mientras me llevaba por derroteros que no deseaba volver a transitar.
De repente una rápida sucesión de imágenes se ha superpuesto en mi cabeza.
He recordado aquella mañana de primavera, cinco años y medio atrás en la que, tras escuchar otra sirena de barco y pensar también en el desgraciado accidente que acabó con la vida de mi padre, nuestra existencia dio un giro radical tras la irrupción de Declan en la familia Abascal.
La nostalgia se ha apoderado entonces de mí y he añorado todo aquello que dejé atrás: Suances, con sus playas y mis gentes; mi querida ría de San Martín, el barrio de la Cuba y tantos y tantos recuerdos que han terminado por aflorar a la vez.
Y, sobre todo, he echado de menos Casa Abascal y a mi familia.
Sin saber por qué, me han entrado muchas ganas de cobijarme entre los brazos del güelu , un sitio cálido donde poder olvidarme de los sinsabores.
He deseado ver de nuevo a Nelu, que ya estará hecho un hombretón, y arreglar las cosas con mi hermana, sangre de mi sangre, y dejar atrás nuestras diferencias.
Y, especialmente, aunque ni ella ni yo hayamos querido reconocerlo nunca, he echado en falta la cercanía de mi madre, esa mujer fuerte y decidida que sacó a su familia adelante en circunstancias muy adversas.
Reconozco que en estos días estoy muy sensible después del parto, y las hormonas no me ayudan precisamente a mejorar la situación. He enjugado mis lágrimas y he pensado en las increíbles aventuras que viví desde el día en el que conocí a la verdadera horma de mi zapato: Declan Mclister.
Una sonrisa se ha dibujado en ese instante en mis labios al recordar ciertos momentos de nuestro pasado común.
Y entonces la voz grave de mi esposo ha retumbado en toda la estancia con ímpetu.
Declan ha llegado a casa contento porque su patrón le ha pagado los atrasos que le debía.
Se ha guardado para el final la sorpresa mayor.
—Tienes carta de tu familia —me ha dicho sin dejar de mirarme para comprobar mi reacción.
He cogido la carta con temor. Una ligera angustia se ha apoderado en ese momento de mi estómago. He pensado que era un mal augurio: mis entrañas no suelen equivocarse.
Me he sorprendido mucho al leer el nombre de la remitente: María Abascal.
He pensado enseguida que mi hermana se dignaba por fin a escribirme después de tantas desavenencias entre nosotras.
Durante estos cinco últimos años me he estado carteando con el abuelo, pero Mariuca no ha dado señales de vida: no parecía haberme perdonado que huyera de Suances con el irlandés.
Nunca me ha escrito ni ha respondido a mis cartas por mucho que yo le insistiera al güelu para que le hiciera entrar en razón.
En estos cinco años he llegado a pensar que la distancia entre mi hermana y yo era ya insalvable.
Mis dedos temblorosos han tardado más de lo deseado en abrir el sobre, quizás por el miedo a lo que pudiera decirme Mariuca.
Hace tiempo tengo olvidadas las broncas de mi hermana, pero era imposible saber qué pensaba ella o qué iba a contarme.
He desdoblado la cuartilla y he comenzado a leer su carta, escrita con esa letra redonda que recuerdo perfectamente.
«Querida Amaya:
Te habrás sorprendido al recibir carta de mi parte.
No creas que no me ha costado decidirme, pero las circunstancias han cambiado en los últimos tiempos y necesitaba hablar contigo de varias cosas.
Dicen que el tiempo y la distancia lo curan todo, pero mi corazón sigue roto tras vuestra marcha.
Y más por haberte perdido a ti que por no haber cumplido ese sueño infantil de casarme con Declan.
Sé que fui una tonta y pequé de arrogante cuando no era más que una cría, por lo que me gustaría pedirte perdón.
Espero que no sea tarde y puedas aceptar mis disculpas... »
He leído ensimismada la carta de Mariuca mientras algunas de las frases hirientes que nos regalamos en otro tiempo en nuestras discusiones resonaban en mi cabeza. Yo tampoco me porté bien con mi hermana, y al no saber reconducir el asunto hemos llegado a esta absurda situación de los últimos años.
A través de las primeras cartas de mi abuelo tras nuestra llegada a Cork, supimos que nadie había preguntado por Declan o por mí en relación con un supuesto atentado o conspiración contra el rey, por lo que nos quedamos más tranquilos tras conocer la noticia.
Pero no las tuve todas conmigo. Arístides seguía por la zona, según averiguó el güelu a través de su amigo el concejal, y nadie podía saber lo que aquella mente siniestra podía estar planeando.
El hombre de la verruga y su cómplice desaparecieron del mapa, pero era muy probable que el cubano quisiera vengarse después de que Declan arruinara sus planes.
«...—Madre no lo quiere admitir, ya la conoces, pero también te echa mucho de menos. Y, además, quiere conocer a sus dos nietos, te lo puedes imaginar. Igual que Nelu y yo, no te vayas a creer...»
He sonreído ante la ocurrencia de Mariuca, pero la silueta de algo sombrío ha empezado enseguida a dibujarse ante mí. En la carta faltaba algo, como si María le diera vueltas al asunto para no contarme lo importante de verdad. He seguido leyendo.
«...—Además, ahora podéis regresar con más calma, aunque imagino que organizar un viaje tan largo con los dos pequeños será complicado y costoso.
Pero no os preocupéis, el cubano se ha largado de La Montaña.
Al parecer ha perdido todo su dinero en unos negocios ruinosos, y después de vender sus propiedades se ha ido de Santillana con el rabo entre las piernas… »
Casi he pegado un salto de alegría al conocer la fantástica noticia. Mi estómago estaba equivocado al anunciarme malos augurios. Me faltaba contárselo a Declan.
Yo estoy todavía débil para viajar a España, pero creo que ya va siendo hora de regresar a Suances, aunque no sea más que de visita.
«...—El poder veros de nuevo nos alegrará el alma a todos en unos momentos tan difíciles para la familia. No quise angustiarte en su momento pensando que al final saldría adelante, pero me equivoqué.
El pobre güelu no pudo recuperarse de su larga enfermedad y murió en nuestra casa hace apenas unos días».
En ese momento he levantado la cabeza y creo que Declan ha leído el dolor en mi rostro. No he tenido que decirle nada para que adivinara lo que ha ocurrido. Se ha puesto de rodillas a mi lado y me ha abrazado. Hemos permanecido así un rato, en silencio, hasta que mi respiración se ha calmado.
Declan me ha dado un beso para darme ánimos. Luego ha acariciado la cabecita de nuestra hija. Entonces ha cogido la carta y me ha pedido permiso para leerla.
Al terminar, ha dejado la carta sobre la mesita. Se ha acercado al ventanal y se ha quedado mucho tiempo mirando el mar a lo lejos.
—Creo que es el momento de volver a Suances —me ha dicho muy serio, con la voz afectada.
Yo he asentido sin decir nada. Creo que el güelu merece eso y mucho más. Siento que debo despedirme de él como se merece.
Me he levantado de la mecedora y he dejado a Tara en su cuna. Después, Declan y yo nos hemos abrazado; eso era precisamente lo que más necesitaba.
Mientras me apretaba con más fuerza a Declan, el viento arreciaba en el exterior. La tormenta se ha ido acercando muy deprisa a Cork y enseguida las gotas de lluvia han comenzado a golpear el cristal de la ventana.
Siento como si el abuelo hubiera vuelto a hacerlo.
En Suances fue el artífice de que nuestro amor floreciera y ahora, aunque ya esté muerto, va a conseguir que toda la familia se reúna de nuevo al abrigo del llar en Casa Abascal.
Esa era su gran virtud y todos le estamos agradecidos por tantas cosas como nos dio sin esperar nada a cambio.
Me he separado de Declan y he mirado un momento a través de la ventana.
Un relámpago fugaz ha atravesado el cielo cada vez más oscuro y entonces he sentido una imponente presencia que me reconfortaba.
He sonreído para mis adentros y he divisado el guiño cómplice del güelu a través de las nubes, contento después de ver desde su atalaya cómo todos recuperamos, por fin, nuestro lugar en el mundo.