La posada del viajero La recepción real #6
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La recepción real #6

Declan no pudo articular palabra, parecía haberse quedado estupefacto ante la salida de su contrincante.

En un instante la gente alrededor se puso a vociferar, llamando a gritos a los agentes.

Vi cómo más de un espontáneo se acercaba a él en actitud bastante hostil, por lo que el irlandés tuvo que amenazarles con el arma.

La situación se complicaba por momentos y Declan miraba en derredor, tal vez para buscar una solución ante el inesperado giro de los acontecimientos.

Entonces Declan tiró el arma a un lado y salió de allí a toda velocidad. El irlandés se perdió entre la arboleda, buscando una salida. Creí que había logrado una pequeña ventaja al pillar desprevenida a la muchedumbre que le rodeaba, pero no se encontraba a salvo.

Los guardias llegaron hasta nuestra posición y comenzaron a hablar con el tipo de la verruga.

Vi entonces cómo Declan giraba un momento la cabeza, tal vez fijándose en los agentes, mientras intentaba dilucidar qué hacer a continuación.

El esbirro de Arístides le señaló a él con la mano y Declan no lo dudó más.

Corrió como alma que lleva el diablo, llevándose por delante a más de un transeúnte y tropezando con multitud de personas.

La pesadilla continuaba y en ese momento supe que no saldríamos indemnes de la maldita situación.

Pensé por un momento en parar a alguno de los guardias y contarle la verdad.

Pero Declan tenía razón y decidí contenerme.

Yo no tenía ninguna prueba en contra del hombre que desaparecía del lugar del crimen disimuladamente, después de azuzar a los perros contra el irlandés, por lo que incluso yo podría salir malparada.

Había un montón de testigos que presenciaron otra escena muy diferente, la que sus ojos habían querido ver al ser manipulados por el sicario, por lo que mi idea no prosperaría. Tendría que buscar otra estrategia.

La ansiedad comenzó entonces a apoderarse de mi cuerpo. En los minutos siguientes escuché rumores de todo tipo en torno a lo sucedido, y ya no supe a qué atenerme. Tenía que salir de dudas.

Me acerqué entonces a un grupo de personas que se alejaban de la pareja de guardias reales al otro lado de la arboleda:

—¿Qué ha sucedido, buena mujer? —le pregunté como una curiosa más a una señora.

—Un hombre ha intentado atentar contra nuestro rey, pero al parecer los guardias ya le han detenido. ¡Lo pagará caro!

—Sí, yo he visto cómo le apresaban. Dicen que estaba al servicio de los franceses —replicó otra parroquiana.

—¿Era francés? —preguntó la primera mujer—. No creo, la verdad. Era todo un hombretón, o eso me ha parecido al verle.

—No te lo discuto, yo también he oído que era un hombre muy guapo. Pero eso no quita para que sea un criminal. ¡Tendrá que pagar por sus actos!

El alma se me cayó a los pies al escuchar a aquellas mujeres. ¡No podía ser! Al parecer habían apresado a Declan, pero yo no sabía si los rumores de las comadres eran ciertos. La desesperación hizo presa en mí y no debía permitirlo. No en esos momentos.

Quise disipar la angustia que envolvía mi cuerpo, aunque mis miembros no me respondían. Estaba convencida de que habían detenido a Declan, pero el instinto de supervivencia me hizo reaccionar.

Me acordé entonces de lo pactado con Declan sobre nuestro lugar de encuentro en caso de que surgiera algún problema.

Allí se encontraría atado su caballo, en el que podría haber montado para escapar de Comillas si las circunstancias hubieran sido otras.

Yo debía llegar hasta el animal y esconderlo, o tal vez rescatar cualquier cosa que Declan llevara en sus alforjas.

Pensé en la gente que rodeaba la escena de la pelea, la misma que podría haber escuchado mi grito llamando a Declan.

Desde esa posición, sumida en las sombras del crepúsculo, era complicado distinguir mis rasgos.

Así que me alejé también del lugar; no quería que nadie reparara en mi presencia y me relacionara con un supuesto delincuente.

Me mezclé con la multitud y atajé por callejuelas repletas de personas en busca del centro histórico de la ciudad.

La muchedumbre seguía impidiéndome avanzar más deprisa, y me sumí en un estado cercano a la desesperación.

No quería llamar demasiado la atención al correr en sentido contrario al de la mayoría de los ciudadanos, pero no me quedaba otra opción.

En un día de locos como aquel nadie tenía por qué fijarse en mí.

¿Y después qué? No quería pensar más allá, solo llegar a la plazoleta, mientras mi mente desvariaba y el corazón se desbocaba en mi alocada carrera.

Con los últimos gramos de aire en mis pulmones conseguí alcanzar por fin el barrio pesquero, temerosa de lo que pudiera encontrarme. Y una nube negra se apoderó entonces de mis pensamientos, al ver vacío el lugar donde se suponía que estaría atado el noble bayo de Declan.

Caí de rodillas sobre los adoquines, desolada. La carrera a través de Comillas me había dejado sin fuerzas, pero las lágrimas consiguieron salir de su escondrijo. La desesperación hizo de nuevo su aparición, y mi estómago se atenazó ante el repentino golpe.

¿Se había ido Declan sin mí? No se veía el caballo por ningún lado y eso solo podía significar una cosa: el irlandés había conseguido escapar de sus perseguidores y, tras montar en el animal, había abandonado Comillas para siempre.

No sentí alegría por saber que no habían apresado al irlandés; no en esos instantes.

Lo único en lo que pensaba, egoísta de mí, era en que nunca volvería a ver a Declan.

Él sería un fugitivo, el delincuente más buscado de toda España tras intentar atentar contra Alfonso XII y, como siempre, había pensado en mí antes que en sí mismo.

Sí, al huir de allí me salvaba, ya que nadie me podría relacionar con él.

Pero también me hundía en la miseria, porque yo no quería continuar con mi vida si no era a su lado.

No me hubiera importado convertirme en una fugitiva durante el resto de mis días, cualquier cosa antes que quedarme allí sola para siempre.

En medio de la desesperación me pareció distinguir un sonido que se acercaba cada vez más. Entonces distinguí perfectamente el relincho de un caballo y levanté la cabeza. No podía ser...

¡Declan había vuelto por mí! El irlandés iba montado en su caballo y tiró de las riendas con fuerza al verme de rodillas en el suelo.

—¡Gracias a Dios, Declan! —grité nada más verle.

—¡Amaya! —exclamó él antes de desmontar de un salto.

Nos fundimos en un abrazo instantes antes de que Declan me besara con fuerza. Se separó un momento de mí y me miró como si yo fuera una aparición, antes de decirme:

—No sabía si podrías llegar hasta aquí, Amaya, tuve que huir a la carrera. ¿Qué ha pasado allá arriba?

—Declan, yo creí que te habían apresado.

Enjugué como pude mis lágrimas y le conté a Declan lo sucedido tras perderle la pista. Al parecer los rumores escuchados en la arboleda no tenían nada que ver con la realidad.

—¡Madre mía! Tus paisanos son muy dados a fantasear. Menos mal que pude escapar.

El irlandés me explicó lo ocurrido desde que se había separado de mí.

Tras sortear la avalancha humana y cruzar la calzada, se acercó sigilosamente a su rival, aunque no se percató de que el otro esbirro de Arístides permanecía también escondido en las ramas de un árbol cercano.

Ese individuo gritó entonces algo a su compinche, y el tipo de la verruga se giró hacia Declan.

—El tipo me obsequió con una sonrisa irónica de triunfo, y supe que me habían descubierto. Tenía que jugármela.

Al parecer, el criminal también dudó un instante y Declan lo aprovechó. Tal vez el esbirro pensó que si disparaba al irlandés atraería la atención sobre ellos y eso le impediría atentar contra los reyes. Así que Declan se encaramó de un salto al árbol y atrapó la pierna del criminal.

—Di un tirón seco, el tipejo trastabilló y perdió pie. Antes de resbalar del árbol decidió saltar hacia el interior de la arboleda para alejarse de mí, pero yo le seguí.

Según Declan, el sicario había soltado el arma al caer del árbol, por lo que ambos se lanzaron en pos de la pistola. Fue entonces cuando se enzarzaron en la pelea que yo había presenciado.

—Me pareció verte en una esquina antes de escuchar tu grito.

Y después el muy canalla me sorprendió al acusarme delante de todos de pretender matar al rey.

Me vi allí de pie, con el arma en la mano, y temí por mi integridad.

No sabía qué era peor: ser detenido por las fuerzas del orden o linchado por aquellos energúmenos que se abalanzaban sobre mí.

Declan me explicó entonces cómo consiguió escabullirse de la zona tras mimetizarse con la marea humana que recorría las callejuelas del casco viejo. Él confiaba en que los esbirros de Arístides no se hubieran fijado en mí, para que yo pudiera escapar.

—Intenté pensar en una salida, pero la situación me sobrepasaba. Me había metido en un tremendo embrollo sin pretenderlo y no veía ninguna solución. Y entonces recordé nuestros planes, aunque dudé si dirigirme o no al puerto.

Habíamos acordado encontrarnos en la plazoleta. Pero, según me contó Declan, él pensó que tal vez yo había ido en busca de mi abuelo. Era algo razonable: debía de estar asustada después de lo ocurrido.

De todas maneras él siguió alejándose del lugar de los hechos.

En aquellos primeros momentos, según me confesó, se sentía como un fugitivo de la justicia.

Sabía que era el sospechoso principal del atentado fallido contra el Borbón y que su vida no valdría nada si le apresaban.

Entonces decidió camuflarse mejor entre la gente.

—El suelo estaba lleno de basura y desperdicios, pero también encontré prendas de ropa, sombrillas y otros objetos que la multitud había abandonado o perdido por el camino. Así que escogí este chaleco y la boina para camuflarme mejor.