La posada del viajero La recepción real #3
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La recepción real #3

—El acceso al interior de la finca del marqués, y por supuesto a su palacio, será muy restringido: unas pocas personalidades nada más.

De ahí la seguridad, tanto policial como privada, que vemos por todas partes.

No van a permitir que la plebe se junte con los nobles, y el pueblo llano no podrá pasar de esa valla para agasajar a los reyes.

Por lo tanto, yo creo que si quieren intentar algo contra el Borbón, deben de hacerlo en el mismo centro de Comillas o en ese camino de acceso antes de llegar a la puerta principal de la finca.

—También pueden hacerlo en esa cuesta que lleva a la entrada del palacio, o en la fiesta posterior que se celebrará en el interior del edificio. Tú mismo has dicho que Arístides estará allí, y quizás pueda intentar algo ahí dentro con más posibilidades de éxito que aquí fuera.

—Tienes razón en lo de las posibilidades de éxito, pero te olvidas de un pequeño detalle: Arístides podría intentar colar a alguien en el palacio, cosa harto improbable viendo la seguridad alrededor, aunque no totalmente imposible.

Pero si ocurre algo en el interior de la fortaleza todas las sospechas recaerían sobre él, y su plan se truncaría.

—¿Y no crees que...?

—No, es un maldito cobarde y no se atreverá.

Puede que acabaran con la vida del rey o del marqués, pero los guardias se echarían enseguida encima de ellos, sin posibilidad de escape al encontrarse dentro de la finca vallada.

Y, por supuesto, una vez que se llevara a cabo una investigación posterior, averiguarían enseguida quién les había facilitado el acceso a los asaltantes.

No, Arístides no es idiota, no se arriesgaría a acabar sus días en el garrote vil.

Puede que me equivoque, pero juraría que pretenden hacerlo antes de que el rey se encuentre bajo la protección del marqués.

—Puede que así sea, pero seguimos sin saber dónde se encuentra el tipo que has visto esta mañana.

—Sí, yo también creo que es lo más probable.

Yo, por lo menos, lo planearía así si quisiera llevar a cabo un atentado.

Además, Arístides se ha reunido con el marqués y habrá tenido acceso a los itinerarios de la comitiva real; eso debemos suponerlo desde el principio.

Ellos tienen toda la información, y nosotros damos palos de ciego, pero no se saldrán con la suya. Daremos con esa gente, no te preocupes.

—¿Qué hacemos entonces?

—Regresemos por allí y recorramos los metros finales del trayecto real en sentido contrario a la marcha que hará la comitiva. Puede que nos encontremos con alguna sorpresa, nunca se sabe.

El rumor ya había corrido por toda la ciudad. Al parecer la entrada de los reyes se retrasaba hasta última hora de la tarde, aunque a la gente no pareció importarle. De ese modo podría prolongarse la fiesta en una jornada histórica para Comillas.

Recorrimos palmo a palmo la zona indicada por Declan, cada vez más atestada de gente.

Los lugareños comenzaban a poblar también el trayecto sin dejar casi un resquicio, por lo que era muy difícil fijarse en todas las personas con las que nos cruzábamos.

Bastante tenía con no perder el rastro de Declan, ya que el continuo goteo de personas que se arremolinaban en la zona hacía casi imposible caminar por allí.

—No lo lograremos, es como buscar una aguja en un pajar. ¿Por qué no vamos a hablar con ese guardia?

—Seguimos sin ninguna prueba, Amaya. Nuestra única oportunidad es dar con el tipo de la verruga, desenmascararle y llamar entonces a las autoridades.

Si conseguimos atraparle, Arístides se quedará vendido ahí arriba y disfrutará del evento de un modo diferente al que tiene en mente, sin derramamiento alguno de sangre.

—No sé, Declan, esto es muy complicado. No lo vamos a conseguir, es una tarea imposible para nosotros. ¿Y si nos separamos para abarcar más terreno?

—Ni hablar. Le he prometido a tu abuelo que cuidaría de ti y no pienso dejarte sola, es muy peligroso. Eso sí, una vez que encontremos a estos tipos quiero que te alejes unos metros, y si yo no puedo hacerlo, avisa tú a las autoridades en caso de que a mí me sea imposible por cualquier motivo.

—No me asustes, Declan. ¿No pretenderás enfrentarte tú solo a dos hombres que pueden ir armados?

—No te preocupes, no pienso dejarme matar.

—No estoy preparada para esto, en serio. Yo no puedo...

—No te rindas tan fácilmente. Anda, repongamos fuerzas y descansemos unos minutos. Si sabes dónde se encuentra tu abuelo, podríamos ir a saludarle; es lo único que se me ocurre ahora.

—Sí, Angustias me dijo por dónde andarían. Aunque no sé si estarán todavía allí, imagino que ya es muy tarde.

Declan levantó entonces la cabeza y divisó el reloj en la torre del campanario.

—Tienes razón, son las tres de la tarde. Venga, démonos prisa. Se nos echa el tiempo encima y se acaban nuestras posibilidades.

Me costó un poco ubicar el lugar exacto que me había indicado mi prima.

No era lo mismo andar por unas calles abarrotadas de gente que en un día más tranquilo, ya que todas las esquinas me parecían iguales.

Permanecí atenta a los rostros con los que me cruzaba, o por lo menos a todos los que conseguía fijar un momento en mi retina.

El continuo fluir de gente por todas partes me estaba provocando un terrible dolor de cabeza y una sensación de agobio que me impedía respirar con normalidad.

Pero no podía pararme, ni por supuesto decírselo a Declan.

Él contaba con mi ayuda y yo no pensaba fallarle.

Al final dimos con el güelu y la prima, que iban acompañados por un grupo de personas. Angustias había dispuesto allí unos manteles en medio de la pradera y estaban terminando de comer. Declan me miró un momento y yo comprendí su desazón, no podíamos hablar del tema delante de tanto desconocido.

Saludamos a todos los allí presentes, y Angustias nos preparó algo rápido para almorzar.

Ni Declan ni yo teníamos muchas ganas de comer en esos momentos, pero algo habría que meter al estómago.

Angustias me guiñó el ojo al verme acompañada de tan buen mozo, pero yo preferí ignorarla y acercarme al otro lado del grupo, donde Declan cuchicheaba con mi abuelo.

—¿Habéis encontrado al tiparraco? —preguntó mi abuelo en voz baja.

—Todavía no, don Ángel, pero puede que tengamos algo.

Declan le contó en un aparte a mi abuelo el razonamiento que me había explicado a mí sobre el itinerario de los reyes y la posible ubicación de los delincuentes.

El anciano estuvo de acuerdo, le parecía algo plausible.

Solo nos quedaba dar con el paradero de esos indeseables e impedir que llevaran a cabo sus fechorías, fueran del calado que fueran.

—¿Se ha vuelto a retrasar la llegada de don Alfonso? —pregunté en voz alta.

—Sí, Amaya. Creo que llegarán a última hora de la tarde. Hemos escuchado rumores entre la gente, aunque nada concluyente. Al parecer el marqués tiene preparado un espectáculo de luces, fuegos artificiales o algo parecido para agasajar a los reyes, y con este solazo iba a quedar bastante deslucido.

—Se me está haciendo eterna la espera. La tensión me mata —confirmé en voz baja para no alertar a los amigos de mi prima.

—Imagino, pequeña. Yo intento no pensar en la situación, pero no puedo olvidar que os la estáis jugando. Si dependiera de mí, lo paraba todo y me iba directo a aquel guardia, pero ya sé que no sería la solución.

—Bueno, don Ángel, nunca se sabe. Puede que sea usted quien atisbe al maldito tipo de la verruga antes que nosotros. Y, si llega a suceder, entonces sí será el momento de acudir a las autoridades, aunque no le crean al principio.

—No te preocupes, si llega el caso no se me escapará tan fácilmente. He visto a varios tipos con verrugas y lunares, pero ninguno como el que nos has descrito —replicó el güelu .

—Sí, a mí me ha pasado lo mismo. Estoy de los nervios. Ojalá se acabe pronto esta agonía —dije alterada.

—No te apures, todo se solucionará. Don Ángel, creo que nos vamos a marchar. Y usted, ya sabe, no se acerque demasiado a la comitiva. Ya le he indicado dónde puede que se aposten los asaltantes.

—Seguro, no os preocupéis por mí. Ojalá tengáis suerte, muchachos, confío en vosotros.

Nos alejamos de allí con el corazón en un puño. Esa vez no pude despedirme de mi abuelo como hubiéramos deseado ambos, no queríamos levantar sospechas en el grupo de Angustias y compañía. Declan me apretó entonces de la mano y salimos de la zona, dispuestos a comenzar la batida de nuevo.

—¿Y si nos acercamos al puerto? —pregunté—. La mayoría de la gente ya se encuentra por aquí, en el centro de la ciudad o en los alrededores del palacio, que es por donde pasará la comitiva. Puede que esos hombres se escondan en una zona menos transitada a estas horas, por disimular.

—No sé, puede que tengas razón. Creo que es más fácil esconderse por aquí, rodeados de gente, pero tal vez sea una estrategia que debamos tener en cuenta.

Entraré en todas las tascas de la zona y preguntaré a los taberneros.

Mientras, tú puedes interrogar a los tenderos que tienen puestos en las calles adyacentes.

—De acuerdo, vamos allá.

Al ir contra corriente, nos fue muy difícil alcanzar el puerto en pocos minutos. Atajamos por callejuelas y perdimos más tiempo del deseado, y los nervios arreciaron con fuerza.