La recepción real #2
Al parecer lo primordial para él en ese momento, antes siquiera de plantearse nada serio conmigo o con su vida futura, era averiguar el verdadero alcance de la trama en la que Arístides andaba involucrado: carlistas, marqueses, cubanos repatriados, indianos de todo tipo...
Una mezcla que Declan no terminaba de asimilar.
¿Qué papel jugaría cada uno en aquella función especial de la vida?
No podía desechar ninguna idea; no si de ese modo condenaba al rey o a cualquier otro secundario de la trama.
Descubrí que esa era su verdadera obsesión, el maldito bastardo.
Quería acabar con él de una vez por todas.
Debía desenmascararle y hundir su burdo montaje para destrozar sus sueños de grandeza.
Además, Declan quería vengar la muerte de Andrés Maestro, de la que hacía también responsable a Arístides.
Pero eso sí, me aseguró, debía procurar que mi familia se viera lo menos afectada posible por una trama en la que nos había envuelto sin darse cuenta.
Nada más entrar de nuevo en la ciudad, Declan se había percatado de que Comillas respiraba alegría por los cuatro costados, atestada de personas llegadas de poblaciones cercanas, pero también de otros lugares más distantes que querían homenajear a los reyes en una jornada festiva que desbordaría todas las previsiones iniciales.
Aunque al parecer la llegada de los monarcas se retrasaría todavía unas horas, tal vez hasta la tarde.
Declan me contó sus siguientes pasos. Al parecer cumplió lo prometido y se acercó hasta la plazoleta donde se ubicaba la casa de Angustias.
Bajó entonces del caballo y lo ató al sitio que había convenido conmigo el día anterior.
Era temprano y, aunque hubiera preferido toparse conmigo enseguida, decidió darse un paseo por el puerto para hacer tiempo.
Se perdió entonces por la zona pesquera, donde algunos vecinos habían instalado tenderetes para vender todo tipo de mercancías: pescado fresco, ropa, artesanía y otras baratijas.
Yo entendía que los comillanos quisieran aprovechar la coyuntura y ganarse unos reales a costa de los visitantes llegados de todos los rincones del reino.
Y entonces se sorprendió al escuchar entre tanto alboroto un deje característico que conocía muy bien; debía averiguar algo más sobre aquellos tipos, por lo que intentó acercarse sin ser descubierto.
Según me dijo Declan, la marea de gente lo arrastró lejos de su objetivo, y el irlandés maldijo su suerte.
No podía luchar contra la riada humana que le venía en contra, pero en ese momento tuvo algo de fortuna: el hombre situado a su izquierda volvió la cara y permitió que contemplara su rostro durante unos breves segundos.
No le hizo falta más, lo había reconocido.
No sabía el nombre del recién llegado, pero Declan ya le había visto en Cienfuegos, junto a Arístides.
Según me aseguró el irlandés, en esa época ya se había fijado en un rasgo distintivo de ese hombre que no pasaría desapercibido para nadie: una gran verruga en su mejilla derecha que afeaba un rostro de por sí mal encarado.
—Me intenté acercar al tenderete por el otro lado, atravesando la bocacalle por detrás para evitar la muchedumbre —me contó Declan—, pero cuando llegué allí ya se habían esfumado.
—También es mala suerte, la verdad —repliqué.
—Le pregunté también al comerciante y a otras personas que andaban por allí, pero nadie supo darme razón de esos tipos. Sí, se acordaban del hombre de la verruga, pero había desaparecido.
—No te preocupes, vamos a encontrarlos. Entre los dos ya verás cómo será más fácil localizarlos.
Pero, una vez más, me equivoqué en mis apreciaciones.
Cuando Declan había afirmado que la aglomeración de personas era brutal, no pude siquiera imaginar hasta qué punto tenía razón.
Dejamos la zona del puerto para más tarde, por tratarse de la que acababa de recorrer el irlandés, un lugar poco probable para que los delincuentes continuaran por allí.
Así que decidimos acercarnos al centro de la ciudad, donde la algarabía era mucho mayor.
Abandonamos las calles principales y atajamos por callejones y recovecos para intentar alcanzar el centro de Comillas.
Daba igual: toda la ciudad se encontraba atestada de gente.
En verdad nos encontrábamos ante una incontenible marea humana que lo había inundado todo.
Y la mañana se iba acercando a su fin sin que nuestro esfuerzo obtuviera ningún fruto.
—Me estoy agobiando, esto es demasiado. ¿Por qué no nos acercamos al palacio del marqués? Tal vez esos hombres estén inspeccionando el lugar al que se dirigirán los reyes cuando lleguen. Puede que tengamos más suerte por allí.
—No sé, Amaya, no creo que se dejen ver por esa zona, aunque no perdemos nada por intentarlo. A mí también me está agobiando tanta charanga y tanta fiesta, la verdad.
Declan se refería a todo el alboroto que se había organizado en la ciudad. Por cualquier esquina se sucedían las orquestas improvisadas, los tenderetes en los que se vendía comida o bebida para deleite del personal, en una verbena inmensa que se extendía por toda la ciudad.
El ambiente festivo nos estaba cargando a ambos, preocupados por lo que pudiera ocurrir mientras nuestros convecinos disfrutaban de una jornada fuera de lo común.
Algo demencial, dadas las circunstancias, pero sería mejor que todos permanecieran ajenos al peligro en el que se encontraban.
Si se propagaba algún rumor sobre el particular, el pánico podría adueñarse de las calles y provocar una tragedia en forma de avalancha humana.
No, debíamos evitarlo en la medida de nuestras posibilidades y atrapar a los esbirros de Arístides antes de que cumplieran su maléfico objetivo, fuera el que fuera.
—Creo que es en esa dirección. Esa calle parece más despejada, y si nos adentramos por allí, puede que salgamos al nuevo barrio donde se ha construido el palacio de Sobrellano.
Declan y yo nos quedamos sin habla al asomar por la esquina.
Nos encontramos entonces al borde de la calle principal que partía aquel barrio en dos, una vía que unía además el centro del pueblo con el camino que llevaba hasta Oyambre y San Vicente; una amplia extensión de terreno casi virgen, con una especie de terraza escalonada a dos alturas.
Y allí, en lo alto de una pequeña colina artificial desde la que seguramente se divisaría casi todo el pueblo, se hallaba el monumental edificio que andaba en boca de todo el mundo.
La afluencia de gente disminuía en los aledaños del palacio, unas calles menos transitadas por las que pudimos caminar más fácilmente que por las del centro de la ciudad.
Nos topamos de todos modos con muchos curiosos que se acercaban hasta el borde de la finca donde se ubicaba el palacio, pero nadie podía acceder a sus inmediaciones.
El edificio se encontraba rodeado por un murete exterior asentado sobre columnas de piedra y rejas puntiagudas de hierro forjado que circundaban toda la propiedad; una pequeña fortaleza enclavada en medio de la nueva zona noble de la ciudad, atalaya de oro para los marqueses y sus invitados.
—No nos dejarán pasar, Declan, es imposible acceder al recinto. Y si nosotros no podemos, tampoco lo conseguirán los tipos que andamos buscando.
—No estoy tan seguro, Amaya. Te recuerdo que son esbirros de Arístides y, por lo que yo sé, el maldito bastardo puede encontrarse ahora mismo ahí dentro, tomando un jerez con el marqués mientras le ríe las gracias y le clava un cuchillo por la espalda, real o figuradamente, lo mismo da.
—No seas agorero, anda. Imagino que ahí dentro estarán ultimando los preparativos para la llegada de los reyes. Es un lugar soberbio, ¿no te parece?
—Bueno, sí. La verdad es que me parece algo pretencioso, pero cada uno puede hacer lo que quiera con su dinero. Aunque no sé si...
Declan se quedó un momento callado y se acercó a la valla exterior en un punto donde no había ningún guardia. Se subió entonces a una de las columnas, dispuesto a atisbar mejor el interior de la finca del marqués desde lo alto de la verja.
—¡Bájate de ahí, Declan! —grité—. Se supone que tenemos que encontrar a los delincuentes sin llamar la atención sobre nosotros. Al final serás tú el que acabe entre rejas.
—Espera un momento, Amaya...
Yo seguía haciéndole aspavientos al irlandés cuando vi que un vigilante se acercaba hasta nuestra posición.
Declan se bajó de un salto y me cogió de la mano para que nos marcháramos de allí antes de que nos dieran el alto.
Cuando nos hubimos alejado lo suficiente del guardia, Mclister me contó lo que había visto.
—El camino que mira hacia poniente, hacia la nueva salida del pueblo en dirección Oyambre, no está todavía terminado.
Sin embargo, sí me ha parecido que han alisado el terreno en la otra vertiente, tanto hacia el mediodía como hacia levante.
Seguramente es el camino de acceso al palacio desde la parte de atrás, la que no vemos desde nuestra posición.
Lo más probable es que los reyes se acerquen al palacio desde aquel lado.
—¿Y eso qué quiere decir?
Yo no entendía nada, aunque el irlandés parecía tenerlo todo muy claro. Esperé unos segundos para que me lo explicara, ansiosa por conocer la respuesta.
—Los reyes accederán a Comillas por la entrada principal que viene de Santillana, se darán un baño de masas con sus súbditos al atravesar el centro del pueblo, enfilarán esa calle de allí y después subirán por ahí detrás, justo al borde de la entrada principal de la finca.
Si te fijas, en ese recorrido ya hay apostados agentes, no puede ser de otro modo.
—Quizás sea así, no digo que no, pero sigo sin comprender lo que me quieres decir.