La recepción real
Tras una noche convulsa llegó la mañana del gran día.
Me había levantado temprano, preocupada por lo que sucedería en esa jornada, y sin poder quitarme a Declan de la cabeza.
El güelu amaneció al poco rato, e intentó calmarme con buenas palabras.
Yo sabía que él no las tenía todas consigo, pero alguien debería mantener la calma en una situación que nos sobrepasaba a todos.
—Declan me dijo que se pasaría temprano por aquí. Creo que me voy a asomar a la plazoleta, puede que ya esté por la zona —dije tras tomar un ligero desayuno que me cayó fatal al estómago.
—Te acompaño, Amaya —respondió el güelu .
Abrí la puerta y me topé de improviso con Declan.
Tenía la mano en alto, por lo que deduje que estaba a punto de llamar a la aldaba, aunque yo me había adelantado.
Mi abuelo se sorprendió al encontrarse de frente con el rostro acalorado del irlandés, pero enseguida relajó el gesto y le dio un sentido abrazo.
Parecía que el hombre se alegraba de verle, y Declan no supo cómo reaccionar.
—¡Dichosos los ojos! —exclamó el anciano—. Menuda casualidad, estábamos hablando de ti. ¿Verdad, Amaya?
En ese momento, traspasé el umbral y me pareció ver cómo a Declan se le iluminaba el semblante.
Yo le sonreí a mi vez, pero tal vez mi sonrisa franca pareciera algo mustia debido a la preocupación.
Incluso temí que regresara mi leve tic en el ojo izquierdo, algo que me sucedía cuando me encontraba muy nerviosa o en tensión.
Lo fundamental era que ya nos habíamos encontrado, quedaba saber si Declan traía novedades que contarnos.
—Menos mal que has llegado, Declan —comencé a decir—. Nosotros nos marchábamos ya. Mi abuelo quiere coger sitio para ver en primera fila la llegada de los reyes.
—Llevo poco rato en Comillas, pero ya he tenido una visión desagradable nada más llegar. Aunque gracias a eso tenemos una pista sobre la que trabajar —replicó Declan muy serio.
—¿A qué te refieres? —pregunté.
—A uno de los secuaces de Arístides: me acabo de cruzar con él en el puerto.
—Shhh, muchacho, no le des tres cuartos al pregonero —contestó el anciano—. Anda, pasemos dentro un momento y nos lo cuentas.
—No quiero molestar, y menos en casa de vuestro familiar. Yo...
—No te preocupes, irlandés —replicó de nuevo el güelu —. Mi sobrina se ha ido a hacer unos recados y, viendo el panorama ahí fuera, creo que tardará un rato en regresar.
Mi abuelo le franqueó el paso a Mclister, y yo los seguí de cerca. El irlandés se acomodó en una silla, dispuesto a continuar con la conversación, mientras nosotros nos sentábamos a su lado.
—Sí, es increíble la cantidad de gente que hay en la calle. ¿Está todo el pueblo así? —inquirí en ese momento.
—No te lo puedes imaginar, Amaya. He recorrido varias zonas de Comillas y toda la ciudad está atestada de gente.
En el puerto no podía ni dar un paso sin tropezar con alguien, y por eso he perdido al tipo este, por la aglomeración de personas.
Es horrible, no quiero ni imaginarme lo que se puede montar en el centro para la llegada de los reyes.
—Por eso quería ir yo pronto, para coger un buen sitio —aseguró el güelu .
—Disculpe, pero creo que los Borbones no llegarán hasta la tarde —informó entonces Declan.
—Sí, lo mismo me ha dicho mi amigo el concejal. Por lo visto el marqués les tiene preparado un recibimiento especial y han optado por retrasar el momento. Me da igual, creo que iré para allí, no me lo quiero perder.
—Claro, abuelo, ahora vamos —solté contrariada—. Pero antes deberíamos saber lo que Declan ha averiguado.
Vi a Declan inspirar con fuerza unos segundos antes de contestar. Parecía a punto de contarnos algún detalle importante.
—No es gran cosa, pero podemos localizar con más facilidad a los esbirros de los que os hablé.
Eran los amigotes de Arístides, sin duda, los recuerdo de sus correrías en Cienfuegos, y me he topado con ellos comprando chucherías en un tenderete.
Uno es cubano, y el otro creo que español, aunque es un tipo difícil de olvidar.
Son dos pendencieros de mucho cuidado y no creo que estén aquí de turismo.
—¿Podrías entonces describirlos, Declan? —preguntó mi abuelo.
—Algo mejor, don Ángel. No recuerdo bien la vestimenta que llevaban, pero puedo dar otros detalles que no pasarán inadvertidos para nadie.
El que parece llevar la voz cantante, el español, es un tipo no muy alto ni tampoco demasiado grueso.
Un hombre moreno, de tez oscura y rasgos anodinos, pero tiene algo que le distingue de sus semejantes.
—¿El qué? —inquirí con curiosidad.
—Tiene una gran verruga en medio de la mejilla derecha.
—¿Como un lunar, pero más grande?
—No, Amaya, es algo más asqueroso, ocupa casi media cara. Si te lo cruzas sabrás enseguida de quién se trata.
—No es por desanimarte, Declan, pero hay montones de hombres con verrugas en el rostro. Es más común de lo que te crees por estos andurriales.
—Puede ser, don Ángel. Pero sabemos que buscamos a dos hombres de unos treinta años, vestidos de colores claros por lo poco que he podido entrever.
Uno de ellos, el más bajito, tiene un acento cubano distinguible a distancia, y del otro ya he descrito su característica principal.
No habrá muchas parejas similares, por mucho que la ciudad albergue hoy a miles de personas.
Todos nos quedamos callados un momento, sopesando la nueva información. Era hora de ponerse en marcha, no teníamos otra opción.
—De acuerdo —respondí entonces—. Salgamos a la calle a buscarlos, no podemos perder más tiempo.
—¿Y después qué? —quiso saber el anciano—. No podéis enfrentaros a ellos. Tal vez lleven un arma o algo peor.
—Tranquilo, solo los acecharemos. No nos vamos a enfrentar a ellos, son malos enemigos. Quiero localizarlos primero y después avisaremos a las autoridades —contestó el irlandés.
—Me parece muy bien, pero quizás no sea suficiente —aseguré.
—¿Por qué lo dices, Amaya?
—Si tu amigo Arístides es tan previsor como parece, puede que tenga más hombres repartidos por toda la ciudad.
—Ya, pero no podemos saberlo. A estos tipos sí los he visto con mis propios ojos, y sé que no traman nada inocente.
Así que tenemos que encontrarlos antes de esta tarde; es lo único que podemos hacer.
Y después, si los neutralizamos, podré ir por Arístides.
El bastardo no se va a librar de mí, le tengo muchas ganas.
—Tened cuidado, muchachos, es muy peligroso.
—Por supuesto, no se preocupe. Yo cuidaré de su nieta, usted siga con sus planes, ya nos apañaremos nosotros.
—Pero...
—Nada, abuelo, haz caso a Declan. Dirígete a la zona que me has dicho, donde estarán después Angustias y sus amigas. Buscad un buen sitio, a ser posible no demasiado cerca del paso principal, pero desde el que puedas ver bien la comitiva.
—No, yo quiero ver al rey de cerca, es mi última oportunidad.
—Ya lo sé, pero no es seguro. Mejor te apartas un poco, no quiero que te pase nada malo.
—Haga caso a su nieta, don Ángel. Nosotros partimos ahora mismo para comenzar la batida, en un rato iremos a buscarlos.
—De acuerdo, pareja. Por favor, sed muy prudentes. Y, a la más mínima sospecha, dad la voz de aviso. La ciudad está llena de guardias, no os costará trabajo encontrar uno.
Declan y yo salimos de nuevo a la calle con el ánimo algo más recobrado, preparados para descubrir a aquellos tipos. El tiempo se nos echaba encima, no podíamos perder ni un minuto más.
Le di un beso a mi abuelo, y Declan le estrechó la mano.
Vi asomar las lágrimas en el rostro de mi abuelo, pero no podía pararme a pensar en ello.
El anciano nos dio un sentido abrazo antes de dejarnos marchar, mientras nosotros pretendíamos salir casi a la carrera de allí, dispuestos a remover la ciudad entera si hacía falta.
Ya teníamos una pista sobre la que trabajar, y no debería ser tan difícil dar con el paradero de esos individuos, sobre todo con el tipo de la verruga, más fácil de distinguir entre la muchedumbre.
En cuanto nos encontramos de nuevo solos, Declan me contó todo lo sucedido desde la despedida de la noche anterior. Había decidido no regresar a Santillana para pernoctar, ya que a la mañana siguiente tenía que volver a Comillas y no quería fatigar a su caballo.
—¿Y dónde has dormido, si puede saberse? —pregunté.
—A las afueras del pueblo, en una pequeña arboleda que he encontrado alfombrada de hierba. Hacía buena noche, aunque refrescó de madrugada. Pensé que podría dormitar por lo menos hasta el amanecer, pero mi mente no me ha dejado descansar.
Su mente le jugaba malas pasadas, y temió que aquella aventura nos acabara pasando factura a todos.
Estuvo tentado de abandonarlo todo, o eso me aseguró. Pensó incluso en convencerme para escaparnos, para salir de allí con destino incierto: cualquier lugar al que el maldito Arístides no pudiera llegar con sus contactos y sus largas garras, lejos de problemas y preocupaciones.
Declan me confesó sus miedos y temores. Abrió entonces su corazón de un modo que jamás pude imaginar.
Admitió que hasta aquel momento no se había percatado de la verdadera magnitud de sus sentimientos hacia mí.
No podía obligarme a abandonarlo todo y hacerle aún más daño a una familia que le había amparado cuando de verdad lo necesitaba.
Por lo tanto, tenía que seguir luchando.
Yo intenté intervenir, pero Declan me silenció al posar un dedo en mis labios. Supuse que quería desahogarse, soltar todo el lastre que llevaba a la espalda, y en ese momento no quería interrupciones. Yo lo acepté y le hice un gesto para que continuara.