La confirmación #6
—No conocemos la finalidad de su plan, tal vez no sea atentar contra el Borbón. Me parece demasiado arriesgado, aunque la coartada de Arístides sería perfecta, viendo el atentado en primera fila junto al marqués de Comillas.
—Ya, pero no lo sabemos —afirmé—. No podemos arriesgarnos; no si la vida del monarca está en nuestras manos.
—Vigilaré a Arístides y mantendré los ojos bien abiertos para descubrir a sus compinches, si es que andan por aquí. Pero deberíamos permitirles que sigan con su plan para no ponerlos sobre aviso.
No hizo falta que me lo explicara. Si le fastidiábamos los planes a Arístides, saliendo a la palestra y descubriendo nuestras cartas, lo normal sería que los conspiradores cambiaran de estrategia.
Y lo peor de todo era que el cubano sabría entonces quién le había traicionado, por lo que la vida de Declan no valdría un real a partir de ese instante.
Lo teníamos muy mal, de uno u otro modo.
La angustia regresó y comencé a hipar. Mi organismo se revolucionó, y la sensación de ansiedad se apoderó de mí por completo.
Comencé a sentirme mal y Declan lo notó al instante.
El irlandés decidió entonces abrazarme y resguardarme entre el pecho y sus brazos, acunándome como a una niña.
Sus palabras de aliento, susurradas en mi oído mientras me acariciaba el pelo para calmarme, consiguieron que comenzara de nuevo a respirar con normalidad.
Tardé todavía unos minutos en recuperarme del todo y me desembaracé de él, aturdida ante la situación.
Me había dejado llevar por el pánico y así no le servía de ninguna ayuda a Declan, obligado a vivir bajo una brutal presión que yo no podía siquiera imaginar.
—Lo siento, no quería...
—Shhh, tranquila. No pasa nada, es normal que reacciones así. Todo este asunto nos tiene de los nervios. Ojalá se acabe de una vez.
—Sí, yo también lo deseo. Solo espero que esa gente no se salga con la suya, como a veces sucede en las novelas.
—No lo harán, Amaya, te lo prometo.
Regresamos en silencio a la plazoleta donde nos habíamos encontrado, caminando en silencio.
El rumor de las olas nos acompañaba de nuevo, pero ni él ni yo estábamos para recrear imágenes de otro tipo relacionadas con olas o acantilados.
La suerte estaba echada, y el día siguiente sería la jornada definitiva.
Cuando abandonamos la playa, Declan se paró un instante y oteó el horizonte. Miró entonces a uno y otro lado, sopesando entre murmullos algo que no compartió conmigo en voz alta.
—¿Qué ocurre? —pregunté confundida.
—No, nada. Comprobaba las diferentes calles que desembocan en el puerto, las salidas hacia uno u otro lado. Por allí he venido yo de Santillana, pero ¿hacia dónde se va por allí?
Declan señaló en la dirección contraria, y yo sonreí; esa respuesta sí la conocía.
—Por allí creo que se sale al nuevo barrio donde está el palacio de Sobrellano, la residencia del marqués.
Y por esta otra bocacalle creo que puedes eludir ese barrio y salir directamente del pueblo, en dirección hacia Oyambre y San Vicente de la Barquera, los siguientes pueblos importantes de la comarca.
—Bien, bien... —dijo Declan—. Tendré que vigilar las rutas de escape, por si nuestros «amigos» piensan en huir de Comillas una vez que los descubramos.
—Todavía no sabemos lo que ocurrirá, Declan.
—Sí, pero quiero tenerlo todo muy claro. Dependerá de lo que me encuentre mañana. Tendré que verlo sobre la marcha.
—No irás a improvisar, ¿verdad? Este asunto es demasiado grave, no te lo tengo que recordar.
—Descuida, lo tengo muy claro. Por cierto, creo que este puede ser un buen punto de encuentro.
—¿De qué hablas?
Habíamos llegado de nuevo a la calle adyacente a la plazoleta donde Angustias tenía su casa.
El bayo de Declan permanecía allí atado, esperándonos con tranquilidad.
El noble animal permitió que le acariciara, parecía haberme cogido confianza.
Y yo me quedé pensativa, mirando a Declan y esperando su respuesta.
—Lo digo por si sucede algo. No sé si mañana os veré por el pueblo, pero si pasa algo o no nos vemos durante las celebraciones, nos encontraremos después aquí. ¿De acuerdo?
—No sé a lo que te refieres exactamente, Declan.
—Cualquier cosa grave, cuando suceda lo tendrás claro.
Imagina que se produce una explosión, un tumulto, una avalancha o cualquier otro tipo de alboroto.
O puede que las autoridades detengan a alguien, sea a Arístides o a alguno de sus secuaces, o incluso a mí, por alteración del orden público.
Tienes que conseguir llegar hasta aquí. Yo dejaré el caballo atado en este mismo lugar. ¿Lo has entendido?
—Claro, Declan, perfectamente. Pero ¿y si no podemos llegar alguno, por la razón que sea?
—No te pongas en lo peor, anda, ten fe en mí.
No lo dijo muy convencido, pero yo asentí para darle ánimos. No podía hacer otra cosa en esos momentos.
—De acuerdo entonces. Descansa, por favor. Y ve con mucho cuidado, te lo ruego.
—Lo haré, no lo dudes. Y después nos olvidaremos de todo esto y comenzaremos a vivir nuestra vida. ¿Te parece bien?
—Me parece estupendo. Ya estoy esperando ese momento, no creas que voy a olvidar tu promesa.
—Las promesas de un irlandés son sagradas, deberías saberlo. Y yo pienso cumplir la mía, cueste lo que cueste.
Me puse de puntillas y besé a Declan en los labios.
Él se sorprendió; quizás no pensara que me atrevería allí, al lado de la casa de mi prima.
Me daba igual el «qué dirán», ya estaba muy harta de todo.
Lo único que quería era que se acabara aquella pesadilla para poder comenzar mi vida junto al hombre que amaba.
Esperé unos instantes a que Declan montara en su caballo y se alejara calle arriba.
Se dio la vuelta un momento y se despidió con la mano, aparentando más tranquilidad de la que cualquiera podría tener en esas circunstancias.
Le quise más aún por ello, porque siempre pensaba en mi bien en vez de en el suyo.
Tendría que recompensarle de alguna manera cuando todo terminara. El pobre estaba sufriendo de lo lindo.
Entré en casa de Angustias, pero el estómago se me había encogido, por lo que no tuve ganas de cenar.
Mi abuelo me hizo un gesto de comprensión y me hizo ver que hablaríamos con calma al día siguiente.
Así que me fui para mi habitación, dispuesta a pasar una de las noches más largas de mi existencia.