La posada del viajero La confirmación #5
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La confirmación #5

Ambos queríamos evitar la confrontación con mi madre, pero más tarde o más temprano tendríamos que asumirlo.

Si yo quería estar con Declan y él conmigo, tendríamos que comunicárselo a la familia oficialmente.

Temía ese momento lleno de tensión, donde sobresaldrían los reproches de mi madre y el casi seguro enfado de Mariuca, aunque mi hermana llevaba unas semanas distraída, como si el calentón con el irlandés hubiera desaparecido y ya ni se acordara de nuestras discusiones por él.

Mejor así, yo no quería volver a enfrentarme ni con ella ni con nadie.

Aunque en público parecía mucho más tranquila, en privado me aseguraba que jamás me saldría con la mía.

Pero el güelu y yo teníamos algo más importante en nuestras cabezas, algo que no nos dejaba dormir por la noche.

Las intrigas palaciegas aparecían a veces en los libros de aventuras, pero era muy distinto enfrentarse a ellas desde dentro y con nuestros escasos medios.

Me sentía muy pequeña en una situación que se nos escapaba de las manos.

Y además temía por la vida de Declan, instalado en el centro mismo de la trama.

—Todo saldrá bien, ¿verdad? —dije en un momento en el que el silencio ya pesaba demasiado entre nosotros, de camino a Comillas.

—Claro, no te preocupes. Anda, déjame llevar un rato el carro, que te veo algo distraída.

No contradije al anciano, llevaba toda la razón. Rodeamos Santillana y enfilamos otros caminos menos transitados. Nos fuimos acercando de nuevo a la costa tras sobrepasar algunas de las colinas de la comarca, buscando nuestro destino final: Comillas.

Mi abuelo oscilaba su cabeza mientras conducía el carro y le regalaba al mulo palabras de ánimo para que continuara con su dura labor.

El pobre animal ya estaba muy mayor, y los últimos viajes lo habían dejado casi sin fuerzas.

Después del verano tendríamos que plantearnos la posibilidad de jubilarlo, por lo menos para seguir tirando de un vehículo tan pesado.

Yo seguía ajena al bello paisaje que se mostraba ante nuestros ojos.

Las lluvias de la primavera pasada nos permitían entonces contemplar un verdor sin igual, con nuestros valles, colinas y montes repletos de vida.

El contraste del mar —bravío como solo el Cantábrico podía ser—, con las estribaciones montañosas que rodeaban nuestra comarca, hacía que el viaje fuera una delicia para los sentidos.

Aunque yo no pudiera disfrutarlo en ese momento, siempre pensé que mi tierra podía ser considerada la más bonita del mundo.

Compartimos alguna que otra charla intrascendente, pero ninguno de los dos quisimos entrar en el meollo de la cuestión.

Mejor no hablar del asunto, enterrarlo en nuestra memoria hasta que no tuviéramos más remedio que enfrentarnos cara a cara con él.

Y eso tendría lugar al día siguiente, a más tardar, dependiendo de lo que ocurriera en una jornada que ninguno olvidaríamos.

Entramos en Comillas y nos dirigimos a la zona del puerto. La casa de Angustias se encontraba en las inmediaciones. Yo seguía con mal cuerpo, y no precisamente por lo agitado del viaje.

—Alegra esa cara, Amaya, que no diga tu prima.

—¿No estás preocupado, güelu ?

—Claro que sí, mi niña. Este viejo tiene miedo, no lo voy a negar. Pero más por ti y por ese terco muchachu , porque yo ya soy muy mayor. Solo deseo que todo salga bien y nadie sufra ningún percance.

—Ojalá tengas razón, abuelo. Es lo único que pido yo también.

Tras preguntar a unos vecinos llegamos sin más retrasos al domicilio de Angustias.

La buena mujer se alegró mucho de vernos.

Se deshizo en elogios hacia mí y resaltó lo guapa que estaba y lo rápido que me había convertido en toda una mujer.

Era normal, no nos veía desde el entierro de mi padre, y ya había llovido bastante desde entonces.

Nos acomodamos en su amplia casa, una vivienda con tres habitaciones de las que dos estaban desocupadas.

La mujer tenía ambos cuartos preparados para nuestra visita, e insistió en que mi abuelo tomara uno y yo el otro para mayor comodidad de todos.

No protestamos después del largo camino, por lo que deshicimos la maleta y descansamos un poco después del agotador viaje.

Los dejé de cháchara en el salón, donde estuvieron poniéndose al día tras varios años sin verse.

Yo seguía intranquila, pero recordé entonces las palabras de Declan en nuestro último encuentro, y salí de nuevo al exterior.

Si el irlandés se asomaba por el barrio del puerto, quería que me encontrara lo antes posible.

Habíamos dejado nuestro carromato al lado de la casa de Angustias, y el irlandés lo reconocería sin duda, pero sería mucho mejor si nos viéramos cara a cara.

—Voy a dar una vuelta por el puerto, ahora vuelvo —informé antes de salir.

—Claro, Amaya —contestó mi abuelo.

El anciano se había percatado perfectamente de lo que me proponía y me hizo un gesto con la cabeza para que siguiera adelante con lo acordado.

Yo salí de nuevo al fresco y me perdí un rato por las callejuelas anexas al puerto. Todavía había gente trabajando, afanada en recoger las redes y otros aparejos de pesca. La ciudad estaba engalanada para la visita real, y el puerto no iba a ser menos.

Mi abuelo me había contado que, antiguamente, gran parte de la población de Comillas vivía de la industria ballenera, muy importante en toda la región.

Los pescadores de la zona capturaban ejemplares de la ballena franca, uno de los cetáceos menos peligrosos de cazar.

Comillas fue el último puerto del Cantábrico que se dedicó a esas tareas, y la flota pesquera de la villa marinera tuvo que reinventarse décadas después y dedicarse entonces a la pesca de la sardina y otras especies similares.

En mi paseo por el puerto me topé con una muchedumbre de gente que admiraba un hermoso barco allí anclado.

Cuando pregunté a uno de los vecinos, me explicó que se trataba de un buque muy especial, el primero cuyo casco se había construido completamente de acero, y que sería presentado al rey en los próximos días.

Mi abuelo me había contado también algunos de los pormenores de la visita real, detalles que su buen amigo Enrique conocía por su pertenencia a uno de los consistorios de la zona.

Aparte de los impresionantes arcos de bienvenida que se habían instalado en Comillas —atravesamos uno de ellos al acceder a la ciudad—, el marqués y sus paisanos tenían preparadas más sorpresas para los reyes y su séquito, incluyendo diversas fiestas y recepciones durante ese verano.

Incluso, según aseguró el concejal de Suances a mi abuelo, se estaba estudiando la posibilidad de convertir Comillas en la capital del reino, aunque fuera por un solo día.

Al parecer el rey pretendía pasar allí el resto del verano, por lo que podría presidir el primer Consejo de Ministros de septiembre, con todo su Gabinete reunido en la ciudad cántabra.

Un honor para la región, si finalmente se llevaba a cabo tal idea.

La noche comenzó a echarse sobre la ciudad y decidí regresar a casa de Angustias.

Me quedaría un rato en las inmediaciones, por si acaso aparecía Declan por allí.

Tenía muchas ganas de verle, pero por otro lado temía ese momento.

En los días siguientes saldríamos por fin de dudas con respecto a Arístides y su banda, para bien o para mal.

No quería verme envuelta en una investigación por parte de las autoridades, aunque yo no tenía nada que ocultar.

De todos modos eso sería mejor que no poder dormir por las noches, por miedo a que Declan tuviera un encontronazo con esa gente y acabara de mala manera.

Sí, estaba decidido. Convencería al irlandés para acudir a las autoridades, no quedaba otro remedio.

Al llegar a la plazoleta donde se ubicaba la casa de Angustias, muy cerca del puerto, no me percaté de que tenía ya a alguien esperándome, apoyado en un banco de piedra.

Declan me divisó el primero y me regaló una de sus arrebatadoras sonrisas, sin que la intranquilidad desapareciera de mi cuerpo.

Quería arrojarme en sus brazos, pero mi prima podía asomarse en cualquier momento a la puerta de su casa, o tal vez mi abuelo, y no quería provocar un espectáculo.

El irlandés se percató de mi azoramiento y me saludó con formalidad, sin mostrar atisbos de la manera en la que en realidad quería saludarme.

Eso esperaba yo al menos, la indecisión hecha persona.

Seguía sin tenerlas todas conmigo, repleta de dudas en un momento tan difícil para todos.

Debía desechar esas absurdas ideas y luchar por lo único que tenía claro entonces: mi amor por Declan.

El irlandés me invitó a acompañarle para dar un paseo y yo accedí encantada.

Repetimos lo de la última noche en la que coincidimos en Suances, esta vez con las playas de Comillas como escenario.

Nos marchamos en dirección contraria a la que había tomado yo en mi anterior paseo por el puerto, enfilando la playa principal del pueblo, también preparada para los dichosos baños de ola.

—¿Has averiguado algo más? —pregunté a bocajarro, más preocupada por esos temas que por cualquier asunto romántico.

—No, la verdad, no he sacado mucho más en claro en estos días. Arístides vendrá mañana temprano a Comillas, y yo también, pero por mi cuenta. Me he escapado de Santillana sin que nadie se entere y ya me quedaré por aquí.

—¿Sabes algo de los carlistas o de los cubanos que me mencionaste?

—No, y eso me preocupa. Creo que lo dejaron todo atado el otro día, aunque el ambiente en la casona de Arístides parece algo enrarecido. He escuchado voces y alguna que otra discusión, pero no sé mucho más.

—Ya lo imaginaba, no pasa nada. Lo importante es que estés aquí, sano y salvo. Tal vez deberíamos avisar a alguien para que extremaran las precauciones en torno a la visita de los reyes.