La posada del viajero La confirmación #4
86%

La confirmación #4

Mi inseguridad me mataba, y de nuevo estaba siendo injusta con él, pero no podía sacármelo de la cabeza.

Por fin dejó el caballo, cogió mi mano con fuerza y me obligó a acompañarle paseando por la playa, muy cerca de la orilla.

Me llegaba el murmullo de las pequeñas olas que lamían la arena con delicadeza, nada que ver con la espectacularidad de sus hermanas mayores al romper en los acantilados de Santa Justa una semana antes.

Pero ese rumor sordo no podía silenciar el martilleo incesante de mi corazón, desbocado ante lo que pensaba sería nuestra despedida.

—Amaya, yo...

—No, por favor, déjame hablar a mí primero —le interrumpí—. Sé que estás muy atareado con el empeño de desenmascarar a tu patrón, pero sinceramente no te entiendo.

—No te precipites, todo tiene su explicación. Verás, la verdad es que...

—Después de nuestro encuentro en la ermita me has ignorado completamente. Claro, para ti no significó nada, ya lo veo. Y mientras, rodeado de mujerzuelas en tugurios de mala muerte.

Declan se quedó parado en la arena, me soltó la mano y me miró de frente.

Entonces se aproximó a mí con propósitos no demasiado claros, acercando su mano para recolocarme un mechón de pelo detrás de la oreja.

Yo le aparté de un manotazo y retrocedí un par de pasos antes de encararme de nuevo con él.

—¡Ni se te ocurra!

—Vaya, veo que te has cabreado en serio. ¿O acaso estás celosa?

—Más quisieras tú, irlandés —contesté menos airada.

—Anda, no seas cría —dijo mucho más serio—. Te aseguro que no tengo tiempo para pensar en ninguna mujer, aparte de ti, por supuesto. Bastante tengo encima, la tensión me va a matar como siga así.

—¿Qué ha pasado? —pregunté asustada.

—Al final me colé en el despacho de Arístides y casi me pillan. Encima no...

—¡Te dije que no lo hicieras! Si tu patrón te llega a descubrir fisgando en sus cosas, quizás lo hubieras pagado muy caro. Y yo...

—No me vio nadie, pero tuve que salir de allí cuando sentí pasos cerca. Al final no encontré nada comprometedor en el poco tiempo que estuve allí dentro, pero creo que Arístides trama algo muy gordo.

—¿Por qué lo dices?

—El otro día escuché voces de otros hombres dentro de la casa, y no me gustó nada el rumbo de la conversación.

Hablaban en clave, o eso me pareció. Además, uno de ellos tenía acento cubano.

Creo que formaba parte de los amigotes de Arístides en Cienfuegos, gentuza de la peor calaña.

A veces traía a alguno a la plantación y a ninguno nos gustaba.

Incluso su padre, que le permitía todo, le abroncaba cuando le veía con esas compañías.

Su grupito tenía muy mala fama en la ciudad por lo que pude averiguar, pero nunca se pudo demostrar que cometieran ningún delito o hicieran algo en contra de la ley.

—Ya, pero eso tampoco prueba nada.

—Tal vez no, pero lo que vi ayer sí.

—¿A qué te refieres?

—Fue algo muy extraño. Uno de los lugartenientes de Arístides en Santillana se reunió a escondidas con otros dos tipos. No pude verles bien la cara, pero sí escuché alguna palabra suelta de su conversación. Y te aseguro que distinguí el acento cubano sin dudarlo.

—¿Y qué pasó?

—Se reunieron en las caballerizas y el lugarteniente llevaba al entrar un maletín bastante abultado, muy similar al que portaba el emisario carlista el otro día.

Habló durante unos minutos con esos tipos allá dentro, y después salió sin maletín.

No distinguí bien a los otros dos hombres porque se escabulleron por la parte de atrás y no podía seguirlos sin levantar sospechas.

Pero me pareció reconocer al más alto, creo que era uno de los amigotes de Arístides en Cienfuegos.

Todo apunta a que preparan algo para el 6 de agosto. Y me temo lo peor.

—Nosotros finalmente iremos a Comillas el día anterior —apunté en ese momento.

—¿Al final habéis organizado el viaje? Es muy peligroso, Amaya, aunque cualquiera se atreve a disuadir a tu abuelo de ir a ver a los Borbones.

—No te preocupes por nosotros, bastante tienes encima. No nos vamos a meter en ningún lío, descuida.

—Yo no puedo estar pendiente de vosotros, lo siento.

Tengo que permanecer cerca de Arístides y, sobre todo, buscar a ese hombre misterioso.

Solo le he visto de perfil, a una distancia bastante grande, pero creo que podría identificarle.

Tengo que hacerlo antes de que cometa cualquier barbaridad, y avisar a las autoridades en cuanto le encuentre.

Y vosotros deberíais quedaros en Suances.

—Mi abuelo ya ha organizado todo el viaje, es imposible que dé marcha atrás. Además, él quiere ayudarte. Aparte de ver al rey, claro.

—Amaya, estoy hablando en serio. Aunque no te lo creas me importas mucho y no podría soportar que te ocurriera algo por mi culpa.

—Descuida, no voy a meterme en medio del jaleo. Aunque al abuelo cualquiera le controla, dice que quiere ver al Borbón de cerca.

—Ya hablaré yo con don Ángel, no te preocupes. No sé cómo lo haré, tendré que escaparme de Santillana, pero estaré ese día en Comillas cueste lo que cueste.

—¿Y tu patrón dónde andará ese día? —pregunté entonces.

—Creo que Arístides irá con su amigo, el indiano de Suances; al parecer han sido invitados especialmente por el marqués. Y yo le pienso estropear el entretenimiento, sea el que sea. Quiero que pague por todo el mal que ha hecho, y no pienso echarme atrás.

—Deberíamos dejarlo. ¿Por qué no nos vamos de aquí? Tengo un mal presentimiento.

—No seas tonta, no va a pasar nada. Además, ¿adónde nos íbamos a ir?

—A cualquier lugar, lejos de aquí. Quiero conocer mundo, estar a tu lado. Pero, claro, yo no sé si tú...

—Anda, cállate de una vez. Mira que hablas...

Mclister me silenció con el beso que llevaba días esperando.

Mis brazos se quedaron colgando al lado del tronco, flácidos, quizás con miedo a moverse.

Pero al final me dejé llevar, no podía hacerle eso a mi cuerpo.

Me abracé a él con todas mis fuerzas y puse en el beso todo lo que guardaba en mi corazón.

El pantano se abrió y el manantial de mis sentimientos fluyó desbocado, sin cortapisas, arrasando el entorno.

La emoción me embargaba: quería alejar de mi mente los malos pensamientos y recrearme únicamente en aquel momento.

No podía permitir que nada ni nadie me alejaran de mi objetivo, que no era otro que amar a Declan para siempre, contra viento y marea.

—Vaya, eso está mucho mejor. Creí que no lograría hacerte entrar en razón.

—Yo... Esto... Perdona. Estoy muy nerviosa y creo que antes he exagerado un poco.

—Sí, cariño, eso creo. Pero ahora quiero que te olvides de cualquier problema. Si te parece, me encantaría pasear por esta hermosa playa contigo. ¿Te apetece?

—Claro.

Dejé atrás mis preocupaciones, o eso intenté, y caminé junto a Declan por la playa.

El irlandés se quedó a medio camino y comenzó a arrojar guijarros al agua.

Yo le imité y acabamos jugando como dos críos, agarrándonos y riendo como cualquier pareja de enamorados.

Solo esperaba que aquellos momentos de felicidad se prolongaran.

Había perdido la noción del tiempo en compañía de Declan, e intuí que ya era muy tarde, tendría que regresar a casa.

Nos entregamos unos momentos más a la pasión, pero nada comparado con lo vivido en Santa Justa.

Una velada de la que me daba mucha vergüenza hablar con él, aunque más tarde o más temprano volvería sobre el tema.

Pero antes habría que salir bien de una semana que se presentaba complicada.

Antes de marcharnos de allí concreté con Declan la manera de encontrarnos en Comillas y le indiqué dónde estaba ubicada la casa de mi prima Angustias, por si acaso. No sabía si volveríamos a vernos antes de ese día y un amago de inquietud recorrió mi cuerpo.

Regresamos junto al caballo, y Declan me acompañó hasta las inmediaciones de mi casa. No me apetecía dar demasiadas explicaciones a mi familia, así que me despedí de él y me adentré en Casa Abascal, sin saber que nuestro destino había quedado sellado para siempre.

La semana avanzó con exagerada lentitud, y no volví a saber nada de Declan en esos días. Mi abuelo andaba también algo nervioso con nuestro viaje, aunque intentaba disimularlo. Llegó por fin el viernes y nos preparamos para partir hacia Comillas.

El viaje se nos hizo un poco pesado. Habíamos salido a media tarde de Suances, tras un amago de discusión con el resto de la familia al ver que nosotros nos marchábamos casi de vacaciones y ellos se tenían que quedar trabajando en Casa Abascal.

Yo debería haber estado contenta por marcharme tres días de casa, aunque fuera con mi abuelo.

Me iba a alojar en otra bonita población de mi tierra, en casa de una prima, con la oportunidad de ver de cerca el espectáculo que se había organizado en Comillas por la presencia de los reyes de España.

Y para colmo me iba a encontrar allí con mi amor, el irlandés que había vuelto mi mundo del revés, lejos de las miradas inquisitorias de mi madre.

Pero no conseguía relajarme; una presencia siniestra nos envolvió durante nuestro recorrido y no pude alejarla de allí en todo el camino.

Mi abuelo iba también pensativo, tal vez meditando lo que había ocurrido en los últimos días.

El anciano sabía perfectamente lo que sucedía entre Declan y yo, pero se lo había guardado para protegerme.

El güelu me quería con locura y habría hecho cualquier cosa por mí, incluso de alcahuete ocasional, aunque fuera contra sus principios.