La confirmación #3
Por un momento me olvidé de Declan y del maldito Arístides, y pensé en lo que se avecinaba.
Los reyes de España iban a visitar mi tierra y, al parecer, se estaban organizando unos festejos magníficos para recibirlos.
Yo quería estar allí, formar parte de un día histórico para todos y, por supuesto, ayudar a Declan en lo que estuviera en mi mano.
Tenía razón mi abuelo, el rey Alfonso era un monarca muy querido.
Tras el exilio de su familia regresó a España con todos los honores y entró en Madrid a lomos de un hermoso corcel blanco.
Con solo diecisiete años se hizo cargo de una Corona que había pasado por muchos altibajos y se puso al frente de un país con problemas de todo tipo.
El pobre rey únicamente sufrió desgracias desde su llegada a España.
Se casó con su prima Mercedes, en una boda que la reina madre no aprobó por cuestiones políticas y familiares, sin que Alfonso XII se arredrara lo más mínimo.
Un matrimonio adorado por los españoles, que veían en la pareja de enamorados unos reyes perfectos para asumir la restauración borbónica en España.
Pero el destino les jugó una mala pasada.
La reina, tras una larga enfermedad, murió a los pocos meses de casarse, y el rey se sumió en la melancolía y dejó de lado sus labores de Estado.
Gracias a sus hombres de confianza pudo salir del bache, aunque antes tuvo que escuchar cómo el pueblo le sacaba incluso coplillas populares relacionadas con la desgraciada muerte de su esposa.
Un monarca que buscaba descendencia para la Corona no podía quedarse viudo tan joven y olvidarse de sus deberes con la patria.
Así que Alfonso XII se casó con María Cristina de Habsburgo un año y medio después del fallecimiento de Mercedes de Orleans.
El primer hijo del matrimonio nació poco después, pero fue una niña, por lo que deberían seguir intentándolo.
España demandaba un hijo varón, sobre todo para no tener los mismos problemas por los que pasó Isabel II décadas atrás a la hora de acceder al trono.
Por supuesto bautizaron a la niña como María de las Mercedes en honor a la reina recién fallecida.
—La nueva reina es prima del emperador austríaco —me contó un día mi abuelo—, pero por lo visto es bastante siesa, nada que ver con Merceditas. Lástima que muriera tan joven, pobre niña. Pero bueno, yo quiero ver al rey Alfonso, lo demás me da igual.
Al final, con tanto ajetreo por la organización del viaje, conseguí alejar de mi mente la mayoría de los problemas que me consumían por dentro. Pero, claro, no pude ni quise sacar de mi cabeza a Declan. Le añoraba, le echaba mucho de menos, y aquellas horas sin saber de él eran un suplicio para mí.
En la tarde-noche del domingo, con el permiso de mi madre, salí a dar un paseo.
Me acerqué hasta el centro del pueblo, ensimismada, pensando en mis cosas.
Cuando me quise dar cuenta estaba al lado de la parroquia de Nuestra Señora de las Lindes, la patrona de Suances.
Pensé entonces en confesarme con el párroco, pero la vergüenza pudo más.
Así que continué mi caminata, rumiando sola todo lo que me había sucedido en los últimos meses.
Iba con la cabeza gacha, bastante distraída he de decir, ajena a lo que sucedía a mi alrededor.
De pronto escuché un ruido a mi espalda y me giré sobresaltada.
El crepúsculo se cernía sobre Suances, y la oscuridad podía traerme algún tipo de problema, por mucho que me encontrara en pleno centro de la villa en una noche de verano.
Los salteadores estaban a la orden del día, y yo había descuidado la atención, hasta perder casi la noción del tiempo y el espacio.
Cuando me di la vuelta distinguí el origen de aquel sonido. Un caballo bayo relinchaba contento, moviendo su cabeza arriba y abajo. Entonces me di cuenta: ¡el noble animal me saludaba! El caballo de Declan me había reconocido y se mostraba contento al verme.
Yo me quedé a su lado, acariciando al equino, hasta que caí en la cuenta de que su dueño andaría por allí cerca.
Me parecía extraño que Declan hubiera ido hasta Suances sin avisarme, y entonces todo se paró a mi alrededor.
Unos metros más allá, a la puerta de una taberna de mala fama, cuyos parroquianos no parecían muy recomendables, creí ver al irlandés rodeado por otros hombres a los que no me habría acercado yo sola en la vida.
¿Estaría Declan allí para sonsacarles algo a los esbirros de Arístides?
¿O tal vez solo bebía con sus amigotes antes de desfogarse con cualquier pelandusca?
No quería pensar mal, pero en el pueblo se rumoreaba que dentro de ese tugurio, en la planta superior del edificio, los clientes podían pasar un buen rato con alguna chica de vida alegre por unas pocas monedas.
No, mi Declan no era así, por mucho que pregonaran de los hombres. Él era una persona cabal, un hombre que se vestía por los pies, como decía mi abuelo. Y, si había llegado tan lejos conmigo, no iba ahora a dejarme tirada de esa manera.
De todas formas, ¿qué podía esperar yo? Se trataba de un hombre de mundo que habría tenido romances con mujeres tanto en Irlanda como en Cuba, y a saber si también en España.
Yo no era su primera experiencia en el amor, eso se notaba, pero sí pensé que sería la última.
¡Infeliz de mí! Me había dejado engatusar y, una vez que el irlandés obtuvo lo que andaba buscando, se había olvidado de esta incauta como si yo fuera un trapo de usar y tirar.
Los celos se apoderaron de mí cuando vi salir del local a una mujer vestida de manera llamativa.
Declan la ignoró y siguió hablando con uno de los hombres mientras le daba la espalda a la joven.
El irlandés no quería saber nada de esa mujer, por mucho que ella quisiera llamar su atención.
Eso me satisfizo, pero seguía sin fiarme de lo que estaba viendo.
¿De verdad conocía tanto a Declan? Mi mente me avisaba de la terrible equivocación al juzgar de antemano la situación sin analizarla con la cabeza fría.
Pero mi corazón agitado opinaba otra cosa, y quise entonces sacarle de dudas.
Me acerqué hasta el grupo y Declan me descubrió enseguida.
Su gesto de alarma me hizo pensar que le había pillado con las manos en la masa, pero entonces supe que ese no era el motivo real de su desasosiego.
Inclinó la cabeza ligeramente, señalando al grupo de borrachos que se arracimaba en la esquina, y supe que sería una imprudencia acercarme.
Me pareció que Declan se relajaba y regresé a mi lugar anterior, cerca del caballo y oculta en la penumbra que lo cubría todo.
Algo apartada de aquel tugurio, pero lo bastante cerca para controlar la situación.
El irlandés se percató de mi estratagema y comenzó a hablar en voz alta para que yo le escuchara.
—Bueno, compañeros, ya es tarde. Creo que os voy a dejar por hoy, no tengo ganas de caerme del caballo de regreso a casa.
—Venga, irlandés, no seas así. Nos tomamos la última y nos vamos —contestó uno de aquellos tipos.
—Mejor otro día. Ya nos veremos.
Declan se marchó de allí y se dirigió hacia su caballo.
En un ataque de lucidez, pensé que tal vez Declan no quería que esos hombres le vieran conmigo.
Si se trataba de esbirros de Arístides y estaban metidos en algún tipo de delito, sería mejor que no vieran mi cara, que no me reconocieran ni me asociaran con el irlandés.
Así que comencé a andar sin rumbo fijo, esperando que el irlandés se percatara de mi estrategia.
Así lo hizo. Declan montó en su caballo y lo mantuvo al paso.
Se detuvo unos metros más allá, bajo las frondosas copas de unos árboles.
Me subí en silencio al animal, y salimos de allí sin decir una palabra ninguno de los dos.
Y entonces dio la vuelta y puso el caballo al trote en dirección hacia las playas de Suances.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—Ahora lo verás, no te preocupes. Prefiero alejarme de esos tipos.
Declan parecía muy misterioso esa noche y mis nervios no lo soportaban.
El aguijón de los celos me decía que allí había algo más que una misión de reconocimiento, pero no quería dejarlo traslucir.
Era la primera vez que podía estar a solas con él después de nuestro encuentro en la ermita y no quería desaprovechar la oportunidad.
Me tragaría el orgullo, y si veía algo raro, ya le pondría en su sitio.
Minutos después llegamos a la entrada de la playa de La Concha, la más extensa de Suances y una de las más concurridas de la comarca en los últimos tiempos merced a los baños de ola que se habían puesto tan de moda.
A esas horas no había nadie en la playa.
No es que tuviera miedo en compañía de Declan, pero nunca había estado allí tan tarde, por lo que un pequeño escalofrío sacudió todo mi cuerpo.
¿Qué pretendía Declan? Le notaba muy raro, y yo no sabía cómo comportarme con él después de lo sucedido.
Tal vez para Declan nuestro anterior encuentro fuera el de la curva del mirador junto a mi abuelo, cuando hablamos sobre Arístides y sus planes, pero yo tenía en mente otro momento, la mágica tarde en la ermita.
Quizás para él no había sido tan importante como para mí y debía averiguarlo sin demora, antes de seguir perdiendo el tiempo con un hombre que no sentía lo mismo que yo.
—Declan, yo quería decirte...
—Ahora no, Amaya, espera un momento.