La posada del viajero La confirmación #2
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La confirmación #2

—Los últimos días están siendo bastante ajetreados en la finca de Arístides. Allí entra y sale mucha gente que no conozco, aunque no me entero de todos los detalles. Lo que sí sé es que el cubano se reunió finalmente con el marqués, y al parecer salió bastante contento del encuentro.

—¿Has podido averiguar los motivos? —quiso saber mi abuelo.

—Bueno, creo que tienen varios negocios en marcha, o por lo menos en perspectiva.

Arístides parece exultante, incluso me ha dado una bonificación por mi excelente trabajo, según él.

Y tanta alegría me escama: seguro que sus planes implican algo más que unos simples negocios con el marqués de Comillas.

—Tú no eres de aquí, pero te aseguro que el marqués no recibe a cualquiera. Aunque no sé qué tipo de tratos se traerá con él, no me extraña que tu patrón esté contento. Las influencias del de Comillas llegan muy lejos; es un buen árbol al que arrimarse en estos tiempos, te lo aseguro.

—Ya, y por eso no me termino de fiar. Arístides está encantado por algo relacionado con el marqués y con otros personajes muy importantes, pero por otro lado se sigue reuniendo con los emisarios carlistas.

—¿Viste otra vez al militar en casa de tu patrón? —solté a mi vez.

—No, Amaya, a ese no le he vuelto a ver. Pero sí al otro hombrecillo, el que parece un abogado o algo así. Portaba un maletín bastante grueso cuando entró en la casona, y al salir ya no lo llevaba encima.

—Pues sí, es bastante extraño. Igual nos lo estamos inventando todo, y sus acciones tienen una explicación mucho más sencilla que cualquier confabulación siniestra contra la Corona —aseguró mi abuelo.

—No creo, don Ángel. Y menos al saber que Sus Majestades llegarán a Comillas el próximo sábado 6 de agosto y se alojarán en el nuevo palacio del marqués.

—No puede ser. ¿No estarás pensando en que...?

—No digo nada, solo me atengo a los hechos. Y la realidad es que mi querido patrón, Arístides Maestro, acudirá como invitado especial del marqués de Comillas a la recepción oficial en honor de los reyes de España.

—¡Madre mía!

Solté el exabrupto en alto sin darme cuenta. A todos se nos había pasado por la cabeza lo peor, pero mi abuelo recondujo la situación.

—A ver, no adelantemos acontecimientos. Arístides no es idiota, no se va a arriesgar de ese modo.

Si ha sido invitado por don Antonio, no creo que quiera perder ese privilegio.

No le veo yo atentando contra el rey, su séquito o el mismo marqués en su propia casa.

Sería apresado inmediatamente, aparte de que la seguridad del monarca impediría que cualquiera se acercara al cortejo real mucho antes de que levantara una mano contra nadie.

Declan se quedó un momento pensativo, reflexionando sobre las últimas palabras de mi abuelo.

Yo no entendía nada, pero allí se estaba tramando algo importante.

Vi el gesto de negación de Mclister y supe que tenía más datos que aportar.

Desde luego, nunca hubiera imaginado que, después de perder la virginidad con él, mi siguiente encuentro con ese hombre fuera con carabina y hablando de conspiraciones políticas.

—No lo sé, pero sigue en tratos con los carlistas, y eso no me gusta.

Es cierto que no le veo atentando contra nadie; es un cobarde.

Sin embargo, tiene hombres a su servicio y seguro que puede infiltrar a algún carlista en el cortejo.

Creo que Alfonso XII ha sufrido un par de atentados anarquistas durante su reinado, así que no sería la primera vez.

—En eso tienes razón. ¡Maldita sea! —exclamó mi abuelo—. ¿Y qué podemos hacer?

—Creo que ya es hora de acudir a las autoridades, no podemos esperar más tiempo —aduje convencida.

—No es tan fácil: nadie me va a creer. Y menos si acuso sin pruebas a un poderoso hombre de negocios que se relaciona con marqueses y gente por el estilo. No, tengo que pensar otra cosa y rápido.

Todos nos quedamos un momento callados, y entonces escuché una voz conocida a mis espaldas. Mi hermano se asomó al borde del camino para llamar nuestra atención sin gritar demasiado.

—¡Amaya, date prisa! Madre te está buscando y no parecía de muy buen humor.

—Para no variar, claro —dijo el güelu —. Anda, hija, regresa a la casona. Me quedaré yo un rato con Declan y luego te cuento.

El irlandés me miró un instante, y supe que él tampoco quería que me marchara.

Y, por supuesto, ambos deseábamos que mi abuelo desapareciera para decirnos todo lo que llevábamos dentro.

También era mala suerte que nuestro primer encuentro después de lo vivido el domingo anterior fuera en presencia de una tercera persona que no nos permitía expresarnos con libertad.

—Sí, ahora voy. Entonces, Declan, ¿qué vas a hacer? —insistí.

—Mantenerme alerta; ahora es cuando tengo que permanecer más atento. Si me quedo un momento a solas, tal vez intente acceder al despacho de Arístides. Es posible que guarde documentos o algo comprometedor que podamos utilizar.

—No creo que sea tan tonto, no te molestes. Primero, es muy peligroso, y segundo, Arístides no va a dejar por escrito pruebas de su infamia —aseguró el anciano.

—Bueno, algo se me ocurrirá. Desde luego ahora no puedo alejarme mucho de la finca de Arístides, por si acaso.

Intentaré sonsacar también a sus hombres.

Hay algunos que con unos tragos son menos reacios a hablar.

Y procuraré averiguar todos los datos que pueda sobre la recepción real y lo que se está organizando en Comillas.

—Le preguntaré yo también a mi amigo el concejal. Y además tendré que ir preparando el viaje.

—¿Qué viaje? —pregunté como una tonta.

—Sabes que mi sobrina Angustias vive en una casona grande de Comillas. Desde que se quedó viuda y los chicos se fueron a la ciudad, dice que le sobra tanta casa. Así que tal vez reciba una visita de unos familiares muy queridos.

—¿Quieres decir que...?

—Por supuesto, Amaya. Olvidándome de conspiraciones y de cualquier cosa por el estilo, no pensarás que me voy a perder la única oportunidad de ver de cerca a un Borbón, ¿verdad?

—Bueno, visto así. ¿Puedo ir yo?

—Deberíamos ir todos, Amayuca, pero ya sabes cómo es tu madre.

—Declan y yo le miramos extrañados—. No estoy loco, muchachos; habrá miles de personas en Comillas y no creo que suceda nada malo.

Una oportunidad así solo se tiene una vez en la vida.

Tenemos que recibir a Sus Majestades como se merecen.

El rey Alfonso es muy querido y tiene que quedarle muy claro el cariño que le tiene su pueblo.

—No creo que madre quiera ir, güelu —aseguré—. De todos modos, me extraña que vaya a cerrar el negocio un sábado. Y menos en plena temporada alta.

—Bueno, ya nos organizaremos —dijo Declan—. Amaya...

—¿Sí...? —pregunté como una tonta.

—Nelu sigue haciendo gestos, creo que tu madre te reclama.

—Sí, perdón, me marcho. Bueno, ya nos contarás.

Salí de allí enfadada por perderme el final de la conversación.

Mi abuelo y Declan se quedaron charlando tranquilamente, como si no nos encontráramos en medio de una situación rocambolesca.

Admiraba la calma que demostraba Declan ante el momento que vivía, con unos nervios de acero.

Tal vez la procesión iba por dentro, pero desde luego lo disimulaba bastante bien.

Minutos después vi regresar a mi abuelo a la casona. Quise acercarme para preguntarle sobre lo que habían hablado en mi ausencia, pero me hizo un gesto que no dejaba lugar a dudas. Hablaría más tarde conmigo, ahora tenía otros asuntos que atender.

El abuelo consiguió contactar con su sobrina en esos días, y la buena mujer se avino enseguida a alojar a toda la familia si fuera preciso.

Mi madre se negó en redondo desde el primer momento, y mi abuelo, sin que yo le mencionara nada, sacó a relucir de nuevo la excusa de que necesitaba mi ayuda para conducir el carro, acostumbrado a que yo le llevara por esos caminos de Dios.

Él no pensaba perder la oportunidad de ver a su rey, y se cerró en banda a cualquier tipo de negociación.

Yo les escuchaba a escondidas, pero sabía que al final se saldría con la suya.

—¡No me puedo quedar sola en la posada! —exclamó mi madre—. Además, los niños querrán ir también de excursión con vosotros, por lo menos Nelu.

—No te preocupes, hablaré con la vecina; ya nos ha ayudado en otras ocasiones —añadió el güelu —.

Y no estarás sola, descuida, tendrás a Nelu y a María a tu disposición.

Es mejor que los niños se queden en casa, sería difícil controlarlos en una ciudad tan llena de gente.

A Comillas solo me llevaría a Amaya; para ayudarme con el carro, ya sabes.

Mi madre se quedó un momento callada, sopesando las razones esgrimidas por su suegro.

Si se cerraba en banda, mi abuelo no se lo perdonaría jamás.

El anciano podía irse solo, pero si le ocurría algo en el trayecto, o durante los actos de celebración en Comillas, todos tendríamos un cargo de conciencia en la familia del que sería difícil librarse.

No le quedaba otra opción que transigir.

—Siempre te sales con la tuya. Si estuviera tu hijo aquí, las cosas serían muy diferentes, que te quede claro.

Le vi salir de la cocina con una sonrisa triunfal. El anciano siempre acababa consiguiendo lo que se proponía. En un principio pensé que mi madre se negaría a darme permiso, sobre todo después de nuestra anterior escapada a Santillana.

La visita de los reyes era algo especial, pero ya no podría utilizar la misma excusa de acompañar a mi abuelo para una posterior ocasión.

Tendría que inventarme algo nuevo para poder ver a Declan a partir de ese instante, independientemente de intrigas palaciegas.

Estaba enamorada de ese hombre y necesitaba verle.

Y si para ello tenía que escaparme del yugo materno, lo haría sin dudarlo.