La posada del viajero La confirmación
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La confirmación

Me había despertado muy temprano, todavía de madrugada.

Llevaba varias noches sin dormir bien, nerviosa e intranquila.

Por un lado, me encontraba feliz y contenta tras la memorable velada en la ermita de Santa Justa, pero por otro lado me sentía culpable, como si les hubiera fallado a Dios y a mi familia.

Y lo peor no era eso. A lo largo de las últimas noches me había imaginado que Declan se encontraba a mi lado, acurrucado en mi lecho, acariciándome y cuidando de mí.

Mis ensoñaciones me erizaban el vello de todo mi cuerpo al imaginar que las fuertes manos del irlandés me recorrían.

Entonces me estremecía de placer y me recreaba en unas imágenes que quería repetir cuanto antes.

Había caído bajo el hechizo del amor, tanto físico y carnal como el más etéreo, el que me hacía volar a ras de suelo cada vez que pensaba en Declan.

Me había enamorado hasta los tuétanos y además me sentía mucho más viva, renovada, como si al entregarme al hombre que amaba hubiera abierto las compuertas de la felicidad.

El calor me sofocaba por dentro al rememorar sus ardorosos besos, sus caricias íntimas y, sobre todo, el carrusel de sensaciones encontradas que viví al sentirle dentro de mí.

Mis pezones entonces se rebelaron, suspirando por ese momento de pasión, excitados ante el simple hecho de recordar un momento vivido.

La vergüenza quiso apoderarse de mis pensamientos, pero la alejé de mi conciencia a patadas.

Al fin y al cabo, yo no creía haber hecho nada malo, por mucho que lo pregonara la Santa Madre Iglesia.

No es que fuera demasiado devota, pero la sociedad nos guiaba por un único camino, y el que se salía de él era excluido del rebaño.

Quizás tenía que haberlo pensado antes, mas no pude.

Ese momento mágico me subyugó, anulando mi voluntad, y solo supe dejarme llevar por mis sentimientos.

Y si aquello era pecado, que bajara Dios a castigarme.

Al fin y al cabo únicamente disfrutamos del verdadero amor terrenal, la unión física y emocional de un hombre y una mujer.

Habían vuelto a pasar tres días sin saber nada de Declan y, en las circunstancias en las que se encontraba el irlandés, no sabía si ese detalle era buena o mala señal.

Declan creía que su patrón se había reunido en Comillas con el marqués, y en esos momentos yo desconocía si ese encuentro le había afectado de algún modo.

Recordé entonces el camino que recorrimos los dos juntos a caballo, desde la ermita hasta Santillana, intentando borrar las emociones reflejadas en mí.

Mi cuerpo todavía temblaba de emoción, poco acostumbrado a los vaivenes del amor.

Pensé en ese momento que mi rostro acalorado llamaría la atención de mi abuelo, aunque el calor me podía ofrecer una buena excusa.

Aquel día de la ermita de Santa Justa, después de regresar a Santillana, tardamos todavía un rato en encontrar a mi abuelo.

Desmontamos del caballo y recorrimos a pie el centro de la villa, hasta que di con uno de los amigos del güelu , que me indicó amablemente dónde se encontraba el anciano.

Cuando llegamos a su lado, nos miró de arriba abajo, y nosotros mantuvimos la compostura del mejor modo posible, aunque la procesión iba por dentro.

A mi modo de ver, el irlandés balbuceaba cuando le contó al güelu que nos habíamos retrasado por dirigirnos a la playa de Santa Justa.

Y yo no fui capaz de aguantar su mirada por mi sentimiento de culpabilidad, pero el anciano pareció satisfecho con las explicaciones.

Declan se despidió entonces de nosotros con algo de frialdad, sobre todo si lo comparaba con nuestro apasionado encuentro entre las rocas de la ermita, pero no podíamos hacer otra cosa.

El irlandés prometió mantenernos informados, y desde ese momento no había vuelto a saber de él.

Durante esos días mi hermana Mariuca me ignoró y yo se lo agradecí: no tenía ganas de enfrentarme a ella.

Pero mi madre fue otro cantar. Fue más dura y severa que de costumbre en las labores de Casa Abascal; parecía tenerme enfilada y me abroncaba a cada momento.

Unos días terribles en los que la angustia y la desazón, unidas a la situación en mi casa, me hicieron plantearme por primera vez en mi vida, como algo más que un simple anhelo, desaparecer de allí con todas las consecuencias.

Me imaginaba viviendo con Declan, despertándome todas las mañanas a su lado en un lecho caliente y esponjoso.

Nuestras largas noches de pasión, horas eternas en las que hacer el amor sería nuestra misión principal, desembocaban en un dulce sopor del que despertaba al lado de mi esposo.

Sí, yo pensaba en Declan como mi marido.

Al fin y al cabo, por muy moderna que me creyera, había sido educada de una manera y eso se llevaba en los genes.

Declan y yo éramos católicos y no habría ningún problema en caso de querer casarnos.

Aparte de la negativa de mi familia, claro está.

Esas ensoñaciones me llegaban sin avisar, en cualquier momento, y a veces me encontraba en situaciones que hubiera querido evitar: por ejemplo, mientras ayudaba en la cocina a mi madre hasta que se me iba el santo al cielo.

Y ella, naturalmente, estaba presta para atizarme a la menor oportunidad en que me veía distraída.

—Despierta, Amaya. Estás otra vez en la luna, que no sé qué demonios te pasa, chiquilla.

Yo asentí con fuerza y me concentré en lo que me había ordenado.

Afortunadamente mi madre se marchó de la cocina, dispuesta a seguir con la tarea en otras partes de la finca.

Algo que agradecí, porque no podía soportar su mirada inquisitiva que intentaba adivinar lo que había sucedido en aquella jornada memorable.

No las tenía todas conmigo, pero poco podía hacer yo. Así que intenté olvidarme del asunto, porque bastantes preocupaciones tenía ya. Y, por supuesto, no pensaba sacar el tema ni delante de mi madre ni del abuelo, no fuera a ser que todo se torciera.

De todos modos no pude permanecer tranquila durante mucho tiempo, ya que mi abuelo me abordó sin posibilidad de escape. El pobre lo hacía con la mejor intención, pero el nudo que aprisionaba mi estómago me estranguló aún más, y la ansiedad comenzó a hacer de las suyas.

—Amaya, ¿qué tal vas? ¿Has sabido algo de nuestro amigo irlandés?

Yo quise que me tragara la tierra, pero disimulé lo mejor que pude. Obvié la parte sentimental y amorosa de mi desazón, auspiciada por esos pensamientos impuros que llevaban instalados en mí desde el domingo, y contesté sobre mi otra preocupación.

—No, nada todavía. No quiero pensar en algo malo, pero llevamos tres días sin saber de él. Ojalá esté a salvo, porque ese Arístides me da muy mala espina y yo...

—No te apures, seguro que está bien. Creo que el irlandés es un hombre que sabe cuidarse por sí mismo. Si no sabemos de él, será porque todo va bien; no vamos nosotros a llamar a la mala suerte pensando en otra cosa.

—Dios te oiga, güelu , pero no sé yo si...

Una voz fresca y juvenil me interrumpió, y nunca me sentí más dichosa de ver el alegre rostro de mi hermano Nelu, que entraba en los dominios de Casa Abascal pegando gritos.

—¡Ahí llega Declan! —exclamó a pleno pulmón.

—Shhh, Nelu —le reconvine—. No hace falta que grites.

—El irlandés viene de camino. Le he visto por el sendero con su caballo. Imagino que se dirige a casa.

Le di un beso al niño, loca de contenta, y salí de allí como alma que lleva el diablo.

No tuve en cuenta a mi abuelo y preferí adelantarme a Declan antes de que el irlandés entrara en la finca.

Tal vez él había divisado también a Nelu y me esperaba en nuestro rincón, en la curva situada junto al mirador, sabiendo que el niño me avisaría sin dudarlo.

No pude librarme del güelu , que me acompañó hasta la curva del mirador.

Ya podía olvidarme en su presencia de cualquier gesto romántico dirigido a Declan.

Dejamos atrás las casas de dos vecinos y divisamos enseguida a Declan, que estaba atando su caballo a un fuerte árbol que encontró en las inmediaciones.

—¡Irlandés! —gritó alborozado mi abuelo. Parecía más contento que yo de verle sano y salvo. Y eso me alertó aún más, porque quería decir que el anciano andaba más preocupado por Declan de lo que me había asegurado—. Me alegra verte por aquí, muchachu . Espero que nos traigas novedades.

—Claro que sí, don Ángel —contestó Declan sin aparentar sorpresa al verme con mi abuelo—. Parece que los acontecimientos se precipitan. Ahora les cuento.

Declan estrechó la mano de mi abuelo y después me dio a mí un casto beso en la mejilla para saludarnos. Yo tuve que contenerme para no buscar sus dulces labios, pero la mirada reprobadora del güelu no admitía discusiones.

El irlandés evitó el contacto directo con mis ojos, algo que agradecí en un principio para no turbarme demasiado.

De todos modos su comportamiento también me entristeció un poco, ya que parecía dirigirse únicamente a mi abuelo en la conversación, casi como si yo fuera un elemento decorativo.

Pensé que tal vez no quisiera tratarme con excesiva familiaridad delante del anciano para no llamar la atención, pero no podía hacer como si no me conociera.

Preferí alejar esos pensamientos de mi cabeza y centrarme en lo que Declan tuviera que contarnos.

—¿Qué ha pasado? —pregunté—. Nos tenías preocupados sin saber de ti desde el domingo.

Conseguí entonces que el irlandés me mirara a los ojos, y eso fue mi perdición.

Su mirada penetrante se adentró hasta lo más profundo de mi alma, y me quemó con el fuego abrasador de sus pupilas.

Pude distinguir en ellas la misma pasión que yo sentía por él, y mi corazón saltó de alegría en el pecho.