La posada del viajero La recepción real #4
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La recepción real #4

Nos repartimos la tarea una vez en el puerto, pero no hubo suerte.

Declan preguntó a los dueños y trabajadores de los tugurios que nos encontrábamos, como si buscara a un amigo con una característica muy peculiar.

Yo adopté la misma estratagema, con el mismo resultado negativo.

A algunas personas les parecía saber a quién nos referíamos, pero no obtuvimos ninguna pista fiable.

Ni por supuesto nos cruzamos con el hombre en cuestión.

Habría sido demasiada suerte toparnos de bruces con él en una taberna, sentado tranquilamente mientras se preparaba para su función de esa tarde.

La angustia se apoderó de nuestros movimientos, pero no podíamos parar.

A Declan se le ocurrió en ese momento otro sitio probable donde buscar, ya que el tiempo apremiaba y se acababan nuestras opciones.

—El camino hacia Oyambre parecía bastante despejado, ya viste, por eso pensé que sería una ruta natural de huida para esta gentuza si intentaban algo en las inmediaciones del palacio. Pero también pueden haber pensado lo contrario, atentar en la misma entrada de Comillas.

—¿En la entrada principal del pueblo? Claro, puede ser —confirmé—. Los reyes llegarán de Santander por ese camino, y ellos tendrían también el paso franco para huir en esa dirección.

—Es una posibilidad que no podemos desechar. Vamos allá.

No era mala idea, pero muchas más personas habían pensado lo mismo que nosotros.

Las aglomeraciones no parecían tan exageradas como en otros puntos de la población, pero mucha gente se dispuso en aquel lugar estratégico, justo al lado del impresionante arco de bienvenida preparado para la entrada de la comitiva real.

Recorrimos ambos lados de la calle sin éxito.

El misterioso hombre de la verruga en el rostro parecía haberse esfumado, no había ni rastro de él en toda la ciudad.

Nuestros escasos medios, en una ciudad con miles de almas de un sitio para otro, no nos permitían peinar la zona a conciencia, pero no quedaba otra salida.

Había que seguir intentándolo hasta el último momento.

Regresamos a la zona centro, cansados y desanimados ante la falta de resultados. La tarde transcurrió más deprisa de lo que hubiéramos deseado, y seguíamos sin dar con esa gente. El tiempo se acababa, y las opciones se agotaban a marchas forzadas.

Declan sacaba fuerzas de flaqueza, obsesionado con pararle los pies a su mortal enemigo. Pero yo me encontraba agotada y así se lo hice saber. No podía seguir su ritmo, lo único que hacía era entorpecerle y ralentizar su marcha.

—Está bien, vamos a hacer una cosa —dijo Declan—. Te llevo a donde tu abuelo y así descansas un rato. Yo proseguiré con la tarea y regresaré después por ti, no te preocupes.

—De acuerdo, vamos allá.

Cuando llegamos al lugar donde habíamos dejado a mi abuelo, no le encontramos en ninguna parte. Angustias seguía allí, de cháchara con algunas de sus amigas del pueblo. Le pregunté por su tío y no se preocupó lo más mínimo, pero yo me angustié al escuchar su respuesta.

—Se ha ido con un vecino vuestro de Suances que se ha encontrado. Me ha dicho algo de acercarse a la valla del palacio. Al parecer ese hombre tiene un buen lugar desde el que poder contemplar la comitiva, mejor que desde aquí.

—Gracias, prima, voy a buscarle.

Declan no quiso entonces abandonarme, pero yo le dije que él debía continuar con la tarea.

Tenía el corazón dividido, pero creí que antes de acompañarle debía saber dónde se encontraba mi abuelo.

Pensé que el güelu andaría con Enrique, su amigo concejal de Suances, por lo que era posible que se encontraran a salvo en algún sitio desconocido para mí.

Atravesamos una calle por la que era casi imposible transitar, caminando a empujones para conseguir avanzar un paso.

La altura y fortaleza de Declan nos ayudaban en un empeño cada vez más complicado.

El irlandés me llevaba sujeta por la mano y tiraba de mí con ímpetu para que no me quedara atrás, pero las fuerzas me abandonaban poco a poco.

De pronto, no sé por qué, se me ocurrió mirar hacia arriba, en vez de seguir cruzándome a media altura con rostros desconocidos en los que era imposible descubrir una horrible verruga.

La suerte quiso venir en mi ayuda, y me pareció distinguir a lo lejos a dos personas conocidas, instaladas en el balcón de una casa señorial que se encontraba a mitad del trayecto que seguirían los reyes.

Se lo señalé a Declan y él paró un momento para escucharme:

—No lo veo bien desde aquí, pero parece mi abuelo, ¿no?

—Sí, puede que tengas razón. Tampoco lo distingo con claridad. Venga, te llevo hasta su altura y te quedas con ellos.

Yo asentí, deseosa de no haberme equivocado. Si de verdad se trataba de mi abuelo, que había encontrado un balcón privilegiado al lado de su amigo para disfrutar del desfile, yo me quedaría mucho más tranquila.

Tardamos un largo rato en recorrer ese tramo de calle, porque la muchedumbre se agolpaba cada vez más. Comenzamos entonces a escuchar a los lejos timbales y trompetas: la comitiva real ya se encontraba cerca.

Entonces todo se precipitó. Los guardias comenzaron a despejar la zona.

Intentaban que la gente se colocara detrás de unas improvisadas vallas, dispuestas allí para facilitar el tránsito de la carroza real.

Pero la avalancha fue incontrolable, y los golpes de los agentes provocaron murmullos y pequeños altercados entre los visitantes.

Aquello podía convertirse en un desastre, Declan tenía razón.

Al alcanzar las cercanías del edificio atisbado en lontananza pude comprobar que, efectivamente, se trataba de mi abuelo.

El anciano parecía eufórico, allí subido en el balcón junto a su buen amigo.

Los dos señalaban en dirección hacia levante, justo de donde tendrían que llegar los Borbones con toda su comitiva.

—¡Viva don Alfonso! ¡Viva el rey! —gritaba la muchedumbre.

—¡Larga vida al rey de España! —contestaban otros.

—¡Ya llegan, ahí están!

Yo grité con todas mis fuerzas para llamar la atención de mi abuelo. Declan me imitó, y ambos comenzamos a gesticular, moviendo los brazos para que nos viera. Pero allá abajo, en medio de tanta gente, era muy difícil que nos divisara.

La penumbra comenzó a apoderarse del ambiente, mientras el sol se escondía poco a poco. De pronto se escuchó un sonido extraño, una especie de chasquido que recorrió toda la calle, y los murmullos de la gente aumentaron de intensidad.

Al instante, con una simultaneidad que jamás hubiera imaginado, comenzaron a encenderse de forma automática las farolas de esa calle.

Fue algo mágico, irreal, un suceso extraordinario.

Nadie había tocado aquellas farolas, pero todas se encendieron a la vez con una incandescencia peculiar, muy diferente a la llama alimentada con gas a la que estábamos acostumbrados.

El asombro corrió como la pólvora por las calles de Comillas.

El marqués nos mostraba la sorpresa que había preparado para la visita real, aunque en ese momento no supe discernir de qué se trataba aquel milagro.

Más tarde me enteraría de la verdad: don Antonio López había mandado instalar en su ciudad natal treinta farolas alimentadas con luz eléctrica, uno de los mayores adelantos de nuestros tiempos.

Y Comillas tendría el honor de convertirse, a partir de ese momento, en la primera ciudad española con alumbrado eléctrico en sus calles.

Los gritos de admiración de la gente allí congregada, con muchísimas personas de baja extracción social que no habían escuchado hablar de la electricidad en su vida, se mezclaban también con voces contrarias a aquel «milagro», que lo tachaban de obra del diablo.

El sonido envolvente de miles de personas que opinaban a la vez subía y bajaba de intensidad, en una sinfonía peculiar que brotaba de las gargantas de los allí reunidos.

Yo aproveché un momento en el que el sonido se amortiguó un poco y busqué de nuevo la complicidad de Declan para conseguir que mi abuelo nos mirase. Por fin logré mi objetivo, y el güelu me saludó con la mano, aparentemente feliz por habernos encontrado.

Me alarmé al ver el miedo reflejado en el rostro del anciano un instante después. Sus facciones se contrajeron, y un grito se atascó antes de salir de su garganta. Comenzó entonces a señalar hacia delante y a hacer aspavientos con los brazos, mientras murmuraba algo que yo no conseguía escuchar.

—¿Qué dice tu abuelo? —me preguntó Declan al oído—. No entiendo nada, la verdad. No será que...

—No lo sé, parece que señala algo. Pero en la dirección que indica solo veo una de las farolas que se acaban de encender. Por cierto, menuda sorpresa, no me esperaba nada de esto.

—Ni tú ni nadie, al parecer. Anda, vamos a intentar acercarnos al edificio donde está tu abuelo. Quizás podamos subir al balcón con él, es un mirador inmejorable.

Por fin lo comprendí. Si el balcón era un mirador inmejorable, tal vez mi abuelo hubiera visto algo o a alguien que merecía la pena ser señalado. Debíamos averiguarlo enseguida.

La sorpresa por el alumbrado dejó paso a otro murmullo diferente, producido por el avance de la comitiva real, que intentaba abrirse paso entre la multitud.

Todavía se encontraban lejos de nosotros, pero en unos minutos alcanzarían nuestra posición.

El movimiento de la gente me impedía distinguir con claridad lo que sucedía a mi alrededor, por lo que esperaba que Declan divisara algo más desde su gran altura.

En ese instante algo se encendió en mi cerebro, como las lámparas incandescentes que acabábamos de presenciar.

—Declan, súbeme a tus hombros.

—¿Qué? No, es peligroso. Con esta cantidad de gente es posible que te caigas si nos empujan, y acabarías pisoteada por la turba. Ni hablar, no te sueltes de mi mano y vamos hacia allá. Los guardias están despejando la calle y no va a haber sitio para tanta gente.