El sueño de una noche de verano #4
—Buenos días, güelu . Vaya, vas hecho un pincel; veo que te has acicalado a conciencia —bromeé con él—. ¿Qué se celebra hoy?
—Poca cosa, Amaya, no te creas. Nos vamos a pasar el día fuera, ya sabes, creo que tu madre nos preparará una cesta de comida por si acaso.
Seguramente se me tuvo que iluminar el semblante y no me puse a saltar de alegría allí mismo de milagro. No sabía cómo lo había conseguido el güelu , pero mi madre había cedido, aunque imaginaba que no habría puesto muy buena cara.
—¿A Santillana? —pregunté casi a gritos.
—Claro, criatura, pero baja la voz. Le conté a tu madre que tenía asuntos que atender en Santillana, aparte de conocer de una vez las dichosas cuevas rupestres, y que necesitaba ayuda para conducir el carro.
¿Quién mejor que mi nieta preferida para conducir el carromato y acompañarme a la hora de cumplir con mis encargos?
—¡No me lo puedo creer! Mi madre sabe perfectamente que Declan anda por Santillana y se puede imaginar que...
—No te preocupes, si desconfía no es asunto nuestro. Tenemos su permiso y debemos aprovecharlo, así que espabila.
—¿Cuándo marchamos?
—Lo antes posible, no vaya a arrepentirse tu madre a última hora.
Un rato después atravesábamos los límites de la finca subidos en el carromato y enfilamos el camino que bordeaba nuestro barrio.
No era la mejor manera para salir de Suances en dirección Santillana, ya que habría que dar un buen rodeo, pero quería comprobar si Declan asomaba por el sendero donde habíamos disfrutado de algunos de nuestros mejores momentos.
El irlandés me había asegurado que vendría a buscarme y no quería que nos cruzáramos por el camino.
Esperamos allí plantados, al lado del mirador, durante un rato que se me antojó eterno.
Declan no apareció y, sin embargo, algunos de nuestros vecinos sí desfilaron por allí, y además de saludarnos nos preguntaron qué hacíamos parados en ese lugar.
Mi abuelo se los quitaba de en medio como podía, pero en los pueblos ya se sabía.
Al final tuvimos que comenzar a movernos; no podíamos seguir en el mismo lugar por más tiempo.
—Dale brío antes de que los vecinos monten una reunión parroquial a nuestro alrededor.
—Ahora mismo, güelu —contesté enseguida.
Mi abuelo no soportaba los cotilleos, y en mi pueblo, como en otros muchos de España, estaban a la orden del día. Lo mejor sería largarnos de allí y que los habitantes del barrio de la Cuba siguieran a lo suyo, sin preocuparse de nosotros.
Un puño de hierro apretaba mi estómago, y el corazón me palpitaba a toda velocidad. Pero obedecí al anciano y arreé al mulo, esperando que nos cruzáramos con Declan más adelante. Por desgracia eso no llegó a producirse en la media hora siguiente, por lo que el malestar empezó a pesar en mi ánimo.
El anciano intentó entretenerme al percatarse de mi pesimismo.
Comenzó a contarme sus batallitas, recuerdos y anécdotas de su infancia y juventud.
Muchas ya las conocía, y otras me sonaban, pero él siempre se las apañaba para añadir algún detalle nuevo, algún giro emocional que le aportara mayor valor a la narración.
Y es que el güelu tenía alma de trovador o juglar, siempre lo había dicho.
De ese modo conseguí olvidarme de nuestros problemas y quise creer que nada iba a salir mal.
Poco antes habíamos dejado atrás el término municipal de Suances y nos dirigíamos a buen paso hacia Santillana del Mar.
Un camino que ya habíamos recorrido en otras ocasiones, la última con motivo de la infructuosa visita de mi abuelo a las cuevas de arte prehistórico.
¿Nos dejaría el güelu a Declan y a mí a nuestro aire, o haría de carabina de la pareja? No le veía yo en esa tesitura. Pero si quería ejercer de cabeza de familia que controlara al pretendiente de su nieta, algo debería haberse planteado.
La zozobra no me abandonó en ningún momento, pero una pizca de esperanza prendió en mi corazón al sentir, a lo lejos, el golpeteo de los cascos de un caballo contra el terreno.
No podía distinguir desde la distancia si se trataba de mi querido irlandés, pero todo podría ser.
Nos hallábamos en un camino bastante transitado, y más al tratarse de una jornada festiva, un soleado día de verano que invitaba a desplazarse, pero la esperanza anidó en mí de un modo que no sabría explicar.
Poco después pude atisbar la silueta de Declan a caballo, una simbiosis perfecta con el equino que se asemejaba a algún animal mitológico.
Él nos vio también de lejos, saludó con la mano y puso su corcel al galope para llegar hasta nuestra posición lo antes posible.
Tal vez no se había percatado de la presencia de mi abuelo, ya que torció ligeramente el gesto al vernos aparecer a los dos juntos, sentados en el carromato; pero enseguida se rehizo y nos regaló una de sus magníficas sonrisas antes de saludarnos.
Declan me interrogó con la mirada, y yo me encogí de hombros.
El anciano parecía haber tomado la iniciativa y yo no pensaba contradecirle en nada.
No después de haberme proporcionado la posibilidad de encontrarme con Declan, y mucho menos sin atisbar todavía lo que tenía en mente para ese día que quedaría grabado en mi memoria para siempre.
—¿Estás bien, Declan? —pregunté.
—Sí, estoy bien, ahora os cuento las novedades. ¿Hacia dónde se dirigen exactamente, don Ángel? —preguntó Declan con fingida indiferencia.
El anciano le observó con gesto divertido, alternando su mirada entre Declan y yo. No sabía lo que le hacía tanta gracia, pero me lo pude imaginar.
—A Santillana, muchachu , ¿adónde si no?
Declan acompasó el trote de su caballo, mucho más ligero que el paso de nuestro carromato.
El viejo mulo no estaba en su mejor momento y no teníamos prisa.
Mientras, aproveché para interrogar a Declan.
Llevábamos varios días sin noticias suyas, y seguro que algo nuevo tendría que contarnos sobre su patrón y el resto de personajes de la oscura trama.
—Y bien... ¿qué ha sucedido en estos días?
—Bueno, sigue habiendo mucho movimiento en la finca. Pero a mí me han tenido bastante apartado mientras me ocupaba de todas las tareas encargadas. Creo que Arístides no sospecha nada, está más preocupado por otras cosas. Además, hoy es un día señalado para él: tiene un viaje importante.
—Imagino que, al ser hoy domingo, has tenido menos problemas para escaparte de allí —aventuró mi abuelo antes de que Declan asintiera con la cabeza—. ¿Y adónde iba el pájaro, si puede saberse?
—Creo que a Comillas. Vuestro vecino, el tal Barreda, ha venido a buscarle esta mañana temprano. El otro día escuché algo de una reunión en no sé qué palacio de Comillas, juraría que van a ver al marqués.
—Vaya, esto cambia el cuento y le da otro matiz diferente. Seguro que te refieres al palacio de Sobrellano.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
El anciano hizo un gesto con la cabeza, quizás buscando las palabras adecuadas. Yo conducía el carruaje casi por inercia, y Declan se había acercado a nosotros lo máximo posible. Ambos intercambiamos un gesto de complicidad y esperamos la sentencia de mi abuelo.
—En un primer momento pensamos que Arístides estaba confabulándose con enemigos del Estado, ya fueran carlistas u otra gente de similar calaña. Hablamos del derrocamiento de Alfonso XII, de una posible sublevación militar y demás.
—Sí, ya recuerdo —aseguré—. ¿Qué ha cambiado ahora?
—Bueno, Amaya, está claro. Barreda es socio y amigo del marqués, y se lleva al cubano para presentárselo al gran hombre. Algo falla en esa ecuación; no me cuadra. A no ser que Arístides esté jugando a dos bandas.
—Sí, eso podría ser. El muy sibilino hacía lo mismo en la plantación.
A mí me contaba una cosa de los trabajadores del ingenio, a ellos les decía otra y a su padre una tercera, diferente a las demás, para que todos anduviéramos a la gresca siempre.
Le encanta sembrar cizaña y siempre tiene un as en la manga.
Puede ser plausible, sí, pero sigo sin entender los mecanismos de su mente retorcida.
Declan soltó esa parrafada del tirón, y mi abuelo se quedó un momento pensativo.
—Lo que dices es cierto, Declan, debe de tener un as en la manga.
Tal vez Arístides se juegue parte de su patrimonio en el alocado plan de los carlistas, sea el que sea.
Pero se ha guardado una parte importante para impresionar al marqués, no os quepa duda.
Si invierte en sus negocios o le facilita algo que necesite don Antonio, tal vez el noble tenga que pagárselo después con creces.
Y todos sabemos que al marqués le nombró grande de España el mismísimo Alfonso XII.
Creo que son grandes amigos y puede que el cubano intente jugar a lo seguro.
—Demasiado rebuscado me parece.
—No te creas, hija. Esta gente no tiene una mente como la nuestra: Arístides estará analizando los pros y contras de apostar con fuerza a una cosa o a la otra.
Y, para no pillarse los dedos, sigue trabajando en dos posibles planes para obtener lo que desea: más dinero y poder, aparte de mejorar su posición social; es la única explicación.
Se guarda las espaldas ante posibles inconvenientes.
—Vamos, que no le importan los carlistas ni los alfonsinos. Él sigue mirando por lo suyo, como siempre —afirmó Declan.
—Claro, tú le conoces mejor que nosotros.
Lo mío son puras conjeturas, pero creo que pueden tener algo de sentido.
De todos modos, tal vez sea otra cosa, no lo sabemos.
Ahora recuerdo que el otro día me contó Enrique, el concejal de Suances, que la familia real está pensando hacerle una visita a su amigo el marqués.
—¿En Comillas? —pregunté.
—Sí, eso creo. Los reyes pasan temporadas en Santander, y Comillas no queda tan lejos. Tal vez se dignen visitar la zona, sería todo un acontecimiento.
—Desde luego, yo no me lo perdería por nada del mundo.