El sueño de una noche de verano #3
—El otro día, uno de los lugartenientes de Arístides me dijo cuando estaba borracho algo que se me quedó grabado, aunque no le había encontrado ningún sentido hasta ahora.
—¿El qué, alma de cántaro? —preguntó mi abuelo.
—Dijo: «Le vamos a dar su merecido al bastardo de la Isabelona. ¡Un brindis por don Carlos!». Y, entonces, otro de los allí presentes le pegó una patada e impidió que siguiese diciendo tonterías en público.
—Está claro, se refería a nuestro actual rey, Alfonso XII. Yo ni confirmo ni desmiento, pero a Isabel II la llamaban «La Isabelona», y se rumorea que era algo ligera de cascos. Vamos, que tuvo varios embarazos, pero al parecer ninguno encargado por su legítimo esposo.
—Mejor no digo nada. La catadura moral de vuestros reyes deja mucho que desear en la tan cacareada monarquía católica de la vieja España.
—Ya lo sé, en el pecado llevamos la penitencia. Pero, bueno, son nuestros monarcas y prefiero seguir teniendo a Alfonso XII de rey que soportar otra guerra que quizás pase a mayores y ser gobernado por un meapilas como don Carlos.
—¡ Güelu ! —le reprendí ante su afirmación.
—No te asustes, niña. Este anciano todavía tiene sangre en las venas.
Y sí, soy un sentimental, pero es mi opinión.
Lo que no quiero para mis últimos años, y sobre todo para vosotros, mis descendientes, es que volvamos a los tiempos del absolutismo de su abuelo Fernando VII, sin más derechos y obligaciones que servir a nobles y curas.
—¡Bien dicho! —le aplaudió Declan.
—Vale, me habéis convencido. Pero, entonces, ¿qué se propone esta gente? —pregunté.
—No lo sé, y es lo que tengo que averiguar. Intentaré conseguir más datos si es que planean una insurrección militar, aunque no creo que me sea fácil.
—Ten mucho cuidado, Declan —terció el güelu —. Después de todo, tú eres extranjero en estas tierras, y ni te van ni te vienen estas escaramuzas entre familias de sangre azul.
—Tal vez tenga razón, don Ángel. Pero La Montaña es la tierra que me acogió con los brazos abiertos y donde pretendo seguir viviendo.
—Declan se detuvo un instante y me miró, con esos ojos profundos que me derretían hasta las entrañas.
Me estaba enviando una señal, y yo me acaloré al saber que él quería quedarse en nuestra región por mí—.
Además, a Arístides se la tengo jurada, y por mis antepasados celtas que impediré que se salga de nuevo con la suya.
—Muy bien, mantenedme informado. Y, si necesitáis cualquier otra cosa, no dudéis en acudir a mí. Del otro asunto, parejita, ya hablaremos.
El anciano me miró un instante y yo me ruboricé de nuevo. Me levanté entonces como un resorte, dispuesta a acompañar a Declan hasta la salida. Mclister se despidió también de mi abuelo, y ambos salimos al antepatio.
—Te acompaño hasta la curva del mirador —afirmé mientras Declan desataba a su caballo.
Ambos salimos de la finca en silencio, tal vez pensando cada uno en nuestras cosas. No había pasado ni una hora desde que nos habíamos vuelto a encontrar, y la verdad es que todos los asuntos pendientes habían avanzado bastante en tan poco tiempo.
El encuentro entre Declan y mi familia no había sido tan malo como esperaba, aunque todavía ignoraba lo que habría sucedido entre Declan y mi abuelo al quedarse los dos allí encerrados hablando.
No pensaba sacar el asunto, por lo menos de momento.
Seguro que el irlandés me lo comentaría en cuanto estuviera preparado.
El güelu habría dejado clara su postura: solo deseaba que no se hubiera excedido con el hombre al que amaba.
Mi madre prefirió obviar aquella cuestión y dejarnos a nuestro aire.
Seguía rumiando todo lo sucedido en la familia a cuenta de Mclister, por lo que supuse que no sería tan fácil que se olvidara de todo.
Por lo menos ella no había añadido más leña al fuego, y yo se lo agradecí en silencio.
Al igual que a mi hermana María, que nos deleitó con algunos de sus mejores gestos de desprecio y miradas furibundas, pero no se salió del guion establecido.
Y luego estaba el asunto de los carlistas y todo lo que conllevaba.
La lección de historia me había dejado ligeramente confundida.
Y, sin embargo, desconocíamos las verdaderas intenciones de los conspiradores.
Si es que de verdad tramaban algo contra la Corona, que todavía estaba por ver.
Aunque viendo los antecedentes de unos y otros, ya fuera Arístides o sus interlocutores carlistas, podíamos deducir que allí se fraguaba algún tipo de traición hacia la monarquía española.
Llegamos al sitio indicado, una curva pronunciada donde comenzaba realmente el camino que bordeaba todo mi barrio, con un mirador natural sobre la imponente ría de San Martín.
Declan parecía no tener prisa, pero yo debía volver cuanto antes a casa; no deseaba irritar aún más a mi madre.
Se lo hice saber con gestos algo nerviosos e intranquilos, mientras él demoraba todavía el momento de nuestra despedida.
—Es duro marcharme de nuevo ahora. Y más después de todo lo que nos ha contado tu abuelo. No sé si estoy preparado para esto; en el fondo soy un bocazas.
—¿Estás asustado? No importa, es lo normal. Ya te he dicho que no te tienes que encargar tú de este maldito asunto, y el güelu te lo ha confirmado. ¿Qué demonios se le ha perdido a un irlandés en toda esta historia?
—Sí, ya sé, puede que tengas razón —respondió—.
Y por supuesto que tengo miedo; si no lo tuviera, quizás fuera ya hombre muerto.
Estoy atento, alerta, siempre en tensión y eso no es bueno para mi salud.
No duermo por las noches, no rindo en el trabajo, y la situación comienza a pasarme factura.
Pero creo que todo se va a precipitar en estos días.
Sé que Arístides tiene otra reunión con un par de personas importantes, intentaré conseguir más datos sin arriesgarme más de la cuenta.
—¡Por favor, Declan! —grité acongojada—. Esto es muy peligroso, quiero que abandones. Tu valentía está fuera de toda duda, no tienes que demostrar nada a nadie. Iremos a las autoridades con la información que tienes, y que ellos decidan. Ya no sería asunto tuyo y podríamos respirar tranquilos.
—No, yo no soy así. En mi casa me enseñaron a terminar las cosas que empezaba. Y con esa sentencia me refiero a todo tipo de cosas, no creas que me escabullo. Ya he cumplido con lo de pedir disculpas a tu familia y la situación ahí dentro ha sido rara, ¿verdad?
—Sí, el mundo al revés. María ignorándonos y mi madre fingiendo que no sabe lo que ha sucedido. Sin embargo, ha sido mi abuelo el que te ha echado la bronca, ya me contarás.
—No ha sido para tanto, no te preocupes. Él me ha dado su punto de vista, bastante razonable he de decir, y yo le he contado mis argumentos. Al final hemos alcanzado un acuerdo entre caballeros, así que todo arreglado. Don Ángel es un buen hombre y te quiere con locura.
—Pero...
—Nada, ya lo hablaremos. No quiero que te vuelvan a reñir por mi culpa.
Te echaré de menos, pero prometo regresar aquí enseguida.
Tanto si averiguo algo más como si no, volveré el domingo.
Habla con tu madre, a ver si te da el día libre.
Me gustaría pasarlo contigo sin preocupaciones de ningún tipo: podríamos ir a comer por ahí, o a la playa, o recorrer la comarca a lomos del noble bayo que me han dejado.
—Me encantaría, pero no sé si podré escaparme. Ya sabes que hay mucho trabajo en Casa Abascal, y más en plena temporada alta.
—Seguro que sí, tonta. Anda, vuelve a casa. Pórtate bien en estos días y verás cómo tu madre te da permiso. Al fin y al cabo tengo el beneplácito de don Ángel para cortejarte. Así que no tienes excusa.
¿Cortejarte? ¿Declan había dicho cortejarte? Una nube pasó a recogerme sin darme cuenta y me alzó hasta los cielos en un santiamén. En un instante se me habían olvidado las preocupaciones y me sentí de nuevo como la mujer más feliz del mundo.
Declan saltó de improviso hasta lo alto del caballo, pero antes me dejó sin habla al robarme un beso fugaz que me supo a poco.
No quería que nos sorprendieran allí en medio, así que lo había hecho sin avisarme.
Espoleó al caballo y se alejó camino adelante, dibujando una enorme sonrisa en su bello rostro; sonrisa que se apoderó también de mi semblante durante esos segundos mágicos en los que pude saborear un momento único.
Regresé a casa con los ánimos renovados.
Las dificultades serían extremas, en ese y en otros asuntos en los que nos encontrábamos involucrados, pero tenía confianza en nuestras posibilidades.
Al fin y al cabo, el amor siempre triunfa, o eso quería creer con mi inocencia juvenil.
Inocencia que tendría que ser desterrada para siempre si quería sobrevivir a los acontecimientos que el destino nos tenía preparados.
Pasaron los días con lentitud, asustada ante el futuro que se le presentaba a Declan.
La intranquilidad se apoderó de mí y no conseguía concentrarme en nada, temerosa de que Arístides descubriera que Declan le espiaba y todo se precipitara de mala manera.
Un hombre de su calaña tal vez no pestañearía a la hora de acabar con la vida de alguien que le traicionaba en su propia casa.
Y si él no quería mancharse las manos, siempre podía disponer de sus matones, un detalle que helaba la sangre en mis venas.
Con esta situación que me crispaba los nervios, no había tenido ni el tiempo ni la oportunidad de pedirle permiso a mi madre para ausentarme el domingo. Era un día festivo, pero yo sabía que en Casa Abascal siempre había tarea por hacer.
Llegó la mañana del domingo y yo no albergaba ninguna esperanza, pero mi abuelo me tenía preparada una sorpresa. Me crucé con él en el pasillo y vi que salía arreglado de su habitación, con el rostro relajado y contento. Yo me había perdido algo y tenía que averiguar lo que sucedía.