El sueño de una noche de verano #2
Declan me miró un instante, implorando ayuda con la mirada.
Mi abuelo se había quedado muy serio, plantado en medio de la puerta de salida, sin contestar y sin apartarse a un lado ante la despedida de Declan.
Intenté reconducir la situación, pero el güelu se percató y me hizo un gesto con la mano con el que me hizo entender que aún no había dicho su última palabra.
—Alto ahí, irlandés, no tan deprisa. Tú y yo tenemos una conversación pendiente sobre mis nietas. Tal vez mi nuera haya querido quitarle hierro al asunto, pero yo no soy así. Además, no me gusta ver sufrir a mis niñas, y no te voy a permitir que les hagas daño a ninguna de ellas.
—Pero, ¡ güelu ! —repliqué ruborizada.
—Ni güelu , ni leches. Sal un momento fuera, Amaya, tengo que hablar con nuestro amigo.
Declan se alarmó, pues sabía que no tenía escapatoria. Intentó relajar su gesto y me indicó con la cabeza que todo iría bien. Yo me marché con los hombros caídos, temiendo que la trifulca que nos habíamos evitado con mi madre tuviera ahora lugar con mi abuelo.
Él era el hombre de la familia en ausencia de mi padre y, aunque fuera anciano, todavía tenía autoridad y un carácter que podía asustar, a pesar de que no lo mostrara en la mayoría de las ocasiones.
Obedecí y salí de la casa. Quería quedarme allí fuera, junto a la entrada, para ver si conseguía entender lo que ocurría en el interior de la casona.
Pero sentí un par de voces más altas que otras y me asusté.
Enseguida pareció que los ánimos se calmaban y escuché una conversación, pero no comprendía bien de qué hablaban.
Así que preferí alejarme de allí y buscar a Nelu para matar un tiempo que sabía se me haría eterno.
Al cabo de un rato largo vi cómo se abría de nuevo la puerta.
Declan se asomó y me hizo un gesto para que me acercara.
Parecía tranquilo, o por lo menos sus gestos no eran crispados.
Eso era buena señal, aunque ignoraba lo que podía haber sucedido en nuestro saloncito.
Tal vez mi abuelo le hubiera cantado las cuarenta a Declan, y al irlandés no le quedara más remedio que desaparecer de nuestras vidas si no quería meterse en más problemas.
Pero yo no pensaba permitirlo; no después de creer que Mclister también estaba enamorado de mí.
—¿Qué ocurre? —pregunté asustada nada más llegar a su lado.
—Nada, no te preocupes, ya te lo contaré —replicó Declan entre murmullos—. Tu abuelo quiere hablar con los dos, nos espera dentro.
—¡Madre mía! —dije abochornada—. No sé si puedo hacerlo.
—No pasa nada, no te preocupes por tu abuelo, la cosa no va contigo —aseguró—.
Le he contado por encima el problema que tengo en ciernes y le he dicho que quería pedirle consejo sobre unos detalles que habían llegado a mi conocimiento por casualidad.
Y, como tú tampoco los sabes, ambos queríamos que estuvieras presente.
—Ah, menos mal, me habías asustado. Muy bien, te acompaño.
Declan me miró con gesto tierno y me agradeció con sus dulces ojos que estuviera a su lado en momentos tan complicados.
Yo no podía hacer otra cosa. Por fin me había dado cuenta de lo que quería en la vida, y era estar con él.
Así que nada ni nadie me impedirían permanecer junto al hombre que amaba.
—Creo que lo que tiene que decirnos Declan puede ser importante.
De momento, sabemos que sus nuevos amigos hablaban del pretendiente carlista, don Carlos —comenzó mi abuelo—.
Este Borbón se autoproclamó duque de Madrid, pero no tiene ningún título, y mucho menos el tan cacareado nombre de Carlos VII con el que pretendía coronarse en España.
—Me suena de algo eso de los carlistas, güelu , pero la verdad es que ando bastante perdida en estas cosas. Metida en esta casa y sin salir de Suances, no se puede decir que tenga oportunidad de conocer lo que ocurre en el mundo.
—Muy bien, os daré unas breves pinceladas sobre el asunto, que viene de lejos y es largo de contar —afirmó el güelu .
No recuerdo todos los detalles pero, según nos contó mi abuelo, el carlismo había surgido en España como alternativa a la vigente dinastía borbónica.
Por lo visto promulgaban que otra rama de la familia era la que realmente tenía la legitimidad sobre los derechos sucesorios.
El problema llevaba años enquistado en nuestro país: los carlistas pregonaban que don Carlos María Isidro, hermano del rey Fernando VII, era el legítimo heredero al trono una vez muerto su hermano, y no su hija, la que después fue conocida como Isabel II.
—Según la ley, las mujeres no podían reinar, y como Fernando VII no tuvo descendencia varonil, cambió las leyes para que reinara su hija Isabel. Y, claro, a su muerte, se lio la de san Quintín. Tú no habías nacido, Amaya, pero los años 30 fueron muy sangrientos.
—Vaya, no tenía ni idea —aseguré.
—No me extenderé mucho, pero debéis entender que no solo era una guerra por los derechos dinásticos en nuestro país.
También estaba en juego la forma de gobernarnos y la evolución que España tendría como nación a partir de entonces.
Del absolutismo de Fernando VII se pasó al régimen isabelino, una época con más libertades, con visión progresista y abierta al mundo.
No hay más que ver a nuestro buen rey Alfonso XII, que ha mejorado incluso a su madre, para comprobar cómo intenta llevar a España hacia la modernidad.
Casi se podría decir que es el primer rey liberal de la historia.
La otra rama, por el contrario, es más tradicionalista y, por supuesto, inmovilista.
Promulgan una Corona más autoritaria y pretenden mantener los privilegios de la nobleza y el clero, con recios principios católicos y obviando el progreso que los nuevos avances industriales han traído a Europa.
—Creo que me he metido en algo que me queda muy grande, don Ángel —sentenció Declan compungido.
—No te preocupes, esto es solo una breve lección de historia. Pero quiero que sepas a lo que te enfrentas. Este país se convirtió en territorio abonado para una guerra europea.
El abuelo no quiso aburrirnos demasiado, pero al parecer a esa primera guerra civil sucedió otra similar una década después.
Tuvimos entonces una paz de más de veinte años, hasta que el sucesor en los supuestos derechos dinásticos de la estirpe carlista, el tal Carlos María de Borbón, se levantó en armas, primero contra el efímero Amadeo I, y después contra Alfonso XII, heredero legítimo de la dinastía isabelina al ser hijo de la anterior reina.
—Desde luego nos haría falta mucho más tiempo para entender todas las implicaciones de este asunto. Y me quejaba yo de Irlanda —soltó Declan por sorpresa.
—Bueno, ya termino, no os preocupéis —aseguró el güelu —.
Don Carlos creyó que se podía aprovechar del destierro de Isabel II, pero no se salió con la suya.
Y al entronar a Alfonso XII, los carlistas regresaron con más ímpetu.
Se sucedieron diversas escaramuzas en Navarra y algunas poblaciones vascas, nada que ver con la sangrienta guerra de 1833.
Pero el pretendiente tuvo que salir por piernas; de nuevo volvió a fallar.
El general Martínez Campos le puso en su sitio y aplastó la insurrección.
Y don Carlos se exilió en Francia, o eso creo.
Declan se quedó un momento pensativo, tal vez asimilando la lección acelerada de historia que nos había brindado mi abuelo.
—¿En qué piensas? —me adelanté al ver su gesto serio.
—No sé, no me termina de cuadrar todo esto.
En casa de Arístides hablaban de ayudar al duque a recuperar el sitio que le corresponde.
Lo que no entiendo es qué lugar ocupa el cubano en toda esta complicada trama.
El hijo bastardo de un terrateniente español y una esclava de origen africano, nacido y criado en Cuba, no creo que tenga mucho que ver con trifulcas palaciegas ni derechos dinásticos de supuestos monarcas españoles. No me convence, la verdad.
—Tampoco es tan complicado, Declan, todo tiene que ver con el poder.
Si como dices ese Arístides es un hombre rico, le habrá ofrecido dinero a esta gente para ayudarles en su tarea.
¿No me comentaste antes que un hombre trajeado y un militar se presentaron el otro día en su casa? —preguntó mi abuelo.
—Sí, es cierto. ¿Sería un general de los carlistas?
—Por la descripción que me has hecho del uniforme militar, sin duda. Y el otro tipo puede ser un representante político, abogado o similar; alguien que hable en nombre de don Carlos al no poder este regresar a España de momento, quizás un emisario.
—Sí, podría ser. Pero por mucho dinero que tenga mi amigo cubano, no creo que disponga del suficiente para sufragar una guerra y pertrechar a todo un ejército que se levante en armas contra el poder establecido.
—Bueno, no sabemos exactamente lo que tienen en mente. Pero estoy de acuerdo con Amaya: creo que deberías denunciarlo a las autoridades. Esto te queda demasiado grande y, por mucho que elucubremos aquí, desde un saloncito no vas a solucionar nada.
—No sé, no puedo abandonar ahora. Esta semana he confraternizado algo más con los hombres de Arístides, sin sacarles mucho en claro, la verdad. Debo insistir y averiguar lo que se proponen; sin pruebas no puedo hacer nada.
—Eso es cierto —afirmó mi abuelo.
Yo asentí y sin darme cuenta apreté la mano derecha de Declan con mi izquierda, para infundirle ánimos.
No lo hice con mala intención, pero el güelu me lanzó una mirada reprobadora.
Fue reconfortante sentir la piel caliente del irlandés entre mis dedos durante unos fugaces instantes, pero la vergüenza pudo más y lo solté unos segundos después.
—Algo malo se traen entre manos. Y si son tan bocazas como para lanzar bravatas por ahí, miedo me da lo que de verdad estén tramando en la oscuridad de sus aposentos.
—¿A qué te refieres?