La posada del viajero El sueño de una noche de verano
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El sueño de una noche de verano

Los días se me hicieron eternos hasta que recibí de nuevo noticias de Declan. Al parecer se había instalado en una vivienda amplia en el mismo centro de Santillana y había comenzado también a trabajar en la finca de Arístides Maestro, su enemigo según lo que me había relatado.

Después de la conversación con el irlandés me quedé bastante confundida.

Por un lado, me sentía orgullosa de que Mclister quisiera pararle los pies a un supuesto criminal que pretendía seguir cometiendo fechorías en nuestra tierra después de sus desmanes en Cuba.

Pero, por otro lado, estaba indignada con él por jugarse el tipo de esa manera.

Nadie se lo iba a agradecer, y si salía mal, perdería mucho más de lo que hubiera podido ganar en caso de éxito.

Y luego estaba la cuestión personal. Seguía sin tener claros los sentimientos de Declan hacia mí, pero aquel dulce beso de despedida me llenó mucho más que el fogoso arrebato de pasión con el que nos dejamos llevar en el medio de la villa, antes de cruzarle la cara de un bofetón.

Por una vez había sentido al Declan más sincero, al muchacho irlandés que partió de su tierra con rumbo incierto tras perder a su familia, buscando su lugar en el mundo.

Un hombre que se había hecho a sí mismo y que había luchado contra viento y marea ante las duras circunstancias que la vida le había planteado a la hora de salir adelante.

Eso era lo que más me gustaba de Declan, aparte de su imponente fuerza de voluntad y una belleza varonil que me dejaba sin habla.

Pero yo no era tan superficial, y a mí me había enamorado también su gran corazón y su nobleza de carácter, aunque él lo intentara disfrazar con socarronería y donaire, y se escudara en ese parapeto invisible que se había trenzado alrededor para no sufrir daños.

Una firme coraza en la que yo había podido descubrir un mínimo resquicio y que pensaba aprovechar para colarme sin remedio en su corazón, por mucho que me costara.

Por eso mi cuerpo reaccionó de ese modo cuando le vi aparecer a lomos de un caballo bayo, por ese camino que tantas veces habíamos recorrido juntos, bordeando el barrio de la Cuba, mientras admiraba las vistas sobre la ría de San Martín.

—Buenos días, Amaya —saludó antes siquiera de que me percatara de su llegada.

—Buenos días, Declan —contesté algo sorprendida al verle a lomos del equino—. ¿Y ese caballo?

—Ya ves, una de las ventajas de mi nuevo trabajo —contestó guiñándome el ojo.

El maldito irlandés seguía en sus trece, sin tomarse nada en serio.

Quizás era una buena estrategia, de ese modo no se preocuparía por los problemas que le podía acarrear haberse metido en la mismísima boca del lobo.

Yo le seguí el juego, no tenía ganas de comenzar una discusión.

Más bien lo que deseaba era lanzarme a su cuello y besarle hasta que se hiciera de noche, e incluso más allá.

Pero no pude, ya que Declan seguía subido en su jamelgo y me acompañaba al paso mientras yo enfilaba el camino de entrada a Casa Abascal. ¿No se pensaba bajar del animal, o qué? Mclister seguía a lo suyo, sacándome de quicio a la menor oportunidad, aunque quizás él ni siquiera era consciente.

—¿Piensas entrar montado en mi casa?

—No, Amaya, disculpa —dijo Declan antes de bajarse del equino—. Estoy un poco nervioso: vengo a hablar con tu familia y a disculparme ante ellos.

—Vaya, veo que no me incluyes a mí. ¿No me merezco una disculpa o una explicación?

—Yo, perdona, no sabía si...

—Anda, tonto, te estaba poniendo a prueba, nada más. No quería molestarte, ni cargar más peso sobre tu conciencia. Además, con las explicaciones del otro día tuve suficiente, por lo menos hasta que te veas con ánimos para afrontar esa conversación que tenemos tú y yo pendiente.

—¿Cómo...?

—Nada, ya habrá tiempo. Lo primero es lo primero, mayoral —le solté medio en broma—. Tendrás que enfrentarte al juicio sumarísimo de la familia Abascal, voy a reunirlos a todos. ¿Estás preparado?

—Ni mucho menos, Amaya. Pero bueno, vamos allá.

Le dejé esperando en el antepatio de nuestra finca, a medio camino entre la casona de huéspedes, donde él se había instalado durante los últimos meses, y la vivienda familiar.

Me adentré primero en el edificio principal en busca de mi madre, pero me topé de bruces con mi abuelo, al que le resumí la situación, sin mencionarle de momento nada de Arístides y compañía.

El güelu se apiadó del irlandés —había sentido debilidad por él desde el primer día— y salió al exterior para hacerle compañía.

Mientras, yo seguí buscando al resto de la familia, con la intención de reunir el cónclave sin que mi madre pusiera el grito en el cielo.

—Tengo mucho que hacer, no puedo perder el tiempo con tonterías. Si ese muchacho no ha querido volver aquí, sus razones tendrá, yo no soy quién para echarle nada en cara. Además, viendo lo sucedido en nuestra casa, es mejor que se mantenga alejado de nosotros, por el bien de todos.

Mi madre lo dijo sin despegar sus ojos de los míos, esperando quizás encontrar una respuesta a la pregunta que le rondaba desde hacía tiempo.

Yo no le di oportunidad y desvié la vista, antes de que se percatara de mi azoramiento.

Lo primero era afrontar las disculpas de Declan a la familia.

Ya tendríamos tiempo de encarar otro problema más adelante: la posibilidad de que Declan y yo comenzáramos una relación, algo que no llenaría de gozo ni a mi progenitora ni a mi hermana María.

Cuando llegué junto a mi hermana, ella no quiso saber nada del asunto.

No quise insistir demasiado, así que la ignoré deliberadamente y le di a entender que nos íbamos a reunir toda la familia en un rato, con su presencia o sin ella.

Pareció que mi leve desprecio la hería en su orgullo, y la niña me siguió como un perrito faldero.

Aunque yo sabía que el volcán iba por dentro y podía entrar en erupción en cualquier momento.

Para ella, Declan era el amor de su vida, y yo la mala pécora que me había interpuesto en su camino.

Un rato después conseguí reunir a la familia al completo y nos sentamos todos en el saloncito, expectantes ante las palabras de Declan.

El irlandés se paseaba arriba y abajo, desazonado, mientras se frotaba las manos en un gesto que denotaba nerviosismo.

Yo le intenté tranquilizar con la mirada y con un gesto le exhorté para que comenzara cuanto antes sus explicaciones.

—Buenos días a todos —saludó Declan al comenzar—. Esto es muy difícil para mí. Lo siento, estoy un poco nervioso.

—Abrevia, muchacho, tengo mucha tarea pendiente —soltó mi madre para añadir más leña al fuego.

—Sí, disculpe. Yo solo quería pedirles perdón por mi comportamiento de los últimos días. Verán, de hecho...

Al final no llegó la sangre al río. Declan se disculpó con toda la familia en un tono bastante ambiguo y general, sin entrar en demasiados detalles, asegurando que se había demorado más de lo necesario al intentar arreglar sus problemas burocráticos.

Y que después, a su vuelta, se había cruzado con un problema grave, relacionado con sus últimos años en Cuba, que debía solucionar antes de reanudar su vida.

—No puedo contarles mucho más, primero debo averiguar lo que realmente sucede y afrontarlo yo solo. Después, cuando ya esté todo solucionado, regresaré a Casa Abascal si así lo desean.

Yo guardaba respetuoso silencio en una esquina, observando a los demás miembros de aquel particular sainete.

Nelu sonreía al encontrarse de nuevo con su amigo irlandés, y el gesto sereno del güelu me hizo suponer que también estaba de nuestra parte, por lo menos en principio.

María permanecía pensativa, casi ajena a todo, y eso me daba mucho más miedo.

Intuía que podía sorprendernos con una de sus habituales salidas de tono, y la situación tal vez no lo soportaría.

Y mi madre, por su parte, soltó amarras sin encomendarse a nadie.

—Eso habrá que verlo, Mclister. —El tono agrio de mi madre nos indicó que no estaba por la labor, y Declan no quiso insistir en la cuestión—.

Muy bien, por mi parte hemos terminado, asunto concluido.

Si me disculpáis, tengo mucha faena pendiente.

Y tú, María, ven conmigo, necesito tu ayuda.

No te retrases tú tampoco mucho, Amaya, tienes que hacerme unos recados.

—Sí, madre —refunfuñó María, acompañando a mi madre mientras nos lanzaba una mirada furibunda que hubiera fundido los polos.

Nelu salió también corriendo; prefería estar en la calle jugando que aguantando discusiones de los mayores.

Declan se había quedado estupefacto ante el devenir de los acontecimientos.

Tal vez esperara gritos, increpaciones o algo más, pero lo cierto era que le habían dejado hablar y nadie le había puesto ni un pero.

Yo preferí que sucediera así, no tenía ganas de enfrentarme a una gran bronca familiar. Tal vez María nos la guardara, y mi madre simplemente prefería olvidarse del asunto.

Sabía que mi madre no era tonta y que me aguardaba una conversación pendiente con ella.

Pero ya tendría oportunidad, yo no pensaba adelantarla si ella prefería evitarla.

Ni siquiera conocía yo lo que iba a ocurrir en mi relación con Declan, así que mucho mejor si me ahorraba una discusión con mi madre sobre una cuestión todavía incierta.

Por no hablar del problema en el que andaba metido Declan, que, por mucho que no quisiera reconocerlo, me afectaba a mí también.

—Bueno, no les entretengo más, regreso a mis quehaceres. No quiero que mi nuevo patrón me eche en falta. Gracias por todo, don Ángel, ya nos veremos. ¿Me acompañas hasta la salida, Amaya?