Razones de estado #4
Le había costado un triunfo presentarse de buen grado delante del desgraciado de Arístides, sabiendo además que el cubano andaba metido en algo turbio.
Sin mencionar las sospechas que albergaba sobre la repentina muerte de su padre, un lamentable hecho en el que el bastardo habría tenido algo que ver casi con total seguridad.
Declan no podría demostrarlo pero, tras escuchar las palabras de Compay, sabía que allí había gato encerrado.
Sus tripas no solían fallarle y se le revolvía todo el cuerpo cada vez que tenía a Arístides delante.
El hijo bastardo de Andrés Maestro no le prestó mucha atención cuando fue a pedirle el trabajo; parecía más pendiente de la visita que esperaba.
Declan supuso que Arístides le habría intentado humillar con más ahínco si las circunstancias hubieran sido distintas.
Pero ambos habían puesto buena cara al mal tiempo, al preferir estar cerca el uno del otro para vigilarse mutuamente.
Por asociación de ideas pensó entonces en Amaya y su familia, ya que prefería arreglar sus problemas con Arístides sin involucrar a los Abascal. No se sentía orgulloso de su comportamiento con ellos, pero ya no había solución.
Mclister había dejado Casa Abascal con la excusa de arreglar sus papeles en Santander, pero realmente tenía pensado no volver a poner un pie en Suances.
Bastantes problemas había tenido ya en su vida como para meterse en otro aparentemente irresoluble con las hermanas.
Escuchó lo del puesto en la nueva fábrica de acero de Bilbao, un lugar repleto de trabajadores de las islas Británicas, y creyó que sería una buena opción para él.
Conocía el terreno que pisaba después de haber acabado allí tras su desembarco en España, por lo que esperaba que la experiencia vivida meses atrás le sirviera para prosperar en esa nueva oportunidad que se le presentaba en Vizcaya.
Hasta que la dichosa fortuna le hizo escuchar el maldito nombre de Arístides Maestro en una taberna que no debería haber pisado nunca.
De ahí a encontrarse con Amaya en las callejuelas de Santillana medió menos de un suspiro.
Se sintió avergonzado al verla por primera vez, y el fuego que emanaba de sus ojos le dijo sin ambages que la muchacha estaba muy enfadada con él.
Algo natural, más después de aquel baile mágico en la verbena de su barrio y todas las conversaciones que habían tenido en sus largos paseos por una villa que jamás olvidaría, antes de desaparecer sin despedirse siquiera de ella.
Declan no se consideraba un cobarde, pero había huido para no enfrentarse a la verdad.
Se estaba enamorando de la joven, y eso no entraba en sus planes.
Quizás sería mejor que Amaya pensara que él era un engreído, un buscavidas, un mujeriego que tenía siempre a una dama suspirando por sus besos en cada puerto, sin comprometerse nunca a nada ni con nadie.
La chica lo pasaría mal durante una temporada, pero siempre sería mejor romper con todo antes de que los daños fueran permanentes.
Pero no, el equivocado fue él. Mclister no podía escapar de sus sentimientos, y cuando se encontró de frente con Amaya supo que no había vuelta atrás.
Sacó a relucir su vena más gamberra y se comportó como habría hecho en sus buenos tiempos en el puerto de Cork.
Una época en la que Declan, como tantos y tantos jóvenes a lo largo de la historia, se divertía con las chicas sin pensar en nada más.
Ya tendría tiempo de madurar, o eso pensaba él por aquel entonces.
Lo importante en esos momentos era disfrutar de la vida.
Los tiempos habían cambiado y también el corazón y el alma de un irlandés errante que había cruzado medio mundo para encontrarse con la horma de su zapato.
Esa mujer le desquiciaba por momentos, le volvía loco, pero también le producía un desasosiego en la boca del estómago que no había experimentado nunca.
Y eso que creyó sentir algo en su momento por Emma y más tarde por Perlita, la mulata de seda.
Lo de la institutriz fue algo que quiso imponer a su corazón, cuando era solo su mente racional la que le empujaba hacia sus brazos, sin ningún resultado por otra parte.
Y con Perla resultó algo diferente: un enamoramiento enfermizo que partía más de las entrañas, de sus bajos instintos.
Una relación puramente animal, con el mejor sexo que tal vez probara Mclister en su vida, pero con un componente maléfico que casi le costó la salud.
No, Declan nunca había estado enamorado hasta ese momento, si hacía caso de lo que le dictaba su corazón.
Pero no podía preocuparse en exceso por Amaya; tenía otros quebraderos de cabeza más importantes en ese momento.
Tal vez fuera un ingenuo al querer acabar con alguien tan poderoso como Arístides Maestro, pero él lo intentaría con todas sus fuerzas.
Aunque perdiera a Amaya por el camino, él cumpliría su palabra.
Toda esa amalgama de sentimientos y emociones encontradas quiso plasmarla en el beso que le plantó a Amaya en Santillana del Mar. Prefirió quedar como un aprovechado que jugaba con las mujeres y, de ese modo, conseguir que Amaya se olvidara de una vez por todas del necio irlandés donjuanesco.
Mclister no se equivocó en su planteamiento.
Entre el cansancio y la tensión acumulada al encontrarse en presencia del asesino de su gran amigo, su organismo no le respondió como hubiera deseado.
Y además su mente, trabajando por su cuenta, le volvía loco al regresar una y otra vez al mismo tema: Amaya Abascal.
No pudo quitarse a la joven de su cabeza en toda la noche, e incluso temió por la integridad de Amaya si llegaba a verse envuelta en algo escabroso por relacionarse con él.
Declan suponía que Arístides planeaba algo grave y, si él andaba por medio e intentaba pararle los pies, podía afectar a Amaya o a su familia, algo que debía evitar a toda costa.
Arístides era una mala bestia, y Declan ya se había percatado de quién era su guardia pretoriana: unos energúmenos que no tenían más de dos dedos de frente, pero que matarían por su jefe si hacía falta. Y eso era muy peligroso, más teniendo en cuenta la bajeza moral del cubano.
Pensó entonces que tendría que disimular en su trabajo e intentar congeniar con los hombres de confianza de Arístides.
Tal vez con algunas pintas de cerveza delante, y con la lengua más suelta, pudiera sacarles cualquier detalle que se le hubiera escapado a su patrón.
No es que considerara idiota al indiano, pero alguien tendría que estar al tanto de sus planes.
Mclister se fue quedando transpuesto, pensando en todas estas cosas, mientras un ligero martilleo golpeaba en sus sienes.
Antes de dormirse profundamente supo que no disponía de mucho margen: debía averiguar lo que sucedía lo antes posible.
El tiempo se le acababa y sabía que Arístides planeaba algo turbio, algo que solo él podría evitar.