Razones de estado #3
Arístides se había instalado a las afueras de Santillana del Mar, cuyo centro histórico estaba ocupado por los palacetes de los linajes más importantes de la comarca.
Tal vez su posición social cambiara en unos meses, pero hasta entonces tendría que conformarse con aquella finca situada en uno de los extremos de la villa; un extenso terreno que había adquirido a buen precio, aunque el coste de las reformas de la casa, y todo lo que le quedaba todavía por rematar en la finca, le hubiera ocasionado más gastos de los previstos en un principio.
Esa misma mañana, y casi como si la providencia hubiera escuchado sus pensamientos, se le presentó la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro: controlar de cerca a uno de sus enemigos y llevar a cabo parte de las tareas que todavía quedaban pendientes en su nuevo hogar.
No es que estuviera especialmente preocupado en ese sentido, pero la seguridad de su casa, ahora que iba a acometer mayores empresas, sería también muy importante a la hora de desarrollar sus proyectos con la tranquilidad necesaria.
Su ayuda de cámara, un mayordomo que había servido en las mejores casas de Santander, le anunció una visita inesperada tras abrir el portalón de acceso a su vivienda.
Nada menos que un antiguo conocido suyo, Declan Mclister, con el que había tenido la desgracia —o tal vez la suerte, si lo miraba por otro lado— de cruzarse en una de las correrías con sus hombres por las tabernas de la zona pocos días atrás.
El maldito irlandés se había interpuesto en sus planes allá en Cuba, aunque al final Arístides se salió con la suya.
Mclister había huido de la isla antes que él, pero Arístides no sabía si había llegado hasta los oídos del irlandés alguna noticia de la inesperada muerte de su padre, el otrora amigo y patrón de Declan en la isla: don Andrés Maestro.
—Buenos días, Arístides —saludó Declan nada más llegar—. Espero no molestarte demasiado.
—No me molestas —contestó Arístides con una mueca de desprecio que ni supo ni quiso disimular—. De todos modos, ahora debo asistir a una reunión importante con unos empresarios llegados desde muy lejos, y no puedo demorarme demasiado. ¿Qué se te ofrece?
—No te preocupes, si estás tan ocupado puedo volver otro día...
Declan se giró, dándole la espalda a su interlocutor y amenazando con marcharse de allí.
Arístides rectificó; ya tendría ocasión de ajustar cuentas con el irlandés.
Ahora tenía que despejar su mente para recibir a los emisarios de don Carlos; pero, mientras, podía mantener ocupado al irlandés con unas tareas dignas de su talento, si es que el idiota había ido allí para aceptar su oferta, como a todas luces parecía.
—Descuida, para ti siempre tengo un momento. ¿Te has pensado bien lo que hablamos el otro día en la taberna de Lucio?
—Sí, y por eso vengo —respondió Declan con suficiencia—. Creo que tienes razón, me vendría bien un trabajo en la zona. Si todavía necesitas ayuda en tu finca, puede que quieras contratarme como hizo tu padre en su momento.
La mención de Andrés Maestro no le gustó nada, pero Arístides sabía que el antiguo mayoral lo hacía para provocarle.
No iba a caer en su trampa, y tampoco podía perder el tiempo con tonterías pasadas.
Ignoró su comentario y le contestó, intentando no dejar aflorar la rabia que le supuraba por todos sus poros.
—Claro que sí, tu ayuda siempre es bien recibida.
Un hombre de tu valía quizás se sienta minusvalorado con las tareas que tengo pendientes en mi casa, aunque de momento no puedo ofrecerte mucho más.
Sabes que llevo pocos meses en Santillana, pero de aquí a poco tiempo espero haber prosperado en la comarca.
Tal vez, en un futuro, puedas ser la mano derecha de mis negocios, depende de cómo nos vayan a los dos las cosas. ¿Sigues interesado en mi oferta?
—Ya te he dicho que sí, Arístides —respondió Declan algo enojado. Se veía a la legua que él tampoco disfrutaba con la situación, pero parecía aceptarlo a pesar de todo—. ¿De qué se trata?
—Tengo algunos hombres asignados a esos menesteres, pero necesito a alguien que se encargue de meterles en vereda y supervisar las obras.
No sé si te has fijado, pero en la parte posterior de la casa hay mucho terreno libre, bastante agreste y casi salvaje, que también pertenece a la finca.
Estamos desbrozando la zona, cerrando todo el perímetro con un vallado de madera que taparemos después con setos, y también se están construyendo las caballerizas, cobertizos y otras estancias necesarias para el desarrollo de lo que tengo en mente. ¿Quieres ser mi capataz?
Declan fingió pensárselo un momento, y eso satisfizo a Arístides.
El irlandés dudaba, y Arístides no podía perder mucho más tiempo.
Así que le apremió una vez más con un gesto perentorio; era su última oportunidad.
Mclister pareció darse cuenta y respondió antes de que su interlocutor perdiera la paciencia.
—De acuerdo entonces. No quiero entretenerte, así que ya hablaremos con calma de salario, condiciones y demás. Le he echado un ojo a una habitación a las afueras de Santillana, así podré ir y venir hasta aquí con rapidez.
—Como quieras, irlandés, aunque en la finca tenemos sitio de sobra.
—Declan negó con la cabeza y su nuevo patrón no quiso insistir.
Una cosa era tenerle controlado y otra muy distinta meter al enemigo en casa.
Prefería mantener en secreto algunas de las reuniones que tendría a partir de entonces en su propio hogar.
La soledad del paraje le ayudaba en sus propósitos, aunque también le daba algo de inseguridad.
Por ello había reforzado el perímetro con hombres de su confianza, a la espera de que llegara el gran día.
Decidido, era mejor que Mclister no pernoctara allí, por si acaso—.
Muy bien, como prefieras. Busca entonces a Santiago, uno de mis trabajadores, y que te indique lo que se ha hecho hasta ahora y las tareas que quedan pendientes.
Que te asigne también un caballo, así te moverás mejor por la finca, y también en tus idas y venidas hasta Santillana.
—Muy bien, muchas gracias. Si no necesitas nada más, me retiro para comenzar enseguida con la faena. Ya sabes dónde encontrarme.
Arístides hizo un gesto displicente y despidió con prisas a su nuevo empleado. No quería humillarle ni irritarle nada más empezar su relación contractual; sabía que el irlandés era un hombre peligroso. Y si había aceptado el puesto sus razones tendría.
Mclister no era estúpido y seguramente tendría constancia de la repentina muerte de su antiguo patrón después de abandonar él La Hacienduca.
También le habría chocado que su hijo bastardo liquidara todas sus propiedades poco después y pusiera rumbo a España con tanta celeridad.
Mejor sería vigilarle de cerca y tener mucho cuidado con lo que hacía o decía en su presencia.
No sabía si Declan poseía conocimientos sobre política española, pero mucho mejor no arriesgarse en un momento tan crucial.
Instantes después su mayordomo le avisó de la llegada de los invitados que estaba esperando.
Arístides se asomó entonces a la puerta exterior de su casona y observó cómo Declan se alejaba de allí, camino de la zona de la finca donde se desarrollaban la mayoría de obras pendientes.
Poco después un elegante carruaje llegó hasta su posición y el cubano se olvidó de su nuevo capataz; debía preocuparse de otros asuntos mucho más importantes.
Del carruaje bajaron dos hombres, uno elegantemente vestido con un terno de buen paño inglés, y otro ataviado con un uniforme militar demasiado llamativo para su gusto.
Arístides saludó a los recién llegados con notorio entusiasmo y los acompañó hasta el interior de su casa, teniendo cuidado de que nadie los molestara.
Mclister puso rumbo a las nuevas caballerizas de la finca, pero antes tuvo tiempo de fijarse en los dos hombres que acababan de llegar a la casa.
De aquel carruaje con ínfulas se habían bajado dos personajes que no le causaron buena impresión, por mucho que uno fuera vestido con un buen traje y otro con un uniforme militar demasiado recargado de condecoraciones y botones abrillantados.
Algo tramaba Arístides y, por su bien, tenía que averiguarlo lo antes posible, pero sin llamar demasiado la atención.
Localizó al tal Santiago y le explicó lo hablado con el patrón.
Declan puso manos a la obra y supervisó las tareas comenzadas, aunque los hombres parecían bien aleccionados y trabajaban a buen ritmo.
Así que al mediodía, una vez que consiguió el caballo prometido por Arístides, salió de allí para encaminarse de nuevo al centro de Santillana.
Tenía que dejar resuelta la cuestión de su alojamiento a la mayor brevedad, no podía retrasarlo más.
Al final alquiló la planta baja de una vivienda muy confortable, situada en la parte posterior del casco histórico de la ciudad, tras llegar a un rápido acuerdo con su dueño. Dejó sus pocas pertenencias en la casa y regresó de nuevo a sus tareas para no levantar suspicacias.
El día se le pasó en un suspiro, y al atardecer regresó a descansar, roto tras una jornada de duro trabajo y varios paseos a caballo que le habían dejado deslomado.
Hacía tiempo que no montaba, y el trajín a lomos del equino por los caminos pedregosos de Santillana le había pasado factura.
Sus músculos agarrotados pedían un respiro, y supo que esa noche no dormiría debido al cansancio y a la tensión acumulada.