La posada del viajero Razones de estado #2
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Razones de estado #2

El joven se quedó sentado en la cama y contempló por un instante el gesto de su padre.

Andrés se había quedado dormido boca arriba y respiraba trabajosamente mientras entraba en un sueño cada vez más profundo.

El cubano agarró entonces una de las almohadas del lecho y la sujetó por encima de sus hombros mientras miraba con furia a su padre.

Tras un instante de lucidez pensó en retroceder, pero supo que ya era demasiado tarde.

Aquella sería la única solución para todos sus males y, además, el viejo se lo había merecido.

Vengaría todo el sufrimiento causado a su madre y se quedaría con todo, una vez nombrado heredero universal de don Andrés Maestro.

Arístides se puso de rodillas sobre el cuerpo dormido, bajó la almohada y la posó encima del rostro de don Andrés.

Apretó con fuerza, sujetando con todo su ser los estertores del moribundo, que despertó inesperadamente al notar la falta de aire.

Andrés intentó sacar fuerzas de flaqueza, pero su estado físico, unido a la potencia de la medicación, le impidió luchar en igualdad de condiciones contra un enemigo poderoso.

Y es que el bastardo, ciego de ira, multiplicaba sus fuerzas al comprobar que podía acabar con todo en unos segundos.

Sin rastro de culpa ni de remordimientos, redobló sus esfuerzos hasta culminar el crimen.

Andrés se retorcía bajo sus garras, pero el hombre no tenía ninguna posibilidad de salvación.

Instantes después, y una vez que Arístides comprobó que su padre había muerto, depositó de nuevo la almohada en su sitio. Arropó entonces a Andrés, sin querer fijarse en la mueca crispada de su rostro, algo amoratado.

Arístides salió de la habitación a la carrera y se frenó un momento al llegar al final del pasillo.

Le pareció escuchar un ruido y temió que alguien le hubiera visto al abandonar la alcoba de Andrés Maestro.

Permaneció unos instantes quieto y en silencio tras una columna, atento a cualquier sonido extraño, pero no vio a nadie.

El bastardo pensó que su imaginación le había jugado una mala pasada tras lo ocurrido en la alcoba de su padre. Una vez que se convenció de que no había ningún testigo de su fechoría se dirigió a su habitación y se encerró bajo llave.

Allí se emborrachó hasta perder el sentido, sin acordarse de nada más.

Cuando a la mañana siguiente los sirvientes fueron a avisarle de la tragedia, Arístides tuvo que sobreponerse a la resaca y enfrentarse a los habitantes de La Hacienduca.

Debía aparentar congoja ante el fallecimiento de su padre, por mucho que en el fondo estuviera más que satisfecho de su muerte.

El médico de la plantación firmó la defunción y certificó que el hacendado había sufrido un infarto agudo durante la noche.

Después todo fue coser y cantar. Tras las exequias, Arístides llegó a un acuerdo con el hacendado Crespo.

Vendió todas sus propiedades, despidió a todos los empleados, liquidó el resto de asuntos que su padre le había confiado y pagó sus deudas de juego.

Ya no le quedaba nada que hacer en Cuba, y pensó que era un buen momento para empezar de cero.

Un nuevo comienzo lejos de allí, por si acaso alguien empezaba a hacerse preguntas sobre la extraña muerte de don Andrés Maestro.

Una nueva vida en la que él se convertiría en un hombre rico, alguien poderoso que la gente respetaría.

Además, el único que podía aguarle la fiesta se encontraba muy lejos de allí.

El cubano supuso que Declan estaría en alguna parte de Cuba, y por eso decidió poner un océano de distancia entre ellos.

Y para ello nada mejor que cumplir los deseos de su padre.

Si él se había convertido en el heredero legítimo de Andrés Maestro, ya era hora de regresar a la tierra de sus ancestros y recuperar el lugar que le correspondía por derecho.

Y de ese modo puso rumbo a España, sin llegar a imaginarse que una vez establecido en Santillana del Mar, y con varios negocios rentables ya en marcha, se iba a cruzar de nuevo en su vida con el maldito Declan Mclister.

Un hombre peligroso al que debía controlar en todo momento, ya que no quería que se interpusiera de nuevo en sus planes.

Y si para ello tenía que contratarle para algún trabajo ficticio en sus tierras, lo haría sin dudarlo.

Ya llegaría el momento en el que ajustaría cuentas con el dichoso irlandés.

Ahora debía preocuparse de otros asuntos.

Los primeros acercamientos a Barreda habían ido bien; ese idiota no se daba cuenta de su estratagema.

Le había prometido invertir en sus negocios y donar parte de su fortuna para obras que tenía en mente el indiano de Suances, como un colegio para huérfanos de su villa que llevaba planificando desde hacía tiempo.

Juan Antonio Barreda era íntimo de don Antonio López de Piélago y López de Lamadrid, a la sazón el famosísimo marqués de Comillas.

El recién nombrado grande de España era amigo personal del rey Alfonso XII y ya se rumoreaba en la región que el monarca, aficionado a los baños de ola por su delicada salud, visitaría al marqués en Comillas ese mismo verano.

Una oportunidad única para conseguir todos sus propósitos.

Si un indiano como el de Comillas había llegado a marqués, ¿por qué no podría conseguir él una dignidad semejante?

Antonio López era un próspero empresario que había hecho fortuna con su naviera y otros lucrativos negocios, y se decía que incluso había prestado dinero a la Corona para alguna de sus ruinosas operaciones a través de sus negocios financieros.

Y es que años atrás el marqués había presidido el Banco de Crédito Mercantil y fundado el Banco Hispano Colonial.

Como aliado militar del Gobierno, Antonio López había ofrecido también en numerosas ocasiones su ayuda, bastante poco desinteresada, para trasladar con sus barcos tropas españolas a las campañas de África.

Y, por supuesto, para llevar soldados españoles hasta las Antillas, como en el enfrentamiento bélico de Cuba.

Fue allí donde las tropas del general Martínez Campos —el mismo que con su pronunciamiento en Sagunto le había devuelto el trono de España a Alfonso XII— habían sofocado la rebelión.

El mismo militar, nombrado ya capitán general de Cuba tras sus exitosas campañas, firmó con los insurgentes la paz de Zanjón, otorgando una mayor autonomía a la isla y poniendo las bases para una futura abolición total de la esclavitud en la mayor de las Antillas.

Había surgido una oportunidad única, la ocasión perfecta para vengarse de todas estas afrentas.

Como cubano, Arístides había sufrido en sus carnes la humillación que las tropas regulares españolas infligieron a la población de la isla, sobre todo a los rebeldes.

Y, como hijo de una antigua esclava, sabía bien lo que era vivir en el peldaño más bajo de la sociedad.

Ahora estaba mucho más arriba en el escalafón, y por eso tendría que actuar con sangre fría si quería lograr todos sus propósitos.

Lo primero era conseguir ser recibido por el maldito naviero, algo que ya tenía muy encauzado.

Por lo visto, Barreda le había hablado a su poderoso socio de un nuevo vecino, un rico indiano recién llegado de Cuba con dinero para invertir, y el marquesito no había puesto demasiadas pegas en recibirle.

—Tal vez la semana que viene veamos a don Antonio —le aseguró Barreda en su última conversación—. Creo que incluso nos podrá recibir en su recién estrenado palacio de Sobrellano, que ahora mismo está preparando para una ilustre visita.

—El gran hombre se digna recibirnos, habrá que prepararse.

—No te preocupes, te avisaré con tiempo para la reunión.

El cubano sonrió ante el recuerdo de esa conversación.

Barreda no sospechaba de él, y le estaba llevando en carroza, derechito a cumplir todos sus sueños.

Otros hombres poderosos le habían prestado toda su confianza y él no pensaba fallarles.

Se había comprometido a ofrecerles la oportunidad de cumplir una misión que para ellos era divina, y Arístides pensaba ayudarles en todo lo que estuviera en su mano, por mucho que sus cómplices fueran incluso más meapilas que el ínclito amigo Barreda.

Los primeros contactos de Arístides con la causa carlista tuvieron lugar en Cuba, mucho antes de abandonar la isla.

Uno de sus mejores amigos en Cienfuegos, un navarro apellidado Ezcurra, había luchado en la última guerra carlista, participando en varias batallas en el norte de España.

Tras la derrota y la huida de don Carlos a Francia, Ezcurra decidió también abandonar el país y recaló en Cuba, como otros exiliados tras la victoria de Alfonso XII sobre las tropas sublevadas.

Gracias a Ezcurra, Arístides conoció a otros simpatizantes de la causa en Cuba y, cuando regresó a la tierra de sus ancestros, consiguió llegar hasta los máximos mandatarios de los carlistas.

Él no le tenía ningún aprecio a Alfonso XII, pero tampoco era un ferviente admirador de don Carlos.

Simplemente vio una buena ocasión de prosperar, y sus interlocutores creyeron todas sus patrañas: él les ofrecería su dinero y apoyo logístico para conseguir sus objetivos a cambio de contraprestaciones que pudieran satisfacerle.

Ya había concretado con los carlistas que, si todo llegaba a buen término, él obtendría algún importante nombramiento, ya fuera político o nobiliario.

Tenían un plan en marcha, y para ello contaba también con Ezcurra y Matías, sus lugartenientes en Cienfuegos, recién llegados de Cuba para echarle una mano.