La posada del viajero Razones de estado
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Razones de estado

Despertó bañado en sudor, todavía inmerso en las garras de una pesadilla que le martirizaba desde hacía meses.

En un primer momento lo hizo sin pensar, sin compasión alguna, creyendo que no le afectaría demasiado en el devenir de su existencia.

Al fin y al cabo la víctima se lo tenía bien merecido y él únicamente miraba por lo suyo.

Solo le había hecho un favor, evitándole mayor sufrimiento en la vida, y de paso se había asegurado de que el pecador se reuniera con su Creador después de haber pagado por todo el mal que hizo en vida.

Al parecer su subconsciente no opinaba de igual modo y le castigaba sin piedad con unas recreaciones oníricas demasiado realistas.

El arrepentimiento no surgió de manera espontánea en Arístides, pero algo en el interior de su mente parecía rebelarse contra su voluntad.

Ya eran muchas las noches que había pasado en vela debido al mismo horrible sueño y no se lo podía permitir en un momento tan importante de su vida.

Arístides se levantó de su lecho, una hermosa cama fabricada con los mejores materiales para gozo y deleite del rico indiano llegado de Cuba.

Se había dejado una fortuna en la reforma de su casona y había rehabilitado también el resto de la finca, pero el resultado había merecido la pena.

Los Maestro repetían los pasos de padres a hijos, adquiriendo propiedades ruinosas que rehabilitaban antes de poder utilizarlas.

Aunque todavía no había podido disfrutar en exceso de sus comodidades, ya que albergaba otras muchas preocupaciones en la cabeza.

Desde luego esas pesadillas no le iban a alterar el ánimo; no ante la vital importancia de las jornadas venideras, en las que se jugaba todo su futuro.

Y no solo desde un punto de vista político o económico, sino también personal.

Si el plan salía adelante, sería un hombre mucho más rico y poderoso, alguien con influencia más allá de la comarca montañesa.

Pero si algo se torcía por el camino, podía dar con sus huesos en la cárcel, o incluso acabar mucho peor.

Arístides se incorporó, se miró en el espejo y se asustó ante las violáceas marcas, justo bajo sus ojos, que afeaban aún más su rostro.

Sabía que no era un hombre agraciado, pero suplía ese defecto con otras virtudes mucho más valoradas en el mundo real.

De su cara únicamente le gustaban sus profundos ojos, aunque la fatiga de los últimos días también se dejaba notar en sus párpados hinchados.

Se fijó entonces en la diferencia de color en algunas partes del rostro, con aquella nariz horrible que destacaba por encima de todo lo demás.

Arístides se empeñaba en ocultar su verdadera naturaleza, gastando enormes cantidades de dinero en perfumes, lociones y afeites para disimular los rasgos que pudieran recordar su verdadero origen.

Tras la muerte de sus padres había olvidado que por su organismo seguía fluyendo una mínima parte de sangre negra, y llegó a creerse sus propias mentiras.

Él era un hombre blanco, hijo legítimo de un rico indiano oriundo de Ubiarco y, por lo tanto, heredero de la fortuna de los Maestro.

Y como tal se había presentado en Santillana del Mar, donde ya nadie recordaba a la estirpe del viejo Andrés.

Su nariz ancha denotaba el origen africano de sus ancestros, con unos orificios enormes que eran la causa de su mayor vergüenza.

La piel era bastante clara ya de por sí, pero Arístides utilizaba blanqueadores artificiales que a veces no se aplicaba con uniformidad, creando zonas más o menos coloreadas en su rostro, y por lo tanto, un resultado a todas luces extravagante.

Los labios los tenía también gruesos, pero ahí poco podía hacer.

Y en cuanto al pelo crespo, con unos rizos naturales que nunca le habían gustado, se lo alisaba una vez por semana con unas planchas especiales.

Arístides no era consciente de su comportamiento y se creía una persona diferente de la que realmente era.

La imagen de su padre putativo acudió de nuevo a su mente y le borró de un plumazo la leve sonrisa que se había formado en su boca. Andrés Maestro aparecía una y otra vez, de manera impenitente, para recordarle que él todavía no había pagado por pecar contra el quinto mandamiento.

Recordó aquella tarde, hacía ya muchos meses, en la que Andrés Maestro se encontraba indispuesto.

El médico le había aconsejado que se tomara sus asuntos con más calma, que trabajara menos y se dejara de preocupaciones.

Ya había sufrido una angina de pecho un año antes, y le costó mucho recuperarse.

Y los problemas de las últimas semanas no le ayudaron precisamente a tranquilizarse.

Arístides supo que su padre había discutido con Declan, y se envalentonó cuando el irlandés abandonó la plantación unos días después.

Por fin se libraba de un peligroso enemigo, y tal vez debería adelantar los planes que tenía en mente.

A veces las circunstancias obligaban a tomar ciertas decisiones, pensó entonces, y eso fue lo que le ocurrió en aquella noche que intentaba enterrar en su memoria.

Después discutieron ellos dos. Arístides le habló de nuevo a su padre sobre la increíble oferta de Braulio Crespo, el rico hacendado cuyas tierras lindaban con La Hacienduca.

De todos modos, Andrés continuó oponiéndose a cualquier tipo de operación mercantil con su vecino, y mucho más si de ese modo acababa con lo que había sido su medio de vida durante más de treinta años.

Arístides intentó convencer a su padre apelando a sus sentimientos.

Ya era hora de recoger el fruto de su esfuerzo.

Con el dinero que tenía ahorrado y con la importante suma que Braulio estaba dispuesto a entregarle por las escrituras de propiedad de su plantación, podría regresar a España como el rico indiano que era.

Pero Andrés se negó; aseguraba que todavía le quedaban muchas cosas que hacer en Cuba y que no pensaba marcharse sin terminarlas.

La sinrazón de su padre terminó por cabrearle, y la discusión arreció aún más. Andrés echó a su hijo con cajas destempladas del despacho, asegurándole que no se encontraba bien de salud. Quería retirarse a descansar y olvidarse de preocupaciones, por lo menos hasta el día siguiente.

Arístides vio cómo su padre se tomaba una pastilla para dormir, recetada por el médico para esas noches de insomnio que sufría cada vez de modo más frecuente.

Sabía que no debía acompañarlas con alcohol, pero Andrés la tragó con ayuda de un vaso de ron, licor que siempre tenían a mano en la hacienda.

El joven se marchó de allí, pero al llegar a su cuarto supo que no podría zanjar el asunto tan fácilmente.

Entonces comenzó a ponerse nervioso al recordar las deudas de juego que había contraído en los tugurios menos recomendables de Cienfuegos y Trinidad.

Desde que su padre le dio legitimidad a su apellido, aparte de una generosa paga semanal con la que hacía y deshacía a su antojo, Arístides había comenzado a creerse el rey del mundo.

No midió bien las consecuencias de sus impulsivos actos y gastó por encima de sus posibilidades.

Esa gente no se andaría con miramientos a la hora de cobrar, y Arístides necesitaba liquidez para saldar sus deudas.

Tal vez podía haberle pedido dinero prestado a su padre; una mala racha la podía tener cualquiera.

Pero no, él quería mucho más. Su ambición lo cegó y lo llevó de ese modo por el camino erróneo en el que transitaría el resto de su existencia.

Arístides se presentó minutos después en el dormitorio de su padre.

Entró en el cuarto sin llamar a la puerta ni anunciarse, y sorprendió a Andrés medio adormilado, postrado en su cama.

El hacendado intentó reaccionar, pero sus sentidos comenzaban a embotarse debido a la pastilla que se había tomado, acrecentada por los efectos causados al mezclarla con alcohol.

—¿Qué demonios haces aquí, si puede saberse? —preguntó con voz pastosa el terrateniente—. Que yo sepa no te he dado permiso para entrar en mi cuarto. Ya ni respetas mi intimidad.

—Padre, tenemos que hablar. No he terminado de explicarle antes los beneficios de la transacción con Braulio, aparte del posible casamiento con su hija, claro está.

—¡No me interesa nada referente a Braulio o a su hija! —bramó Andrés con sus últimos gramos de fuerza antes de caer en las garras de Morfeo—. Haz el favor de marcharte, Arístides, necesito descansar. Y no me molestes más. No eres nadie para darme órdenes.

Arístides montó en cólera, indignado por que su padre no le hiciera caso y, además, se quedara dormido mientras le hablaba.

Sabía que se había tomado un somnífero, pero no podía creer que no pudiera aguantar unos minutos más despierto mientras su hijo le hablaba de un asunto tan importante, casi de vida o muerte para él que conocía muy bien a los prestamistas a los que les debía dinero en la ciudad.

—Por favor, solo será un momento —aseguró Arístides mientras le zarandeaba sin miramientos—. ¡No se duerma, le estoy hablando!

—Déjame de una vez, quiero dormir —dijo en un susurro, ya entre sueños. Andrés estaba dormido, pero aún tuvo tiempo de añadir algo más. Una frase que selló su destino para siempre—: No sé qué se habrá creído el bastardo este.

Arístides dejó caer el cuerpo de su padre en la cama, ofendido tras las últimas palabras que había escuchado.

Solo era la realidad, pero oírlo en boca de su progenitor le alteró el pulso hasta unos niveles insospechados.

El muy miserable se permitía insultarle, cuando el hacendado había sido el único culpable de lo sucedido a lo largo de su vida.