El sueño de una noche de verano #5
Mclister no dijo nada, pero su semblante se había tornado siniestro.
Seguramente intentaba ordenar las diferentes piezas del rompecabezas en su cabeza, sin tener una idea clara de todos los matices.
Y es que aquella trama se nos escapaba de las manos, y sin todos los datos lo único que podíamos hacer era elucubrar.
—Bueno, ya lo iremos viendo. De momento, estamos llegando a Santillana —afirmé— ¿Hacia dónde vamos?
—Vamos a la plaza principal. Después, ya veremos.
El patriarca de los Abascal dijo la última frase en un tono misterioso, jugando todavía con la situación. Ninguno dijimos nada y yo obedecí sus órdenes, con Declan a nuestra vera en todo momento.
Nada más parar nuestro vehículo —la villa estaba atestada de gente, se notaba que era domingo y los visitantes querían disfrutar del buen tiempo—, ayudé a bajar al anciano del pescante.
Declan descabalgó también y se acercó a nosotros, pero sin relajarse del todo.
Al fin y al cabo ambos queríamos abrazarnos, tocarnos y sentirnos, aunque no era el momento ni el lugar, ni por supuesto, la compañía soñada para recrearnos en nuestros cuerpos.
—Amaya, acércame el capazo con la comida, anda.
—Sí, claro, ahora mismo.
Declan nos miraba sin entender nada, pero yo obedecí. Entonces, en un rápido movimiento y sin encomendarse a nadie, mi abuelo cogió una amplia bandolera que llevaba Declan prendida debajo de la silla de montar.
—Con tu permiso...
Mi abuelo cogió parte de la comida preparada por mi madre, colocada con mimo en el capazo, y la guardó entonces en la bandolera. Me pasó de nuevo la cesta para que la dejara otra vez en el pescante del vehículo y le entregó a Declan su bandolera ya cargada.
—Ahí tenéis, jóvenes. Espero que os aproveche.
Declan y yo nos miramos confundidos, sin creer lo que nuestros ojos estaban viendo. ¿Sería posible?
—Venga, largaos de aquí antes de que me arrepienta. Pero eso sí, irlandés, te advierto una cosa.
—Lo que usted diga, don Ángel.
—La quiero aquí de vuelta a las seis de la tarde, que luego se nos hace de noche en esos caminos de Dios para regresar a casa. Y, por supuesto, tiene que volver sana y salva, tú ya me entiendes.
Mi abuelo le dio un sonoro golpetazo a Declan en la espalda para acompañar su última frase.
Mclister enrojeció entonces hasta las orejas, y yo tampoco supe dónde meterme.
Ambos asentimos y nos separamos de él, pero antes nos despedimos con emoción del artífice de aquel pequeño milagro: nuestro primer día juntos como una pareja que quería conocerse mejor, lejos de miradas indiscretas.
—Muchas gracias —respondimos al unísono.
El anciano negó con la cabeza, como si se arrepintiera de sus actos.
Nosotros no le dimos oportunidad de echarse atrás y nos alejamos de allí andando.
Declan llevaba las riendas del caballo en la mano.
Cuando perdimos de vista a mi abuelo, paramos un instante y relajamos nuestros músculos, tensos ante una situación tan irreal.
—¿Tu abuelo acaba de hacernos de alcahuete o como se diga?
—Sí, Declan, eso mismo. Nunca lo hubiera dicho, la verdad. Pero es que mi abuelo es genial, creo que ya te habrás dado cuenta.
—Desde luego, Amaya. Don Ángel es un gran hombre, eso ya lo suponía, pero su comportamiento con nosotros lo confirma.
—Bueno, ¿y ahora qué?
—La verdad es que no he tenido mucho tiempo de preparar nada, Amaya, espero que no te arrepientas de haber venido hasta aquí.
—Ni lo sueñes, irlandés. Solo por estar aquí contigo, lejos de las miradas de las cotillas de mi pueblo, hubiera pagado todo lo que tengo en esta vida, que no es mucho, pero bueno.
—No me importaba ser sincera con él, ya había perdido demasiado el tiempo con tonterías.
Sí, le estaba abriendo mi corazón, pero quizás Declan lo necesitara para soltarse también él, si es que de verdad sentía lo mismo por mí—.
Además, lo que importa es que estemos aquí juntos los dos, ¿no?
Lo demás es secundario. Seguro que se nos ocurre algo para pasar el día. Confío en nuestra imaginación.
Añadí esta frase con un gesto al que quise conferir picardía, pero Declan pareció no comprenderme.
Tal vez él siguiera pendiente de mi abuelo, aparte de que a él sí le empezaban a conocer en Santillana, nada menos que como empleado de Arístides Maestro, el rico hacendado llegado de Cuba.
A lo mejor no había sido tan buena idea después de todo el quedarnos allí.
—Estaba pensando en algo: tal vez te gustaría acompañarme a un sitio.
—¿Dónde, si puede saberse? —pregunté pensando en su nuevo hogar.
Un sofoco comenzó entonces a apoderarse de mí.
La culpa y la vergüenza me perseguían, pero mi cuerpo se rebelaba contra las doctrinas moralistas adquiridas en una sociedad en la que estaba muy mal visto que un hombre y una mujer permanecieran siquiera juntos un rato si no estaban casados o eran parientes, todo gracias a los recios principios cristianos que nos gobernaban desde hacía siglos.
Aunque los nobles y reyes no tenían esos problemas y se saltaban esos preceptos a la menor oportunidad.
Pero, claro, nosotros no pertenecíamos a la alta sociedad y nunca lo haríamos.
Declan se percató de mi estado y sonrió maliciosamente.
No sabía lo que pasaba por su mente, pero yo lo tenía muy claro.
No me importaba lo que pensaran los demás, solo quería disfrutar de los besos y las caricias de Declan, y para mí no había nada más en el mundo.
Anhelaba ese momento, lo deseaba con todas mis fuerzas, y mi cuerpo ansioso lo demandaba por todos sus poros.
El rubor tiñó mis mejillas, pero conseguí aguantar el tipo.
Declan me miró con descaro, con esos ojos profundos en los que me perdía cada vez que los posaba en mí.
Utilizó su embrujo para llevarme a su terreno y supe que estaba perdida de antemano.
Él anulaba mi voluntad y yo quería entregarme a él, en cuerpo y alma.
Pero Mclister tenía otra cosa en mente, por lo menos en ese instante.
Me besó con dulzura en los labios y se separó sin darme tiempo a reaccionar.
Refunfuñé al ver cómo me quitaba la fruta prohibida, pero él me pidió paciencia con la mirada.
Debía esperar, ser paciente, disfrutar de cada instante hasta que llegara el momento adecuado.
Si él lo quería de ese modo, yo no le iba a estropear la sorpresa.
—Don Andrés siempre me hablaba de un enclave muy especial de su tierra, un lugar mágico al que solía acudir en su juventud. No he tenido tiempo de buscar su ubicación exacta, pero tal vez nos pueda ayudar alguien del pueblo. Creo que no queda muy lejos de aquí.
—¿Cómo se llama el sitio? —pregunté curiosa.
—Creo que es algo así como la ermita de Santa Justa.
—Claro, está muy cerca de Suances. Pertenece a Ubiarco, pero no está demasiado lejos de aquí. Es un sitio precioso y me encantará enseñártelo si quieres.
—¿Seguro?
—Seguro, tonto, vámonos enseguida. No sé cuándo subirá la pleamar, pero mejor no encontrárnosla en todo su apogeo.
—De acuerdo, tú mandas. ¿Sabrás guiarme?
—Claro, yo te indico.
Declan me ayudó a montar en el caballo y él se acomodó delante antes de que me diera cuenta. Colocó también la bandolera con la comida, sujeta por las cinchas de la silla de montar, justo antes de espolear al caballo sin que le hubiera dado ninguna indicación.
Me agarré tímidamente a su cintura, pero enseguida puso el caballo al galope y tuve que asirme mejor para no salir despedida.
Declan parecía contento, contagiado de una alegría de vivir que me hizo temblar de la cabeza a los pies.
Aquel sentimiento se lo producía yo, pensé con deleite, y mi cuerpo se estremeció entero cuando el irlandés me cogió de las manos y las apretó con fuerza sobre su cuerpo.
Yo estiré mis brazos y me agarré a su pecho, posando la cabeza en su espalda para acompasar nuestros cuerpos al vaivén del caballo.
Me olvidé de todo y me dejé llevar por las sensaciones.
De vez en cuando levantaba la cabeza, respiraba aire puro y sentía la brisa fresca que me golpeaba en el rostro.
Con la velocidad del caballo y el ruido de los cascos al golpear contra el suelo, aparte del viento que nos azotaba, no podíamos apenas hablar.
Así que apretaba a Declan en su costado izquierdo o en el derecho, dependiendo de la dirección que quisiera indicarle para proseguir nuestro camino.
Poco después comenzamos a escuchar el rumor de las olas al chocar contra los acantilados.
Mi Cantábrico andaba algo revuelto, aunque en un día tan despejado la marejada no sería demasiado peligrosa.
Yo había visto cómo el mar se tragaba barcos y personas, y arrasaba también playas y lo que encontrara a su paso cuando la fuerza de la naturaleza se mostraba en todo su esplendor.
En comarcas como la nuestra terminábamos por acostumbrarnos a esos sucesos.
El mar nos lo daba todo, pero también nos lo quitaba.
A mis pocos años ya había asistido al funeral de algún vecino pescador, tragado por las inmisericordes aguas negras de un mar más que traicionero cuando arrecia la galerna.
Sepelios sin cuerpos presentes, ya que la voracidad del mar no permitía muchas veces recuperar los restos de las embarcaciones destrozadas; esos pobres barcos que parecían de papel cuando una tormenta del Cantábrico los engullía.
Un espectáculo único para ver desde la orilla, a salvo y en tierra firme, pero algo muy diferente cuando te enfrentabas con olas gigantes desde una pequeña embarcación poco preparada para esos terribles embates del mar.
Instantes después nos detuvimos para contemplar el paisaje.
No sabía si Declan había mandado parar al caballo o este se había detenido por su propia voluntad, pero lo entendía perfectamente.
La panorámica dejaba sin aliento, y allí permanecimos, ensimismados, admirando un escenario de los que quedan para siempre grabados en tu retina.