La posada del viajero La Hacienduca #7
58%

La Hacienduca #7

Pero don Andrés no lo veía, o no quería verlo.

Declan pensó que su patrón era demasiado bueno, e intentaba comprar a su bastardo para mitigar su vergüenza.

Lo presentó en sociedad unas semanas después, en una fiesta de bienvenida que dio en su propia casa, con numerosos invitados procedentes de media Cuba.

El recién llegado supo comportarse en aquella ocasión, haciendo gala de una educación exquisita acompañada de unos modales más refinados de los que en realidad poseía, sin que los presentes se dieran cuenta del burdo engaño.

Nadie preguntó de dónde le había salido al terrateniente español un hijo tan crecidito después de tantos años de pregonar que estaba solo en el mundo, aunque todos se lo imaginaron.

Pero los rumores se dejaban para otros mentideros, no se podía insultar a un anfitrión en medio de una fiesta tan magnífica.

Parecía que Arístides le iba cogiendo el gusto a la vida en la plantación y comenzó a comportarse como si fuera el dueño de La Hacienduca.

La situación crispaba los nervios del irlandés, a cuyos oídos llegaron también otras noticias: al parecer el bastardo efectuaba también sus escapadas a Cienfuegos, donde confraternizó con lo peorcito de los bajos fondos.

Sus amigotes solían presentarse en la finca cuando les apetecía —sobre todo dos hombres, uno de Trinidad y otro al parecer español: un tipo mal encarado con una enorme verruga en su rostro—, y molestaban a todo el personal.

Andrés ponía mala cara ante aquellas visitas inoportunas, pero guardaba silencio por no incomodar a su vástago.

Declan caló enseguida el doble fondo de su rival, y este supo también que el irlandés no había caído en sus triquiñuelas.

Andrés comenzó a confiar cada día más en su hijo y le echaba la culpa a su mayoral si surgía cualquier problema en el ingenio.

Los mezquinos métodos del cubano, criado en los bajos fondos por mucho que se diera una pátina de respetabilidad, salieron a flote enseguida.

Arístides intrigaba contra el irlandés, y poco a poco fue convenciendo a su padre de que todo lo que funcionaba mal en La Hacienduca tenía un único culpable: Declan Mclister.

El mayoral se percató de algunas argucias del cubano, pero otras le pillaron por sorpresa.

Su rival se movía bien en las sombras, sembrando dudas y metiendo cizaña a la menor oportunidad, como en la ocasión en que una de las máquinas se estropeó y Declan tuvo que asumir las culpas por no tener piezas de recambio en la finca.

La producción azucarera tuvo que parar una semana entera hasta que pudieron adquirir recambios de garantías, cuando los que guardaban en el almacén habían sido misteriosamente manipulados para que no pudieran ser ensamblados en la maquinaria principal.

Mclister se desesperó e intentó hablar con su patrón como empleado suyo, ya que la vieja amistad parecía haber pasado a un segundo plano.

Pero todos sus intentos fueron en vano y chocaron con las malas artes de Arístides, o la cerrazón de Andrés ante lo que él creía ataques contra su hijo sin justificación alguna.

—Ya está bien, Declan. No creí que te comportaras de ese modo, acusar a Arístides a sus espaldas. Estoy empezando a pensar que le tienes envidia.

—¿Envidia yo? —preguntó el irlandés, mordiéndose la lengua para no decir lo que de verdad pensaba sobre el individuo—. No, nada de eso. Pero ese hombre va a llevar este ingenio a la ruina. Y, si no, al tiempo.

Declan salió con cajas destempladas del despacho de Andrés Maestro, pero la situación se fue enquistando cada vez más.

Las discusiones fueron constantes en el ingenio durante las siguientes semanas, y el irlandés decidió cortar de raíz con ese asunto al tomar una decisión que tal vez no sopesó en toda su profundidad.

—No tomes decisiones en caliente de las que después puedas arrepentirte, irlandés —dijo Andrés sin sorprenderse demasiado ante la decisión de su mayoral—. Tal vez, si nos sentáramos a dialogar y...

—Lo siento, Andrés, creo que ya está todo dicho. Recogeré mis cosas y en unos días, en cuanto lo tenga todo dispuesto, dejaré mi puesto libre. Así tu hijo podrá hacer y deshacer a su antojo —aseguró Declan.

Mclister intentó llevarlo con dignidad, aunque sabía que no sería nada fácil.

El maldito Arístides había enturbiado la magnífica relación que el irlandés tenía con Andrés, y tendría que marcharse de La Hacienduca para no volver jamás.

El cubano había jugado mejor sus cartas, y Declan había perdido. No había marcha atrás.

También había escuchado cómo Braulio Crespo le metía a su hija por los ojos a Arístides, mientras este se dejaba querer.

El hacendado le hablaba de lo que podrían hacer juntos y le decía que lo mejor para los Maestro sería aceptar su generosa oferta por el ingenio.

Algo a lo que Andrés siempre se había negado, pero que su bastardo parecía mirar de otro modo, quizás codicioso ante la gran cantidad de oro que les ofrecía su poderoso vecino.

Con todo el dolor de su corazón, Declan dejó atrás una etapa muy importante de su vida.

Las discusiones con Andrés le habían afectado mucho más de lo que había supuesto en un principio, pero él era un hombre de palabra y no pensaba echarse atrás.

Recogió sus cosas, liquidó algunos asuntos pendientes y se despidió de todas las personas con las que había convivido durante los últimos años.

El momento de su marcha fue muy triste. Declan era un hombre orgulloso, al igual que Andrés, y ninguno de los dos dio su brazo a torcer.

El irlandés esperó hasta última hora por si su antiguo amigo rectificaba y le pedía que reconsiderara su postura.

Pero Mclister supo enseguida que su espera sería en vano.

Sobre todo al observar el gesto triunfal de Arístides cuando le vio en la entrada de la vivienda, dispuesto a abandonar La Hacienduca para siempre.

—Adiós, Andrés. He aprendido mucho durante estos años a tu lado, en lo bueno y en lo malo, pero prefiero quedarme con los buenos momentos. Espero que tengas éxito con tus proyectos futuros. Y, por tu bien, ojalá esté equivocado con mis apreciaciones.

Arístides le fulminó con la mirada, porque sabía que se refería a sus sucias artimañas. Andrés no quiso entrar en su juego y se limitó a despedirse de forma fría, abrazando a su hijo como queriendo demostrar que siempre estaría a su lado, poniéndole por encima de su mayoral.

—Buen viaje, irlandés. Espero que encuentres lo que buscas en esta vida. Hasta siempre, Declan.

—Cuídate mucho, Andrés. Te hará falta.

Mclister se alejó de allí montado en su caballo, sin tan siquiera volver un instante la vista atrás.

No quería que las lágrimas poblaran sus mejillas y darle esa satisfacción al desgraciado de Arístides si llegara a verle de esa guisa.

Un mal bicho del que prefirió no despedirse, una vez que el bastardo supo que se había salido con la suya.

El irlandés se dirigió a Cienfuegos sin un plan demasiado claro en su cabeza. Tenía algo de dinero ahorrado y sabía que debería comenzar de nuevo en alguna parte. ¿Y si dejaba Cuba? Allí había vivido grandes momentos, pero también otros que prefería no recordar.