La posada del viajero La Hacienduca #8
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La Hacienduca #8

Declan pasó varias semanas viviendo en una pensión céntrica de la ciudad, sin saber muy bien qué hacer con su vida.

Al final decidió abandonar Cuba para siempre, pero debería encontrar primero un destino apetecible.

Llegó a la zona del puerto y preguntó por los barcos que salían de allí esa semana.

En ese momento tenía dinero para algo más que un simple billete de tercera clase, pero no quería abusar ni desperdiciar sus pesos.

Con una plaza en segunda clase le sería suficiente.

Averiguó que al día siguiente partía un buque para España y tres días después zarpaba otro a Florida.

Ambos contaban con pasajes libres, tenía que decidirse por uno.

Siempre le había llamado la atención el país norteamericano, pero la península meridional de los Estados Unidos se encontraba demasiado cerca de Cuba.

¿Y si se embarcaba rumbo a España? De ese modo no tendría que perder otros tres días, y así no podría arrepentirse de su decisión.

Declan terminó por convencerse al conocer el nombre del barco: Esperanza , una buena señal. Compró un pasaje en el paquebote, dispuesto a enfrentarse de nuevo a una aventura que todavía no sabía hacia dónde le llevaría.

El buque partía a media mañana del día siguiente, tenía tiempo de tomarse el último trago de ron cubano antes de embarcarse. Se dirigió hacia una de las tabernas del puerto y, nada más acodarse en la barra, se encontró sorprendentemente con una cara muy conocida.

—¡Mayoral Mclister! —exclamó el joven Compay al toparse con él.

—Dichosos los ojos, Compay, ¿qué haces aquí?

—Nos han despedido a todos y he venido a Cienfuegos a buscar trabajo.

—No entiendo nada, amigo. ¿Andrés os ha despedido a todos? Algo grave ha sucedido entonces. Es muy extraña esa actitud en el viejo.

—Sí, muy grave. El patrón ha muerto y su hijo ha vendido La Hacienduca.

—¿Cómo dices? —Declan se quedó estupefacto—. ¿Qué le ha pasado?

—El señor Maestro sufrió un infarto mientras dormía, o eso aseguró el médico.

—Pero tú no pareces muy convencido, ¿me equivoco? Cuéntame de verdad lo que ha sucedido.

Compay asintió y le contó a Mclister en voz baja sus sospechas sobre lo ocurrido.

Al parecer, una noche de la semana anterior, Compay se encontraba cerrando los postigos de las ventanas de toda la casa ante el riesgo de tormenta.

En ese instante le pareció escuchar un ruido y vio al final del pasillo a Arístides que salía sigilosamente del cuarto de don Andrés.

—En ese momento no le di mayor importancia y continué mi ronda. A la mañana siguiente encontramos al patrón muerto en su cama con el rostro amoratado.

Compay prefirió guardar silencio y fue despedido, al igual que el resto de trabajadores, cuando Arístides vendió la finca.

Declan no era médico, pero tal vez el rostro amoratado de Andrés quería decir algo.

Mclister y Compay tomaron un par de rondas más antes de despedirse.

Declan tenía el pasaje comprado para viajar a España y quería descansar algo antes de partir.

Pero las revelaciones del joven cubano no le dejaron conciliar el sueño en toda la noche.

Declan no pudo evitar que las lágrimas se le escaparan al rememorar la figura de Andrés Maestro. Sabía que la salud de su antiguo patrón no estaba atravesando por su mejor momento, pero no se esperaba un final tan inesperado. Si es que en verdad había sufrido un infarto, claro.

¿Podía realmente Arístides haber matado a su padre?

, pensó Mclister tumbado en el camastro de su pensión.

El bastardo era mala persona, pero no le veía capaz de matar a nadie; era demasiado cobarde y rastrero, siempre le gustaba ir por detrás.

Aunque si de ese modo se salía con la suya y obtenía suficientes beneficios...

Debía sobreponerse y pensar también en su futuro.

Ya nada podía hacer por su antiguo patrón.

Volvía a la vieja Europa, a España, y se acercaba de nuevo a la tierra de sus ancestros.

No tenía un plan preconcebido para cuando llegara a la Península Ibérica, pero tal vez un tiempo después podría instalarse de nuevo en Irlanda, si todo le iba bien.

Tras unas horas horribles en duermevela, Mclister recogió su equipaje y se dirigió de nuevo hacia el puerto.

Ya había tomado una determinación y no la cambiaría de nuevo.

Él ya no podía hacer nada por su viejo amigo, y lo único que se buscaría serían quebraderos de cabeza si removía el asunto, puesto que no tenía pruebas para acusar a nadie de un crimen.

El irlandés se subió al carguero Esperanza y se quedó unos minutos en cubierta mientras el barco zarpaba.

Vio alejarse poco a poco las costas cubanas, hasta que el buque se adentró en alta mar y perdió para siempre el contacto con una tierra en la que se había hecho un hombre.

Declan abandonaba Cuba, pero se iba con una amarga sensación que le corroía por dentro: la de no haber hecho lo suficiente por ayudar a Andrés Maestro y aclarar las circunstancias de su repentina muerte.