La Hacienduca #6
De hecho, Blanca fue la primera mujer liberta de toda la familia, pero no tenía adónde ir en esos momentos, y por ello prefirió quedarse en La Hacienduca.
El amo la trataba bien, aunque ya no fuera amo y sí patrón, por lo que no tenía mayores quejas.
Trabajaba mucho, pero tenía un sueldo decente y un día de descanso a la semana.
Además, un guapo jornalero del ingenio la estaba empezando a cortejar, y ella se sentía la mujer más feliz del mundo.
Hasta que una noche de invierno, en medio de una terrible tormenta que asolaba media comarca, la joven criada sintió un fuerte estrépito en el despacho de su patrón. Alarmada, la chica se acercó corriendo por si le había ocurrido algo a don Andrés. Pero se llevó una sorpresa.
Al llegar a la estancia se topó de bruces con el hacendado, que caminaba tambaleándose, con el aliento apestándole a alcohol, y los ojos ciegos por algo que no quiso entonces averiguar.
A don Andrés, borracho, se le había caído un vaso de cristal al suelo, y se había roto en mil pedazos que amenazaban con herir sus pies descalzos si seguía deambulando por la habitación en medio de aquel trance.
Y la joven Blanca quiso ayudar a su buen patrón.
—Déjelo, don Andrés, yo me hago cargo. Recogeré los cristales y limpiaré su despacho, no se preocupe. Si quiere, le preparo un baño o le acompaño a su habitación.
—No hace falta, Blanca. Anda, pasa y cierra la puerta, por favor —balbuceó el terrateniente con la voz pastosa.
Cuando quiso darse cuenta, Blanca se encontró de cara a la pared, sintiendo el aliento fétido de su patrón en la oreja.
Segundos después, las manos desesperadas de don Andrés le destrozaron la ropa, y la tomó sin su permiso desde atrás con una violencia exacerbada.
La muchacha gimió y lloró en silencio, rota de vergüenza y de dolor, soportando, con el estoicismo con el que su raza llevaba aquellas tropelías, las feroces acometidas de un hombre que nunca pensó fuera a ultrajarla de ese modo.
Unos minutos después don Andrés se separó de la joven violada y se subió los pantalones con vergüenza al percatarse de lo sucedido.
Las brumas del alcohol comenzaron a disiparse, y entonces se dio cuenta de la realidad de sus infames actos.
Intentó acercarse a la muchacha para consolarla, quería pedirle perdón.
Pero ella se sobrepuso y no quiso escucharle.
Se colocó el vestido del mejor modo pese al destrozo, y salió de allí con toda la dignidad que le fue posible, ignorando las súplicas del hacendado.
La joven liberta sufrió lo indecible durante el resto de esa noche, debido a los dolores producidos por los desgarros internos al ser todavía virgen en el momento de la violación y, sobre todo, por la dignidad perdida.
Toda su familia directa había fallecido, pero a su madre la había oído hablar de unos primos lejanos que vivían en Trinidad, a pocas jornadas de Cienfuegos.
Así que intentó sobreponerse a las adversidades, y con la seguridad que le daba el salvoconducto que siempre llevaba encima —los rancheadores ya se lo habían exigido en más de una ocasión cuando se alejaba de la plantación en alguno de sus días libres, pero siempre habían terminado por dejarla en paz tras alguna chanza que otra— y el dinero que tenía ahorrado, guardado debajo del jergón, decidió emprender una nueva vida, lejos del hombre que la había violentado de aquella manera.
Cuando se repuso un poco, ya de madrugada, y con la maleta recién hecha, Blanca se acercó a los barracones donde vivía la mayoría de los negros de la finca.
Se dirigió al bohío de Mamá Candela, la curandera, y ella la ayudó sin preguntarle por lo ocurrido, algo obvio para una mujer que había visto de todo en su azarosa vida.
Blanca reposó mientras escuchaba los consejos de la anciana, pero al final siguió con su plan. Salió de allí sin mirar atrás, esperando que nadie la parara al abandonar La Hacienduca.
—Él es tu padre, Arístides, te mentí por tu bien.
Salí adelante como pude, y te he dado todo lo que tengo.
Pero creo que lo más justo para ti es conocer al que me dejó embarazada, el hacendado Andrés Maestro.
Puede que él ni siquiera se lo imagine, ya que yo me marché de la plantación a las pocas horas del suceso, pero quería que lo supieras.
—¡Maldito canalla! Pagará por lo que ha hecho, madre, se lo juro. Usted ya no era una esclava de su propiedad cuando ocurrió todo, ese hombre no puede hacer lo que le venga en gana con una mujer libre.
—No seas idiota, y supéralo como yo hice.
Y llevas razón, yo era libre, pero supe enseguida que tenía todas las de perder.
¿Quién me iba a creer? Entre un rico hacendado y una pobre liberta, ¿quién crees que llevaba las de ganar en un pleito?
No, hijo, lo mejor que pude hacer fue enterrar ese dolor en mi corazón, salir adelante con mi vida y darte lo mejor de mí.
Eso es lo único que me importa. Lo demás ya es pasado.
Solo quise que conocieras tus orígenes antes de que yo faltara.
—Ande, madre, si todavía le queda mucha guerra que dar.
—No tanta, hijo, no tanta.
Blanca llevaba razón y murió pocos días después, para desesperación de Arístides.
El joven cubano, de tez aún más clara que la de su progenitora, pero con rasgos inequívocamente relacionados con la raza africana de la que tenía solo una parte entre dieciséis, decidió hacer caso a su madre.
Alejó de su mente la idea de hacer sufrir a aquel hacendado por el ultraje a su madre, y quiso creer que una pequeña oportunidad se abría ante sus ojos.
Según su madre, aquel hombre no era mala persona y nunca se había portado mal con ella.
La fatídica noche le pilló en un pésimo momento, angustiado por la pérdida de dos tercios de la cosecha debido a la tardía temporada de huracanes —las tormentas tropicales solían aparecer entre julio y noviembre, pero ese año se habían retrasado, afectando de lleno a la zafra, que solía ser de noviembre a abril— y con sus sentidos embotados tras ingerir una gran cantidad de alcohol.
Tras años de lamentos supo perdonar a su agresor, según le confesó, y no le guardaba ningún rencor.
Y ahora su hijo Arístides tenía la oportunidad de enmendar la situación.
Blanca aprendió mucho después a leer y escribir con dificultad, por lo que con sus últimas fuerzas escribió una carta de su puño y letra dirigida a Andrés, y le pidió a su hijo que la entregara en mano al hombre que le engendró muchos años atrás en aquella oficina que apestaba a alcohol sin destilar.
Y allí estaba él, esperando la respuesta del hacendado tras leer la emotiva carta de su madre moribunda. En ese momento se abrió la puerta del despacho, y al descubrir el rostro desencajado de Andrés Maestro supo que acabaría saliéndose con la suya.
Andrés Maestro no tuvo duda alguna de que aquel hombre era hijo suyo.
Arístides llevaba en su cuello el mismo antojo de nacimiento que poseían casi todos los primogénitos de la familia, como él mismo o su padre, que en gloria estuviera.
La lectura de la carta de Blanca le había transportado a una época lejana, un tiempo en el que un joven español, recién llegado a la isla, tuvo que luchar contra viento y marea para salir adelante.
El terrateniente recordaba con detalle la infausta noche en que se dejó llevar.
Él nunca había sido un hombre violento, pero todo se juntó en unos minutos fatídicos que arruinaron la vida de una pobre mujer: la soledad del ingenio, sus propias inseguridades, el temor a perderlo todo tras el paso de los huracanes, y una maldad cautiva en su corazón que dejó asomar al entregarse en cuerpo y alma al maldito ron cubano.
Una combinación explosiva que le hizo perder los cabales por unos instantes, queriendo satisfacer sus más bajos instintos del modo que tuvo más a mano.
Andrés no pensó en las posibles consecuencias, ni se arrepintió en un primer momento.
Sí, sintió una profunda vergüenza por la situación una vez que se percató de lo que había hecho, pero siguió sin tener remordimientos que le atormentaran el alma.
Por lo menos durante esa noche; una negra noche en la que el viento racheado de la tormenta que se alejaba seguía ululando a través de los resquicios de sus ventanas, gimiendo igual que la mujer que había desflorado a traición, y cuya virtud había quedado manchada para siempre.
Solo podía hacer una cosa para enmendar su error aunque ella no pudiera verlo en vida: le daría sus apellidos a Arístides y firmaría los papeles que fueran necesarios para nombrarle hijo suyo y heredero legítimo de sus bienes.
De todos modos, Andrés no tenía familia en este mundo, y el impetuoso joven, por mucho que le doliera, era sangre de su sangre.
—Está bien, hijo, tenías razón. Ya he leído la emotiva carta de tu madre, y me ha revuelto por dentro lo que yo creía enterrado para siempre.
Sé que no puedo pedirle perdón a ella, que en paz descanse, pero lo haré contigo.
Todos los días de mi vida he lamentado aquel triste incidente en el que me dejé llevar por los vapores etílicos, y solo tengo un medio de recompensaros a ambos.
—¿Cuál, si puede saberse? —preguntó el joven.
—A partir de este momento serás Arístides Maestro, mi hijo legítimo. Yo me encargaré de arreglar los temas burocráticos, no temas. Anda, saluda a tu padre como es debido.
A Declan Mclister no le hizo gracia la nueva situación.
Él no soportaba al inquilino recién llegado a la casa, sentimiento que compartía con casi todos los habitantes de La Hacienduca.
Arístides reveló su verdadero rostro enseguida, nada más pasar esos primeros días de toma de contacto.
Un hombre de baja moral, déspota con sus semejantes, despreciable y con un mal fondo que se apreciaba a la legua.