La posada del viajero La Hacienduca #5
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La Hacienduca #5

—Tampoco quiero hablar con ningún lacayo negro, ¡fuera de mi vista! —exclamó el desconocido a voz en grito mientras agitaba un sobre en la mano—. Necesito darle esto al señor Maestro, es cuestión de vida o muerte.

Marcial ignoró los insultos y se plantó también frente a la escalinata para hacer frente común con Mclister.

Eran dos hombres que debían imponer su presencia física ante aquel alfeñique, pero el tipo parecía no darse cuenta.

Gesticulaba y vociferaba con nerviosismo, sin hacer caso de las indicaciones recibidas para que se calmara.

—¡Soy Arístides, el hijo de Blanca, la esclava de vuestro patrón! —gritó fuera de sí—. Exijo ver ahora mismo a vuestro jefe. Y no me moveré de aquí hasta que lo haya conseguido.

—Deponga su actitud, caballero. Creo que ya hemos tenido bastante paciencia con usted. Acompáñeme, haga el favor.

Declan le puso la mano encima, cogiéndole del antebrazo para sacarle de allí.

Arístides se revolvió como un gato furioso y se desembarazó de su captor mientras chillaba como si le estuvieran torturando.

La escena llamó la atención de los empleados que se encontraban en las inmediaciones y poco a poco se formó un corro alrededor.

Mclister vio llegar a la carrera a Compay con otros tres negros enormes, hombres duros que tratarían al desconocido con menos miramientos que él.

Al irlandés no le gustaba la violencia gratuita, y tal vez ese hombre tuviera alguna demanda legítima que hacerle a don Andrés, pero Declan no pensaba darle la más mínima oportunidad.

Hasta que escuchó una voz a sus espaldas con la que comprendió que ya no podría dejar a su patrón al margen del problema.

—¿Se puede saber qué ocurre aquí? —preguntó don Andrés nada más asomarse al exterior de su casa—. ¿Qué es todo este vocerío?

—Don Andrés, disculpe... —comenzó a decir Marcial al llegar de nuevo hasta la escalinata—. No se preocupe por nada, nosotros nos haremos cargo de este alborotador.

—¿Es usted el famoso Andrés Maestro, el dueño de La Hacienduca? —inquirió Arístides con el rostro sofocado por la situación.

—El mismo que viste y calza. ¿Y usted quién demonios es, si puede saberse? No puede venir a mi casa y armar este jaleo con mis hombres. ¡Hable de una maldita vez!

El señor Maestro parecía bastante alterado, y Declan se asustó al verle así. Quiso evitarle un mayor disgusto y prefirió intervenir, pero no pudo salirse con la suya.

—No te preocupes, Andrés, el señor ya se marchaba. —Mclister hizo un gesto a los dos negros más fornidos, que estaban dispuestos a llevarse de allí al individuo por las buenas o por las malas.

—Déjalo, Declan, da igual. Y tú, suéltalo de una vez. ¿A qué viene tanto alboroto?

—No se apure, don Andrés —dijo con retintín—. Ahora mismo sabrá quién soy, y seguro que querrá recibirme en su despacho, lejos de sus perros de presa.

El hacendado tuvo que contener de nuevo a sus hombres, dispuestos a despellejar a aquel deslenguado a la menor oportunidad.

Declan contemplaba la escena sin comprender y le pareció incluso percibir un leve gesto de desasosiego en el rostro de su patrón.

Pronto averiguaría la verdad oculta tras aquella extraña escena.

El señor Maestro consideró por un momento hacer caso al desconocido y acompañarle hasta su despacho para que pudiera hablar con tranquilidad.

Pero su seguridad debía primar ante todo, y no se fiaba del tipo que había irrumpido en su propiedad de ese modo.

Además, no iba a arriesgarse sin motivo.

Aunque algo en el rostro de aquel desgraciado le traía recuerdos muy lejanos, reminiscencias pasadas de sueños que su mente no quería traducir a imágenes nítidas comprensibles.

—Acabemos con todo esto, no tengo tiempo que perder. ¿Qué llevas ahí? —preguntó Andrés al ver el sobre que Arístides agitaba en su presencia.

—Las pruebas de su infamia. Es una carta de Blanca, mi madre, la esclava que usted...

Un oportuno relámpago iluminó la memoria de don Andrés. El hacendado cayó en la cuenta de que las palabras siguientes del recién llegado podrían hacerle mucho daño en presencia de sus hombres, por lo que prefirió zanjar el tema.

—Sí, ya sé... No se preocupe, caballero, tenga la bondad de acompañarme.

—Mi nombre es Arístides, y debe usted saber que conozco el contenido completo de la carta; mi madre me lo confesó antes de morir.

—De acuerdo, Arístides. En mi despacho podremos hablar con más calma. Marcial, no quiero que me moleste nadie hasta nueva orden. Y tú, Declan, encárgate de que todos los hombres reanuden sus tareas.

—Por supuesto —contestaron al unísono Mclister y el mayordomo.

Andrés acompañó a Arístides hasta su despacho, una de las dependencias de la casa vivienda que hacía las veces también de oficina comercial.

El hacendado intentaba recordar a marchas forzadas, hurgando en su memoria mientras se preparaba para lo peor.

El recién llegado había abierto la caja de los truenos, y él no imaginaba las consecuencias de sus actos.

—Muy bien, Arístides, ya estamos aquí. Has conseguido tu propósito, así que ahora dame la carta de una maldita vez.

—Alto ahí, no tan deprisa. —La altanería del visitante iba en aumento, y don Andrés comenzó a perder la paciencia con él—. Antes de que le entregue la carta que mi madre escribió a duras penas en su lecho de muerte, quiero que me prometa una cosa.

—¿El qué, hombre de Dios? Habla de una santa vez.

—Mi pobre madre ya está en el cielo y no podrá verlo con sus propios ojos, pero usted tiene que encargarse de esta desagradable situación y honrar su memoria.

Es lo menos que debería hacer para resarcir su abominable comportamiento con mi familia.

Treinta y cinco años de error son muchos años, la verdad.

No es que me crea con derecho a nada, pero tal vez un hacendado tan importante como usted debiera comportarse como un hombre delante de sus semejantes, ¿no es así?

—No sé de qué demonios me hablas —replicó ofendido Andrés, aunque el gesto inequívoco de su interlocutor le hizo rectificar—. Está bien; haré lo que me pidas, sea lo que sea. Ahora, dame esa carta y sal un momento fuera. Quiero leerla con calma, a solas. Después retomaremos nuestra conversación.

—Como guste.

Arístides entregó el sobre a don Andrés y salió de la estancia.

Cerró la puerta tras de sí y permaneció a escasos metros de la misma, esperando que el golpe infligido en el hacendado hiciera mella en su oponente, después de entregarle la carta.

No terminaba de sentirse especialmente orgulloso por su comportamiento, pero su vida no había sido nada fácil hasta ese instante y ahora se le presentaba una magnífica oportunidad para prosperar.

Después de tantos años de penurias junto a su madre, una mulata liberta que había sobrevivido a un sinfín de calamidades, Arístides se encontró ante una encrucijada que podía ser vital para el devenir de su existencia.

Blanca había recaído de una enfermedad crónica que la torturaba desde hacía años, y en los últimos días de su vida quiso confesarle a su hijo los verdaderos motivos que martirizaban su corazón.

—Verás, Arístides, es hora de que sepas la verdad de tus orígenes. Tu padre no fue un esclavo que murió a manos de los rancheadores al intentar huir de la plantación.

—Da igual, eso ahora no importa. Necesita descansar, ya sabe y...

—No, hijo, tienes que saberlo. No me interrumpas, por favor.

Blanca le contó a su hijo lo sucedido en aquella hacienda de la que había escapado para siempre, treinta y cinco años atrás.

Su nuevo patrón en el ingenio, don Andrés Maestro, era mucho mejor que su anterior dueño.

De hecho, a los pocos meses de hacerse cargo de la finca dio salvoconductos a todos sus esclavos y les prometió un empleo remunerado para todo aquel que quisiera seguir trabajando a su lado.

Algunos de los antiguos esclavos dejaron atrás La Hacienduca, camino de aventuras lejos de sus tierras.

Pero otros muchos decidieron quedarse ante las promesas del nuevo patrón.

Ella no tenía adónde ir, y don Andrés parecía un buen hombre.

Así que aprovechó la oportunidad de seguir trabajando en la casa, ya que Blanca era una de las encargadas de la cocina.

Sus tareas no se le hicieron tan cuesta arriba al enterarse del sueldo que cobraría desde ese día y de todos los nuevos privilegios de los que dispondría a partir de ese momento al ser una mujer completamente libre.

Su vida y la de sus ancestros no había sido fácil desde el día en que sus antepasados llegaron a Cuba, hacinados de cualquier manera en uno de los primeros barcos negreros que desembarcaron esclavos africanos en la isla.

Su madre fue una cuarterona, hija de blanco y negra, y con tres abuelos blancos, ya que la costumbre de dejar preñadas a sus esclavas llevaba varias generaciones arraigada en la América colonial.

Los hacendados eran dueños de todo lo que vivía en su finca, fueran hombres, mujeres o animales, y se servían de ellos a su antojo.

Y para no perder la costumbre, ella nació también de la unión de un esclavista español y una criada menos oscura que una mulata.

La niña nació más clara aún después de varias generaciones de mezcla interracial, por lo que le pusieron el nombre de Blanca, como un gesto gracioso que se le ocurrió a su padre putativo.

La muchacha creció bajo los cuidados de su madre, y cuando se convirtió en una mujer creyó que la suerte de su familia había cambiado al toparse en el camino con don Andrés Maestro.