La Hacienduca #4
Declan no pensaba contarle a su jefe los escarceos amorosos de los que había disfrutado a lo largo de los últimos años, pero alguno había tenido.
Cienfuegos no quedaba lejos y, en algunos viajes que había realizado a otras ciudades cercanas, había tenido la oportunidad de intimar con diversas mujeres, ya fueran blancas, negras o mulatas, de buena posición o simples criadas o meseras.
Nada demasiado serio, ya que Mclister no quería ningún tipo de compromiso con esas mujeres, pero como todo hombre también tenía sus necesidades.
Y es que en el interior del joven irlandés un volcán desbordante seguía hirviéndole la sangre cada vez que se cruzaba con una mujer bella.
Ellas lo notaban y se dejaban querer por aquel hombre tan apuesto y varonil.
No es que estuviera especialmente orgulloso de su comportamiento, pero la llamada de la carne era demasiado poderosa para él, y el ímpetu de su juventud le impedía controlarse en exceso cuando se encontraba fuera de la propiedad.
Porque eso sí que lo llevaba a rajatabla el joven irlandés.
Mclister nunca tuvo nada que ver con ninguna de las pocas mujeres que vivían en La Hacienduca; no quería problemas en su lugar de trabajo.
Prefería desfogarse fuera y, aunque en ocasiones tardaba meses en encamarse con una mujer, prefería concentrarse en su trabajo en el ingenio antes que caer en la tentación y meterse en algún lío con su patrón.
—¿Quién, la joven Clara? —preguntó sorprendido Declan.
—La misma que viste y calza. Al parecer bebe los vientos por ti, según me ha dicho un pajarito.
Ya sé, ya sé, es todavía una niña a sus dieciséis años.
Pero es una chiquilla bastante agraciada físicamente y además parece agradable, desde luego más que mi vecino, con el que he tenido más de una trifulca a lo largo de estas décadas.
—La verdad es que no me interesa. Es una cría para mí, y estoy de acuerdo con tu otra apreciación, su padre es insoportable. No me apetece relacionarme tanto con el tal Braulio y su familia, prefiero seguir a mi aire.
—Tienes razón, como casi siempre. Braulio es insufrible, te complicaría demasiado la existencia.
Por no mencionar que eres extranjero y, además, casi un ahijado mío, y no creo que te mirara con buenos ojos.
No, mejor lo olvidamos. Aunque desde luego pegarías un braguetazo con Clarita: la niña es un buen partido.
Crespo tiene la plantación más grande de la comarca, y una de las más prósperas.
En más de una ocasión ha querido comprarme La Hacienduca para expandir su propiedad y de paso quitarse un competidor. Pero yo nunca he cedido a sus deseos.
—Mejor cambiemos de asunto. Anda, sigue contándome lo que te ocurrió en aquel barco, no quiero continuar con el tema de mis posibles amoríos.
—De acuerdo, irlandés, tú lo has querido.
Andrés y Dolores congeniaron enseguida y se hicieron inseparables durante la larga travesía del Atlántico. Los padres de la muchacha no veían con buenos ojos aquella creciente amistad, pero no hicieron nada por impedirla.
Las condiciones del barco para los viajeros de tercera clase, como en el caso de Andrés o la familia Sañudo, no eran las mejores, sobre todo en cuestiones de higiene y salubridad.
Las travesías no suponían precisamente un viaje de recreo para la gran mayoría de los pasajeros de buques como el paquebote en el que habían embarcado.
Por no hablar de la comida, escasa y de mala calidad, y la incomodidad de sus precarios alojamientos.
Debido a las condiciones insalubres del viaje, la familia Sañudo enfermó.
Los padres de la muchacha empeoraron de manera alarmante en unas horas, y el médico del barco no pudo hacer nada por salvarlos.
Dolores sobrevivió a duras penas, pero tuvo que ver cómo sus padres fallecían en alta mar sin poder hacer nada.
Andrés se apiadó entonces de la muchacha, ya que Dolores se quedaba completamente sola y desamparada en el mundo.
Sin pensarlo demasiado, tras unos días de duelo en el barco, le pidió matrimonio a la joven santanderina antes siquiera de llegar a su destino.
Abrumada, ella accedió a su petición sumida en un estado del que le costaría salir, física y mentalmente.
Una vez llegados a puerto, los recién casados buscaron casa y trabajo para asentarse en La Habana, aunque enseguida vieron que no estaban hechos para la vida en una ciudad tan diferente a todo lo que conocían.
A Andrés le ofrecieron un empleo agrícola en Cienfuegos, una ciudad próspera bastante alejada de la capital, pero las condiciones de salud de su esposa les impedían hacer tan largo viaje por tierra.
El matrimonio español malvivió durante algunos meses en la ciudad habanera, con Andrés ganando unos pocos pesos en lo que le iba saliendo, mientras veía cómo la salud de Dolores se deterioraba poco a poco.
El sistema inmune de la joven se debilitaba cada día que pasaba, y en aquellas circunstancias cualquier virus o infección podría acarrear consecuencias funestas.
Y eso es lo que finalmente ocurrió, que la joven falleció unas semanas después.
El viudo no quiso caer en lamentaciones, ya que él mismo se encontraba también en una precaria situación y debía cuidar de sí mismo.
En esos momentos las lágrimas no le salían del pecho, helado para siempre después del varapalo del destino.
Pero el instinto de supervivencia hizo el resto, y Andrés se obligó a seguir viviendo.
Recogió sus escasas pertenencias, buscó todo el dinero que le fue posible conseguir, y tras descansar unos días después del sencillo sepelio de su esposa, partió para Cienfuegos antes de perder la oportunidad de aquel empleo.
Un trabajo le llevó a otro, y al final Andrés tuvo una buena racha que le cambió la vida.
La suerte se puso de su lado y en menos de un año pasó de ser un pobre viudo sin un peso en el bolsillo a convertirse en el propietario de una plantación.
Aunque en un principio La Hacienduca fue un ingenio bastante ruinoso que le costó sangre, sudor y lágrimas sacar adelante, el duro sacrificio tuvo su recompensa y al final se salió con la suya.
—Y aquí estamos, irlandés. Una vida entera deslomándome en este rincón del mundo tan alejado de mi terruño, y al final para nada.
—Vaya, veo que hoy tenemos el día un poco pesimista. Sé de lo que hablo, patrón, te lo aseguro. Y no pienso tolerarlo, así que algo haré para evitarte este mal trago. Por cierto, una curiosidad antes de finiquitar el tema. ¿Nunca te volviste a casar?
—No, mi corazón se rompió en mil pedazos, y ya nunca supe ni quise recomponerlo.
—Pero eso es muy duro —contestó Mclister, pensando en su propia situación—. Seguro que has tenido más de una oportunidad; no me creo que ninguna mujer quisiera ser la dueña de esta hermosa finca. Por no hablar de las necesidades físicas de cualquier hombre...
—Bueno, puede que alguna vez me dejara llevar por mis bajos instintos —respondió entonces Andrés, recordando un episodio del que no se sentía demasiado orgulloso—.
Pero poco más, no te vayas a creer. Esta finca está alejada de la civilización y, si yo no iba a la ciudad, o asistía a alguna fiesta o recepción de algún hacendado cercano, era difícil que me relacionara con muchas damas.
Así que me centré en el trabajo. El tiempo transcurrió sin percatarme siquiera y cuando me quise dar cuenta, ya me había hecho viejo.
—Espero que no me malinterpretes, pero yo sigo viendo delante de mí a un hombre muy interesante, una persona madura que todavía tiene mucho que ofrecer —soltó Declan mientras le guiñaba el ojo a su patrón.
—No eres mi tipo, irlandés —se carcajeó el terrateniente—. Pero gracias por el cumplido. Anda, dejemos el tema, que queda mucho todavía por hacer.
Poco iban a suponer los dos amigos que esa conversación tendría su continuación un tiempo después, de un modo que jamás habrían sospechado.
Los años siguieron transcurriendo de forma lánguida en el ingenio azucarero. Comenzó entonces el año 1880, una fecha en la que la vida dentro de La Hacienduca daría un cambio radical para todos sus habitantes.
Una mañana de febrero, Declan se acercó a la casa vivienda para recoger unos papeles de la oficina en la que trabajaba don Andrés.
El irlandés consultó con su patrón unos asuntos pendientes y salió del edificio, camino de la zona fabril del ingenio.
Atravesó la parte abovedada que hacía las veces de soportal y se quedó un momento parado.
No había puesto todavía un pie en la escalinata que le conduciría al sendero principal de acceso cuando escuchó una voz de timbre agudísimo abriéndose camino de un modo inmisericorde hacia su oído interno.
—Quiero ver al señor Maestro. ¿Está en la casa? —soltó de corrido un individuo algo estrafalario que el irlandés no había visto en su vida.
—Tendrá que hablarlo con Marcial, el mayordomo de la casa; no sé si don Andrés estará ocupado —contestó Declan.
Mclister torció el gesto al ver las intenciones del recién llegado, que seguía avanzando hacia la escalinata principal.
Se fijó entonces mejor en aquel tipejo: un hombre de escasa estatura que tendría entre treinta y cuarenta años, acompañado de una barriga que sobresalía por encima de su levita, y andares algo torpes.
Declan no supo discernir en ese momento si era un mulato demasiado claro, o un blanco con la piel tostada por el sol, pero había algo en su mirada poco cristalina que no le terminaba de convencer.
—Extranjero, no quiero hablar con ningún mayordomo. Llévame ante tu patrón enseguida —soltó el desconocido con desprecio.
Declan no quería comenzar una trifulca, pero el desgraciado se estaba ganando su merecido. En ese momento sintió que la puerta principal se abría a sus espaldas y Marcial asomó por el umbral dispuesto a hacerse cargo de la situación.
—Déjeme a mí, mayoral Mclister. Yo me encargo —aseguró el jefe de los criados.