La posada del viajero La Hacienduca #3
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La Hacienduca #3

—Sí, dejemos el tema. Afortunadamente las cosas están cambiando a marchas forzadas.

Ya sabes que yo tampoco he sido nunca partidario de esta forma de hacer negocios, y eso me ha traído más de un quebradero de cabeza.

Pero bueno, a lo que iba, que se me ha ido el santo al cielo.

Como habrás visto en La Hacienduca, ahora tengo negros casi exclusivamente en la zona agrícola, para la recolección de la caña de azúcar o el café, pero en la zona industrial del ingenio azucarero los he ido sustituyendo poco a poco por blancos.

Bueno, también los criados de la casa son negros, pero ese es un caso especial.

—Claro que me he dado cuenta, Andrés. —El mayoral se había ganado el derecho de tutear a su patrón, y él lo ejercía con respeto y deferencia hacia el hombre que le había contratado sin conocerle de nada—.

Como para no hacerlo, con los aires que se dan algunos hombres de la fábrica, como ese famoso «Capitán».

Mclister había tenido algún que otro encontronazo con algunos de los operarios que trabajaban en la zona fabril, pero hasta el momento los había resuelto bien.

—Es que ese tipo era realmente un capitán del ejército español, y por eso muchos de sus hombres, aquí presentes también, siguen obedeciendo sus órdenes.

Según escuchó Declan de boca de su patrón, durante los últimos años se habían producido varias escaramuzas entre los rebeldes cubanos y el ejército español en la zona de Cienfuegos.

Los rebeldes se hicieron fuertes en algunas partes de la región, y la Corona española envió varios destacamentos militares.

Como los ingenios eran también un objetivo militar, se asignó a los soldados españoles la defensa y cuidado de las plantaciones de azúcar, para que no fueran arrasadas por los independentistas cubanos.

El Estado Mayor acordó entonces que los militares allí destacados tuvieran un sueldo de quince pesos de oro, aparte de su manutención, todo pagado por los propios hacendados al contar con la inestimable colaboración del Ejército español para salvaguardar sus propiedades.

Los terratenientes aprovecharon la ocasión y obligaron poco a poco a los soldados a involucrarse en las labores de producción dentro del ingenio, aunque fuera a costa de una paga extra que casi siempre se llevaban los oficiales.

La situación creada supuso un cambio radical en toda la zona, y los hacendados fueron cambiando la mano de obra de los negros en la industria manufacturera por el trabajo más especializado de los soldados españoles, «blanqueando» los ingenios, aunque fuera solo en su parte más industrial.

Los negros fueron arrinconándose para realizar tareas agrícolas, como la recolección de la propia caña de azúcar, o labores de intendencia.

Eso aceleró también la desaparición de la esclavitud en la zona.

—Y, claro, el trabajo cada día más especializado en el ingenio, con todas esas máquinas que hay que tratar con cuidado, es mejor que sea realizado por obreros blancos.

No, no me mires así, sabes que no soy racista.

El negro, ya sea libre o esclavo, no dispone de los conocimientos ni la disciplina necesaria para manejar una maquinaria de ese calibre, con funciones precisas que hay que tratar con cuidado —añadió Andrés.

Declan siguió escuchando la explicación de su patrón.

Los soldados españoles comenzaron entonces a cobrar una paga muy superior a la de un obrero en España y, por supuesto, mucho más alta que el mísero sueldo de un soldado.

Contaban además con la ventaja de no tener que combatir, y sus condiciones laborales eran mucho mejores que otros empleos similares que hubieran podido encontrar en España.

Así que la mayoría de esos hombres, gracias a los continuos rumores de que la guerra estaba a punto de finalizar con un armisticio, decidieron quedarse a trabajar en unos ingenios que vieron incrementada su productividad en un altísimo porcentaje debido a este profundo cambio.

—Vamos, que se ha producido una profunda reconversión industrial, por lo menos relativa al personal trabajador, en los ingenios de la comarca —contestó Declan—.

Ya me había sorprendido al encontrarme con tantos españoles en la zona fabril, pero hasta este momento no conocía el origen de esta peculiar situación.

—Sí, tienes razón. Y este proceso ha logrado que Cienfuegos se ponga a la cabeza de las zonas productoras cubanas, no te creas.

Aunque no ha acabado con la esclavitud en la comarca, ya que los negros que no son libres siguen trabajando en condiciones lamentables en tareas agrícolas, mientras el trabajo aquí dentro se ha convertido en algo tan especializado que solo lo pueden manejar los blancos.

—Y yo tengo que encargarme de enseñarles el manejo de las nuevas máquinas cuando reúna toda la información de los técnicos americanos.

—Veo que lo has entendido a la perfección. De ahí que te ruegue que tengas algo de mano izquierda con los antiguos militares. No quiero tener problemas en el ingenio, y ese al que llaman «Capitán» nos puede crear más de uno si no andamos con cuidado.

—Lo tendré en cuenta, Andrés, no te preocupes.

Declan se acostumbró poco a poco a la vida de un ingenio, asumiendo cada vez mayores responsabilidades, y el tiempo fue pasando en La Hacienduca sin apenas darse cuenta.

El irlandés se hizo finalmente con el mando del ingenio azucarero, aunque tuvo que solventar problemas de todo tipo en una época muy convulsa para todos.

Con el final de la guerra entre Cuba y España, don Andrés vio finalmente cumplido su objetivo, y su fábrica se convirtió en una de las más rentables de la zona y, por ende, de todo el territorio cubano.

El irlandés se transformó también en un hombre diferente tras amoldarse a sus rutinas en la plantación.

Se acercaba de vez en cuando a Cienfuegos y a otras poblaciones vecinas para cerrar algún trato comercial, ya que el patrón de La Hacienduca fue delegando en él cada vez más tareas.

Don Andrés cayó gravemente enfermo tres años después de la llegada de Declan a la finca y, aunque se restableció casi por completo, nunca llegó a ser el mismo, y por eso confió cada vez más en el buen hacer de Mclister para los negocios.

Al poco tiempo de su llegada a la plantación, Declan se mudó a la casa vivienda, a un cuarto cerca de la habitación de don Andrés; un alojamiento de categoría muy superior al humilde bohío en el que vivía hasta ese momento.

El señor Maestro no tenía familia y le había cogido cariño a Declan; le recordaba un poco a él mismo cuando llegó a Cuba.

El hacendado rememoró entonces su llegada a la isla, cuarenta años atrás, cuando salió de España casi con lo puesto.

Andrés había conocido en el barco a Dolores Sañudo, una joven santanderina que viajaba a América en compañía de su familia.

En aquella época era muy normal que emigrantes de toda Europa quisieran hacer las Américas para salir de la pobreza de sus lugares de origen.

O, por lo menos, para buscar ese sueño dorado que muchos solo veían posible alejándose miles de kilómetros de la tierra que les vio nacer.

En un principio, cuando Declan escuchó de boca de su patrón aquella historia, le recordó también sus propias vivencias en el Pegasus y sus escarceos con la señorita Watson.

Mclister llevaba mucho tiempo sin pensar en ella, pero en ese momento se concedió un minuto de distracción.

Seguramente la antigua institutriz se habría convertido en una gran dama, envidia de la alta sociedad habanera, que daría fiestas en su gran mansión para todos los potentados de la isla.

Mclister no se permitió más deslices, no quería volver a las andadas.

El aire de campo le había sentado muy bien y había llegado a olvidar sus devaneos con Emma y, sobre todo, había relegado al pozo del olvido la angustia existencial que le oprimió el pecho durante su relación tormentosa con Perlita.

—¡Despierta, muchachu ! Parece que te has quedado en Babia. Eso, o es que no te interesa lo más mínimo la historia de este pobre viejo.

—No es eso, Andrés, ni por asomo. Es que he recordado mis propias aventuras a bordo del barco que me trajo desde Europa hasta las costas de esta isla.

—Espero que sean buenos recuerdos.

—Bueno, un poco de todo —dijo Declan rememorando la muerte de su familia y sus primeras semanas en La Habana, un territorio que le pareció francamente hostil nada más desembarcar en la isla—.

Pero, bueno, lo peor ya pasó y ahora disfruto de la vida en La Hacienduca.

No podría querer nada más en este mundo.

—No lo dices muy convencido, Declan. Nunca te he querido comentar nada, veo que eres un solitario como yo.

Pero te aseguro que, si pudiera, yo volvería atrás.

Esta vida está hecha para compartirla con alguien, para formar una familia y disfrutar de ella.

Yo no pude hacerlo en su momento por diversas circunstancias, pero tú aún estás a tiempo.

—Ahora estoy muy ocupado, quizás más adelante —contestó Declan no demasiado convencido—. El trabajo en la plantación es absorbente, y queda mucho por hacer todavía en el ingenio. Tengo unas ideas que me gustaría comentarte sobre el proceso manufacturero y...

—Anda, olvida por un momento el trabajo, estamos charlando como dos viejos amigos.

Un chico joven, apuesto y con buena posición como tú no puede hacerse de menos de esa manera.

Seguro que hay un montón de mujeres ahí fuera deseosas de conocerte en profundidad, ¿verdad?

Por ejemplo, la mismísima hija de Braulio Crespo, nuestro querido vecino.