La posada del viajero La Hacienduca #2
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La Hacienduca #2

—No te apures, de la mercancía se harán cargo Compay y otros trabajadores.

Quiero que conozcas al padre del muchacho, Marcial, para que te oriente también un poco con el funcionamiento general de La Hacienduca.

En la vivienda principal queda alguna habitación disponible, o puedes alojarte en uno de los barracones de los capataces, como prefieras.

—Creo que no merezco vivir en su casa, por lo menos de momento. Puedo acondicionar uno de los barracones; para mí es más que suficiente.

—Me gusta tu actitud, muchachu . Eso está bien, cada hombre tiene que ganarse su puesto, y la humildad es un punto muy importante a la hora de prosperar en la vida.

—Sé de dónde vengo, no se preocupe.

—De acuerdo entonces: me encargaré de que te preparen uno de los bohíos principales.

Quiero que comiences enseguida a familiarizarte con la maquinaria y después serás el anfitrión de los americanos cuando vengan aquí.

Creo que Mr. Robinson y Mr. Higgins estarán encantados con tu presencia, y yo también, ya que apenas entiendo una palabra de lo que sale de la boca de esos malditos yankies .

—Por supuesto, yo le ayudaré en lo que precise, no hay problema —se sonrió el irlandés ante la ocurrencia de su jefe.

—Primero tendremos que enseñarte lo que hemos estado haciendo hasta ahora, para que no te pille de nuevas, y después ellos te explicarán cómo queremos funcionar a partir de este momento con las máquinas recién adquiridas.

Y más tarde, claro está, tendrás que hacer llegar esa información a nuestros hombres para ganar en eficiencia a la hora de producir azúcar de alta calidad.

—Espero estar a la altura, don Andrés.

—Seguro que sí, Declan, no creo que vayas a decepcionarme.

Esta conversación tuvo lugar al pie de la escalinata que daba paso a la casa principal.

Declan miró en derredor y vio llegar de nuevo a Compay, que se presentó acompañado de varios fornidos hombres que le ayudaron a descargar la mercancía, todavía amontonada en el carromato que habían dejado a la entrada de la plaza elíptica.

Mclister averiguó más tarde que la plantación del señor Maestro había sido un ingenio esclavista cuarenta años atrás.

El antiguo dueño de la plantación se arruinó, lo perdió todo, y el viajero montañés recién llegado de España, con apenas unos meses en la isla, pudo hacerse con la finca por un precio muy inferior al de mercado.

La plantación original tenía también una gran casa vivienda, barracones para los esclavos y todo lo necesario para los diferentes procesos que conllevaban la producción de azúcar.

Una estructura fabril que en aquella época contaba con la casa de ingenio, la casa de caldera y la casa de purgas, además de otras muchas dependencias que hacían de aquel ingenio uno de los más completos de la comarca: fábrica de tejas, enfermería, herrería, almacén de víveres, carpintería, cocina, hornos y casas para los diferentes técnicos.

Y además poseía caballerizas, corrales para los bueyes y los puercos, pozos, presas hidráulicas y plantas de gas y alquitrán para dar luz a las diferentes dependencias del ingenio.

En definitiva, una pequeña ciudad en miniatura, con todo lo necesario para sacar adelante la producción de azúcar.

Aunque el estado general de las dependencias andaba algo deteriorado, debido a la falta de mantenimiento e inversión durante los últimos años.

Por eso el señor Maestro tuvo que invertir más dinero en reformas para poner de nuevo en pie aquel ingenio dejado de la mano de Dios por su antiguo dueño, más preocupado por las deudas de sus negocios marítimos que por el deterioro progresivo de su fábrica de azúcar.

El antiguo propietario metió en el lote vendido a don Andrés algunos de los esclavos que poseía, incluyendo esclavos domésticos para llevar la intendencia de la casa —hombres con mejor educación que el resto de los esclavos, algunas mujeres para atender la cocina y la casa, e incluso niños para hacer los recados— y esclavos del campo —más de un centenar de negros de anchas espaldas y fuerte carácter— para las labores más duras de la plantación.

Aunque, poco tiempo después, el nuevo dueño de La Hacienduca dio el salvoconducto de libertad a todos los esclavos.

—Más tarde te enseñaré el resto de mis dominios, Declan —aseguró el hacendado. En ese momento llegó hasta ellos un negro vestido elegantemente con una levita oscura a pesar del calor bochornoso que impregnaba el ambiente—. Mira, irlandés, ya está aquí mi hombre de confianza en la casa.

Mclister recibió una mirada de cierta reprobación del recién llegado, aunque tras un posterior vistazo de reconocimiento Declan creyó entrever que el jefe de los criados relajaba algo su primer gesto hacia él.

—Marcial, prepara el mejor bohío para el señor Mclister, y provéele de cualquier otra cosa que necesite —terció el hacendado sin fijarse en el duelo de miradas.

—Por supuesto, don Andrés —contestó el mayordomo—. Acompáñeme si es tan amable, caballero.

Declan deshizo entonces su escueto equipaje en el humilde barracón que le asignaron, se refrescó un poco en la palangana que le habían dejado al lado de la cama, y se tumbó a descansar un rato.

Menos de una hora después don Andrés le mandó llamar y el nuevo habitante de La Hacienduca salió de su bohío, dispuesto a familiarizarse lo antes posible con todos los entresijos del ingenio en el que iba a trabajar a partir de ese día.

Mclister necesitaba acostumbrarse pronto a su nueva vida en La Hacienduca. Quería aprender lo antes posible los rudimentos del proceso de fabricación del azúcar, por lo que puso toda su atención en las explicaciones que don Andrés comenzó a impartirle durante sus primeras jornadas en la plantación.

Gracias a ello, Declan aprendió a conocer y a comprender la historia de los ingenios en la isla y su evolución a lo largo de los años, desde una producción casi artesanal a los modernos avances que estaban teniendo lugar en esa misma época.

—Esta plantación formaba parte del tercer grupo de ingenios, el semimecanizado, y ahora subiremos otro escalón más.

En principio aquí se sustituyó la energía puramente animal por la máquina de vapor, la famosa máquina Cornualles, con lo que se racionó mejor el combustible y se pudieron ubicar todas las calderas en el mismo sitio.

Declan recordó el gesto de satisfacción de su jefe al rememorar sus primeros tiempos como productor de azúcar y las mejoras que había ido introduciendo a lo largo de los años, siempre en aras de una mejor producción y una superior calidad del producto final.

—Y ahora nos convertiremos en un ingenio mecanizado al cien por cien, una de las plantaciones punteras en la isla.

Con los evaporadores de vacío, las máquinas centrífugas y todos los artilugios mecánicos que nos van a instalar los americanos, duplicaremos de nuevo la producción y los beneficios se dispararán exponencialmente...

Un par de semanas después, Declan conoció por fin a los ingenieros americanos, Mr. Robinson y Mr. Higgins.

Enseguida se granjeó su amistad y respeto ya que ambos técnicos, aunque oriundos respectivamente de Boston y Nueva York, contaban también con raíces irlandesas que afortunadamente ayudaron a que los tres hombres congeniaran enseguida.

Mclister se había empapado, durante los días previos a la llegada de los técnicos americanos, de todo lo que su mente pudo asimilar relacionado con el complejo mundo de la manufactura azucarera en un ingenio.

Al principio andaba algo perdido, pero contó con la inestimable ayuda de Pepe, el maestro azucarero.

Un gallego que le adoptó como al hijo que nunca había tenido y que le enseñó todos los trucos del oficio, algo que el irlandés supo agradecerle desde el primer momento.

Las duras jornadas en la plantación no hicieron mella en el joven irlandés, cada vez más integrado en su trabajo.

Poco a poco fue ganándose la confianza de los hombres que tenía bajo su mando, así como de don Andrés, y en unos meses se convirtió en alguien fundamental para el buen funcionamiento de La Hacienduca.

El señor Maestro le nombró mayoral de la plantación, y el joven irlandés se sintió muy orgulloso.

El trabajo era duro y sacrificado, pero a Mclister eso no le asustaba, y puso todo de su parte para realizar del mejor modo posible la tarea encomendada.

El señor Maestro le contó también los cambios de personal que había estado realizando durante los últimos tiempos, una profunda reestructuración que se llevaba a cabo en toda la provincia de Cienfuegos desde que había comenzado la guerra entre España y Cuba: unos cambios que repercutieron en que la comarca se convirtiera en la región azucarera más importante de la mayor de las Antillas, y la más productiva del mundo en relación con su extensión territorial en el último tercio del siglo XIX.

—Verás, Declan —le explicó una mañana el hacendado español—, antes contábamos con una gran mayoría de empleados negros en la finca, con algún chino culí entre nuestros trabajadores; pero eso ha cambiado radicalmente, como habrás podido comprobar con tus propios ojos.

—¿Un chino qué? —preguntó alarmado Declan ante otro detalle desconocido.

—Culí, Declan, un chino culí. No sé de dónde viene el nombre, solo te puedo decir que los culíes son inmigrantes chinos que llegaron hace años a las Antillas, gracias a la mediación inglesa en las colonias que tienen en Extremo Oriente, sobre todo en Hong-Kong y Macao.

Yo me encontré con algunos de estos hombres trabajando aquí en condiciones de semiesclavitud, pero por supuesto revertí esa situación cuando liberé a todos los esclavos de la finca.

—Mejor no digo nada sobre la esclavitud, pero parece que en esta parte del mundo la vida de un hombre no valía mucho, ya fuera negro, indio o chino.