La posada del viajero Una ilustre visita #7
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Una ilustre visita #7

—Sí, mi niña. Tu padre no está con nosotros, y yo debo asumir su papel. ¿O prefieres que Declan se enfrente a tu madre? Sería un hueso demasiado difícil de roer si es que de verdad pretende cortejarte.

—No creo, güelu , igual lo hizo solo por despecho. Yo no lo tengo tan claro.

—Tonterías, niña. Estáis hechos el uno para el otro, y el que no lo vea así es que está ciego. Yo lo noté enseguida y asumí que podría suceder algo entre vosotros, aunque prefería que el irlandés hubiera desaparecido para siempre de nuestras vidas, no voy a negarlo.

—Vaya, no sabía...

—No te preocupes, el muchachu me cae bien. Pero si quiere andar con mi nieta tendrá que comportarse de otra manera. Tenemos muchos frentes abiertos, habrá que ir cerrándolos poco a poco. Venga, retomemos el camino. ¿Te encuentras mejor?

—Sí, abuelo, ya estoy más calmada. Muchas gracias de nuevo por todo. Tú sí que sabes tratar a una chica.

Le guiñé un ojo y me abracé a él. Mi gesto le sorprendió, pero enseguida me estrechó con fuerza entre sus brazos y disipó las pocas dudas que pudieran seguir existiendo en el fondo de mi corazón.

Todo saldría bien; mi abuelo me lo había dicho y yo le creí a pies juntillas.

Con eso me bastaba para seguir tirando, no me quedaba otra opción.

—De momento, ni palabra a tu madre de todo esto, ni tampoco a tu hermana. Ya veremos cómo afrontamos la situación; puede que el irlandés aparezca por casa pronto.

—No sé yo...

Continuamos el camino, charlando sobre otras cosas para postergar un poco lo inevitable. Mi abuelo supo recomponer la situación, e incluso me arrancó alguna sonrisa durante el resto del trayecto. Sus cuidados del alma me reconfortaban, aunque seguía sin tenerlo claro.

Disimulé lo que pude al llegar a casa sin conseguir del todo mi propósito.

Mi madre me miró de una forma extraña y no supe esconder mi azoramiento.

Al fin y al cabo ella me había parido, y tampoco podría engañarla tan fácilmente.

Tuve la suerte de que no quisiera ahondar más en la herida, y el resto del domingo transcurrió de forma más o menos plácida.

Incluso María estuvo más cariñosa que de costumbre conmigo.

El sosiego no me duró demasiado. Al día siguiente, después de ayudar a mi madre con las tareas del comienzo de semana, decidí dar un paseo.

No sabía si acercarme a alguna de las playas, aunque fuera para ver cómo rompía el mar contra los acantilados de la playa de Los Locos.

O tal vez deambular por el barrio, recorrer esa senda mágica paralela a la ría y embriagarme de nuevo con las vistas que siempre llevaría conmigo como recuerdo imborrable de Suances.

No tuve casi tiempo ni de poner un pie en el exterior de nuestra finca. Detrás de un árbol, acechando como un vulgar delincuente, me encontré de bruces con Declan. Debía de estar esperándome, o quizás decidiendo si entrar o no a molestar a la familia Abascal en aquella tarde de un lunes veraniego.

—¿Qué demonios haces aquí, Declan? No estarás espiándome...

—Creo que la última vez que nos vimos comenzaste igual la conversación, con la misma pregunta. ¿Quieres probar de nuevo?

—¿Tú eres idiota o qué? Creo que lo del bofetón no te ha quedado lo suficientemente claro; igual te lo tengo que repetir.

—Preferiría repetir la escena anterior al bofetón, en todo caso.

Aquel hombre me sulfuraba. ¿Se estaba riendo de mí? De nuevo se mostraba con gesto esquivo, con esa sonrisa cínica que llevaba prendida en su rostro como una marca de nacimiento. No, no podía echarlo a perder, quería darle una oportunidad. Pero me lo ponía muy difícil.

Debió de percibir mi enfado, además de notar mi furibunda mirada. Tenía ganas de asesinarle, era cierto, pero también deseaba lo que él me había pedido: besarle de nuevo. Desde luego, iba a volverme loca, no tenía remedio.

Él rectificó, temeroso quizás de que desapareciera de nuevo dentro de nuestra casa. Se adelantó unos metros, suavizó el gesto y dijo con voz serena:

—Disculpa, Amaya, soy un idiota. No te espiaba, eso ni lo dudes. Llevaba aquí un rato esperando por si salías, nada más.

—Y eso, ¿por qué?

—Quería entrar, pedir disculpas a tu familia por haber desaparecido sin dar explicaciones, y tal vez regresar a Casa Abascal si me lo permitís.

Pero, después de lo sucedido entre nosotros en Santillana, pensé que tal vez preferías hablar conmigo primero antes de que me enfrentara a tu familia.

No creas ni por un momento que pretendo reírme de ti, yo no soy así.

—No, ya veo, eres todo un caballero.

—Por favor, permíteme explicarme. Tengo que contarte muchas cosas y necesito un rato para ponerte en antecedentes. ¿Podríamos hablar ahora?

Declan me miró con ojos de carnero degollado, pero temía que fuera solo una pose.

De todos modos me moría de ganas por conocer su historia, o por lo menos la coartada que se hubiera inventado para mí, porque seguía sin fiarme de él.

Su cara de niño bueno decía una cosa, pero sus gestos y su comportamiento me decían otra, por lo que tenía que andarme con cuidado. Al final transigí sin poder remediarlo.

—Está bien. Acompáñame si quieres en mi paseo, y espero que esas explicaciones sean convincentes. No vas a tener otra oportunidad, te lo aseguro.

—De acuerdo, Amaya. Ya verás como no soy tan malo como tú te crees, ni me junto con indeseables porque yo sea igual que ellos. Las cosas, a veces, no son lo que parecen...

—¿Qué insinúas?

—No, nada. Veamos, ¿por dónde empiezo? Es una historia muy larga y no sé yo si tendremos tiempo solo con un paseo.

—Abrevia entonces, muchachu . No tengo todo el día, debo volver a casa pronto, antes de que me echen de menos.

—De acuerdo, allá voy.

Primero comenzó a contarme el motivo de su visita a Santander. Tampoco me explicó mucho más de lo que ya sabía: tenía que arreglar un asunto relacionado con su documentación, y eso le demoró unos días más de lo previsto, ya que al final tuvo que viajar hasta Madrid.

—En esos días, en una conversación casual dentro de un establecimiento de Santander, escuché el nombre de alguien que conocí hace tiempo. Eso me hizo regresar a vuestra comarca, aunque antes de hacer nada debía averiguar si era cierto lo que me habían contado.

—¿De quién estás hablando? ¿Del nuevo rico que te trataba como a un lacayo?

—Sí, del mismo. Las apariencias engañan, no creas todo lo que tus ojos ven. Hace tiempo llegó a mis oídos que ese tipo andaba por España, y me propuse averiguar la verdad. Y si para eso tengo que rebajarme un poco, me da igual. Lo importante es descubrir la verdad sobre ese tipejo.

—No entiendo nada, la verdad. De todas formas, menudas amistades que te gastas...

—No te adelantes, hay mucho más detrás de todo este asunto, más de lo que te crees. Incluso puede llegar a ser algo grave.

—Venga, no me asustes con cuentos de viejas, ya será menos. Por cierto, ¿regresaste a la comarca solo por ese tipo? Imagino que no tenías intención de volver a poner un pie en Casa Abascal en la vida, ¿me equivoco?

Le miré de nuevo con fuego en los ojos, y él apagó su sonrisa de medio lado.

Por mi pose debió de saber que esa vez no podría besarme para esquivar la cuestión, y mi gesto defensivo, con los brazos cruzados delante del pecho y las piernas bien asentadas en la tierra, le dieron a entender que sería la última oportunidad que tendría, antes de que me diera la vuelta y desapareciera para siempre de su vista.

—Está bien, tú ganas. Tienes parte de razón, pero ni siquiera yo lo tenía claro del todo.

Sabes que antes de llegar a Suances pasé una temporada en Vizcaya.

Allí hay muchos ingleses e irlandeses trabajando.

Me hablaron entonces de un buen empleo al que podría optar dentro de la nueva fábrica de acero de la comarca, y pensé que tal vez pudiera regresar allí.

Por eso estuve hablando con ciertas personas en Santander sobre esa posible propuesta de trabajo; esa es la realidad.