La posada del viajero Una ilustre visita #8
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Una ilustre visita #8

—Ya veo, el pobre irlandés se ahogaba trabajando en una simple casa de huéspedes, él tenía otras miras mayores.

—No seas injusta y cruel, eso no va contigo.

—¿Injusta yo? El cruel eres tú, abandonándome aquí y dejándome sola.

De nuevo me había precipitado al abrirle de ese modo mi corazón. Él me miró algo atribulado, tal vez percatándose del trasfondo real de mi sentencia. Azorado todavía, movió la cabeza en un gesto de negación, buscando las palabras que pudieran reconducir la situación.

—Yo no te he abandonado, Amaya, solo quería sopesar mis posibilidades. Además, no es que fuera fácil mi situación en tu casa, ¿verdad?

—Bueno, no, pero...

En ese punto llevaba razón el irlandés. Solo un idiota no se habría dado cuenta de que tenía todas las de perder con lo ocurrido en nuestro entorno en las últimas semanas.

Tal vez su baile conmigo en la verbena, con ese momento delicioso en el que nuestras miradas se fundieron en una sola mientras el tiempo se detenía a nuestro alrededor, fuera más real de lo que yo creía.

E incluso el beso de Santillana podía considerarse algo más que un simple signo de despecho por su parte ante mi insolencia.

—¿Te refieres a María? —pregunté acongojada.

—Sí, claro. Lo de tu hermana me pilló desprevenido, la verdad. Yo le reía las gracias, pensando que era solo un juego, cosas de niña. Hasta que me percaté de la realidad: Mariuca me miraba como mujer, y yo no quería meterme en un lío con tu familia.

—¿Sucedió algo que...?

—No te preocupes, no pasó nada. Creo que malinterpretó alguno de mis gestos hacia ella, y preferí poner tierra de por medio. No quería ser la comidilla del pueblo, ni poner en un aprieto a tu familia por algo que ni había sucedido ni iba a suceder nunca. Así que preferí marcharme sin mirar atrás.

No me extrañaba que el irlandés hubiera huido: la tensión se había vuelto insoportable en nuestra casa.

Pensándolo con calma, tal vez yo había pecado de egoísmo.

En esos momentos ignoraba lo que sentía Declan, ni tan siquiera lo que pasaba por su cabeza, y tal vez fui demasiado injusta.

¿Y si él sufría también en silencio? En el fondo era un buen chico y no quería aprovecharse de la situación; más bien prefería mantenerse al margen, aunque de ese modo hiciera también daño a mucha gente.

—Pero aparte de todo esto, que de por sí ya es importante, me topé de bruces con una información que me heló la sangre.

—Ya estamos con la misma historia otra vez. ¿Se puede saber a qué te refieres?

—Verás, el tipo aquel que viste en Santillana...

—¿El fantoche que se las daba de gran señor?

—Sí, el mismo. Se llama Arístides Maestro, y es un indiano que lleva poco tiempo en Santillana. Bueno, el hijo de un indiano.

—Ya me parecía a mí que sus trazas no eran muy normales.

—Es un tipo ruin, despreciable, mejor no tener tratos con él. Te lo digo por experiencia, es un mal bicho.

—¿Y entonces? —Yo no entendía nada—. Le vi muy dispuesto contigo, y te dijo algo de que debías pensártelo bien.

—Sí, me ha ofrecido trabajo en sus tierras, y yo estoy pensando si aceptarlo o no. Pero no por la razón que tú crees. No ha surgido por casualidad: yo le andaba buscando y él ha picado el anzuelo.

—¿Y cómo demonios sabes lo que estoy pensando? —le increpé—. No te entiendo, a ver si me lo aclaras mejor.

—No me he explicado bien. Si aceptara su oferta, sería para tenerle cerca, para controlarle mejor.

—¿Por qué quieres controlarle?

—He escuchado cosas sueltas, detalles que no me terminan de convencer. Se junta con elementos peligrosos y creo que trama algo.

—Bueno, pero eso no es asunto tuyo. Si sospechas de algo, lo mejor sería acudir a las autoridades y no meterte en ningún lío, ¿no?

—Es complicado, Amaya. Ese tipo me conoce de Cuba, y él prefiere también tenerme controlado. No se fía de mí: seguro que cree que yo intuyo lo que sucedió en la isla con su padre.

—Ahora sí que no entiendo nada. Me estás volviendo loca. ¿Quién es su padre y qué le sucedió?

—Su padre era mi antiguo patrón en Cuba: el bueno de Andrés Maestro, que en paz descanse.

—Es verdad, mencionaste su nombre en casa. ¿No era de Ubiarco o por aquí cerca?

—Efectivamente, Amaya, buena memoria —confirmó Declan—. El pobre falleció en extrañas circunstancias, y su bastardo creo que tuvo algo que ver, aunque no tengo prueba alguna ni modo de asegurarlo.

—¿Ese hombre es un bastardo? Pues menudos aires que se da de gran señor.

—Sí, lo he visto. Por eso pretendo averiguar lo que trama: no me fío ni un pelo de él.

—¿Y qué sucedió en Cuba?

—Es una larga historia, pero te la voy a contar. Aunque primero tendré que ponerte en antecedentes.

—Creo que voy a llegar tarde a casa —aseguré mientras continuamos el paseo en dirección a las playas.

—Puede ser, Amaya, pero creo que merecerá la pena...

Y Declan comenzó con su historia. Yo sabía que me acabaría contando lo que quisiera de su estancia en las Antillas; no podía resumir tantos años en una sola charla, pero decidí darle una oportunidad. Solo el tiempo me diría si hacía bien al confiar en aquel irlandés de mirada ensoñadora.