Una ilustre visita #6
¿Era Declan el hombre de mi vida? ¿Podría ser feliz a su lado?
Si ya de por sí las circunstancias de nuestra peculiar relación no eran las más idóneas para nadie, la escena contemplada en la plazuela de Santillana no me ayudaba a decidirme.
Aquel tipejo extravagante que salió de la tasca acompañado de sus guardianes me había dado muy mala espina, y encima parecía tener algún tipo de influencia sobre Declan.
Él no lo había negado, y además había soslayado la cuestión como si yo fuera tonta, algo que no podía soportar.
Decidí dejar de pensar en mi irlandés e intenté calmarme, reduciendo también el paso. Debía recomponerme: el abuelo me conocía como nadie y no podría engañarle ni un solo segundo.
Salí entonces del pueblo en dirección hacia la entrada de las cuevas. Allí se seguía arremolinando gente, aunque por lo que me parecía a mí no les permitían el paso al interior. Distinguí a mi abuelo enseguida, charlando con dos personas de su edad, sentados al sol en un banco de piedra.
Llegué hasta su lado y vi cómo se iluminaba su rostro al verme.
—Vaya, ya estás aquí, Amaya. ¿No os lo dije, amigos? —preguntó dirigiéndose a sus contertulios—. Tengo una nieta que no me la merezco.
—Sí, Ángel, es cierto —replicó uno de los allí presentes.
—Abuelo, no empecemos —respondí arrebolada—. ¿No os han dejado entrar a la cueva?
Cambié de tema enseguida, no me apetecía que se fijaran en mí. El güelu me miró de un modo extraño. Tal vez ya se había percatado de mi estado de ánimo tras el fugaz encuentro con Declan.
—No, al final el viaje ha sido en balde, las autoridades no nos han dejado entrar. Al parecer tienen que apuntalar las cuevas; es peligroso adentrarse en ellas ahora y los expertos tienen que inspeccionar primero toda la zona.
Escuché de lejos la respuesta de mi abuelo, sin darme cuenta de que mi mente me había transportado a otro lugar. Debí de quedarme alelada, pero el güelu me sacó enseguida de mi atolondramiento.
—¿Estás bien, Amaya? No tienes buena cara.
—Sí, no te preocupes. Solo estoy algo sofocada por el calor —contesté con la mirada baja.
—Pues nada, refréscate un poco y volvamos a casa —dijo mirándome con gesto extraño.
—Sí, será lo mejor antes de que se nos haga muy tarde. Y siento que no hayas podido entrar a las cuevas, con la ilusión que te hacía. Ya volveremos en otro momento si te parece bien.
—Claro, así podré discutir de nuevo con estos dos carcamales.
No creí haber engañado al abuelo. Seguro que se preguntaba las razones de mi desasosiego, pero me pareció buena idea abandonar Santillana, aunque Declan se hubiera quedado en el centro de la villa.
Mi abuelo se despidió de sus dos amigos y nos dirigimos hacia el carromato, que seguía en la misma posición en que yo lo había dejado. Ayudé al anciano a subir al pescante y me acomodé a su lado, azuzando al viejo mulo para que retomara el camino y nos llevara de regreso a casa.
El viaje se me hizo algo más pesado que a la ida. Mi abuelo iba distraído, rumiando quizás sus cosas mientras miraba al horizonte. No quise molestarle en sus pensamientos. De ese modo yo podría también recrearme en los míos.
Así que retorné a mi pasatiempo preferido: pensar en Declan.
Por un lado me ofuscaba, cabreada conmigo misma por no poder alejarle de mi cabeza.
Pero por otro lado esperaba volver a verle pronto, aunque lo último que recordara el irlandés de mí fueran mis cinco dedos plantándole un sonoro bofetón delante de todo el mundo.
¿Cómo reaccionaría Mariuca? ¿Y mi madre?
Si Declan regresaba a nuestras vidas, después de todo lo sucedido, las consecuencias de nuestros hechos serían imprevisibles.
No quería ponerme en lo peor, pero Declan no había vuelto por mí, ni por nadie de la familia Abascal.
Tenía algún negocio turbio con aquella gentuza, y no me daba un buen pálpito.
Sí, debía admitirlo. Declan podía tener a la mujer que quisiera, y a mí solo me había besado por despecho.
Como la mayoría de los hombres en una sociedad tan machista como la nuestra —al parecer la irlandesa no sería demasiado diferente de la española, por lo que pude entrever de nuestras conversaciones—, se sintió ultrajado por mi desprecio y quiso darme mi merecido.
El beso, su impetuoso beso. Su hombría se sintió ofendida ante mi desplante, y decidió demostrarme quién mandaba allí.
No podía hacerme muchas ilusiones al respecto; eso no era una señal de amor, ni denotaba su interés en mí como mujer.
Tan solo se trataba de una muestra de arrojo delante de sus amiguitos, una manera de dejar su impronta.
El abuelo me miró entonces de soslayo, y yo supe que estaba a punto de decirme algo.
Seguí atenta a las riendas, intentando que el mulo nos llevara a casa en el menor tiempo posible, y mostrando indiferencia ante el escrutinio del anciano.
Hasta que su voz cavernosa sonó cerca de mi oído, preguntándome lo que de verdad quería saber.
Y, claro, mi débil defensa no surtió efecto:
—¿En qué piensas, Amaya? Te veo muy concentrada, pero no sé si en tus cosas o en el camino de vuelta a casa.
—Sí, permanecía atenta a la marcha —respondí en voz más baja de lo habitual. Comprendí que no podía engañar al abuelo, por lo que no aparté la vista ni un momento del frente—. Además, tampoco quería molestarte al verte tan ensimismado.
—Pensaba en mis cosas, ya sabes. Pero, bueno, dejemos la cuestión y vayamos a lo importante. ¿Qué te ocurre?
—¿Qué...? No, nada, a mí no me pasa nada —respondí a duras penas.
—Ya, como si pudieras engañarme. Venga, Amaya, suéltalo de una vez, algo te preocupa. ¿Te ha sucedido algo en Santillana?
—No, yo no quería...
De pronto me colapsé, y un torrente de lágrimas corrió por mis mejillas. Asustada, paré de repente el carro, ya que mis ojos no distinguían bien el camino. Solté las riendas y noté cómo el abuelo, muy seguro de sí, las cogió un instante para apartarnos a un lado.
—Me estás asustando, Amaya, ¿qué te ocurre?
—No... No es... No es nada —balbuceé como pude.
—¿Y pretendes que te crea? Anda, bájate del carro y ayuda a este viejo a llegar al suelo sin romperse la crisma. Sentémonos debajo de aquel árbol. Así te calmas un poco, me cuentas lo que te pasa y retomamos el camino cuando estés mejor.
—De acuerdo.
Bajé del pescante, me sequé las lágrimas de cualquier manera y ayudé a mi abuelo a descender del carro. Le acompañé hasta el árbol y allí, a la sombra de sus frondosas ramas, comencé a respirar mejor, algo que me ayudó a serenarme.
El anciano me miró con una pena enorme, quizás temiendo que me hubiera sucedido algo realmente grave.
Y la realidad era que solo sufría mal de amores y una incertidumbre total después del inesperado encuentro de Santillana.
Y lo que era peor, por la ambigüedad mostrada por Declan ante mí, algo que todavía no sabía cómo relacionar con todo lo que había ocurrido hasta ese momento.
—Tómate tu tiempo, Amayuca, no hay prisa. Respira hondo, cálmate y cuéntame lo que te sucede. Llevas algo clavado en tu corazón y eso no puede ser, tienes que soltarlo.
El anciano había dado en la diana. Supo que era algo que llevaba conmigo, una pesada carga que me impedía casi respirar. Pero yo no sabía cómo afrontar la cuestión.
—No sé por dónde empezar.
—Venga, poco a poco. Ya verás cómo enseguida te sientes mejor. A ver, Amaya, si acierto en mis predicciones. Declan, ¿verdad?
Asentí a duras penas, y las lágrimas amenazaron con volver a saltar.
Me enjugué como pude el amago de tormenta, sorbiéndome los mocos de mala manera.
Estaba montando un espectáculo, lloriqueando como una niña pequeña delante de su abuelo.
Y eso no podía ser: tenía que reaccionar y recomponerme.
Quería soltar lastre y contarle la verdad al güelu , aunque tal vez lo almibarara un poco para evitarle un disgusto.
—¡Maldito irlandés! —exclamó airado—. ¿Qué te ha hecho esta vez ese indeseable? No me digas que...
—No, nada, no me ha hecho nada malo. Solo es que...
—¿Estaba Declan en Santillana? Menuda desfachatez, sin avisarnos siquiera de su regreso a la comarca. ¿Qué te ha dicho?
—Verás, yo...
Al final se lo conté todo, sin omitir ningún detalle.
Le hablé del ricachón aquel que iba acompañado de sus secuaces, de los amigotes de Declan que se emborrachaban en la tasca, de los gestos altaneros del irlandés y por fin, aunque me arrepentí al instante de decírselo, le conté cómo me había besado en la plaza.
—¿Eso es todo, Amaya? —preguntó más tranquilo el anciano.
—¿Te parece poco, güelu ?
—Bueno, hija, tampoco es para tanto. Me habías asustado, creí que te había violentado o algo así. Un beso es algo normal entre dos enamorados, ¿no? O por lo menos así era en mis tiempos.
Me pareció que mi abuelo se lo tomaba a broma y eso me enfadó. No entendía mi postura ni lo mal que lo estaba yo pasando, o eso creí en un primer momento.
—Pero, abuelo, ¿no lo entiendes?
Le expliqué lo que sentía, lo que pasaba por mi cabeza.
La manera en la que me entregué a su beso, como una cualquiera, deseando que no parara nunca.
Las amarras de mi corazón se soltaron de golpe, y hablé desde las entrañas, sin esconderle nada.
Le conté lo que podría ocurrir, tanto si nuestra relación continuaba como si no, y las consecuencias de nuestros actos, sin ocultarle las reticencias ante lo que había visto entre aquel tipo vestido de fantoche y Declan.
Él me miró algo sorprendido, pero enseguida se rehizo y escuchó atentamente mis explicaciones mientras puntualizaba de vez en cuando con algún comentario.
—Bueno, Amaya, tampoco es tan grave. Ya verás cómo al final se soluciona todo. Buscaremos el mejor modo de no dañar a nadie. Ya se nos ocurrirá algo. Tú debes aclarar algunas cosas con el muchachu, pero yo también quiero tener mi propia conversación con él, de hombre a hombre.
—No, abuelo, no creo que debas...