La posada del viajero Una ilustre visita #5
45%

Una ilustre visita #5

¿Debía acercarme a él? Por un lado me moría de ganas de verle, de hablar con él.

Bueno, en realidad lo que deseaba era abrazarle, besarle y sentirme amada entre sus fuertes brazos.

Algo impensable, y eso que en aquella plazuela no creí ver a nadie que me conociera como en la verbena de mi propio barrio, cuando bailamos aquellos pasos que jamás olvidaría.

No tuve tiempo siquiera de medir las posibles consecuencias de mis actos.

Declan se dio la vuelta, quizás alertado por alguna clase de ruido a su espalda, y se quedó un momento parado, asombrado al encontrarse de frente con mi mirada.

Debí de asemejarme a un espectro, allí plantada en medio de la calle, mirando al hombre del que me había enamorado.

—Amaya, ¿eres tú? —me pareció leer en sus labios.

—Sí, soy yo —contesté en voz baja.

Declan comenzó a caminar, disminuyendo enseguida la distancia que me separaba de él. Yo conseguí entonces moverme, anclada como estaba a aquellos adoquines hasta ese momento. Nos encontramos a medio camino, y me fui entusiasmando poco a poco al creer que Declan se dirigía directamente a abrazarme.

Pero el irlandés se contuvo al final, y al llegar a mi lado se paró y me cogió de los antebrazos en un saludo más frío de lo que a mí me hubiera gustado.

—Pero, Amaya, ¿qué haces en Santillana?

—Y tú, ¿qué demonios haces aquí? —pregunté contrariada—. Creí que tenías que arreglar unos asuntos en Santander, pero veo que has vuelto a la comarca, y ni siquiera has pasado por Casa Abascal.

—Perdona, pensaba...

—No hace falta que te justifiques, ya sé que no te importamos. Ni siquiera te despediste de nosotros cuando te marchaste, y pensamos que regresarías pronto. Y, sin embargo, aquí te encuentro, muy entretenido con tus amigotes. No te preocupes, puedes seguir a lo tuyo.

Me di la vuelta, airada, y me alejé de él con fingida indiferencia.

—¡Amaya! Espera, por favor. Déjame que te explique un momento.

—No hay nada que explicar, señor Mclister. Creí que eras alguien diferente, pero ya veo que me equivoqué contigo. No debí haberte auxiliado aquel día en el camino cuando te dejaron caer de mala manera...

—De verdad, Amaya, no sabes de lo que hablas. Todo es más complicado de lo que parece. Y no estoy precisamente de juerga; tomaba algo con unas personas que podrían ayudarme en un futuro.

—Sí, claro. Y luego dirás que te has emborrachado y te han atracado unos desconocidos, como la otra vez. En el fondo eres un vividor, y yo soy una idiota por pensar que eras alguien especial.

—Escúchame de una vez, por favor, no seas tan terca.

—No tengo nada que escucharte. Quédate con el trabajo que te ofrece el gañán ese que iba tan bien escoltado. Al fin y al cabo los Abascal somos pobres, pero honrados, y parece que tú prefieres a tipos de su calaña.

—¡Maldita sea! No es lo que piensas, Amaya, ahora no puedo explicártelo. Es por tu bien, tú no lo entiendes.

—Claro, será eso. Esta pobre ignorante no puede entender al gran hombre. Hasta nunca, irlandés. El placer ha sido únicamente tuyo.

—Amaya, no me dejes con la palabra en...

Volví a darle la espalda, dispuesta a alejarme de él.

De pronto sentí cómo su mano se apoyaba en mi hombro, pero comencé a caminar.

Él no se arredró, dio una zancada y cogiéndome del brazo izquierdo me obligó a volverme con violencia, hasta que me tuvo de nuevo frente a él.

Yo le lancé una mirada furibunda, dispuesta a gritarle en medio de la calle, pero no me dio tiempo ya que el irlandés me silenció de una manera que no esperaba en absoluto.

Cuando quise darme cuenta, los suaves labios de Declan se posaron en los míos con fiereza.

Seguía sujetándome con un brazo, mientras con el otro me intentaba atraer más hacia él.

Yo me resistí un instante, pero al sentir la calidez de su beso me dejé llevar, derretida por poder saborear al fin la miel de sus labios.

Entreabrí ligeramente la boca, anhelante, esperando que él la ocupara por entero, echando abajo mis escasas defensas para conquistar por fin mi corazón.

Pero no, no podía ser. Me pareció escuchar murmullos y vítores a mi alrededor, tal vez de los mismos tipos con los que Declan bebía minutos antes.

El tiempo se había detenido en esa plaza y sentía la vehemencia de Declan, el ansia por devorarme allí mismo.

Mi mente consiguió sobreponerse al resto de mi cuerpo, que deseaba que aquel beso fuera eterno, e intentó hacerme reaccionar.

No estaba bien aquello. La decencia de una señorita no permitía ese tipo de alegrías en público y, además, yo estaba muy enfadada con Declan por su comportamiento de los últimos días. No se merecía tal regalo.

Me intenté zafar de sus fuertes brazos y al final lo conseguí, y me separé de él con un último empujón que deshizo el embrujo de nuestros cuerpos unidos.

Yo boqueaba como pez fuera del agua, me faltaba el aire, y Declan me miraba con fuego en sus pupilas, contrariado por haber perdido su premio.

Era hora de hacerle pagar por su atrevimiento.

—Amaya, yo...

Le callé con un solo movimiento. Mi mano derecha rasgó el aire a toda velocidad e impactó con fuerza en su rostro.

El bofetón resonó en toda la plaza, e incluso me pareció escuchar algún murmullo de sorpresa o turbación ante el inesperado desenlace de la escena.

El irlandés torció el gesto y me regaló su mejor sonrisa irónica, mientras se frotaba la mejilla dolorida con su mano izquierda.

—Vaya, veo que las chicas de Suances son de armas tomar —dijo con voz grave mientras se arrimaba a mí.

Sus gestos felinos al acercarse me hicieron pensar que yo no estaría segura en su presencia.

Tal vez pensara que yo me había defendido simplemente por salvaguardar mi honor, no porque no deseara que él siguiera besándome.

Y en verdad ni yo misma lo sabía, perdida en una absurda duda.

Estaba loca por Declan, sí, pero no podía permitir que jugara conmigo a su antojo.

—Ni se te ocurra, Declan. Ahora no.

—Lo siento, soy un imbécil. Yo creí que...

—En efecto, eres un imbécil. Y a mí me está esperando mi abuelo, así que ya nos veremos por ahí. O no, tú sabrás.

Le dejé un resquicio de esperanza y él se percató de mi ardid.

Su sonrisa de galán afloró de nuevo a su rostro, confiado tal vez en que no fuera el final.

Yo todavía desconocía si iba a darle otra oportunidad, esa era la única verdad; su actitud me había hecho mucho daño, pero en el fondo deseaba que él no se olvidara de mí, que luchara por conquistar mi corazón.

Me alejé de allí con andar orgulloso. Apreté el paso y salí del centro del pueblo, sin darme la vuelta ni una sola vez. Notaba la calidez de su mirada en mi espalda, pero no podía darle esa satisfacción, por muchas ganas que tuviera. Entonces le escuché decir:

—Adiós, señorita Abascal. Nos volveremos a ver muy pronto, y entonces tendrás que escucharme, te lo aseguro.

—Ya lo veremos, Mclister —contesté a media voz sin molestarme en mirarle.

Continué mi camino, mientras notaba los ojos de los transeúntes fijos en mí.

Ya habíamos dado bastante espectáculo por esa mañana, y no me apetecía seguir en boca de todo el mundo.

Ojalá no llegara a oídos de mi madre; esperaba que la distancia entre ambos pueblos lo impidiera.

Pero de todos modos me quedaba lidiar con el abuelo, al que iba a buscar en ese momento.

Tenía que contarle algo, aunque no fuera toda la verdad, por lo que debía improvisar a toda prisa una historia creíble.

Recordé entonces el gesto altanero de Declan cuando le crucé la cara.

Estaba guapísimo, arrebatador, con ese aire de perdonavidas que a lo largo de la historia nos ha llevado por la calle de la amargura a tantas y tantas mujeres.

Y eso que él, aparte de su arrogancia y su porte de dios griego, parecía ser buena persona.

O eso había pensado yo hasta que lo encontré allí, rodeado de esa gente que no despertaba en mí la más mínima confianza.

¿Debería darle otra oportunidad? El fuego de mis entrañas me decía que sí, que no podía negarle nada al hombre de mi vida.

Le evocaba allí plantado, frotándose la mejilla con aire ausente, y se me llevaban los demonios.

No podía remediar que su imagen de chico malo, con el pelo despeinado y los labios todavía mojados de mí, me acompañara en mi paseo por Santillana.

Pero de pronto recordaba todos sus desplantes, y la ira se apoderaba de mis actos.

Le amaba, le deseaba, le necesitaba. En mi fuero interno sabía que me había traicionado, que no se merecía que sintiera nada por él.

Pero el corazón tiene razones que la razón no puede entender.

Y él lo sabía. De ahí su mirada arrogante, su gesto altivo al intuir que yo estaba rendida, esperando su acometida final.

Y eso me sacaba de quicio, porque él sabía que yo no podía resistirme a su embrujo, y mi naturaleza rebelde se revolvía, luchando por sobreponerse a lo inevitable.

¡Maldito irlandés! Yo había sentido mucho su marcha, su despedida a la francesa sin tan siquiera una palabra dirigida a mí.

Pero los días habían ido tejiendo una malla invisible a mi alrededor, aislándome de la realidad, mientras luchaba por borrar el recuerdo de un imposible que se diluía poco a poco en mi mente, desvaído, casi etéreo.

Hasta el momento en el que volví a cruzarme con él y los muros construidos en torno a mi maltrecho corazón se derrumbaron a golpe de cañonazos.