Una ilustre visita #4
—No te preocupes, te he entendido a la primera.
A mí también me parece una bufonada, pero si nuestros monarcas y nobles quieren hacerlo, no voy a ser yo el que se lo impida.
A mí del mar me interesa su calma, su quietud, el sonido de las olas al romper contra los acantilados, o el bramido temible de sus tormentas, pero no bañarme en él.
Y creo que el Cantábrico es una buena fuente de inspiración para los creadores.
—Ojalá nuestro pequeño mar le inspire a usted una obra maestra.
—Dios te oiga, Amaya.
Unas semanas más tarde, mi madre me dio permiso para acompañar al abuelo a Santillana del Mar, nuestro vecino pueblo.
Y es que la villa de «las tres mentiras» (ni es santa, ni llana, ni tiene mar) se encontraba últimamente en boca de mucha gente debido al hallazgo de unas supuestas pinturas rupestres en las cuevas de Altamira, situadas en una de las entradas del municipio.
Al parecer un vecino de la zona descubrió las cuevas con su hija, aunque los expertos no terminaban de ponerse de acuerdo.
Unos decían que eran un engaño, otros que podría ser un hallazgo único en el mundo.
Incluso los más atrevidos aseguraban que el «supuesto» descubridor había contratado a un pintor francés para que decorara los techos y las paredes de las cuevas con figuras pictóricas de diferentes animales.
A mí me daba igual, por lo menos me servía de excusa para pasar el día en Santillana, lejos de Casa Abascal.
Enganché al animal a nuestro carro y esperé sentada en el pescante, orientada ya para salir de la finca.
En los últimos meses había sido Declan el encargado de conducir nuestro humilde vehículo, pero en la familia Abascal yo era la que tenía más destreza para llevarlo.
Y en ausencia del irlandés no me quedaba otro remedio.
Me gustaba conducir por los alrededores de Suances, y éramos unos privilegiados por poseer un medio de locomoción que nos permitiera recorrer toda la comarca de forma mucho más rápida y segura.
Poco después ayudé a subir al abuelo a mi lado y enfilamos la salida del pueblo, camino de nuestro destino de esa mañana; una mañana soleada que auguraba un gran día, aunque yo desconocía lo que me depararía nuestro viaje a Santillana.
Fuimos charlando tranquilamente durante el trayecto, refrescados por la suave brisa marina que nos llegaba del Cantábrico.
Me gustaba recorrer ese camino, paralelo al mar, buscando los atajos naturales entre Suances y la vecina Santillana.
Luego bajamos un poco, surcando las suaves colinas de la comarca, y nos adentramos en los terrenos limítrofes de una villa que a mí me gustaba también visitar de vez en cuando, aunque siempre andaba escasa de tiempo para recorrer sus centenarias calles, repletas de edificios y monumentos únicos en la zona.
—Voy a ver si se puede entrar a las dichosas cuevas —dijo el güelu —. ¿Te vienes conmigo?
—Más tarde, abuelo. Creo que voy a estirar las piernas un poco y a callejear por Santillana.
El anciano me dio un cariñoso beso en la mejilla para despedirse de mí.
Le vi alejarse encorvado, andando con ritmo cada vez más pausado, apoyado desde hacía poco tiempo en un recio bastón que le ayudaba a sentirse más seguro a la hora de afrontar el camino.
Me di un momento la vuelta y vi a mi abuelo llegar hasta un grupo de personas que se había congregado junto a la entrada de la cueva.
Parecía que los ánimos estaban algo caldeados, pero él me hizo un gesto para que no me preocupara.
Me alejé de allí rezongando, pendiente todavía de aquel abigarrado grupo de personas que crecía por momentos.
Todavía algo pesarosa por dejar allí solo a mi abuelo, me adentré en el centro de Santillana del Mar, muy concurrido aquella mañana por parroquianos y visitantes llegados de diferentes lugares.
La pequeña ciudad, como muchas otras de la zona más cercana a Santander, se había convertido en lugar de visita obligada para muchos turistas durante la época veraniega.
Contaba con un bonito centro histórico que necesitaba algunas reformas, ya que la mayoría de las casas se habían construido en los siglos XVI y XVII, y los nobles venidos a menos de la comarca no tenían dinero para arreglar sus propiedades.
Me gustaba contemplar esas construcciones recias, típicas cántabras: casas de dos plantas con artesonados y balcones de madera, algunos ya ruinosos por el tiempo o la carcoma.
O esos blasones nobiliarios que pendían de la fachada de algunos edificios de piedra y mostraban al mundo una nobleza que no pasaba por sus mejores momentos.
Y aunque no tenía salida al mar como sus vecinas Suances y Comillas, también se aprovechó del aumento del turismo en toda la región.
Si en las villas costeras se instaló toda una infraestructura para albergar a los que buscaban redimir cuerpo y alma con los famosos baños de ola, en Santillana comenzó a instalarse un turismo algo más selecto, de carácter intelectual por la visita de estudiosos de todo tipo: desde los historiadores y expertos en arte debido a las dichosas cuevas recién descubiertas, hasta escritores y otros intelectuales románticos que comenzaron a alojarse en la ciudad.
Todo esto se vio impulsado por la temible epidemia de cólera que asoló las Vascongadas a partir de la segunda mitad de siglo.
De ese modo la aristocracia española, acostumbrada a veranear en San Sebastián y alrededores, se desplazó en masa hacia la vecina Santander, auspiciando de ese modo un gran auge en toda la región cántabra.
Yo sabía que eso era bueno para la economía de nuestros castigados pueblos, pero las aglomeraciones no terminaban de gustarme.
Pasear por las viejas calles de Santillana, acompañada por decenas de curiosos transeúntes que miraban todo con ojos asombrados, no era la idea que tenía yo para disfrutar mejor del entorno.
Sin embargo, no me quedaba otra opción, por lo que decidí aislarme de la algarabía, pendiente solo de la belleza que podía contemplar a mi alrededor y abstraerme de todo lo demás.
Llegué hasta la plaza principal del pueblo, sede del Ayuntamiento, y me perdí por una calle lateral.
Recorrí la zona y llegué junto a la imponente fachada de la colegiata de Santa Juliana.
No sabía si podía entrar a visitarla, pero entonces algo me llamó la atención y me giré, olvidándome del edificio religioso por un momento.
En los alrededores habían proliferado también las tascas, tabernas e incluso fondas y casas de comidas para albergar a los nuevos visitantes.
En la puerta de una de ellas distinguí un grupo de hombres que bebían cerveza, mientras hablaban a voz en grito con expresiones de franca camaradería.
En un lateral divisé también a varios caballos de buena raza, atados a un poste de madera mientras esperaban a sus dueños.
Uno de los equinos relinchó entonces, como queriendo llamar la atención, y varios de los presentes se volvieron para admirar el soberbio ejemplar de crines abundantes y sedosa piel negra.
En Santillana convivían nobles e hidalgos venidos a menos, pero también ricos terratenientes que se podían permitir buenos jamelgos, e incluso indianos que habían regresado de América para restregarnos lo bien que les había ido en el Nuevo Continente.
Y ese magnífico caballo solo podía pertenecer a alguien de esa categoría.
Entonces vi salir a un hombre del interior del establecimiento, flanqueado por dos tipos mal encarados.
Algo me hizo fijarme de nuevo en el primer individuo, no sabría decir por qué.
El hombre era grueso, de escasa talla e incluso algo patizambo.
Vestía ropajes que aparentaban ser de buena calidad, pero no los portaba con demasiado estilo.
Su pelo crespo y su piel tostada no se correspondían con el atuendo, y su mirada huidiza de comadreja me alertó enseguida sobre el personaje.
Tiempo tendría de averiguar que no me había equivocado en mi primera apreciación.
Me encontraba bastante cerca y, sin saber los motivos, todavía seguía mirando a aquel hombrecillo, casi hipnotizada por su estrafalario aspecto.
Otros transeúntes le miraron también al pasar a su lado.
Debía de ser un personaje importante, a juzgar por los dos escoltas que lo seguían.
Estaba a punto de darme la vuelta, decidida a abandonar el lugar y olvidarme de ese individuo para siempre, cuando su voz chillona me llamó de nuevo la atención.
Su frase, casi escupida al pasar al lado del grupo de hombres de la entrada, clavó mis pies a la recia piedra del suelo de Santillana.
—Piensa con calma en lo que te he dicho, Declan. Sabes que pago bien, y conmigo no tendrías problemas para rehacer tu vida.
Me fijé entonces en el grupo, esperando encontrarme con la conocida silueta del irlandés o escuchar esa voz grave que me había conquistado el corazón.
Pero solo percibí cómo el grupúsculo se abría a un lado y dejaba aislado en un lateral al hombre que pensaba no volvería a ver en mi vida: Declan Mclister.
El estrafalario ricachón no esperó la respuesta de Declan, y este se limitó a hacerle un gesto de asentimiento.
Los secuaces de ese individuo le ayudaron a montar en el soberbio alazán que antes yo había admirado, un pobre animal que protestó nada más sentir el peso de su dueño sobre el lomo.
Los animales tienen un sexto sentido, y al equino parecía hacerle tan poca gracia aquel tipo como a todos los que nos encontrábamos alrededor de la escena.
Los dos esbirros montaron en los otros caballos, dos bayos de buena apariencia, y se alejaron de allí al trote. El grupo de parroquianos recuperó entonces su animada charla, aunque creí distinguir a Declan algo alejado de la conversación, como ensimismado en sus propios pensamientos.