La posada del viajero Una ilustre visita #3
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Una ilustre visita #3

Pero Mariuca era todavía una niña y solo podría causarnos problemas a todos, empezando por ella misma y su reputación.

En los pueblos pequeños esa mancha te queda para siempre y ya nunca la puedes borrar.

Así que opté por contarle al güelu todo lo que había sucedido en las últimas semanas, detallando más las conversaciones con María sobre Declan que mis propios sentimientos hacia el irlandés.

Sí, estaba escurriendo el bulto, pero hablar con mi abuelo me hizo bien. Despejé mi alma y mi corazón, y solté algo de lastre. Aunque todo podía ser en vano, ya que desconocíamos si el maldito Mclister regresaría algún día a nuestras vidas.

El abuelo negó con la cabeza. Parecía que no le gustaba nada lo que estaba escuchando de mi boca.

Tampoco exageré demasiado: las frases lapidarias que me soltó María las tenía grabadas a fuego en mi mente, así que no podía inventármelas.

Pero no le oculté información al güelu ; podría incluso ser contraproducente para mí.

—¿Casarse con él? Esta muchacha ha perdido el juicio...

—Eso le dije yo, pero está convencida. Asegura que yo me interpongo entre ellos, como si fueran una pareja consolidada.

Aunque jamás le he dicho nada a Declan al respecto, ni sobre mis sentimientos ni sobre los de Mariuca.

Lo que no sé es si de verdad hay algo de razón en sus palabras y tampoco he estado delante cuando ellos han hablado; si es que han llegado a hacerlo y no es todo producto de su imaginación, claro.

—Bueno, Amaya, no te preocupes. Intentaré hablar con tu hermana en cuanto sea posible, a ver si puedo tener con ella una conversación pausada. Mientras, seguiremos con nuestras rutinas. Y a tu madre ni una palabra, ya sabes.

—No se me ocurriría, descuida. ¿Y si vuelve Declan?

—Si el irlandés regresa a casa ya veremos lo que hacemos, no te preocupes.

—Ojalá fuera tan fácil, güelu ...

Me quedé un poco preocupada, no voy a negarlo. Le había confesado todo a mi abuelo y ya no había vuelta atrás. Confiaba en él y esperaba que no hablara de nada de lo que le había contado, pero en el fondo me sentía culpable.

¿Y qué podía hacer yo? Tal vez lo mejor fuera que Declan nunca regresara, por el bien de la familia Abascal. A Mariuca se le pasaría el disgusto enseguida; a fin de cuentas era una niña. Y a mí... Bueno, a mí me costaría más, pero el tiempo lo cura todo.

La semana transcurrió con más o menos placidez, y el viernes, a primera hora de la mañana, se presentó don Benito en Casa Abascal. Mi madre me llamó para que hiciera los trámites necesarios de entrada y le acompañara a su habitación.

Don Benito era un hombre de estatura media, de pelo castaño entreverado de canas y con un frondoso bigote del que parecía muy orgulloso.

Vestía un elegante traje de buen paño, acompañado de camisa blanca y corbata, y eso que estábamos en pleno verano.

Se notaba a la legua que era todo un personaje, un intelectual que emanaba sabiduría y templanza.

—Muy bien, don Benito. Si me permite la documentación, por favor... —le pedí con respeto—. Es para la ficha oficial de hospedaje, ya sabe usted.

—Claro, no te preocupes. Aquí la tienes.

Recogí la documentación y me fijé en sus datos con curiosidad.

El apellido no me dijo nada en un primer momento, pero sí la procedencia del viajero: Benito Pérez Galdós, natural de Las Palmas de Gran Canaria.

De ahí el curioso acento, aunque hasta ese preciso momento nunca había tenido la fortuna de cruzarme con un canario.

No pude contenerme y solté en voz alta:

—Vaya, está usted muy lejos de su tierra. No conozco las islas Canarias; debe de ser un rincón hermoso.

—Sí, joven, llevo muchos años fuera de mi archipiélago, estoy afincado en Madrid desde hace tiempo.

Y sí, es una tierra hermosa, pero La Montaña no se queda atrás.

Llevo varios años veraneando por la zona y tengo incluso intención de construirme una casa en Santander.

Me encanta esta comarca: sus gentes, sus paisajes, su gastronomía...

Es un lugar idílico en el que se puede descansar, pensar, sentirse en paz con uno mismo e incluso inspirarse para futuros proyectos, como uno que tengo en mente.

Su media sonrisa me dio a entender que no le importaba mi impertinente curiosidad. E incluso pensé que me estaba dando pie para preguntar lo que de verdad me quemaba en la garganta.

—Me alegra saberlo. Perdone mi ignorancia y, sobre todo, mi atrevimiento, don Benito. ¿Es usted compañero de letras de don Marcelino? Me suena mucho su nombre completo, pero ya sabe usted que aquí es difícil enterarse de nada.

—¿Compañero de Marcelino? —preguntó a su vez—. Sí, podría decirse algo así, tenemos muchas cosas en común. Me gusta la política, como a mi buen amigo, y de forma más o menos afortunada también me dedico a la literatura.

Aquel hombre con cara de buena persona parecía divertido ante mis preguntas, y sus gestos relajados impidieron que me sintiera mal por abusar de su confianza.

Si mi madre me hubiera visto molestando a un recién llegado de esa manera, y más tratándose de alguien recomendado por un señor tan importante como don Marcelino Menéndez Pelayo, seguramente no se habría quedado todo en una pequeña reprimenda.

—Disculpe la intromisión, don Benito, soy una maleducada y le estoy molestando demasiado. Es un placer tenerle entre nosotros, y espero que disfrute de su estancia en Casa Abascal.

El escritor pareció comprender lo que pasaba por mi cabeza y me tranquilizó con unas palabras que nunca olvidaré:

—No me has molestado, al contrario. Me gusta tu agudeza, tu curiosidad, tus ansias de saber y tu alegría de vivir...

Esa es la grandeza del ser humano y lo que nunca le debe faltar, por muy mayores que nos hagamos: las ganas de aprender, cada día un poco más.

Es el único modo de albergar una existencia plena.

Me dejó totalmente descolocada, no sabía que yo fuera tan transparente.

Por un lado me halagaban sus palabras viniendo de alguien como él.

Pero por otra parte me sentí desnuda ante sus ojos, no de un modo físico sino emocional, y eso me dio también algo de miedo.

Pero el bueno de don Benito había acertado de pleno, y esa curiosidad innata era la que siempre me había traído tantos quebraderos de cabeza.

—Agradezco sus palabras, don Benito. Es cierto que me gusta aprender cosas nuevas, aunque aquí no tenga muchas oportunidades. Y por supuesto me encanta la literatura, aunque ya tengo más que leídos los pocos libros de los que disponemos en nuestra pequeña biblioteca.

—Me agrada saber que eres una fiel lectora, algo fundamental para seguir aprendiendo en esta vida. Y, sobre todo, para no dejarse engañar por subterfugios de ningún tipo.

—La verdad es que yo...

Don Benito se quedó un momento pensativo, aunque yo no quise interrumpirle.

—Disculpa, se me ha ido el santo al cielo... Por cierto, si en algún momento te apetece leer alguna de mis obras no tienes más que decírmelo. Guardo algún ejemplar añoso en mi ajada maleta, o puedo hacer que me lo envíen desde Madrid.

—No será necesario, no quisiera molestarle. Las labores en Casa Abascal no me dejan demasiado tiempo libre, ya se imaginará usted. Pero algún día me leeré todas sus obras, se lo aseguro. Puede que incluso alguna que comience a escribir en nuestra posada.

—Pudiera ser, jovencita, pudiera ser. Tengo varias ideas en la cabeza, y me gustaría ambientar una novela en La Montaña. De todos modos te agradezco la intención, que es lo que cuenta. Aunque tal vez no te atraigan mis escritos; ya sabes que para gustos los colores.

—Seguro que sí, no se apure. Y perdone, le estoy entreteniendo. Voy a enseñarle su habitación; acompáñeme, por favor.

Pérez Galdós me hizo un gesto cómplice, como si comprendiera la situación que vivía en mi propio entorno. No es que me quejara, pero realizar las labores del hogar y atender a los clientes de una casa de huéspedes no era, ni mucho menos, la idea que yo tenía de una vida plena y feliz.

Mis pensamientos errantes me llevaron de nuevo a Declan.

El irlandés apareció de repente, sin avisar, y se coló otra vez en mi mente.

No podía negarlo; en mi fuero interno ya me había hecho una idea en la cabeza, en la que me alejaba de Suances para vivir otra vida junto al irlandés.

Aunque las circunstancias que nos rodeaban no fueran las más halagüeñas.

Subimos las escaleras hasta la planta superior. Abrí la puerta de la habitación de la Anjana e invité al señor Galdós a pasar. Él me lo agradeció con una sutil reverencia y se adentró en su cuarto.

—Y si necesita cualquier cosa no dude en avisarnos —añadí.

—Claro, no te preocupes. Y gracias de nuevo por todo, ya tendremos ocasión de conversar con calma en otro momento.

Yo no lo tenía tan claro, y menos al pensar que mi madre estaría más atenta de lo normal ante la visita de un señor tan importante. Mejor me estaba quietecita y callada; no me apetecía una discusión con ella, y menos con mi estado de ánimo.

—Por cierto, se me olvidaba —comenté de pasada para cambiar de tema—. No sé si estará interesado en los baños de ola, si quiere le puedo indicar cómo llegar a las playas.

—¿Me ves a mí vestido con uno de esos horribles trajes de baño hechos de lana, chapoteando entre la aristocracia venida a menos? —preguntó con una sonrisa en su rostro.

La moralidad obligaba a que los trajes de baño se confeccionaran en lana, más pendientes de su uso terapéutico que de su belleza o estética.

Un conjunto formado por un pantalón largo y una blusa, generalmente en colores oscuros, que no eran demasiado favorecedores.

A mí me parecían horribles e imaginarme al señor Galdós, embutido en semejante traje y dispuesto a saltar las olas del Cantábrico, se me antojó algo casi grotesco.

—La verdad es que no, don Benito.

—Chica lista, ya lo sabía yo.

—No pretendía decir que...