La verdadera historia #3
—Buenos días, caballero —le saludó el conserje del hotel al llegar a recepción—. ¿En qué puedo ayudarle?
Mclister se encontraba más cómodo con el idioma. Su acento seguía siendo horrible y, a veces, le costaba hacerse entender. Pero por lo menos ya iba comprendiendo mejor a las personas cuando se dirigían a él en ese lenguaje que le parecía tan complicado.
—Buenos días. He quedado aquí con la señorita Emma Watson, ¿podría avisarle de mi llegada?
—Claro, señor, ahora mismo.
Mclister se dirigió entonces hacia los sillones mientras esperaba a Emma. Se había dado un baño y acicalado lo mejor que pudo, pero Declan sabía que no se encontraba en su mejor momento.
Minutos después Declan vio aparecer a Emma por un lateral. Mclister se levantó al instante y se encaminó hacia Emma, muy sorprendido por su apariencia. La muchacha estaba radiante, casi resplandeciente, muy lejos del tono apagado que lucía en su anterior encuentro.
Su piel blanca se había tostado ligeramente y había adquirido un matiz dorado y saludable.
Sus mejillas arreboladas la hacían más atractiva, y sus hermosos ojos —los mismos que le encandilaron en primera instancia en la cubierta del Pegasus — brillaban más que nunca.
Y por si fuera poco, el envoltorio estaba también a la altura, ya que Emma llevaba un vestido de gasas y tules que la favorecían aún más.
—¡Mi querido Declan! —saludó Emma en inglés con afectación—. Es un placer volver a verte, ha pasado mucho tiempo.
Mclister se acercó algo azorado, abrumado ante la nueva y arrolladora personalidad de la inglesa.
Y es que Emma había aparecido allí como una persona diferente, alguien más segura de sí misma, pero también con una pátina que no le terminaba de agradar.
¿Qué le habría sucedido desde la última vez que se vieron?
El irlandés no supo cómo saludar a su antigua compañera de travesía, y sus torpes movimientos le jugaron una mala pasada.
Emma le ayudó de un modo particular, plantándose a dos metros de él y mostrándole su mano derecha, enguantada y flácida.
Declan la cogió con delicadeza y simuló un beso en su dorso, al mismo tiempo que hizo algo parecido a una reverencia que le hizo sentirse fuera de lugar.
Acompañó a la dama hasta los cómodos sillones del vestíbulo, sin tan siquiera saber si ella prefería dirigirse en otra dirección. No le gustó la actitud de Emma, ni la manera de hablar ni de moverse.
Después de los saludos de rigor, Declan fue directamente al grano:
—¿Y qué tal va todo por la hacienda de los Mendoza? Siento que no nos pudiéramos ver la última vez que estuviste en La Habana. Me pilló en un mal momento y no pude escaparme.
—Sí, algo me comentaron. He estado bien, muy ocupada en el ingenio de los Mendoza —aseguró Emma sin especificar nada antes de cambiar de tercio—. ¿Y cómo te va a ti en la ciudad? ¿Tienes pensado seguir trabajando en los muelles? Parece que te explotan más de lo debido, no tienes muy buena cara.
Declan se sintió ofendido ante la nula sutileza de su interlocutora. Si la primera impresión no le había convencido en absoluto, aquellas frases insulsas le dejaron más frío aún. Tal vez había sido un error encontrarse de nuevo con ella. Cada uno debía haber seguido su propio camino en la isla.
—Vaya, muchas gracias. Tú, por el contrario, te encuentras radiante. Veo que el sol del Caribe te sienta a las mil maravillas.
—No pretendía incomodarte, lo siento. No debí haber hecho ese comentario de tan mal gusto. Además, yo quería decirte que...
—¿Sí...?
Declan necesitaba olvidarse del malentendido, retomar su vieja amistad con Emma y, por qué no, encauzar la conversación por los derroteros en los que había pensado en un principio.
Tal vez la joven quisiera reiterarle el ofrecimiento de Mendoza, ya fuera para trabajar en su ingenio azucarero, o en cualquier otro lugar de la isla.
Mclister estaba dispuesto a alejarse de La Habana, sobre todo para no volver a caer en la dulce tentación de la sedosa piel de Perlita.
—En la anterior ocasión que vine a La Habana no pudimos coincidir, pero ahora las circunstancias han cambiado. Ya no soy la institutriz de los Mendoza, y yo...
—¡Vaya, lo siento! Lamento que hayas perdido tu trabajo, espero que tengas ya algo en mente. Y si puedo hacer...
—Creo que no lo has entendido, Declan. Ya no soy la institutriz de los Mendoza, ahora soy algo mucho más importante en esa casa —aseguró Emma con orgullo en su voz.
—No comprendo lo que quieres decir.
Mclister tardó todavía unos segundos en asimilar la verdad. Si Emma ya no era la encargada de la educación de los jóvenes Mendoza, pero seguía estando alojada en el hotel junto a ellos, eso solo significaba una cosa. ¡No podía ser!
—Hemos venido todos juntos a La Habana para arreglar unos asuntos, y quería que lo supieras por mí. El señor Mendoza y yo vamos a casarnos en las próximas semanas, y me encantaría que pudieras acudir a la boda como uno de mis invitados.
—Yo, perdona..., no sé qué decir.
—No te preocupes, lo comprendo. Tienes tiempo de pensarlo, no hay problema.
Emma le tendió a Mclister un elegante sobre en color crema.
El joven lo abrió y extrajo una delicada invitación, donde se daban los detalles del enlace nupcial.
La vista se le nubló a Declan durante unos segundos y prefirió guardar la cuartilla en el sobre de nuevo; ya la estudiaría con calma más adelante.
Ahora debía reaccionar y borrar de su rostro el gesto de perplejidad que le envolvía desde que Emma había pronunciado esas fatídicas palabras.
¿Y por qué se sentía así? Declan no lo sabía, pero suponía que la boda le alejaría de Emma para siempre. La joven se había acercado a él, invitándole incluso al enlace, pero más por los viejos tiempos que por cualquier otra cosa, casi por compromiso.
—Disculpa mi impertinencia, Emma, pero no lo comprendo. ¿Una boda con Mendoza? Creí que...
—Sí, ya lo sé, puede ser algo precipitado. Pero Antonio no lo cree así. Durante las últimas semanas hemos estrechado nuestra relación y creemos que es la mejor solución para todos.
Declan estaba estupefacto, no lo comprendía. Emma había pasado de pedirle que le acompañara a Estados Unidos, huyendo de Cuba, a decirle que se casaba con su jefe. ¿Qué había ocurrido?
Emma continuaba con su pose altiva delante del resto de huéspedes y visitantes del hotel, pero sus ojos denotaban otra cosa y Declan no quiso insistir. Tal vez la procesión fuera por dentro, algo que Mclister no podía comprender. ¿Estaba sufriendo la señorita Watson?
—Emma, yo… lo lamento. No quería molestarte, es solo que me ha sorprendido mucho la noticia.
—Sí, ya sé lo que piensas. Antes pretendía dejar atrás la isla y ahora he cambiado de parecer drásticamente. Una ya va teniendo una edad, y las oportunidades se presentan solo una vez en la vida.
—Tal vez deberíamos habernos marchado juntos de aquí, a Boston o Nueva York, pero en el momento que me lo sugeriste no estaba preparado. Lo siento —reflexionó Declan en voz alta —. No quisiera parecer descortés, pero el casamiento me parece algo precipitado, por no decir una auténtica locura.
—No, perdóname tú, fui una idiota al abordarte de ese modo. Estaba asustada ante el panorama que se me presentaba en la hacienda, pero afortunadamente todo ha cambiado.
—Emma, no me refería a eso. Es una decisión muy complicada, hay que sopesar los pros y contras antes de aventurarse de ese modo.
—Es lo que hay, no me quedan más salidas. —Emma bajó de nuevo la voz al confesarse—. Me he carteado con mis hermanos, y la situación en Inglaterra es cada vez peor para mi familia. Ellos no pueden ayudarme, ni hacerse cargo de mí.
—No te veo muy contenta.
—Lo sé y lo asumo con dolor en mi corazón. Antonio necesita una mujer para no ser dado de lado por las fuerzas vivas de la isla, y yo me desenvuelvo bien en esos ambientes. En palabras de Antonio, nuestra boda será todo un éxito.
—Ya veo, el contrato comercial por excelencia. ¿Y qué ganas tú con todo esto?
—Mucho, Declan: posición social, estabilidad, dinero, riquezas y poder. Seré la mujer de uno de los prohombres de la isla.
Mclister intentó relajar el gesto, pero le fue imposible contenerse. Emma había cambiado demasiado, le parecía otra persona, y por mucho que él intentara convencerla de lo contrario, ella ya había tomado su determinación.
—Muy bien, veo que lo tienes todo muy claro. No sé para qué me has hecho llamar entonces, la verdad.
—No te pongas así, Declan. Quería contártelo en persona y, por supuesto, invitarte a mi boda. ¿Irás al enlace?
—No lo sé, Emma. Tenía pensado largarme de La Habana, y tal vez de la isla, así que no te puedo asegurar nada.
Mclister no pensaba acudir a aquella boda por nada del mundo, pero prefería curarse en salud.
Había soltado esa frase por despecho, porque no entendía la actitud de la antigua institutriz.
Pero en el fondo le había sonado bien al pronunciarla en voz alta.
Estaba harto de La Habana, y Cuba se le hacía cada día más pesada.
Tal vez fuera hora de emigrar por fin a Norteamérica, aunque fuera por su cuenta.
—Vaya, lamento escuchar eso. Espero que sea para bien, por supuesto. Parece que nuestras vidas nos llevan siempre por derroteros distintos, pero seguro que volveremos a encontrarnos en alguna otra ocasión.
—Seguro que sí. Te deseo lo mejor, disfruta mucho de tu vida.
Mclister se levantó del sillón, se despidió de la señorita Watson y salió del hotel a buen paso, sin mirar atrás.
Sintió la mirada de Emma clavada en su espalda, pero prefería abandonar el Hotel Inglaterra lo antes posible.
Ambos intuían que no volverían a encontrarse, aunque no porque Mclister saliera de Cuba para siempre...
Los siguientes días fueron complicados en la vida de Declan Mclister. Preguntó en los muelles, pero al parecer no había oportunidad de viajar a Estados Unidos en las próximas semanas, por lo que se resignó a seguir en la isla una temporada.