La posada del viajero La verdadera historia #2
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La verdadera historia #2

Mclister recordaba cómo le habían llevado a rastras hasta un edificio pintado de azul, con unos balcones algo recargados.

Allí se encontraron con un negro alto y fuerte, vestido de etiqueta, que custodiaba la puerta como un perro guardián.

Íñigo se acercó al hombretón y le dijo algo al oído mientras le metía la mano en el bolsillo y señalaba al irlandés, aunque este no se percató de nada.

El portero del prostíbulo sonrió con su boca desdentada y les hizo pasar sin mayor miramiento.

—Madame Montparnasse, es un placer estar de nuevo en su casa —aseguró Íñigo como voz cantante del grupo, nada más encontrarse con la dueña del lupanar.

—Dichosos los ojos, don Íñigo. ¡Cuánto bueno por aquí! Veo caras conocidas entre sus amigos, pero también alguno que no me suena de nada. ¿Se encuentra bien ese chico? Parece un poco pálido.

Mclister estaba blanco como la pared. El alcohol le había hecho efecto, y el joven se encontraba en plena borrachera. Sus compañeros le sujetaban para que no perdiera pie, pero Declan estaba a punto de sucumbir a su primer duelo contra el ron cubano sin tan siquiera darse cuenta de su derrota.

—Sí, Madame, no se preocupe. Acaba de llegar de Irlanda, y esta gente no sabe beber el rico ron de La Habana. Le hemos traído a su casa para que conozca las excelencias del lugar.

—Si usted lo dice —replicó la madame, poco convencida—. Ahora les envío a mis niñas para que elijan.

Acompañó a sus nuevos clientes hasta un saloncito reservado, donde pudieran sentarse y tomar algo, mientras esperaban el momento de ver llegar a las chicas. Pareció que Declan reaccionaba entonces y entre los vapores etílicos consiguió enfocar la vista una vez aposentado en un mullido sillón.

—De acuerdo entonces. Veamos, ¿dónde están esas lindas muchachas?

Íñigo dijo la última frase y pareció que alguien estuviera esperando para contestarle del mejor modo. De pronto irrumpieron en la salita cinco espectaculares bellezas que dejaron a los hombres con la palabra en la boca.

Dos mulatas estilizadas, del color del café con leche, precedían al resto de mujeres.

A continuación apareció una chica blanca como la nieve, con un pelo rubio casi albino, vestida con un corpiño que dejaba poco a la imaginación.

Y para terminar, otras dos negras que no podían negar su origen africano, oscuras como boca de lobo, y repletas de curvas sinuosas donde perder la conciencia.

Íñigo eligió a la rubia, una chica que ya había probado en alguna que otra ocasión con resultados más que satisfactorios. Raúl y el resto de compañeros no se decidían entre las dos negras y una de las mulatas.

La otra mulata, una joven de pelo corto y ojos negros inmensos, ya había elegido a su víctima. Se sentó dulcemente en las rodillas de Declan y comenzó a besarle y acariciarle delante de todo el mundo.

La chica posó sus generosos pechos sobre Mclister, que reaccionó de inmediato, enterrando su cara entre aquellas calientes montañas de carne ante la algarabía general.

—Ya sabía yo que el chico reaccionaría —anunció Íñigo entre risas—. El irlandés es de sangre caliente, aunque ahora se le ha ido toda a una parte. La mulata le aliviará y él cumplirá como el que más. ¿A que sí, Mclister?

Declan asintió a duras penas, mientras se levantaba a trompicones y acompañaba a la joven cubana hasta su cuarto.

Perla, que así se llamaba la prostituta, dedicó sus mejores atenciones a Declan.

El irlandés pasaba de un estado de semiinconsciencia, debido al alcohol ingerido, a otro de lujuria descontrolada cuando la mulata se aplicaba con sus artes milenarias, pero el joven no disfrutó del encuentro todo lo que hubiera deseado.

De todos modos, Mclister salió de allí con una sonrisa estúpida en el rostro y se cruzó un rato después con algunos de sus compañeros de fatigas a la entrada del local.

—¡Vaya, vaya! —exclamó Íñigo—. Parece que el niñato no se ha vomitado encima, e incluso se tiene todavía en pie. ¿Tuviste problemas ahí dentro, Mclister?

El irlandés apenas pudo balbucear unas palabras ininteligibles.

—Venga, ya está bien —replicó Raúl—. El chico habrá hecho lo que haya podido, eso queda entre él y la mulata.

En ese momento, Perla salió de la habitación y les dirigió a los tres una mirada insinuante. A Declan le guiñó además un ojo y se despidió de él de forma cariñosa mientras se dirigía hacia otra zona del lupanar.

—Adiós, inglesito. Espero volver a verte por aquí, amol , ya verás lo bien que lo pasaremos la próxima vez.

Declan le hizo un gesto que pudo parecer de asentimiento, aunque en esos momentos lo único que quería era salir de allí, meter la cabeza bajo un chorro de agua helada y tumbarse para dormir la mona hasta el día siguiente.

—Anda, Declan, vamos para casa.

Mclister se dejó hacer y se apoyó en el hombro de Raúl para salir de allí. Se despidió de Perlita con un beso lanzado al aire, sin saber que la sabrosura de la mulata ya le había inoculado su terrible veneno, y le iba a crear adicción por las curvas de su cuerpo caribeño.

—Te lo advirtieron, irlandés. Estas morenas te sorberán el seso, la razón, el bolsillo y todo lo que pillen, incluido lo que seguro ya te imaginas —afirmó Raúl.

Mclister escuchaba entre tinieblas, pero su cerebro ya no respondía correctamente. La adrenalina le había hecho reaccionar en el cuarto, junto a la mulata, pero en ese momento le podían haber dejado allí tirado, no le importaba lo más mínimo. Solo quería descansar y dormir hasta que no pudiera más.

Declan sobrevivió a su primera juerga caribeña, preludio de muchas que quedaban por llegar.

Se acostumbró pronto al ron cubano y, aunque tuvo que escuchar reproches por parte de otros compañeros de trabajo, se aficionó a acudir al local de Madame Montparnasse.

Y es que la joven Perla le había cautivado, si no el corazón, sí por lo menos los bajos instintos; una calentura que le recorría el cuerpo de arriba abajo, y que no se le pasaba hasta que conseguía yacer con la mulata y olvidar completamente cualquier recuerdo relativo a Emma Watson.

El sexo con una mujer tan sensual como Perlita le parecía sublime al irlandés, acostumbrado a otro tipo de mujeres menos fogosas en su lejana tierra. Perla le trataba con dulzura y cariño, incluso se empeñó en enseñarle algo de español entre descanso y descanso de su gimnasia sexual.

Pero las fuerzas de Mclister menguaron debido al fastuoso ritmo de cópulas demandado por la cubana.

Y, aparte de las energías, también los escasos ahorros de Declan desaparecieron de la noche a la mañana.

Ya había tenido sus enfrentamientos con el patrón al pedirle demasiados adelantos de la paga y la situación comenzaba a sobrepasarle.

Una noche, Declan casi acabó molido a palos por el vigilante de la puerta.

Llegó al lupanar a tiempo de ver cómo Perlita se alejaba del brazo de un caballero relamido, rumbo a su habitación del placer.

A Mclister se le nubló la mente al imaginar que su hembra cabalgaba a lomos de aquel petimetre, y se fue en su busca.

Declan le propinó un empellón al aristócrata, un buen cliente de la casa, y tuvo que salir de allí pidiendo disculpas, antes de que le sacaran a rastras y le impidieran regresar nunca más.

Declan llegó a su pensión en la noche de aquel sábado y se dejó caer en el jergón de su cuarto, abrumado por las circunstancias.

Tenía mal aspecto debido al trajín de las últimas semanas.

Entre su duro trabajo, las juergas con los amigotes y las largas veladas amatorias con Perlita, se encontraba a punto de caer enfermo.

Necesitaba unos días de reposo; menos mal que llegaba el domingo y podría por fin descansar algo más de lo habitual.

Pero no pudo siquiera ponerse cómodo, ya que la Tomasa se acercó a su habitación con un recado para él.

—Vaya, señor Mclister, no tiene usted muy buen aspecto, si me permite decirle. ¿Le apetece un caldo o algo así?

—No hace falta, gracias. ¿Qué era eso tan urgente?

—Una señorita inglesa me ha dejado una nota para usted. Si me lo permite, señor, se trataba de una joven muy bella, y parecía de alta cuna.

—Gracias, Tomasa —contestó Declan alcanzando la nota y cerrando la puerta tras de sí.

El recado rezaba así:

«Declan, soy Emma Watson. Me encuentro alojada junto a la familia Mendoza en el Hotel Inglaterra y nos quedaremos hasta el lunes. Me gustaría charlar contigo si es posible, tengo novedades que contarte».

Ya era tarde, y a Declan no le pareció adecuado importunar a Emma a aquellas horas, aparte de que necesitaba descansar imperiosamente.

Le había picado la curiosidad su misiva y deseaba ver a la joven inglesa.

Quizás de ese modo se olvidara de Perlita, aunque no aspiraba a tener con la institutriz el mismo tipo de relación que con la mulata.

Un par de meses atrás la institutriz se había dejado caer de nuevo por La Habana, pero él no pudo acercarse a saludarla.

Una jornada de trabajo especialmente dura, más el cansancio acumulado tras una noche tumultuosa entre las piernas de Perlita, le dejaron hecho una auténtica piltrafa y no acudió a la cita.

El sexo con Perla era brutal, una experiencia cercana al éxtasis, pero su salud tanto física como mental se estaba resintiendo, y eso no lo podía permitir. Declan decidió entonces acabar con esa situación.

La mañana del domingo Declan amaneció con la mente más despejada. Quizás podría retomar con Emma el asunto del que habían hablado en su último encuentro. Tal vez fuera hora de abandonar Cuba para siempre y encaminarse hacia los Estados Unidos.

Quizás se precipitara en sus conclusiones.

Después de todo, si Emma continuaba en Cuba sería por algo.

Otra opción sería aceptar la antigua proposición de la joven inglesa.

Si Emma le volvía a ofrecer trabajar para Mendoza, ya fuera en la plantación o con alguno de sus socios comerciales en la isla, podría aceptar para alejarse de allí.