La verdadera historia
Declan había tenido suerte al llegar a Cuba.
El oficial Douglas le encontró un puesto de ayudante de uno de los maestres de provisiones del puerto de La Habana, y Mclister no se lo pensó dos veces a la hora de abandonar el Pegasus .
Se despidió entonces de Emma Watson, que se dirigía a la hacienda Mendoza para comenzar también su labor como institutriz de los dos hijos del terrateniente español.
—Espero que nos veamos pronto —dijo Emma—. El ingenio de los Mendoza está tierra adentro, creo que no demasiado lejos de la ciudad.
—Pierde cuidado, te haré llegar recado en cuanto me instale en La Habana —le confirmó el joven irlandés.
Sabía que iba a echar de menos a Emma y, sobre todo, que sería difícil que se volvieran a encontrar, por mucho que la mujer se lo asegurara.
No es que se hubiera enamorado de la institutriz, aunque al principio no le hubiera importado meterse bajo sus sábanas.
Pero una vez pasado ese primer momento y, a través de sus profundas conversaciones en la cubierta del barco, Declan aprendió a apreciar y a respetar a la señorita Watson, una mujer interesante en más de un aspecto.
Mclister decidió entonces dejar de preocuparse por Emma; bastante tenía con sus propios problemas.
Ahora lo que necesitaba era encontrar una pensión en la que vivir.
Su nuevo jefe, el maestre de provisiones Samuel —un recio castellano oriundo de Toledo, afincado en Cuba desde hacía mucho tiempo—, le aconsejó que se dejara caer por la pensión de Tomasa, una negra liberta que había montado un negocio decente en la ciudad para no meterse en más líos con la justicia española después de obtener su salvoconducto oficial.
Declan no entendió la mitad de las palabras que le había dicho su nuevo jefe.
Afortunadamente trabajaba con ellos un joven negro procedente de Jamaica, otro liberto que se ganaba la vida honradamente en el puerto.
Se llamaba William, nombre que le puso su antiguo patrón en Kingston, y que había adoptado como propio tras dejar a un lado sus raíces africanas.
William se apiadó de Declan al ver su gesto indefenso y le tradujo al inglés lo dicho por su patrón.
El muchacho llegó siendo un crío a Jamaica y casi había olvidado todo vestigio de su lengua materna, pero hablaba el inglés bastante bien, y también se defendía en español, algo poco habitual en su isla de origen.
—Gracias, amigo —dijo Mclister—. Yo te ayudaré en lo que pueda, pero necesito que en estas primeras semanas, hasta que aprenda mejor el español, me eches una mano con el idioma.
—Claro, blanquito —contestó William sonriendo a su nuevo compañero—. Eso está hecho.
Los primeros días en la isla fueron muy duros, pero Declan aprendió a sobrellevar las dificultades con entereza.
Sin darse cuenta, ya había sobrevivido a un mes completo en Cuba, un tiempo que incluso se le hizo corto.
Entre el trabajo y el estudio del idioma en sus escasos ratos libres, algo muy necesario para no andar tan perdido en La Habana, Declan no tenía tiempo para casi nada más.
Las largas y extenuantes jornadas de trabajo en el puerto pusieron a prueba la fortaleza de Declan. Casi no tuvo oportunidad de pensar en cuánto había cambiado su vida en los últimos tiempos.
La tragedia ocurrida en su casa le corroía por dentro y le apretaba con fuerza las entrañas, pero el joven irlandés prefirió arrinconar sus penas en lo más profundo de su corazón para seguir adelante con su vida.
De todos modos, Mclister se las apañó y sacó tiempo durante esa época para otras cosas que también le preocupaban, como el encuentro con su antigua compañera de travesía, la señorita Watson.
La joven institutriz cumplió lo prometido y apareció por la capital pocas semanas más tarde, un encuentro que no se desarrolló como Mclister esperaba.
Tras el saludo y las preguntas de cortesía, Declan sintió que a Emma le preocupaba algo que no le permitía relajarse del todo.
El irlandés no pretendía llegar a nada en ese primer acercamiento después de su desembarco en la isla, pero intuía que su amiga lo estaba pasando mal por algún motivo.
—¿Ocurre algo, Emma? No sé si es por el cansancio del trayecto hasta La Habana, pero te veo algo distraída. ¿Va todo bien en la hacienda de los Mendoza?
Emma rompió a llorar por sorpresa, y Declan se asustó por lo inesperado de su reacción.
Mclister no sabía cómo comportarse. No estaba acostumbrado a esas situaciones, pero intentó reconfortar a la muchacha lo mejor que pudo.
La señorita Watson se recompuso enseguida, se enjugó las lágrimas y estiró su cuerpo, adoptando una pose digna que parecía más fachada que otra cosa, según le pareció a su interlocutor.
—La verdad es que no estoy bien, para qué voy a engañarte.
Los hijos de Mendoza son insoportables y, aunque su padre es todo un caballero e intenta que mi estancia en Cuba sea lo más agradable posible, no me lo ponen nada fácil en esa casa.
El servicio tampoco me trata muy bien: me ven como una remilgada y estirada, y no tengo muchos amigos en la plantación.
—Vaya, lo siento mucho. No sé en qué podría ayudarte yo.
—La verdad es que llevo días pensando en una idea descabellada. Estoy harta de Cuba, de su clima, de sus gentes y de todo lo que huela a cubano. No sé, no he caído con buen pie en la isla, y quiero marcharme de aquí. ¿Te vendrías conmigo?
—¿Y adónde irías? —preguntó Declan obviando las últimas palabras de Emma.
—Al norte, a los Estados Unidos. ¿Recuerdas que el Pegasus se dirigía a Virginia? Fui idiota, deberíamos habernos quedado en el barco y continuar travesía hasta un lugar más civilizado que este.
—Pero, Emma...
—Podríamos ir a Boston, o tal vez a Nueva York —afirmó Emma con un fulgor distinto en sus ojos—. Dejaríamos atrás este espantoso bochorno y nos instalaríamos en un sitio civilizado, donde además hablan nuestro idioma. ¿No sería maravilloso?
—No sé, la verdad...
Declan le dio largas a Emma, intentando no herir sus sentimientos. Parecía que la chica quería que ambos viajaran como una pareja y se instalaran en Nueva Inglaterra para comenzar juntos una nueva vida. Y eso era demasiado para el fogoso irlandés; no estaba preparado para ese tipo de relación.
—No te precipites, acabamos de llegar a Cuba. Deberías intentar encauzar las cosas en la hacienda durante las próximas semanas, y más adelante, si ves que no funciona, podrías replantearte la situación. ¿Te parece bien?
—Tal vez tengas razón, Declan. Bueno, ya veré lo que hago.
Declan no estaba dispuesto a abandonar la isla tan pronto, y menos si lo que le esperaba era casi una vida de casado junto a Emma.
Sí, se había sentido atraído por Emma en el barco, y tal vez esa fue una de las razones principales para desembarcar en Cuba.
Pero él tenía toda la vida por delante y no quería unirse para siempre a la primera mujer con la que se cruzara.
Mientras tanto, el irlandés continuó asentándose en su nuevo puesto. Y la idea concebida por Emma fue quedando cada vez más arrinconada en su mente. Y más al comprobar que el Caribe era un paraíso en todos los sentidos.
Su jefe ya le había advertido en varias ocasiones y tenía sus motivos.
Era normal que a Declan se le fueran los ojos detrás de las caderas generosas de algunas mulatas que paseaban por el puerto, camino del trabajo.
Las cubanas le sonreían sin cesar, o eso pensaba él nada más desembarcar en la isla, y a Declan le hervía la sangre.
En Irlanda no era habitual encontrarse con mujeres de color, y menos con ese desparpajo y un donaire que le volvían loco.
—Ten cuidado con las cubanas —le recomendó Samuel—. Te lo digo por experiencia. Esas negras del demonio te sorben el seso, te vuelven loco con su movimiento de caderas, y después ya no puedes pensar en nada más.
—Sí, jefe —contestó Declan por inercia.
Declan no había entendido bien la frase y William le ayudó a comprenderla mejor. El irlandés creía que su jefe exageraba, pero los gestos de otros compañeros blancos le dieron a entender que el patrón llevaba toda la razón.
—Anda, Samuel, no asustes al muchacho —replicó Íñigo, otro de los compañeros más veteranos—. Ya le llevaremos a algún lupanar de La Habana para que se estrene. Así se le quitará ese mal color que se ha traído de su tierra.
Declan no entendía nada y se cabreó al verse en medio del carcajeo general de sus compañeros.
Todo eran chanzas a su alrededor mientras le palmeaban la espalda, y por mucho que el irlandés atendiera o intentara comprender con la ayuda de William, siempre se le escapaba alguna frase suelta que no terminaba de asimilar.
Un par de meses después, una vez asentado en la ciudad y con algo más de conocimiento del español, Declan se atrevió a acompañar al resto de la cuadrilla con la que trabajaba. Aunque Mclister no estaba preparado para lo que se le venía encima.
—Ven, irlandés, anda. Antes de que te hagan un hombre tendrás que tomar un trago de este ron y ya verás como te sale pelo en el pecho, ja, ja.
—No digas tonterías, Felipe —terció Íñigo—. La paga de hoy nos la vamos a gastar en ron añejo del bueno, y en las putas de Madame Montparnasse, el lupanar con más clase de La Habana. ¿Verdad, Mclister?
El sabor dulzón del ron cubano se le subió enseguida a la cabeza a Declan, y el alcohol se apoderó de su cuerpo.
William dijo que los acompañaría durante un rato, pero que se quería marchar pronto.
Declan se lo agradeció con un gesto, aunque pronto no supo ni dónde se encontraba su mano derecha, ajeno a las burlas de sus compañeros.
Y eso que él creía que los irlandeses eran buenos bebedores.