Un nuevo miembro de la familia #8
—No eres nadie para darme lecciones, hermanita. Yo he visto también cómo le ponías cara de cordero degollado.
—Estás muy equivocada, María. Eras tú la que te insinuabas descaradamente delante de todos nuestros vecinos; si casi le metes las tetas en la cara al pobre Declan, por Dios.
—No te atrevas a juzgarme, yo no he hecho nada malo. Simplemente bailábamos en la verbena, hasta que has venido tú a estropearlo todo.
—Sí, claro, todo muy inocente. Por eso has puesto esa cara de susto al ver al güelu . Has pensado que llegaba madre detrás y que se te iba a caer el pelo... Te lo advierto, esto tiene que acabar ya.
—Olvídame, Amaya. Declan me ama y nadie me impedirá casarme con él.
—¿Estás loca? Solo tienes trece años, estás muy mal de la cabeza.
—Tú sí que estás mal, loca de celos me parece a mí.
Estuve a punto de cruzarle la cara, allí paradas las dos en el camino, enzarzadas como dos gallos de pelea. El abuelo se dio la vuelta y nos vio allí plantadas, discutiendo, pero no quiso intervenir. Solo nos dio una voz, con un tono de advertencia que ambas captamos a la perfección.
—No os retraséis, vuestra madre nos está esperando.
—Sí, ya vamos.
Llegamos a casa y nos dirigimos a nuestras habitaciones, después de despedirnos de nuestra madre sin mencionar nada más.
Su gesto severo denotaba que no estaba para muchas bromas y ambas preferimos resguardarnos de una posible bronca.
Nelu también se percató de la situación y silenció cualquier detalle relativo al asunto de la cucaña.
El abuelo ya le había aleccionado, y al niño le pareció bien que guardáramos el secreto para que nuestra madre no lo conociera.
A la mañana siguiente nadie mencionó nada de la verbena. De todos modos el pequeño Nelu no pudo contenerse, y preguntó por su particular héroe en esa mañana de sábado.
—¿Y Declan? ¿No se ha levantado todavía de la cama?
—Estará durmiendo la mona —respondió nuestra madre—. A saber a qué hora volvió de la verbena.
—Creo que no fue tan tarde, me pareció oírle llegar —afirmó el abuelo—. Dejémosle descansar un rato. Total, hoy es domingo y no tiene mucho que hacer.
—Yo tengo que atender a varios huéspedes, Ángel, y hay tarea por terminar, tanto en el huerto, como encargarse de otros recados que hay que hacer con el carro —informó mi madre—. Así que ve a llamarle cuando termines, Amaya, ya se le han pasado las burras de leche.
—Sí, madre, ahora mismo —asentí.
Intenté contestar con gesto neutro, evitando mostrar cualquier sentimiento a través de mi rostro.
Agaché la mirada y ni siquiera afronté los ojos retadores de María, que buscaba guerra desde la mañana temprano.
Me adentré en la casona, recorrí el pasillo de las habitaciones y me paré frente al cuarto de Declan.
Llamé a la puerta con los nudillos, primero suavemente y después con más firmeza, pero nadie me contestó:
—¡Declan, Declan! Despierta, hay mucha tarea por hacer y mi madre te está esperando.
Escuché gruñidos a través de la puerta, pero me pareció que el bello durmiente seguía postrado en la cama.
Al final iba a tener razón mi madre y estaba durmiendo la borrachera, con una resaca de órdago tras la noche de juerga.
Me daba algo de reparo, pero entré en la habitación dispuesta a enfrentarme de nuevo con esos ojos misteriosos.
—Despierta de una maldita vez —dije enfurecida ante su indiferencia. Mclister se enrollaba en las sábanas y se arrebujaba mientras me ignoraba—. Ya es hora de levantarse, no haber bebido tanto anoche.
—Déjame un rato más, Amaya, todavía es pronto.
—Yo en tu lugar me levantaría de una vez. Mi madre no se anda con chiquitas, y no te lo va a permitir. Te aseguro que es muy capaz de curarte esa resaca con un balde de agua fría, no la provoques.
—Vale, vale, ahora mismo voy.
Declan abrió por fin los ojos, castigados por una mala noche de mucho alcohol y poco sueño.
Las ojeras, el mal olor corporal y aquel pelo rebelde despeinado no consiguieron apartar de mi mente el pensamiento único instalado allí desde hacía tiempo: quería besar a ese hombre.
Lo deseaba, lo necesitaba imperiosamente, y estuve tentada de lanzarme allí mismo, en la intimidad de su habitación.
Pero la prudencia triunfó de nuevo y me obligó a salir de esa habitación antes de cometer una tontería.
No podría enfrentarme a Declan en esas condiciones, así que esperaría a hablar con él en otro momento.
A ser posible intentaría coincidir en algún recado que tuviera que realizar en los próximos días, decidida a zanjar el tema lo antes posible.
Con un nudo en el estómago y un puño invisible aprisionando mi corazón, regresé a nuestra casa con gesto compungido.
Mi madre salía de allí en dirección hacia el huerto, cargada con un cesto con ropa recién lavada.
El verano ya había llegado para quedarse, y la temporada alta parecía ofrecernos buenas perspectivas de huéspedes para la tórrida estación.
—¿Ya se ha despertado nuestro invitado? —me preguntó con retintín.
—Sí, madre, se está levantando.
—Imagino que estará en unas condiciones lamentables después de la juerga. No sé qué diversión es esa de emborracharse hasta perder el sentido, la verdad.
Yo continué hacia nuestra casa, aunque no llegué a entrar y me paré al instante al escuchar esta conversación a través de la puerta:
—¡Que sea la última vez, María! Si lo llega a ver tu madre, te manda con la tía Petra, o te mete en un colegio interno.
—Pero, ¡ güelu ! Si no he hecho nada, yo solo me divertía bailando y...
—No me hagas comulgar con ruedas de molino. Soy viejo pero no tonto. Sé lo que vi en el baile, no me hagas enfadar de verdad.
—Tú no lo entiendes, abuelo. Yo le quiero y...
—¡Se acabó! No quiero oír ni una palabra más. Que esta conversación no salga de estas cuatro paredes.
—No, pero yo...
—A tu cuarto, ya está bien. Espero que tu madre no llegue a enterarse, esas no son actitudes para una niña decente. No querrás que estemos en boca de todo el pueblo y te tachen de lo que no eres, ¿verdad?
—¡Ya no soy una niña! Y no he hecho nada malo, ninguno me entendéis.
—Se acabó, no lo voy a repetir más.
—Esto no se va a quedar así, ya lo verás...
La mocosa contestó en tono desafiante, y eso que el abuelo había querido evitar una catástrofe mayor.
María estaba ofuscada y no atendía a razones.
Mi madre terminaría por enterarse, Mariuca se chivaría después de mí, y al final acabaría todo como el rosario de la aurora. ¿Qué podía hacer yo para evitarlo?
Menos mal que no le había dicho nada al irlandés minutos antes, en su cuarto. Pero él debía de conocer el lío en el que se estaba metiendo. Declan no podía ser tan tonto, debía de haberse percatado de todo. Tanto de lo de María como de lo que yo sentía hacia él.
Estaba decidido. Sacaría el tema a la menor ocasión, aunque tuviera que utilizar a mi hermana para explicarle a Declan lo sucedido.
Ya vería cómo afrontaba después mi propia situación.
Y, sobre todo, lo que debía averiguar era si él jugaba con nosotras, si sentía algo por alguna, o si simplemente ese era el comportamiento de un irlandés ante las mujeres.