La posada del viajero Un nuevo miembro de la familia #7
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Un nuevo miembro de la familia #7

Solté lo primero que me vino a la mente para disimular el disgusto. Intenté cambiar mi gesto, contrariado tras la discusión con mi hermana, pero él lo notó enseguida. Al momento escondió esa sonrisa tan maravillosa que me había cautivado desde un principio y fijó sus profundos ojos en mí:

—Venga, anima esa cara. Hemos vencido a esos idiotas, y ya no nos van a molestar más. Y Nelu es todo un héroe.

—No creas que será tan sencillo. Julián es un tipo rencoroso y nos la tendrá jurada durante una larga temporada.

—Bueno, pero no hoy. Anda, vamos a divertirnos. Creo que antes me preguntaste si me gustaba bailar. Pues sí, señorita Abascal, como buen irlandés soy todo un danzarín.

Declan tenía el puntillo después de haber bebido unos vasos de más, pero yo no pensaba contradecirle.

Relajé entonces mi gesto, buscando con la mirada a María.

No la encontré por allí cerca, y recé para que la niña no estuviera contemplando la escena.

Tampoco quería vanagloriarme, como si yo hubiera vencido y me hubiera llevado al galán de la función.

—¿Me concede este baile, señorita?

—Por supuesto, señor Mclister. Será un placer.

Las canciones populares dieron paso a unos ritmos más pausados y vimos entonces algunas parejas de mediana edad bailando agarradas en el centro de la pista.

También algunos jóvenes, parejas de enamorados que estaban recién ennoviados o a punto de casarse.

Sabía que atraeríamos las miradas sobre nosotros, pero no le podía hacer ese feo a Declan.

Además, tampoco era algo tan extraño que dos amigos bailaran en una verbena.

Eso creí entender yo, pero me pareció distinguir algún gesto de reproche en las caras de las cotillas del pueblo. Menos mal que mi madre no se juntaba mucho con ellas, pero ya iría algún alma caritativa a contarle las novedades a casa, aunque no se dirigieran la palabra en años.

Una vez en sus brazos me olvidé de todo, como si ambos estuviéramos bailando solos en el salón de un gran casino, ajenos al resto de la humanidad.

Mis preocupaciones se disiparon como por encanto y lo único que deseaba era dejarme llevar y bailar sin cesar con aquel hombre maravilloso.

Su mano izquierda sujetaba mi derecha con firmeza mientras su diestra se posaba con delicadeza en mi espalda, y me quemaba con un calor que traspasaba el fino vestido de verano.

Las canciones se fueron sucediendo sin apenas darme cuenta, y Declan parecía tan encantado como yo.

Reía, hacía bromas y disfrutaba como un niño.

Hasta que un instante después, nada más acabar un giro que dejó nuestros rostros frente a frente, paró un momento y me obligó también a mí a dejar de bailar.

Nos miramos profundamente, perdido cada uno en los ojos del otro, buscando quizás algo más allá.

Su boca se torció en un gesto que no había visto nunca, muy alejado del deje cínico o irónico que yo había conocido hasta ese momento.

Sus labios se curvaron en un movimiento sensual que me produjo un estremecimiento de placer.

Mi columna vertebral acusó el golpe, y todo mi cuerpo vibró ante la nueva situación.

Yo sonreí con disimulo y entreabrí los labios para mostrarme más receptiva. Miré entonces con descaro a Declan y pasé de sus ojos a sus labios sin apenas respiro, esperando el momento final. Pareció que nuestros cuerpos se agitaban al mismo tiempo. Yo solo quería que Declan me besara.

El tiempo se detuvo, y una nebulosa se instaló a mi alrededor.

No escuchaba los murmullos de la gente, no veía a nadie más que a Declan.

Lo tenía tan cerca, y a la vez tan lejos, que el sufrimiento comenzó a avanzar, hasta triunfar sobre el resto de sensaciones.

Sabía que los segundos transcurrían y, aunque para mí fueran más lentos que para el resto de la gente, llevábamos demasiado tiempo parados en medio de la pista, sin bailar, mirándonos embobados como dos enamorados.

Declan reaccionó a tiempo y me sacó de golpe de mi atolondramiento. El hechizo había remitido, y el encanto de esa escena desapareció en un instante. El irlandés quiso disimular y siguió bailando conmigo, pero puso mayor distancia entre nosotros, azorado quizás por lo sucedido.

Yo seguía en una nube y temía bajar a tierra para no llevarme una desilusión. ¿Qué había sido eso? Aquel momento mágico lo llevaría conmigo para siempre, aunque nunca más pudiera volver a acercarme a Declan.

Instantes después vimos que una pareja joven se acercaba a nosotros bailando. No me había dado cuenta de que se trataba de María con uno de nuestros primos lejanos. ¿Habrían visto nuestro particular momento? No podía saberlo, pero pronto lo averiguaría.

—¿Cambiamos de pareja? —me preguntó María nada más llegar a mi vera—. El primo David quiere bailar también contigo.

—Claro, faltaría más —contestamos a la vez Declan y yo.

María me lanzó una mirada triunfal mientras yo comenzaba a bailar con David. Vi entonces como mi hermana se pegaba bastante más de lo aconsejable a Declan, que aparentemente no se percataba de nada. Y mi primo me susurraba algo al oído, pero mis sentidos se encontraban en otra parte.

Y es que María sonreía, e incluso lanzaba alguna que otra carcajada, llevada en volandas por los diestros brazos de un consumado bailarín como era Declan. El irlandés parecía también encantado y a mí se me llevaban los demonios con la situación.

Mariuca aprovechaba cada giro comprometido para apoyarse más en Declan y rozarse descaradamente contra él. Sus armas de mujer saltaban a la vista, y me pareció que incluso se había vuelto a subir los pechos, más turgentes a cada momento que pasaba.

¿A qué jugaba Declan? Tal vez ambas creíamos que el irlandés bebía los vientos por nosotras, pero lo único que hacía él era seguirnos el juego sin tomar partido.

Y, si era así, yo era una ilusa, una completa idiota que había esperado que sus labios se posaran sobre los míos en ese segundo mágico en el que me cautivó el corazón.

El descaro de María estaba llegando a unos límites inaceptables, y hasta mi primo la miró con reprobación.

Las comadres comenzaron con el cuchicheo, y los murmullos se podían adivinar desde la pista de baile.

Pero la parejita feliz no hacía caso de nuestros gestos.

En el siguiente giro llamé la atención de mi hermana cuando nuestros cuerpos casi se tocaron en la pista.

Ella me oyó perfectamente, pero siguió a lo suyo.

Hasta que un instante después me pareció ver un destello de alarma en sus ojos, que ya no me veían, pero miraban a través de mí como si mi cuerpo fuera invisible o transparente.

Entonces comprendí. Algo o alguien había llamado la atención de María, alguien que se acercaba por detrás de mí.

El miedo me paralizó y temí las terribles consecuencias que podía acarrearnos si mi madre aparecía por la pista en esos momentos.

Me di la vuelta y me topé de frente con el rostro contrariado del güelu , que llegaba solo a la verbena.

Afortunadamente mi madre no andaba por allí, o yo no la veía en esos momentos.

—Chicas, ya es tarde. Creo que va siendo hora de regresar a casa.

—Pero si acaba de empezar el baile y...

—Sí, María, ya he visto lo bien que te desenvuelves en el baile. Pero vuestra madre me ha dicho que os recoja y a eso vengo. Así que espabilad, no quiero volver a repetirlo.

María se soltó de los brazos de Declan nada más ver la mirada cargada de reproche de nuestro abuelo, pero permaneció al lado del irlandés con gesto altivo.

Por su parte, Declan parecía seguir en la inopia, ajeno a la batalla de miradas entre las hermanas y a la velada reprimenda que el abuelo nos lanzó en su presencia.

Yo pensaba que el irlandés era más perspicaz, pero en el fondo no se diferenciaba tanto de la mayoría de los hombres. O tal vez es que le daba todo igual.

María se acercó al abuelo, y yo seguí sus pasos. Me despedí de David y le lancé a Declan el fuego de mis ojos. Él siguió sin comprender y se encogió de hombros, mientras permanecía parado en un lateral de la pista. Se dirigió entonces directamente al güelu y nos ignoró a María y a mí con descaro.

—Me gustaría quedarme un rato más por aquí, don Ángel. Espero que no haya ningún inconveniente.

—Claro, no te preocupes. Pero no vuelvas muy tarde ni le des mucho a la botella, tú ya me entiendes.

Creí ver un guiño en la cara de mi abuelo, que parecía reírle las gracias a Declan.

Si no le había gustado la actitud de María en su baile con el irlandés, e intuía que tampoco mi indiferencia al no cuidar de ella como era debido, tampoco entendía que premiara al irlandés como si él no fuera también responsable.

Declan nos sonrió, y su gesto irónico me confirmó que no se había percatado de nada. ¿Cómo podía ser tan estúpido? Se dio la vuelta y se alejó de nosotras, al parecer contento de poder continuar la juerga con los mozos del pueblo.

Nelu nos vio de lejos y se acercó también a nosotros. Al ver nuestros gestos y el rostro alargado del abuelo, supo que la diversión había acabado por esa noche.

Comenzamos a caminar hacia nuestra casa, mientras Nelu le contaba al abuelo su gran triunfo de esa noche.

—Me alegra verte tan contento, Nelu, pero no deberías haber sido tan inconsciente. La cucaña no es un juego para niños —dijo el güelu antes de dirigirse a mí—. Y tú deberías haber evitado que la situación llegara hasta ese punto.

—Yo no quería...

Mi abuelo me hizo un gesto con la mano e ignoró mi evasiva respuesta. El niño continuó detallándole al abuelo todo lo que había sucedido, siempre desde su particular punto de vista. Aproveché la ocasión al verlos distraídos y reduje el paso para que María me alcanzara.

La cogí de la muñeca con gesto fiero y me encaré con ella:

—¡Eres una inconsciente! Por no decirte algo más fuerte, la verdad. Me avergüenzo de tu comportamiento, eres una deshonra para la familia.