Un nuevo miembro de la familia #6
Sebas se encaramó él solito al palo de madera y comenzó a trepar a un ritmo endiablado.
Se notaban su entrenamiento y la maña que se daba para agarrarse al poste sin caerse.
Se fue acercando poco a poco a la meta mientras la gente gritaba, pero se quedó a escasos centímetros de su objetivo.
Yo llevaba unos segundos aguantando el aire en mis pulmones y lo solté de golpe cuando vi que se dejaba caer hasta el suelo.
—¿Qué ha pasado, Sebas? Creía que tú no fallabas nunca...
—Lo siento, me encontraba un poco frío, no me ha dado tiempo a calentar. Tranquilo, a la próxima lo consigo, ya lo verás.
—Más te vale, Sebas. Si no, te vas a enterar.
A tenor de lo visto, nos quedaba una sola oportunidad para ganar. Declan todavía no se había recuperado del esfuerzo y le veía respirar trabajosamente. Entonces Nelu dio un paso al frente para llamar nuestra atención.
—Quiero intentarlo yo, Amaya. ¿Puedo?
Declan me miró y yo asentí. Después de todo, era su hermana mayor y Nelu estaba a mi cuidado en la verbena. Sabía que mi madre no lo aprobaría, pero no iba a permitir que se rieran de nosotros en la cara.
—De acuerdo, Nelu. ¡A por ellos! —confirmé en voz alta.
—Venga, muchacho, ¡tú puedes! —le animó Declan.
Nelu nos miró con una pizca de orgullo y salió disparado hacia la cucaña. El irlandés le iba a ayudar a encaramarse, pero el crío no lo necesitó. María se situó a su lado y yo permanecí detrás, atenta a la jugada.
Mi hermano comenzó con calma, tanteando el terreno.
En ese juego no había un tiempo límite, y vi que Nelu quería asegurarse, agarrarse al tronco resbaladizo como si fuera uno de los árboles de nuestra finca, ganando altura centímetro a centímetro.
No era mala técnica, pero en ese momento ignoraba el grado de cansancio que le ocasionaría estar tantos minutos allá arriba, sometido a una tensión tan grande.
—Ánimo, Nelu, ¡eres el mejor! —gritó uno de los amigos del chico.
Todo el mundo le jaleaba, pendiente de sus evoluciones.
Nelu miró un momento hacia nuestra posición, y le animamos entonces con más fuerza al ver que flaqueaba.
El niño subía un trecho pero a continuación caía otro, por lo que su penoso avance se fue haciendo cada vez más lento.
Se encontraba a un metro escaso de la meta, pero parecía a punto de rendirse.
En mi afán por no perder ojo de lo que ocurría en la cucaña, no me había percatado de la actitud de María. Aparte de saltar y gritar, animando a Nelu, también se agarraba descaradamente a Declan, presa del nerviosismo. O eso pretendía hacer creer a los allí presentes.
Nelu perdió la posición ganada y descendió casi un metro por el tronco, pero consiguió agarrarse y seguir aguantando. María pegó un gritito por el susto y se abrazó sin rubor a Declan, como temiendo contemplar el fatal desenlace.
—No puedo mirar, esto es demasiado...
La mocosa se pegó contra el pecho de Declan y dejó su mejilla apoyada en el hueco entre la cabeza y el cuello del irlandés.
No sé si fueron imaginaciones mías, pero me pareció incluso que se restregaba un poco contra él.
Y yo sabía que Declan notaría sin duda sus turgentes senos al acercarse de ese modo, mientras sentía todo su cuerpo arrimado y su boca a escasos centímetros de la suya.
No podía soportar esa visión, pero no quería montar un escándalo. Y menos distraer a Nelu en su propósito. El crío se había recuperado y parecía trepar ahora a mayor velocidad. Declan también lo vio y se desembarazó como pudo de María:
—Perdona, voy a colocarme debajo de la cucaña, no vaya a ser que Nelu pierda pie y caiga de mala manera.
Debería evitar que esa situación fuera a más, pensé en esos momentos. Ese gesto de la cría podría malinterpretarse, y más delante de todas las cotillas del barrio. Vi alguna mirada aviesa a nuestro alrededor, mientras los cuchicheos comenzaban a extenderse entre las comadres más rancias del pueblo.
Me coloqué entonces al lado de María y le lancé una mirada que pretendía decirlo todo.
Ella se hizo la digna e ignoró mi advertencia, mientras continuaba animando a pleno pulmón a nuestro hermano.
Seguí con la vista fija en Mariuca y no me percaté de lo realmente importante.
Nelu había alcanzado por fin su meta y agarró el pañuelo rojo con un gesto triunfal.
El público rugió, le jaleó y gritó su nombre a los cuatro vientos.
El chico se dejó caer, agotado, pero sin soltar el pañuelo de la mano.
Declan le recogió antes de llegar a tierra, y ambos se dieron un cariñoso abrazo.
María y yo acudimos también hasta ellos y nos abrazamos todos en un gesto que esperaba fuera inocente a ojos de los vecinos.
De todos modos no me separé ni un instante de Mariuca para impedirle expresarse del modo que realmente pretendía, por lo menos de cara a Declan.
—Hemos ganado, Julianín —recalcó Declan mirándole con gesto despectivo—. Creo que el chaval os ha demostrado quién es el mejor. Ahora tenéis que pagar la ronda. Habéis perdido delante de todo el pueblo y es lo que toca, ¿verdad?
—Así es, el niño ha sido el primero en alcanzar el pañuelo, así que es justo vencedor. Y yo, como buen Revilla, pago mis deudas. Todos vosotros estáis invitados a lo que queráis, faltaría más.
Declan hizo un gesto de asentimiento para agradecerle su buen perder. El resto de la gente también lo vitoreó, aunque el espectáculo había terminado y habría que buscar otra diversión esa noche. Nada complicado para los mozos del pueblo en medio de una verbena.
Vi alejarse a Julián, y su mirada fría, distante, me heló un momento el corazón.
Sus ojos se habían dirigido expresamente a mí porque era a la que más conocía, ya que éramos de la misma quinta.
Su mirada me confirmó que no estaba todo dicho.
Pero por el momento tendría que olvidarme del hijo del alcalde.
—¡Venga, chicos! —exclamó Nelu—. Vamos a celebrarlo.
Todos le acompañamos, alborozados, mientras un grupo reducido de personas nos siguió también hasta un puesto de bebidas. Había comenzado además el reparto de sardinas para todos, así que cogimos varios platos y unos vasos de limonada para acompañar.
Declan se alejó entonces unos pasos para hablar con uno de nuestros proveedores, que al parecer quería invitarle a otra ronda por su arrojo al enfrentarse al bravucón de Julián.
El irlandés me pidió permiso con la mirada, detalle que agradecí aunque no hiciera falta, y asentí con un gesto.
Yo no era su madre ni su novia, pero el simple hecho de que quisiera complacerme me llenó de orgullo.
Declan se marchó y yo me quedé un instante absorta, admirando sus andares, hasta que llegó María para estropearme el bonito momento.
—¿Se puede saber qué haces? —me espetó María de muy malos modos.
—No sé de qué me hablas, la verdad —contesté sin caer en su provocación.
Mi hermana, por el contrario, parecía tener ganas de pelea. Sus ojos encendidos y las mejillas arreboladas así lo atestiguaban. Me habló entonces en voz baja para no llamar la atención, pero su mirada de odio me dio mucho miedo, aparte de una pena increíble.
¿Qué le había hecho para que me tratara así? En todo caso debería ser yo la que le echara la bronca por su comportamiento indecoroso delante de los vecinos.
—¿Te crees que no te he visto? —me dijo María—. No soy tonta, sé lo que intentas hacer. Quieres alejar a Declan de mí, pero no lo conseguirás.
—Estás loca, solo dices tonterías. Anda, recapacita y pídeme perdón antes de que le cuente a madre tu comportamiento de hace un rato, restregándote contra Declan delante de todo el mundo.
—No cambies de tema ni quieras hacerme pasar por tonta —soltó ignorando mi comentario—. Tú quieres quitarme a Declan, ya he visto antes como le intentabas coger la mano, camino de la cucaña.
—Eso no ha sido así, te estás equivocando. Además, no creo que tenga que darte explicaciones.
—No tienes ni idea, hermanita. Declan y yo estamos enamorados, y tú no pintas nada en medio. Así que apártate.
María hablaba con una seguridad pasmosa, algo increíble para una niña de su edad.
Eso me asustó aún más. ¿Había estado yo tan ciega?
Deseché esos pensamientos funestos y los alejé de mi mente a todo correr.
No podía perder ni un segundo en elucubraciones, no antes de que mi mente pensara de más.
¿Se le habría insinuado María anteriormente?
No creí que Declan cayera en sus redes, pero un escalofrío recorrió entonces mi espalda.
No podía obviar la realidad. Miré a mi hermana de arriba abajo y comprobé que no estaba tan equivocada en mis apreciaciones.
Por mucho que se hubiera vestido ese día más recatadamente, María ya no era tan pequeña.
Muchos hombres podían sentirse atraídos por una mujer como ella y olvidar su edad, claro.
De todos modos sus palabras habían hecho mella en mí y la velada se había estropeado en un momento.
Tenía que actuar con cabeza, sopesar la situación. No me dejaría llevar por el mal genio: había que razonar y actuar menos con el corazón. Aunque me costara aguantarme las ganas de cruzarle la cara a la mocosa con un buen bofetón.
María se marchó y me dejó con la palabra en la boca. La vi alejarse hacia un corro de gente joven que se encontraba en una esquina de la zona de baile. Y allí se quedó, hablando con sus amigas mientras todas me señalaban; tenía que atajar ese problema lo antes posible.
Segundos después apareció de nuevo Declan a mi lado. Se le veía contento, quizás algo achispado después de beber con los paisanos.
—Ya estoy aquí, ¿me echabas de menos? —bromeó al llegar.
—Ni lo sueñes, irlandés. Y tú tampoco; ya he visto lo bien que te lo pasabas con los mozos del pueblo.