La posada del viajero Un nuevo miembro de la familia #5
27%

Un nuevo miembro de la familia #5

Creí ver un flanco abierto y decidí probar suerte. Nos habíamos ido acercando al espacio reservado para el baile, donde algunas parejas de distintas edades, y también grupos de chicos y chicas jóvenes, bailaban al compás de la música.

—No importa, allá la gente con sus habladurías —afirmé para finiquitar el asunto—. ¿Te gusta bailar?

El irlandés me miró ligeramente sorprendido, pero no le dio tiempo a contestarme. En ese momento escuchamos unas voces masculinas que se dirigían a Declan, y ambos nos dimos la vuelta al mismo tiempo:

—Hombre, inglesito, me alegra verte por aquí —dijo Julián, uno de los mozos más conocidos en el pueblo por ser el hijo del alcalde.

—Déjalo, Julián, este no tiene ni idea. No perdamos más el tiempo —soltó Tomás, uno de sus acólitos.

Julián era el líder de una cuadrilla de jóvenes, casi todos sin oficio ni beneficio, que ganduleaban por el pueblo debido a su posición social. Tomás no era tan pendenciero como su amigo, pero su sentencia hizo mella en mi acompañante.

—¿De qué estáis hablando, si puede saberse? —preguntó curioso Declan.

Julián le sostuvo la mirada, y pensé que se avecinaban problemas. Declan no era de los que se achantaban fácilmente, y menos si le tocaban la moral. Aquellos dos gallitos se medían frente a frente, y yo solo quería que el duelo no terminara a puñetazos.

Varias personas se acercaron a nosotros e hicieron corro, dispuestas siempre a presenciar una buena pelea.

Julián era grande y fuerte, ancho de espaldas y con unas manazas enormes, pero estaba algo fofo.

Y Declan era más alto y fibroso, con unos músculos más trabajados y mayor velocidad de movimientos.

Yo hubiera apostado sin dudarlo por Declan, pero no me apetecía verle otra vez lleno de moratones debido a una pelea.

Iba ya a interponerme entre los dos contrincantes cuando escuché de nuevo la voz de Julián.

—No te piques, inglesito. Solo le decía a mi compadre que los extranjeros no conocéis nuestras costumbres. Ahora comienza el torneo de cucaña, y nos preguntábamos si serías capaz de mancharte para llegar a la meta el primero.

—¿Eso de la cucaña es como el «palo encebado»? —preguntó Declan antes de confirmarlo conmigo.

Al parecer nuestro juego rural había llegado también al otro lado del Atlántico, aunque allí se llamaba de otra manera. Declan parecía picado con esa gente, que seguía burlándose de nosotros, y yo intenté convencerle para alejarnos de allí.

—Ya sé de qué se trata, y no puede ser tan difícil.

—Claro, claro, ya te lo ha explicado tu «hermanita» —replicó Julián.

Declan se quedó un momento parado, pero no quiso entrar al trapo.

El hijo del alcalde había puesto el dedo en la llaga sobre el tema del que habíamos estado hablando anteriormente, y yo no sabía cómo podía reaccionar Declan.

Le pedí tranquilidad con la mirada, pero no supe si me había entendido a la primera.

Afortunadamente no se sintió ofendido, ni pensó que tenía algo que demostrar por nuestra relación.

Así que sonrió con su habitual mueca irónica y le contestó con chulería al aprendiz de cacique.

—En mi tierra también tenemos nuestras costumbres, no os creáis tan especiales, Julianín. Y puede que este «inglesito» os dé una sorpresa...

—¡Uuuh, fantasma! —exclamó Julián, molesto por haber escuchado su diminutivo usado de forma despectiva—. Muy bien, veamos lo que sabes hacer. Organizaremos una competición entre los dos grupos: los Abascal y tú, contra nosotros. El que pierda tendrá que pagarle una ronda al equipo ganador.

—¡Pero eso no es justo! —grité sin poder controlarme.

Nelu y María se habían acercado hasta nuestra posición durante el rifirrafe. Yo no quería meter a los niños en la discusión, pero al parecer ellos no opinaban lo mismo. Debatimos unos instantes entre todos, y al final dimos nuestra aprobación.

—De acuerdo, allá vamos —confirmó Declan como cabeza del grupo.

—Muy bien, la familia al completo. Nos vamos a echar unas risas entre el enano, el extranjero y las niñitas, si es que las damiselas pretenden subir a lo alto de la cucaña con esos vestiditos de domingo.

María le echó una mirada furibunda a Julián y yo tuve que agarrarla del brazo para que no se fuera directa por el bravucón. Allí todos teníamos la sangre caliente, pero vi que Declan estaba aparentemente muy calmado.

—Venga, chicos, que no se diga. Nelu, tú vienes conmigo —dijo el irlandés—. Vamos a enseñárseles a estos lo que es bueno...

—¡Sííí!

El niño saltó y gritó alborozado, acompañando al resto de la comitiva hasta el extremo sur de la era. Allí estaba dispuesta la cucaña, con su pañuelo rojo en la punta, lo que significaba que nadie había conseguido aún trepar hasta lo más alto.

Una multitud se agolpó entonces a nuestro alrededor.

Nelu y María corrieron delante, justo al lado del grupo de Julián, pero Declan y yo fuimos algo más despacio, rodeados por varios de nuestros vecinos y amigos.

Las discusiones sobre el tema se sucedían a nuestro alrededor; parecía que la verbena popular había quedado a un lado, y ya solo importaba el reto de los gallitos de pelea.

Declan me cogió entonces de la mano, tal vez para que supiera que todo iría bien.

No quise interpretarlo de otra manera; no bajo aquellas circunstancias.

Pero aquellos escasos metros que recorrimos con nuestros dedos entrelazados, sintiendo su piel contra la mía, me hicieron anhelar aún más esa cercanía que necesitaba de él.

Aunque traté de no delatarme, seguramente tuve alguna reacción que debió de revelar a Declan lo que yo había sentido en ese momento.

Ignoraba lo que pasaba entonces por su mente, pero el irlandés me observó de reojo, dejó caer mi mano y apretó el paso para no quedarse atrás.

Le miré de frente y creí distinguir un asomo de rubor en sus mejillas, fruto quizás del momento que acabábamos de vivir.

—Hombre, por fin han llegado nuestros contrincantes. ¡Prepárate a perder, inglesito! —fanfarroneó Julián.

El cacique decidió que el turno comenzaba por él, y así se dio la oportunidad de conseguir el premio a la primera. Nosotros no protestamos, aunque debería haberse echado a suertes. No nos preocupaba lo más mínimo que él consiguiera llegar hasta arriba, no con ese cuerpo.

El tiempo vino a darme la razón. Julián se encaramó al tronco embadurnado con grasa y no subió más de medio metro.

Enseguida vimos cómo resbalaba y volvía a caer, por mucho que sus secuaces le sujetaran desde abajo.

Le cogían de las posaderas y le daban impulso hacia arriba, algo que tampoco estaba permitido en una competición de cucaña, pero seguimos sin protestar.

No nos valdría de nada: las reglas las imponía el hijo del alcalde y todos lo sabíamos.

Sudoroso y jadeante, el bravucón se dejó caer hasta el suelo, exhausto.

Julián nos miró con gesto desafiante, sabiendo que había hecho el ridículo delante de todo el pueblo, pero nadie levantó la voz a nuestro alrededor.

Habíamos empezado ganando la batalla, pero la guerra estaba lejos de terminar y yo sospechaba que el cacique guardaba ases bajo su manga.

—Es tu turno, extranjero —escupió Julián de mala gana—. Ya veremos si se te quita esa sonrisita estúpida de la cara.

Declan llevaba dibujado en su rostro el gesto cínico que yo tan bien conocía, y al parecer a su contrincante no le había sentado nada bien.

El irlandés se encaramó entonces al tronco, ayudado por algunos mozos del pueblo.

Declan se había desprendido de su chaquetilla, pero su atuendo no era el más adecuado para trepar por un palo engrasado.

De todos modos consiguió avanzar poco a poco, ayudado de manos y piernas, mientras la multitud le jaleaba, dividida en dos bandos irreconciliables.

—¡Así se hace, Declan! —exclamó un vecino.

—El maldito inglés se agarra como un mono, eso es trampa —gritó otro paisano.

—Cállate, Narciso. El muchachu lo está haciendo muy bien para ser su primera vez.

Yo permanecía absorta, con los ojos fijos en lo alto de la cucaña, casi ajena a lo que se comentaba a mi alrededor. Nelu animaba a Declan con todas sus fuerzas, y María permanecía también atenta, pero muy callada, situada a escasos metros de nosotros.

Declan miró a la multitud desde lo alto, situado más o menos a la mitad del recorrido, y desistió en su primer intento. Estaba agotado, agarrado a un palo resbaladizo que no le daba la más mínima oportunidad, por lo que se dejó caer hasta poner de nuevo los pies en el suelo.

—Ha sido mi primera vez, pero ya le voy cogiendo el truco. Voy a descansar un poco, creo que puedo conseguirlo en un par de intentos más.

—Seguro que sí —contesté no muy convencida.

—No os preocupéis, yo lo haré —dijo Nelu muy ufano.

Declan le revolvió la cabeza con un gesto cariñoso, porque sin duda sabía que el crío lo tendría también muy difícil.

Por muy bien que trepara a los árboles, aquello era muy diferente.

Se necesitaba habilidad, pero también aguante, fortaleza y resistencia física.

Y en los ojos del irlandés creí entrever que no confiaba demasiado en las posibilidades de mi hermano pequeño.

—Muy bien, es nuestro turno. Sebas, te toca... —dijo Julián dirigiéndose a la multitud, como un consumado maestro de ceremonias ante su público.

—¡Alto ahí! —salté entonces—. Sebas no iba contigo en tu grupo. No puede participar en el torneo.

—Sebas es de la cuadrilla de toda la vida, ¿verdad? Nadie le va a impedir que participe y gane el torneo para nosotros.

Julián nos miró con gesto triunfal, mientras los allí presentes asentían.

Algunos le reían las gracias al hijo del alcalde, aunque el pueblo entero supiera que Sebas no era de su cuadrilla.

Solo le habían reclutado porque había sido el campeón regional de cucaña durante los tres últimos años.

Una trampa en toda regla por la que íbamos a perder la partida.