Un nuevo miembro de la familia #4
Nuestros dedos se rozaron solo un instante, pero la descarga eléctrica nos sorprendió a los dos por igual.
Mi piel ardió al contacto con la de Declan, y eso no podía rebatírmelo nadie.
Allí había sucedido algo especial en lo que ninguno quisimos profundizar, por lo menos en ese momento.
Azorada, solté el asa con rapidez y Declan se rehizo también enseguida.
—No te preocupes, tampoco es para tanto —contestó envarado—. Cargué mucho más peso en el barco que me llevó a Cuba, o en el mismo puerto de La Habana cuando trabajaba allí, te lo aseguro.
—Ya me imagino... Pero no quiero que te lesiones y luego mi madre me eche la bronca si te lastimas por mi culpa o recaes de tus viejas heridas.
—Gracias, Amaya; de verdad que no hace falta, me encuentro bien.
El momento mágico había pasado y ambos preferimos obviarlo, aunque nos hubiera turbado a los dos.
Continuamos andando unos metros, justo hasta el comienzo de la ascensión.
Declan paró un instante, bajó el capazo al suelo y miró hacia arriba, oteando la línea de casas donde se encontraba nuestro hogar.
Suspiró, tomó aire y se subió de nuevo la cesta al hombro, al tiempo que reanudaba la marcha en silencio.
Yo preferí también callar, sumida en mis propios pensamientos. Declan forzó entonces el paso con sus largas piernas, obligándome a caminar también a mí más deprisa para no perder comba. No podía permitir que él llegara antes que yo a casa, y eso que iba cargado con casi dos arrobas de pescado.
Con el paso de los días, el irlandés me iba desconcertando cada vez más y no sabía a qué atenerme con él.
No quería comportarme como María en presencia de Declan —aunque a decir verdad llevaba una temporada sin ver esas peligrosas actitudes en la niña—, pero debía de ser evidente hasta para un ciego que yo andaba interesada en Declan.
Y él a veces parecía seguirme la corriente, cuando jugueteábamos en lo alto del carro para ver quién se encargaba de llevar las bridas, o trabajábamos juntos en el huerto.
Yo aspiraba a algo más y no quería ponerme en evidencia, pero a veces su comportamiento me sacaba de quicio.
En presencia de mis mayores, Declan evitaba tratarme con tanta familiaridad, pero cuando nos encontrábamos a solas se convertía en una persona diferente.
Su atrevimiento subió un escalón e incluso en cierta ocasión me puso en un serio compromiso mientras limpiaba las habitaciones de la planta superior.
El irlandés entró en el cuarto que yo estaba arreglando y cerró la puerta a su espalda.
Yo estaba a punto de protestar por su comportamiento cuando él se acercó a mí, me agarró de la cintura y acercó su rostro al mío.
Me quedé un momento paralizada. No sabía lo que estaba sucediendo.
Mi cerebro no se dejó llevar por el pánico y arrinconó el deseo de mi cuerpo antes de que el drama sobrevolara nuestras cabezas.
Hasta que noté el aleteo de una mariposa en mi estómago tras sentir en los labios el fugaz beso que Declan me robó sin avisar.
—¿Qué haces? ¿Estás loco? —susurré más que grité, asustada por si mi madre nos pillaba in fraganti .
—Nada, Amaya. No hace falta ponerse así.
—Sal de aquí, tengo que trabajar. Y tú tienes también tareas pendientes, ¿verdad?
Me desembaracé de sus fuertes brazos como pude, mientras la sonrisa cínica de Mclister se apagaba poco a poco.
No sabía lo que se proponía con ese avance, y me pilló con la guardia baja.
Tal vez fuera solo un juego inocente, o quizás Declan se había intentado sobrepasar de los límites que imponía el decoro.
No había sucedido nada grave, pero no podía quitármelo de la cabeza. Tal vez fui una idiota al comportarme así y perder la oportunidad de aclarar las cosas. Yo me estaba enamorando de Declan y esperaba que él también sintiera algo por mí.
Las bromas, chanzas y chascarrillos se sucedían con más frecuencia, y aumentaba poco a poco el grado de intimidad entre los dos, pero yo no le dejaba traspasar el umbral de lo correcto.
No iba a permitir que me tratara como a una cualquiera, y dejarme besuquear o manosear a salto de mata, escondidos como dos vulgares delincuentes.
Si Mclister pretendía algo de mí, tendría que hacer lo correcto: hablar con mi familia, y pedirles permiso formal para cortejarme.
Unos días después, y cuando menos lo esperábamos, algo vino a enturbiar la aparente aunque frágil tranquilidad que se respiraba en nuestra casa. Y eso que la tarde había comenzado de la mejor manera, cuando escuchamos a mi madre decir:
—Venga, chicas, dejad lo que estéis haciendo. Hoy es sábado y mañana es el día del Señor; que no se diga que la señá Inés impide a sus hijas disfrutar de las fiestas del barrio de la Cuba.
La actitud de nuestra madre nos pilló por sorpresa, pero ambas asentimos antes de que cambiara de idea, con ganas de disfrutar de las fiestas de San Antonio. Incluso ella nos aseguró que más tarde quizás se pasara también por la verbena con el abuelo, aunque no terminamos de creerlo.
Nos fuimos juntas por el pasillo adelante, con Mariuca dando saltos por el camino.
Parecía muy feliz, y yo conocía los motivos.
Aparte de olvidarse de las duras tareas del hogar y de poder disfrutar de un rato de diversión en la verbena, mi hermana seguramente pensaba que podría pasar un rato con Declan fuera de los muros de nuestra casa.
Elegí un conjunto veraniego para esa tarde calurosa, con aquel bochorno tan típico de las zonas costeras.
Sabía que refrescaría más tarde al encontrarnos tan cerca del mar, así que me eché también una chaqueta por si acaso.
Mientras tanto, vigilé como pude los movimientos de María: no quería que mi madre sufriera un síncope de nuevo al verla aparecer toda descocada.
A mi hermana se le iluminaba la cara al hablar de Declan, y ni siquiera había caído en la cuenta de que yo también estaba colada por el irlandés.
Lo peor era que esa misma semana la había sorprendido en una actitud que no me gustó nada: miradas, cuchicheos y sonrisitas entre los dos que me enervaban.
Pero yo debía mantenerme en mi posición, aun a riesgo de ser la idiota de aquella historia.
¿Sería Declan un simple embaucador? ¿O solo le gustaba flirtear con las jóvenes de Casa Abascal? Debía pasar página y desechar esas absurdas ideas.
María escogió un vestido sencillo, se hizo un recogido en su pelo rubio, y ni siquiera pensó en maquillarse la cara. Su tez pálida había comenzado a sonrosarse con la llegada del buen tiempo, y la verdad es que estaba muy guapa, con aquellas hermosas pecas que le enmarcaban su bonito rostro.
Cuando salimos al exterior, Declan y Nelu ya estaban esperándonos para acompañarnos a la verbena, mi madre debía de haberles avisado.
Declan llevaba un pantalón de algodón y una camisa de cuadros.
Se le veía jovial, contento por cambiar las rutinas de todos los días.
Y Nelu estaba entusiasmado, encantado de acudir a la verbena con los mayores.
Nada más llegar a la era nos encontramos de golpe con un montón de personas que habían tenido la misma idea que nosotros. La fiesta se encontraba ya muy animada, y el ambiente distendido nos contagió enseguida el buen humor.
En un lateral divisamos a varios hombres que preparaban una sardinada. El aroma del pescado fresco del Cantábrico, asado a la vieja usanza, impregnó entonces el aire, avisando a los habitantes de Suances de la inminente degustación.
Enseguida perdí de vista a los pequeños, aunque los encontré de nuevo instantes después.
Nelu se unió a sus amigos y María se había acercado a un grupo de chicas jóvenes, demasiado arregladas para mi gusto.
Vamos, que el caso de Mariuca no era el único en el barrio; aquellas mocosas querían crecer todas antes de tiempo.
Distraída con mis hermanos, ni me había dado cuenta de que Declan se había alejado algo de mí. Cuando me di la vuelta le vi acercarse con dos vasos de limonada en la mano y una sonrisa franca en el rostro.
—Vaya, veo que te desenvuelves muy bien entre mis paisanos —le dije—. Vamos, que eres casi más conocido que yo entre la gente de Suances.
—No seas exagerada, anda. Tú y tu familia sois muy conocidos en toda la comarca, te lo puedo asegurar.
—¿Ah, sí? ¿No me digas que has escuchado algo por ahí de nosotros? —pregunté curiosa.
—Bueno, sí, alguna cosilla. Sobre todo hablan de lo trabajadores que sois, de lo contentos que salen los huéspedes de Casa Abascal y todo eso —dijo Declan sin demasiada convicción—. ¿Y sobre mí has escuchado algo?
—Poca cosa. Al parecer se sorprenden de que un buen mozo como tú, en edad de merecer, no tenga novia ni mujer... —me aventuré a decir.
—Claro, ya imagino. Y seguro que en el pueblo también hay rumores sobre nosotros.
—¿Nosotros? —inquirí intranquila. No sabía si Declan se refería a que los vecinos nos habían visto juntos en más de una ocasión.
—Ciertos rumores han llegado hasta mis oídos, sí: que si me aprovecho de vuestra generosidad y solo quiero sacaros los cuartos; que si soy un delincuente buscado por la policía que se oculta en Casa Abascal con vuestra connivencia; que si soy tu hermanastro perdido, un invertido al que protegéis...
—¿Qué has dicho? No puede ser cierto.
—Lo último se lo escuché decir a dos borrachos en una taberna del centro el otro día.
Según uno de ellos, tu padre había tenido un romance con una inglesa que vivía en Castro.
Años después este pobre inglesito llegó a vuestra casa huyendo de las autoridades, porque había sido sorprendido en actitud más que indecorosa en cierto antro de Santander.
—Pero ¿de dónde se han sacado semejante disparate?
—No lo sé, y tampoco le doy mayor importancia. Al principio me enfadé al escuchar tantas sandeces, pero al final me reí por lo absurdo de la situación.
—¿Absurdo por ser mi hermanastro, por ser invertido o...?
—Por todo, Amaya, da igual.