Un nuevo miembro de la familia #3
—¡Sí, madre! Sería genial que Declan se quedara con nosotros —exclamó a voz en grito Nelu, mientras yo asentía y mi hermana esbozaba una tímida sonrisa.
—No sé, no sé...
—El muchacho tiene razón, Inés. Es un chico fuerte y nos puede ser de gran ayuda.
Además, tú misma decías que alguien tendría que encargarse de pagar su manutención de estos días.
Don Anselmo únicamente se hacía cargo de los primeros gastos.
Pues ya tienes la solución, por lo menos para estas semanas. Después ya veremos.
El abuelo dictó sentencia, pero quien llevaba los pantalones en casa era mi madre. Hasta que ella no diera el visto bueno no podríamos cantar victoria. Todos aguantamos unos segundos la respiración mientras ella se levantaba de la mesa para recoger los platos de postre.
—Bueno, ya veremos. Me lo tengo que pensar.
Eso ya era un triunfo. Y yo sabía que mi madre estaba a punto de claudicar...
Al final mi madre dio su brazo a torcer, y Declan Mclister se quedó con nosotros.
Tras reponerse de sus heridas comenzó a trabajar en la huerta, tarea que he de decir se le daba mucho mejor que a nosotras.
También se encargaba de llevar o recoger pedidos, tanto en Suances como en poblaciones cercanas, utilizando para ello una desvencijada carreta que teníamos, enganchada a un viejo mulo que ya había ofrecido sus mejores años.
El irlandés decidió olvidarse de la denuncia a las autoridades por la paliza que había recibido, y nosotros no insistimos.
Declan consiguió incluso ablandar un poco a nuestra madre, sin llegar a ganársela del todo, pero sí consiguió su respeto.
Y, por supuesto, aparte del nuestro, se ganó el afecto de vecinos, huéspedes y comerciantes con los que tratábamos.
Enseguida le colocaron un apodo en Suances, y ese no podía ser otro que «el inglés».
Al principio Declan se enfadó un poco, e intentó explicar al que le llamaba de esa manera la diferencia entre los irlandeses y los ingleses, pero terminó por desistir.
Los montañeses no atendían a razones y, para todos ellos, Mclister sería siempre el extranjero llegado de ultramar.
El güelu y mi madre enseguida se percataron de las habilidades de Declan.
Sobre todo cuando Mclister encontró errores puntuales en facturas que debíamos pagar.
El irlandés entendía de números, y a mi madre le habían colado algún que otro gazapo que le pasó desapercibido.
Gracias a Declan nos ahorramos unos reales y eso contribuyó a mejorar la confianza de los mayores de la casa en su desempeño.
La primavera acabó pronto y con la inminente llegada del verano terminaron las clases para los más pequeños. Nelu nos ayudaba con algunos recados, pero pasaba más tiempo subido a los árboles o en la playa con sus amigos de la escuela. Aunque el caso de María era completamente distinto.
Tras la desastrosa cena donde había estallado todo, mi madre y Mariuca andaban siempre a la gresca.
El castigo tras su bochornosa actuación delante de Declan fue de órdago, pero la niña no había dicho la última palabra.
A mi hermana se le había metido el irlandés entre ceja y ceja, y eso era muy peligroso.
En más de una ocasión sorprendí a María hablando muy animadamente con Declan, ya fuera en el huerto, en la cocina o incluso al pie del carromato cuando el irlandés se dirigía a cualquier recado.
Sus gestos la delataban: formaba un remolino con su pelo mientras le ponía ojitos de cordero degollado, se arrimaba demasiado a él cuando se cruzaban o incluso le tocaba sin disimulo a la menor oportunidad.
Al principio no me preocupé en exceso por los devaneos de María, ya que Declan parecía no darse cuenta y la seguía tratando como a una niña.
Tal vez cometí un error en ese punto, y debí cortar de raíz cualquier intento de acercamiento por parte de mi hermana pequeña.
De ese modo quizás me hubiera ahorrado más de un disgusto.
De todos modos, permanecí ojo avizor, atenta a los movimientos de todos los habitantes de la casa.
Declan y yo nos llevábamos bien, y nuestra amistad fue creciendo durante la primavera.
Al principio pensé que me trataría como a una hermana o una prima suya, algo bastante alejado del cariz romántico que yo imaginaba en mis ensoñaciones, pero poco a poco Declan comenzó a comportarse de manera diferente conmigo.
Incluso las chanzas e insinuaciones de los primeros días dieron paso a un flirteo algo más sutil.
En el fondo no me quería hacer ilusiones, ni tampoco me decidía a dar un paso más allá por diversos motivos. Declan era un forastero, un viajero llegado de lejanas tierras que buscaba todavía un lugar en el mundo. Y yo sabía que el irlandés no se quedaría en Suances para siempre.
La primavera siguió su camino sin inmutarse y una mañana de junio mi madre me envió a comprar pescado fresco.
Solíamos dirigirnos a los alrededores de la playa de la Riberuca, donde podíamos adquirirlo recién traído del mar.
Me gustaba ir dando un paseo hasta allí, aunque luego tuviera que subir la cuesta cargada con las provisiones.
—Si quieres te ayudo, Amaya. ¿Puedo ir yo también, señora Inés? —dijo entonces Declan dirigiéndose a mi madre—. Ya he acabado con la tarea de hoy en el huerto.
—De acuerdo, pero no os entretengáis por el camino. Hay que limpiar luego el pescado, y queda todavía mucho que hacer por aquí.
Ambos asentimos, incrédulos ante la facilidad con la que mi madre había claudicado a semejante petición. Yo me guardé la sonrisa para no alertar a la matriarca de los Abascal, y salí de allí en compañía de Declan.
Después de semanas de trato entre ambos, habíamos terminado por tutearnos, aunque esa familiaridad no estuviera bien vista entre un hombre y una mujer que no fueran parientes.
Trabajábamos juntos, vivíamos en la misma finca —aunque yo siguiera en la casa familiar y Declan en su habitación de la casona principal, de la que no había querido moverse—, y el roce era continuo, sin contar con el arte del flirteo que yo empezaba a descubrir.
No pareció que la gente le diera importancia, así que comenzamos también a tutearnos en público sin apenas darnos cuenta.
De camino a la Riberuca nos detuvimos un momento en el mirador natural que se abría en un recodo del camino.
—Es una vista muy hermosa, vivís en un lugar maravilloso. Suances es increíble y esta zona me trae también muy buenos recuerdos de mi querida Irlanda.
—La verdad es que sí, me encanta mi tierra.
Aunque también me gustaría visitar otros países, como has hecho tú.
Aquí nos conocemos todos y a veces es un poco asfixiante.
Tal vez algún día decida irme a vivir a una gran ciudad, donde pueda ser una persona anónima y no Amayuca, o la hija de la señá Inés.
—Creo que te entiendo. Lo mismo me ocurría a mí en Cork, mi condado en Irlanda. Los pueblos pequeños son así, para lo bueno y para lo malo.
—Bueno, pero tú llevas mucho tiempo fuera de casa. ¿Echas de menos tu tierra?
—Nada más llegar a Cuba sí la eché de menos, muchísimo en realidad. Me sentía perdido en un lugar donde yo era un extraño, el extranjero que ni siquiera hablaba bien el idioma nativo. Pero al final me acostumbré y puedo decir que fui feliz en una isla donde crecí como persona.
—Y ahora llegas aquí y te apodan «el inglés».
—No me molesta, te lo aseguro. Pero entiendo lo que quieres decir. En Cuba era el extranjero, aquí soy el inglés, siempre estoy desubicado... Y quizás por eso, y por estos paisajes que me recuerdan a Irlanda, a veces vuelvo a pensar en mi tierra con nostalgia.
—¿Y por qué no regresas? —me aventuré a preguntar con miedo.
—Ya no me queda nadie allí. Y mis amigos se habrán olvidado de mí después de tantos años fuera.
Ambos nos quedamos pensativos unos instantes, y continuamos nuestro camino, serpenteando a través de la colina para alcanzar el nivel del mar justo al llegar a la playa de la Riberuca.
Las pescadoras se afanaban con la tarea y los barcos llegados de mar adentro atracaban en los pantalanes para descargar su mercancía. Mis paisanas trabajaban muy duro, mientras cantaban a pleno pulmón, o contaban chistes picantes que las demás comadres agradecían y reían con ganas.
—¿Dónde vas tan bien acompañada, Amayuca? —preguntó Rufina, una de las más vocingleras.
—Uy, uy, uy, si es el inglesito. Ten cuidado, mi amol , que será inglés, pero igual se le ha pegado algo bueno en Cuba, ja, ja —dijo Teresa, su mejor amiga.
—Yo sí que le hacía algo bueno al muchacho. ¡Está de toma pan y moja!
—Calla, Rufina, que como te oiga el Nicolás te vas a enterar.
—A ver si es verdad, que me tiene a dos velas desde hace meses.
No hubiera creído yo que Declan fuera un chico vergonzoso, pero las pescadoras consiguieron sacarle los colores.
Quizás se debía al hecho de encontrarse en mi compañía; en esos momentos no podía saberlo.
Hice oídos sordos y fui en busca del tenderete de Antonia, una de las habituales para comprar el pescado de Casa Abascal.
Declan sonrió algo azorado y me acompañó, con las risas de las comadres de telón de fondo.
Antonia fue sirviéndome lo que le había pedido, mientras Declan lo depositaba en el interior del capazo de mimbre que llevábamos. La mujer nos miró de hito en hito, y yo sabía que se estaba mordiendo la lengua, aunque al final no se aguantó las ganas:
—Deja que lo lleve él al hombro, Amayuca. Parece buen mozo y no se le van a caer los anillos. Tendrás que comprobar si esos músculos son solo una fachada o tiene algo más debajo, tú ya me entiendes. No vaya a ser que a la hora de la verdad te lleves una desilusión con el muchachu .
Sonreí para mis adentros, pero no me di la vuelta ni dije nada, y continué mi camino. De todas formas, Declan hizo caso a la mujer y cargó con el capazo, impidiendo que yo pudiera ayudarle a llevarlo.
—Mejor cogemos cada uno de un asa, que la cesta pesa bastante para uno solo —aseguré mientras echaba mano al capazo.