La verdadera historia #4
Estuvo buscando otro tipo de trabajo en la ciudad, e incluso preguntó a conocidos por si tenían noticia de algún empleo en otra población de la isla.
Si no podía salir de Cuba, por lo menos de momento, prefería alejarse de La Habana.
De ese modo podría dejar atrás a Perlita, la hacienda Mendoza y todo lo que tuviera que ver con lo vivido hasta entonces en su peripecia americana.
Mclister cayó en un trastorno depresivo y sus compañeros lo notaron.
Siguió trabajando en los muelles, pero su alegría de vivir se había evaporado.
Ya no bromeaba con sus compadres, ni aceptaba las chanzas de los demás.
De hecho, a Íñigo y a otros bocazas del muelle ya les había dejado las cosas muy claras.
Aun así, los puños del irlandés tuvieron que emplearse a fondo en más de una ocasión para zanjar cualquier asunto.
El joven oriundo de Cove necesitaba el dinero para subsistir, pero Samuel estaba más que harto de su pupilo irlandés: desidia, insubordinación, bajo rendimiento y, además, broncas todo el día.
Declan intentaba no frecuentar las tabernas del puerto, porque cada vez que acudía a una terminaba en una trifulca.
La situación se volvió insostenible y, al final, Mclister perdió su empleo.
Su jefe tuvo que despedirle al ver el cariz que estaba tomando la situación, aunque en el fondo apreciaba al muchacho y no le deseaba ningún mal.
—Esta es tu última paga, irlandés. Haz buen uso de ella, creo que tienes deudas por media ciudad. Yo de ti me plantearía las cosas de otra manera: al final acabarás destripado en cualquier callejón. O tal vez sirvas de comida para los peces de la bahía, tú verás.
Declan abandonó el puerto, camino de su pensión.
La Tomasa tampoco le pasó ni una más, y le amenazó con echarle si no pagaba religiosamente.
Las siguientes jornadas fueron horrendas.
Estuvo cuatro o cinco días encerrado en su habitación, impidiendo siquiera que la Tomasa limpiara el cuarto.
Con la única compañía de unas botellas de ron, Mclister se entregó a la autodestrucción total.
No comía, no salía a la calle, no dormía. Se empecinaba en flagelarse y castigarse por cosas que solo estaban en su cabeza: la muerte de sus padres, la boda de Emma, su mala suerte en la isla, su pasión devoradora por Perlita y otras tonterías que le dejaron el cerebro a punto de la licuefacción.
Fueron William y Raúl quienes consiguieron sacarle de allí a la fuerza.
Le ayudaron a lavarse y vestirse, e intentaron adecentarle del mejor modo posible antes de poner un pie en la calle.
Mclister había pasado los últimos días en penumbra, como un animal enjaulado, y el cambio fue demasiado brutal para sus sentidos inhibidos.
La intensidad de la luz caribeña le atravesó el cerebro sin misericordia y aumentó la dolorosa jaqueca que ya le asediaba desde hacía días.
—No, por favor —gemía entre susurros—. Dejadme en paz, no quiero hacer nada.
—Venga, anímate —contestó Raúl—. Tienes que enderezar ese cuerpo y alegrar un poco esa cara, pareces recién salido de la tumba. Que te dé un poco el aire, ya verás como te sienta bien.
—¡No quiero! Este mundo es una mierda, y yo no quiero formar parte de él. Hubiera sido mejor morir yo en aquel incendio en lugar de mis padres.
Raúl no entendía nada, tampoco conocía la vida de Declan al detalle. William sin embargo asintió, ya que él sí conocía la desgracia de la familia Mclister, allá en Irlanda.
—Anda, no digas más tonterías —le contestó William en inglés, intentando llegarle al corazón—. Espabila, tenemos una sorpresa para ti.
—No me gustan las sorpresas, siempre acaban por joderme la vida, Will —respondió algo más calmado el irlandés en su propia lengua.
—¡Maldita sea! —gritó Raúl—. Hablad en cristiano de una puñetera vez o me voy de aquí y os dejo solos.
—De acuerdo, tranquilo —contestó William.
La sorpresa que le tenían preparada a su antiguo compañero fue la posibilidad de un empleo en una de las tabernas del puerto.
No era la más elegante de la zona, pero tampoco una de las peores.
Tal vez no fuera lo más apropiado para su situación, pero Mclister debía cambiar su comportamiento destructivo.
Cuando Declan conoció las intenciones de sus amigos protestó, pero no le quedó otro remedio.
Intentó comportarse delante del dueño de la taberna y le aseguró que había trabajado de mesero en su lejana tierra.
Ninguno de los allí presentes le creyó, pero todos parecían dispuestos a darle una oportunidad.
—Está bien, maldita sea —sentenció Julio, el dueño de la taberna La Milagrosa—.
Este chico tiene cara de muerto, la verdad, pero sus ojos no me engañan.
Es buena gente y por esta vez voy a ayudaros.
Pero te lo advierto, Raúl. Si hay algún problema con él, te haré directamente responsable de lo que suceda en mi local.
—Todo irá bien, ya lo verás —contestó el interpelado—. ¿Verdad, irlandés? Declan trabajará como el que más y te demostrará que no te equivocas al contratarle.
—Habrá que comprobarlo, Raúl, no las tengo todas conmigo. Bueno, primero que se recupere un poco, le veo falto de forma —dijo Julio antes de dirigirse directamente a Declan—. A ti te espero el lunes que viene a las nueve en punto de la mañana, hay mucho que hacer en la taberna. Y no me falles.
Declan levantó las manos en señal de asentimiento, musitando unas escuetas gracias que casi nadie escuchó. Comprendió que era la única manera de olvidar el pasado, aunque debería tener mucha fuerza de voluntad allí dentro para no caer de nuevo en las garras del alcohol.
Mclister comenzó de nuevo y trabajó con ahínco para no pensar en nada más.
Llegaba a la pensión destrozado, medio muerto después de una jornada agotadora.
Y eso que pensaba que la labor en el puerto era más dura.
En aquel tugurio de mala muerte era un simple empleado, pero no perdía la ilusión por prosperar en la isla.
Al final desestimó abandonar Cuba, al menos de momento. Su sueldo era escaso, pero intentaba ahorrar para un futuro que todavía se mostraba descorazonador.
Meses después, ya más afianzado en su nuevo puesto, llegó hasta sus oídos la noticia del enlace nupcial entre Emma Watson y Antonio Mendoza; una boda de la que se hicieron eco en las páginas de sociedad de los periódicos cubanos.
Emma se había convertido en una persona muy importante en la isla, pero a Declan no le importaba.
O eso se decía a sí mismo, castigándose por algo en lo que no tenía ni voz ni voto.
Por supuesto no acudió al evento, pero no se arrepentía. Él no pintaba nada en una boda de alto copete; se hubiera sentido como un pez fuera del agua en semejante ambiente. No le deseaba ningún mal a la nueva señora Mendoza, ni siquiera a su marido, pero prefería no volver a saber nada de ellos.
En esos días, alguien desconocido hasta entonces para Declan vino a sacarle de su ensimismamiento.
Se trataba de un nuevo parroquiano que se encontraba de paso en la ciudad, ya que permanecería únicamente unos días en La Habana por negocios.
El señor Maestro, que así se llamaba, era un terrateniente español que tenía su propiedad a muchos kilómetros de la capital, en la provincia de Cienfuegos.
Y, por lo visto, aquellos días le gustaba acudir cada noche a La Milagrosa para tomar un trago mientras charlaba con aquel mesero tan poco habitual en la isla.
—Buenas noches, don Andrés. Veo que está de vuelta por aquí, me alegra verle —aseguró Declan nada más cruzar sus miradas.
—Sí, muchachu , ya estoy aquí de nuevo. Me he acostumbrado a tomarme una cerveza fresquita mientras charlo un rato contigo, por lo menos hasta que regrese a mi casa.
—Honor que me hace... Pero que no se entere mi jefe de que estoy de cháchara, que si no me veo de nuevo en la calle sin un penique.
—Ya será menos. Además, si te quedas sin trabajo siempre te puedes venir conmigo a Cienfuegos. Hombres como tú son necesarios para sacar este país adelante, y en mi casa no te iba a faltar de nada.
—Le tomo la palabra. Igual luego se arrepiente de su ofrecimiento.
A Declan le cayó simpático aquel señor. Al parecer había salido de su tierra natal, un pueblecito situado en la costa cantábrica española, en el norte del país, hacía más de treinta años.
Llegó a Cuba con una mano delante y otra detrás, pero en ese momento tenía una próspera situación y era un hombre respetado en su comunidad.
—Tengo mis problemas, claro, como todo el mundo —aseguró Maestro—. Entre otras cosas, por abolir la esclavitud en mis propiedades, aunque también hay otros asuntos. La verdad es que los últimos años están siendo complicados.
—¿Y eso? —preguntó Declan con curiosidad.
—Las guerras no hacen bien a nadie, y da igual si te posicionas o no, siempre sales escaldado.
—Vaya, lo lamento.
—No te preocupes, ya pasó. Esta guerra se está acabando y los cubanos no obtendrán nada a cambio. Y, como nos descuidemos, Estados Unidos querrá sacar también beneficio. Si se les mete en la cabeza que Cuba se convierta en un nuevo estado norteamericano, los gringos lo conseguirán.
—Muy claro lo ve usted, don Andrés. No creo yo que España lo permitiera: no iba a regalar sus posesiones a los yankies sin luchar.
—Yo, por si acaso, he tomado una decisión de la que igual me arrepiento.
Se supone que servirá para mejorar la producción en mis tierras, pero seguro que me granjeo enemigos al comprar esas máquinas y contratar ingenieros americanos para ayudarme a procesar mejor la producción. Y ahí tú podrías ayudarme.
—¿Yo? No sé en qué podría servirle.
—Los gringos no hablan bien el español, y yo solo chapurreo unas palabras de inglés. Tú dominas los dos idiomas, podrías ser el enlace entre los ingenieros y mis hombres. Además, seguro que luego podrías encargarte de otros menesteres en mi propiedad; pareces un chico listo.