De viaje hacia el nuevo mundo #2
Siempre que podía escaquearse de sus obligaciones, Declan intentaba localizar a la señorita Watson para charlar con ella.
Aunque Emma era unos años mayor que él y de una clase social superior —detalles que no le importaban lo más mínimo al irlandés y parecía que tampoco a la joven inglesa—, ambos se sentían cómodos en compañía del otro.
Emma le explicó brevemente su historia a Declan.
Había perdido su trabajo de institutriz en Londres, y determinadas circunstancias familiares le obligaron a aceptar un empleo muy lejos de su patria, en La Habana.
Allí se haría cargo de la educación de Marcos y Juan, los hijos del señor Mendoza, un hacendado con intereses comerciales en varias islas del Caribe, Florida y la capital inglesa.
El español había enviudado hacía poco tiempo, allá en Cuba, y necesitaba que alguien se encargara de sus vástagos.
—Espero no haberme equivocado, Emma —le confesó Declan tras narrarle también sus peripecias—. Tras la muerte de mis padres me ofusqué, y al conocer al oficial Douglas vi los cielos abiertos. Creí que comenzar una nueva vida en América sería lo mejor para mí, pero ahora no lo tengo tan claro.
—Le comprendo, Declan. Yo también tomé la decisión de forma apresurada, pero creí que sería una buena oportunidad para mí. El señor Mendoza es muy generoso y se porta bien como jefe. Aunque claro, todavía no sé cómo será mi vida en La Habana.
—Dicen que es una ciudad muy bella, como el resto de la isla. Afortunadamente me han contado que lo peor de la guerra entre cubanos y españoles ya ha pasado; no sé cuál será la situación exacta ahora mismo.
—Sí, el otro día me lo explicó mi patrón. Al parecer llevan más de seis años de guerra en diversas regiones interiores de la isla. El señor Mendoza me aseguró que en La Habana estaremos a salvo, y también en la hacienda y sus alrededores.
—¿Conoce las causas de la guerra? Al parecer los cubanos estaban hartos de los desplantes de la metrópoli. En principio buscaban la independencia, pero se hubieran conformado con otras contraprestaciones por parte de España. Y, por supuesto, querían erradicar la esclavitud, claro está.
—Vaya, no sabía...
—Las potencias colonialistas se comportan igual en todo el mundo; es normal que la gente se subleve. Estamos a finales del siglo XIX y el mundo únicamente avanza para los de siempre.
Declan albergaba un profundo sentimiento nacionalista irlandés y, aunque no podía comparar la situación de su país con la de otras colonias inglesas de ultramar, entendía perfectamente lo que ello conllevaba.
Emma miró a su interlocutor con una pizca de admiración.
Se trataba de un chico muy joven, con toda la vida por delante, pero tenía ideas diferentes a las habituales.
Un hombre comprometido con su tiempo que se creía capaz de cambiar la sociedad desde dentro, algo que le parecía imposible a la institutriz.
—Poco podemos hacer en ese sentido. El mundo gira muy deprisa y no se puede cambiar de la noche a la mañana.
—De la noche a la mañana no, eso está claro —contestó Declan—.
Pero mire lo que ha ocurrido en los Estados Unidos: han sufrido su propia guerra debido a las diferencias de criterio sobre la esclavitud en sus territorios.
El futuro ya está ahí y el resto de potencias tendrá también que pasar por el aro, se lo digo yo. Incluido su patrón.
—¿A qué se refiere? —preguntó Emma de forma inocente.
—No creerá que el señor Mendoza no tiene esclavos en su plantación, ¿verdad? Al parecer, según he oído, es uno de los más importantes hacendados de la isla.
—Le veo muy informado, señor Mclister.
—Uno de mis mejores amigos en el Pegasus es un mulato liberado, hijo de una esclava cubana y su dueño, un terrateniente español.
Santiago lleva un par de años trabajando en este barco y se defiende bien en inglés.
Yo, por mi parte, intento aprender el español y de ese modo nos vamos entendiendo.
Entre lo que me ha contado él y lo que he entresacado yo de otras conversaciones, me he podido hacer una idea de la situación.
—Mejor dejemos el tema por hoy —dijo Emma para eludir el espinoso asunto del señor Mendoza—. De todas formas, si le apetece seguir aprendiendo español, yo le puedo prestar algunos libros que me he traído. Quizás podríamos practicar juntos. Yo necesito mejorar también en ese idioma.
Emma comenzó a ayudar a Declan en los estudios de español, momentos que los dos jóvenes aprovecharon para seguir conociéndose.
Solían reunirse en una especie de sala de paso que se encontraba entre las dos cubiertas superiores, aunque el tránsito de pasajeros por la zona no facilitaba precisamente el estudio.
Después de varias jornadas de travesía, su relación cordial se afianzó y empezaron a tratarse con más familiaridad. Mclister se encontraba muy a gusto en presencia de Emma y, aunque su instinto le decía que no tendría ninguna oportunidad con ella, él no quiso rendirse antes de empezar.
Una de las tardes en que habían quedado para seguir con las lecciones, Emma no se presentó a la cita.
Mclister, alarmado, se acercó con cierto recelo a la habitación de la señorita Watson.
No pretendía incomodarla ni ponerla en un brete, solo necesitaba saber si se encontraba bien.
El joven llamó a la puerta con los nudillos y confió en que nadie se percatara de su presencia en aquella parte del barco.
—Emma, perdona... ¿Te encuentras bien?
La señorita Watson tardó todavía un momento en recomponerse y acudir para abrir la puerta.
Después del almuerzo le había sobrevenido un ligero malestar y se había retirado a descansar a su camarote, sin darse cuenta de que se había quedado dormida hasta una hora más tarde de lo previsto en un principio.
—Disculpa, me he quedado traspuesta... Lo siento, seguro que llevas un buen rato esperándome en cubierta.
—No, yo... —Mclister se quedó un poco perplejo al ver la reacción de Emma—. Lo siento, solo quería saber si estabas bien. No pretendía molestarte, ya me marcho.
—Espera, Declan, no te vayas.
Mclister se quedó clavado en el sitio, asombrado ante el atrevimiento de Emma. ¿Qué pensarían los vecinos de pasillo si veían que un grumete departía con tanta familiaridad con una pasajera de primera clase?
—Si quieres podemos estudiar hoy en mi camarote. Ya es tarde y tal vez nuestro sitio habitual esté ocupado. Si te parece bien, por mí no hay inconveniente.
Y dicho esto, Emma abrió su puerta de par en par.
Declan no lo dudó un instante y, antes de que su interlocutora cambiara de opinión, entró en los dominios de la institutriz.
La señorita Watson cerró la puerta y ambos obviaron lo inadecuado de aquel encuentro a ojos de la rígida sociedad en la que vivían.
Declan no quiso fisgar demasiado en el interior del camarote, por lo que sus ojos no se entretuvieron en observar el interior del cuarto. Sí comprobó que Emma contaba con una pequeña mesita auxiliar donde podrían acomodarse los dos a estudiar.
Mclister intentó concentrarse en la tarea, pero el entorno no era el más adecuado y su mente le jugaba malas pasadas, imaginándose escenarios que nada tenían que ver con la casta relación entre una profesora y su alumno.
Declan siempre había sido un joven de sangre caliente, y Emma le atraía muchísimo.
En su fuero interno pensaba que la chica también sentía algo por él, aunque los convencionalismos de su diferencia de edad o de su posición evitaban que ninguno mencionara el asunto.
Tal vez fuera hora de que él diera el primer paso, ya que, en opinión del irlandés, una dama nunca se rebajaría a ello.
Pero Mclister no quería que ella le malinterpretara, y menos en la intimidad de su habitación.
¿Y qué mejor momento que ese?, pensó el impetuoso irlandés.
Allí nadie les molestaría y podrían dar rienda suelta a sus sentimientos; si es que de verdad sentían algo el uno por el otro, y no era únicamente una atracción física.
Emma se levantó de su lugar para buscar un libro que guardaba en su maleta.
Declan la contemplaba absorto mientras ella rebuscaba, atento a sus movimientos.
El barco se zarandeaba más de la cuenta y ya habían bromeado sobre los mareos que ambos tuvieron antes de acostumbrarse a los vaivenes de la mar.
Hasta que una ola más potente de lo habitual hizo que la chica perdiera el equilibrio, se golpeara en la espalda contra la pared y rebotara de nuevo hacia el centro del camarote.
Declan se levantó como un resorte e intentó evitar que la joven cayera de bruces, con tan mala suerte que al final ambos rodaron desmadejados por el suelo ante el ímpetu de las olas que golpeaban el barco.
Se incorporaron enseguida y se quedaron un momento sentados en el suelo, con sus rostros a escasos centímetros y las manos entrelazadas tras la caída.
—¿Estás bien? —preguntó Declan.
—Sí, no te preocupes —contestó Emma sin apartar la mirada de los profundos ojos de Mclister—. Solo ha sido un golpe de mar y la culpa es mía por dejarme zarandear de ese modo. Estoy bien, de verdad.
—Emma, yo...
Mclister se armó de valor y se lanzó sin pensárselo más.
Tal vez le saliera mal su apuesta, la joven le cruzara la cara y lo denunciara después por haber intentado sobrepasarse, pero ya no podía remediarlo.
Mclister no pensó en posibles consecuencias y confió en su buena fortuna y su magnetismo personal a la hora de la verdad.
El beso fue suave y temeroso al principio.
Declan posó sus labios en los de Emma mientras sus manos sujetaban la cintura de la mujer.
Ella se quedó un instante parada, sin reaccionar, pero la situación cambió drásticamente unos instantes después.
Emma le devolvió el beso con pasión, hasta que se dio cuenta de su error.
—No, Declan, por favor... Esto no está bien.
—Yo, perdona, creí que...