De viaje hacia el nuevo mundo
Declan Mclister se acordó de su amigo Sean nada más poner el pie en el barco.
Aunque había hecho algún trabajo esporádico en el puerto de Cove y estaba acostumbrado a navegar en pequeñas embarcaciones que se alejaban poco de la costa, su cuerpo reaccionó de mala manera ante el largo viaje que se le presentaba.
Los primeros días sufrió lo indecible. Tras alejarse de Irlanda, ya en alta mar, el Pegasus tomó velocidad constante en su travesía hacia América. Y el joven Mclister comenzó a sentir náuseas y mareos que le revolvían el estómago cada vez más.
Realmente desconocía las tareas que debía realizar dentro del buque, pero Declan enseguida se dio cuenta de que no sería tratado como un grumete o un aprendiz.
Douglas no quería perder su tiempo con el novato, por lo que simplemente le asignaba las tareas que nadie quería: limpiar letrinas, fregar la cubierta del barco, ayudar en cocina o en la bodega.
Nada demasiado complicado para un marinero de agua dulce como aquel joven impetuoso, aunque tal vez el oficial se había equivocado al ofrecerle subir a bordo.
En ese momento le sobrevino una terrible náusea, y el irlandés se agarró a la vez boca y estómago para evitar que su oficial al mando le viera vomitar en cubierta.
Eso sería una vergüenza para él, y no podía consentirlo.
No creía que Douglas le devolviera a su pueblo, aunque todavía no se habían alejado demasiado del condado de Cork, y Declan quería continuar con el viaje hacia América.
—Anda, mequetrefe, descansa un momento. Ve a ver al médico en la cubierta de estribor, que así no me sirves de nada.
—Gracias, señor —balbuceó Declan, pálido como la luna llena. El médico sonrió nada más verle. Los síntomas de Mclister saltaban a la vista incluso para un lego en la materia y el galeno ya había visto ese cuadro sintomático en muchas otras ocasiones.
—¿Es tu primera travesía? —preguntó el doctor.
—Sí, señor. Nunca había permanecido tanto tiempo en alta mar, y parece que los mareos no se me pasan. Incluso tengo sensación de vértigo.
—No te preocupes, es normal. Tu cuerpo se tiene que acostumbrar al vaivén de las olas. Le sucede a casi todo el mundo las primeras veces. Descuida, seguro que encontraremos una solución.
El doctor le dio a Mclister algunos sencillos trucos para controlar la situación: respirar aire fresco en cubierta cuando sus obligaciones se lo permitieran, acompasando el ritmo al inspirar y espirar; fijar la vista a lo lejos; cerrar los ojos para concentrarse y otros sencillos remedios que le ayudarían a sentirse mejor.
—Pero solo con estas indicaciones no vas a poder seguir trabajando en condiciones. Tendrás también que tomarte una cucharadita de este brebaje seis veces al día.
—¡Muchas gracias, doctor!
El remedio fue mano de santo y Mclister comenzó a mejorar.
Consiguió retener en su estómago la comida que ingería.
Y su cuerpo se lo agradeció. Su rostro recuperó el buen tono y pudo realizar sus tareas con mayor diligencia.
Lo peor había pasado. Douglas se dio cuenta enseguida de su mejoría y le encomendó a Mclister otras tareas.
Un día le pidió que le acompañara a la bodega para hacer un inventario de la carga.
—¡Maldita sea, esto es un desastre! —exclamó Douglas al comprobar cómo se había estibado la carga en la bodega del barco.
—¿Quiere que cambie algunas cajas de sitio, señor? —preguntó Mclister.
Declan se sentía con fuerzas renovadas y quería congraciarse con su oficial. Pensó que un poco de ejercicio le vendría bien, y aquel desbarajuste de cajas apiladas podría ayudarle a tonificar aún más sus músculos.
—Sí, Mclister. Bueno, primero tenemos que separar lo que desembarcaremos en La Habana.
Veamos... —Douglas consultó su tablilla, donde tenía anotadas las indicaciones del capitán—.
Aquí está, ya veo: doce cajas de vino, veinte cajas de conservas, ciento veinticinco botellas de güisqui de malta, quince sacos de sal...
Declan comenzó a trabajar a destajo sin que su oficial tuviera que repetirle las órdenes. Separó a un lado las cajas de vino y conservas, colocó los sacos de sal y se dirigió sin pestañear hacia el fondo de la bodega, donde se encontraba el güisqui escocés.
—Si colocamos aparte estas dieciséis cajas para obtener ciento veinticinco botellas sobrarían entonces tres botellas, señor —contestó al momento Mclister—. ¿Qué hago con ellas?
—Vaya, Mclister, parece que se te dan bien los números —dijo Douglas sin dejar entrever su asombro—. Deja las malditas dieciséis cajas en aquella esquina. Recuérdame después que abramos una caja y quitemos las tres botellas de más. No vamos a ir regalando por ahí güisqui del bueno así como así.
—Por supuesto, señor —contestó Declan algo azorado al darse cuenta de su error.
Aunque Declan asistió durante poco tiempo a la escuela, lo había aprovechado bien, y sus padres estaban orgullosos de él. Sin embargo, no era aconsejable jactarse de semejantes habilidades, y menos delante de alguien de superior condición.
Douglas le encomendó más tareas al joven, mientras todavía seguía dándole vueltas en la cabeza a lo ocurrido.
¿Cómo demonios había podido efectuar la cuenta tan rápido aquel alfeñique?
El oficial tenía sus estudios y creía ser una persona preparada, pero el infeliz que tenía bajo su mando le había demostrado en un suspiro lo equivocado que estaba.
—Como veo que eres un chico listo, seguro que no te lo tengo que repetir dos veces. Quiero catorce cajas de té en esa columna y después...
Douglas le enumeró los pedidos que había que separar de la carga principal antes de dejarle a solas con la tarea.
Unos bultos se descargarían en La Habana, otros en Florida, y el resto debía quedar para el destino principal del barco: Virginia.
Mclister prestó atención a las palabras de su superior para no cometer ninguna equivocación.
El oficial le había calado y ahora vigilaba cada detalle.
Y, si a partir de entonces se equivocaba, sabía que le acarrearía problemas más adelante.
Un rato después, sudoroso pero satisfecho, Declan abandonó la bodega. Se lavó y caminó por la cubierta de popa, hasta que reparó en una figura que se asomaba por la barandilla del barco, a punto de caer por la borda.
—¡Tenga cuidado, señorita! —exclamó Mclister.
La joven se sobresaltó ante el grito a su espalda.
Se dio entonces la vuelta para averiguar el origen de esas voces.
El irlandés pudo comprobar en ese momento que la muchacha simplemente estaba asomada a la barandilla como él hacía días atrás, intentando que el aire fresco le devolviera a su rostro el color que había perdido debido al mareo.
—¿Cuál es el problema, si puede saberse? —preguntó la joven.
—Disculpe, ha sido una equivocación. Pensé que...
—¿No creería usted que yo pretendía saltar o algo parecido?
—No, no, nada de eso. Perdone si la he molestado...
Mclister no sabía cómo salir del atolladero, y los risueños ojos de la chica, azules como el cielo, no le ayudaban a concentrarse precisamente.
—Descuide, no me ha molestado, señor...
—Mclister, señorita. Me llamo Declan Mclister, a su servicio.
—Encantada de conocerle, señor Mclister. Yo soy Emma Watson.
Declan se fijó entonces mejor en la belleza de su interlocutora.
Emma era una joven de tez pálida y mejillas sonrosadas.
Contaba con unas graciosas pecas que adornaban un rostro al que la travesía había quitado algo de color, según le pareció al irlandés.
Y su pelo rubio se encontraba recogido en un elegante peinado que tapaba parcialmente su sombrero.
Mclister se fijó también en su indumentaria.
La muchacha llevaba un elegante vestido que no desentonaría en un salón de baile.
Parecía una joven con clase, pero él no se amedrentaba por las diferencias sociales.
Así que utilizó su mejor sonrisa para intentar caerle en gracia a su compañera de viaje.
—Un placer, señorita Watson. De todos modos, creo que puedo ayudarla.
—¿Ayudarme en qué, señor Mclister? —preguntó divertida la joven.
Declan supo que había despertado su curiosidad.
En ese preciso instante dio gracias a su familia por haberle obligado a aprender a expresarse correctamente en inglés.
La chica parecía de Londres o alguna ciudad cercana, y quizás se habría sentido más cohibida si le hubiera contestado en gaélico, o con el fuerte acento irlandés de Cork.
—Con los mareos, señorita. Todos los hemos sufrido, se lo aseguro. Yo el primero, no se vaya a creer. Pero tengo un remedio infalible que le permitirá disfrutar más del viaje.
—Eso suena interesante.
La intuición de Mclister no había fallado.
Tal vez la medicina recetada por el doctor, de la que todavía conservaba más de la mitad del frasco, le ayudara en sus pretensiones.
De ese modo podría ganarse el favor de la muchacha y después...
No, tendría que olvidarse de confraternizar demasiado con una pasajera.
Si Douglas se enteraba, le despellejaría vivo.
O tal vez decidiera tirarle directamente por la borda. Cualquiera se la jugaba...
—Si me espera aquí un momento, se lo demostraré. Voy a buscar algo y vuelvo enseguida, ya verá como mi remedio es mano de santo para los mareos.
Declan tenía razón: la señorita Watson mejoró mucho con el brebaje del doctor y con los pequeños consejos que tan buenos resultados le habían dado también a él.
La joven se lo agradeció, y Mclister supo que había ganado muchos puntos delante de Emma.
La travesía continuaba su camino y con el paso de los días Declan y Emma coincidieron en más de una ocasión, no siempre de forma fortuita.
De ese modo el irlandés supo que la joven inglesa era una institutriz que viajaba a Cuba, acompañando a un rico terrateniente español, el señor Antonio Mendoza, y sus dos hijos.