La posada del viajero Un huésped muy particular #4
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Un huésped muy particular #4

Mi madre comenzó a impartir órdenes a diestro y siniestro para que colocáramos la mesa y todo estuviera dispuesto antes de la cena.

Al parecer había dado su brazo a torcer, y eso era una novedad en casa.

Mi madre tenía un fuerte carácter, pero a veces los pequeños gestos conseguían ablandarla.

Ignoraba cómo la había convencido el güelu , pero debíamos procurar que esa noche nada saliera mal.

Todavía no sabía si las sensaciones extrañas que albergaba mi cuerpo se debían a algún tipo de sentimiento hacia el recién llegado; tendría que averiguarlo.

Pero lo que no podía obviar era lo que había visto en María.

Mi hermana pequeña tendría que cambiar durante la cena su actitud de adolescente enamorada, o mi madre ardería por combustión espontánea.

La virtud de una hija era algo sagrado, y no se podía permitir que cualquier frase o comportamiento de mi hermana fuera malinterpretado por nuestro huésped.

Al rato dejé sola a mi madre en la cocina mientras ella preparaba la cena y me dirigí a mi habitación para cambiarme. No había necesidad de vestirse para una boda, pero tampoco quería que Declan me viera como una pueblerina. Así que me arreglé discretamente, sin querer llamar demasiado la atención.

En el pasillo de nuestro hogar me crucé con María, que regresaba de la casa grande tras preparar la mesa en la que cenaríamos un rato después. Quise ejercer entonces de hermana mayor, aunque se me olvidó actuar con mano izquierda y el resultado no fue el esperado.

—¿Ya has terminado? Espero que esté todo perfecto, no querrás enfadar a madre.

—No te preocupes, lo he hecho todo bien. No soy tonta, ni nada por el estilo. Podéis dejar de tratarme como si fuera una niña pequeña.

—Eres una niña pequeña, Mariuca, solo tienes trece años. Espero que lo recuerdes esta noche y tengamos la fiesta en paz.

María no se inmutó ante mi réplica. Parecía muy segura de sí misma.

En ese instante la vi crecer por momentos, como si la niña inocente abandonara la infancia en un abrir y cerrar de ojos.

Y tuve miedo. No sabía si por ella, por mí o por lo que podría suceder, pero sus palabras siguientes me produjeron un escalofrío.

—Ya soy una mujer, Amaya. Y, si lo soy para unas cosas, también lo seré para otras. No necesito tus consejos de hermana mayor.

—Perdona, no quería darte lecciones. Solo...

—Sí, ya lo sé. Descuida, soy una señorita y me comportaré como es debido. No voy a avergonzar a la familia delante de nuestro invitado. Aunque si el invitado es el que se fija en mí de esa manera, poco puedo hacer yo por impedirlo.

La insolencia de la mocosa me pareció inaudita, y el aguijón de los celos me golpeó con dureza.

¿Tenía razón María? Quizás yo era una incauta y Declan ya se había fijado en la pequeña Mariuca.

La diferencia de edad era ostensible, eso era cierto, pero nada descabellado para una sociedad en la que las mujeres siempre han tenido que crecer deprisa para formar su propia familia.

Sabía que mi madre no permitiría nada semejante.

Mi padre tenía otras ideas para el porvenir de su hija pequeña, y en casa haríamos lo imposible por cumplir sus deseos.

Y eso no cuadraba con lo que tenía en mente mi dichosa hermanita, revolucionada por unas hormonas que podían traerle muchos quebraderos de cabeza.

—Como bien has dicho, ya eres mayorcita.

Así que no te voy a dar ningún sermón. Pero por tu bien y por el de la familia, espero que te quites esas estúpidas fantasías de la cabeza.

Creo que malinterpretas los gestos de amabilidad de un hombre hacia la familia que le ha acogido mientras se recupera, nada más.

—Si tú lo dices, hermana —me retó con la mirada—. Ya lo veremos...

María desapareció de mi vista, pero todavía portaba el gesto desafiante en su rostro. Nunca la había visto así y me preocupé. No ya por mí, eso era lo de menos, sino por la furibunda reacción de mi madre si la niña llegaba a hacer o decir algo que nos pusiera en un compromiso delante de un extraño.

No sabía qué hacer. ¿Avisaba a mi madre?

No, eso sería la ruina. Además, yo también quería cenar con el apuesto irlandés, y si para ello tenía que ver como mi hermana se ponía en ridículo, lo daría por bien empleado.

Pero no, allí había mucho más en juego y no podía permitir que la cena fuera un desastre.

Pensé entonces en sincerarme con el abuelo. Siempre había tenido una relación muy especial con él, y yo era su nieta preferida. O eso me decía el güelu a escondidas, sin saber si mis hermanos eran igual de correspondidos. Pero no, tampoco creí que fuera una buena idea.

Primero, porque no sabía lo que sentía mi hermana por el visitante.

Y segundo, porque ni yo misma conocía mis propios sentimientos hacia nuestro invitado, y no quería levantar la liebre.

Al fin y al cabo solo llevaba unos días en nuestras vidas, pero el irlandés errante amenazaba con trastornar toda nuestra existencia con aquellos ojos verdes como el mar.